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Monday, December 30, 2013

Para Juan Carlos, con amor y sordidez


(Este es el comienzo de un texto de Jorge Posada que se encuentra complete en mi otro blog Archivo del diletante)

Jorge Posada

"¿Quién no lleva luto por Humphrey Bogart, muerto a los 58 años de un cáncer de esófago y medio millón de whiskies? Ni flores ni coronas sobre la tumba de un duro".

Del obituario que André Bazin le dedicó en Cahiers du Cinéma en febrero de 1957.

 
Hace poco, a su vuelta de un viaje a La Habana, mi amigo, el pintor naïf Javier Sáez, me llamó por teléfono para darme la noticia de la muerte de Juan Carlos Granados. Como siempre hacía, Javier fue a verlo al timbiriche de la Plaza de Armas donde Juan Carlos llevaba más de quince años vendiendo libros de uso, revistas viejas, fotografías de celebridades y cosas así. Cuando no lo encontró en el lugar acostumbrado, le preguntó por él a un muchacho que lo sustituía a cada rato y se enteró que había muerto el mes anterior. Su mujer, María Elena Escalante, lo dejó leyendo en un butacón y salió a la calle a comprar algo. Al regresar, no lo vio moverse, y creyó que se había quedado dormido mientras leía, pero se había muerto de un ataque cardíaco.

La noticia me dejó pasmado, y minutos después que la supe llamé a cuatro amigos que conocieron bien a Juan Carlos: Rafael Saumell, Esteban Álvarez, Roberto Madrigal y Sara Calvo, a quienes también se les acabó la tranquilidad del día y del mes. Desde entonces no he hecho más que pensar en Juan Carlos; en los ratos que pasamos juntos; en las caminatas por La Rampa y en las reuniones de todo el grupo de socios; en sus frases lapidarias; en las muchas historias que protagonizó y que con los años se hicieron legendarias; en su humor lacónico que quizás pocos llegaron a comprender.

Conocí a Juan Carlos a la entrada de un cine habanero, la Cinemateca de Cuba, para nosotros —amantes del Manual de gramática de Rafael Seco— la Cinemateca a secas.  Fue el 25 de diciembre de 1970; por estos días navideños se cumplen 43 años; una Navidad más aburrida, llena de frustración y miserable que triste; sin lechón, congrí ni turrones; sin manzanas, melocotones y peras; sin la familia reunida, sin villancicos y sin Reyes Magos. Una época en que lo único que nos alegraba un poco la existencia era saber que éramos jóvenes, que todavía estábamos vivos y que algún día nos iríamos de aquel infierno en que se había convertido el país.

Hacía poco que trabajaba como traductor en el Instituto Nacional de la Pesca donde me hice amigo de Esteban y Richard Oteiza, quienes también trabajaban como traductores. Los tres nos pasábamos el día hablando de música, de literatura y, sobre todo, de cine. Cinéfilo empedernido, Richard me convenció de ir ver la película que ponían esa noche, Boudú sauvé des eaux, el clásico de Jean Renoir, con su teoría de que para poder entender bien la nueva ola que tanto nos gustaba a todos había que ver el cine francés de los años treinta.

Llegamos y nos encontramos con uno de aquellos insoportables apagones que anulaban a cualquiera. Esperábamos sentados en el quicio del portal, resignados a que volviera la luz, cuando vi la sombra de un hombre que se acercaba cargado de libros, se sentaba al lado de nosotros, y saludaba a Richard con voz recia de sargento de pelotón que luego tan familiar sería para mí: «¿Qué pasa, Riccardo?». Me sorprendí cuando pronunció el nombre con la doble C, como si fuera a la italiana, y que llamara a Richard por su verdadero nombre, algo que ninguno de sus amigos, ni los de antes ni los de después, hemos hecho nunca. Richard me lo presentó y Juan Carlos se sentó al lado de nosotros, ignorándome con una actitud que se balanceaba entre cierta gravedad y la indiferencia de un cartero musulmán. Todavía sin mirarme, le comentó a Richard que estaba muerto de caminar, que se había pasado el día yendo de un lado para otro y le enseñó un par de libros que me resultaron ajenos. (Para continuar  pinche: http://archdil1.blogspot.com/2013/12/para-juan-carlos-con-amor-y-sordidez.html)

Thursday, December 26, 2013


Tercer aniversario

Hoy ya se cumplen tres años de bloguear, por lo que no temo repetirme y de nuevo desear una feliz navidad y un mejor 2014 a todos los que me leen, seguidores y asiduos, así como a quienes divulgan mis entradas. Gracias a todos, incluyendo a Armengol, Ballagas, Cancio, Gálvez, Hernández Busto, Isis, Ponte, Rita Martin, Rosado, Ted Henken, Teresita, Verónica y Zoe. A Café Fuerte, Cubaencuentro, Diario de Cuba, Penúltimos Días y Tumiamiblog. Ahora también añado a todos los que comentan y me divulgan por Facebook, entre ellos Juansi, Jesús Rosado, Mercy Frances, Midalys Palacios, Jorge Sotolongo, Liu, Idalia, Cira, Nicolás y tantos otros que si sigo buscando no termino esto. Gracias otra vez.

Roberto Madrigal

Friday, December 20, 2013

Los tiempos siguen cambiando


 
 
Antier me dieron una noticia que me molesta mucho en lo personal. Cierran el Barnes and Noble que me queda a pocas cuadras de la casa. “Los demás seguirán abiertos” me reafirma uno de los empleados, pero por supuesto, quedan a millas de distancia. La razón del cierre de este establecimiento es que el nuevo dueño del local subió el alquiler y no resolvieron la disputa: o sea, que la librería no hace suficiente dinero para pagar el nuevo contrato. Lo cierto es que por más de veinte años voy al menos una vez a la semana a esta próximamente difunta librería. Tengo una larga trayectoria con Barnes and Noble en general y con esta tienda en particular.

Comencé como cliente de estos libreros a mediados de los ochenta, cuando vendían exclusivamente por catálogo. Tenían títulos muy interesantes y que casi nadie ofrecía. A finales de los ochenta, decidieron experimentar y abrir su primera tienda de venta directa. Aunque su casa matriz siempre ha estado en Nueva York, la abrieron en Cincinnati, a pocas cuadras de mi casa. Tuvieron mucho éxito y lo que entonces era un local de tamaño estándar, se convirtió en la primera mega tienda de su tipo en todo el país. Se mudaron a unos metros al sur. Al espacio que todavía ocuparán hasta el último día del año.

Más allá de mi frustración personal, del saber que ya no podré ojear, hojear y manosear mis revistas favoritas o algún libro que me llame la atención mientras me tomó un café, esto es un paso más en la desaparición de las librerías. Por lo que se ve, apenas las grandes cadenas sobrevivirán con algunas tiendas físicas, gracias a su diversificación. Los libros parecen ser un subgénero en estas librerías que venden CDs, DVDs, agendas, libros para colorear, juguetes y muchas cosas que no tienen nada que ver con el mundo del libro pero que le dan el necesitado influjo de efectivo. Quizá sobrevivan los anticuarios y los que venden libros raros, gracias a esos dueños perseverantes que se resignan con un poco margen de ganancias y porque ofrecen productos únicos. Algunas tiendas locales, que han adoptado el molde de Barnes and Noble, quizá sobrevivan. Puedo pensar, aquí en Cincinnati, en Joseph-Beth, una cadena local excelentemente abastecida y con un buen restorán. En Miami puedo pensar en Books and Books, pero ya hasta Universal, con su hegemonía sobre la venta de libros en español, tuvo que cerrar.

Los tiempos cambian. La internet, y especialmente Amazon, es el presente y el futuro de las transacciones librescas. Pero a pesar de mi dolor por la pérdida que me toca, no pienso que el fin de las librerías sea el fin del libro. La internet ofrece toda una serie de ventajas.

De repente, uno tiene la conveniencia de conseguir libros de cualquier lugar del mundo en cuanto salen. Hay un flujo mayor de información, uno está más enterado de las novedades y probablemente haya más lectores, aunque lean en tabletas o en los teléfonos portátiles. Es cierto que la basura proliferará, pero eso siempre ha sucedido.

Por otra parte, la autopublicación puede ahora competir con menos desigualdad con las grandes editoriales, que ahora tendrán menos recintos en los cuales promocionar sus productos y tendrán que volverse más imaginativas. Ahora, la información sobre cualquier libro está al alcance de un teclazo. Solamente hay que saber promocionarse. La autoridad de los blogs aumentará en la medida que estos pueden dar a conocer una obra y dar opiniones sobre ellas, y cada cual escogerá qué opinión le interesa. Es un futuro (y ya un presente) que presenta muchos retos, pero no hay por qué temerle. ¿No es acaso la creatividad la base de la literatura?

La internet ofrece conveniencia y mejores precios. Sí, estoy triste por la noticia y creo que en cierta medida me arruinaron las navidades, pero no voy a estancarme en esta pérdida. Los tiempos siguen cambiando y la vida es lo que es. Uno pude aportar lo suyo, pero no puede detener el curso de las permutaciones. Mi viejo Barnes and Noble ha muerto. ¡Qué viva mi viejo Barnes and Noble!

 
Roberto Madrigal

Thursday, December 12, 2013

Lo que no cambian los cambios



No cabe duda de que en Cuba han ocurrido cambios en la esfera política, cultural y económica desde que Raúl Castro tomó el poder tras la enfermedad que sacó a su hermano de la prolongada vida dictatorial. Desaparecidos el protagonismo y el principal protagonista, el liderazgo constituidos por septuagenarios y octogenarios que llevaban décadas viviendo parasitariamente de la gesta delirante que alimentaba, incluso sin recursos, el Máximo Líder, se quedó sin narrativa.

La actuación del gobierno cubano en las últimas 72 horas, en respuesta a las acciones de los disidentes durante las celebraciones del día de los derechos humanos, pone en evidencia, una vez más, no solo la lentitud e inoperancia de los cambios, sino hasta qué punto son realmente fundamentales.

En los últimos seis años se han introducido medidas que en el aspecto económico han permitido a  un pueblo adocenado por décadas de miseria, participar en un capitalismo de subsistencia que no pasa del buhonerismo barato. No solo eso, sino que han eliminado ciertas oportunidades que estas medidas han creado y que pudieran llevar más allá de estos límites. El gobierno se aferra a mantenerse como el principal empleador y como regulador absoluto de los empleos que se generen tras sus nuevas medidas, sea tanto con organizaciones extranjeras como con iniciativas locales.

En el plano cultural es cierto que hoy se dicen cosas que llevaban de inmediato a la cárcel apenas una década atrás, pero siempre sobre temas que ya son imposibles de esconder, como la miseria, la farsa del periodismo y la caída de la utopía. En realidad permiten condenar al presente porque prácticamente el gobierno quiere hacer ver que la realidad cubana de hoy no es responsabilidad de los gobernantes, sino de fuerzas extemporáneas que proceden no se sabe de dónde (los exégetas no se atreven a mencionar otra cosa que no sean pequeñas traiciones y por supuesto el embargo y el enemigo foráneo).

En el plano político se han hecho de la vista gorda, hasta cierto punto, con los blogueros y los periodistas independientes, porque conocen que su impacto mayor es en el exterior y ya su imagen está demasiado dañada y de forma irreparable, por lo que no les preocupa. Saben bien que hay muchos ciegos por ahí que siguen sin querer ver y les basta para subsistir.

¡Ah! Pero los ingratos, en vez de disfrutar el margen de maniobrabilidad que se les ha concedido, han decidido radicalizarse y salir a la calle, con más audacia, en el plano nacional. ¡Eso sí que no! Por lo tanto, no han vacilado en recurrir a los viejos métodos, siempre tan efectivos, los mítines de repudio, las turbas enardecidas y amenazantes, instigadas por el gobierno, la actuación de la policía, el ejército y la seguridad del estado tanto usando sus uniformes oficiales, como disfrazados de paisano, como civiles escandalizados. Para escarmentar a estos ingratos, han añadido algo nuevo en los últimos años, un cambio, el uso de la violencia abierta y grosera por parte de las autoridades, de la que por tantos años se cuidaron (no les hacía mucha falta entonces).

Esto apunta al problema fundamental de lo que no cambian los cambios. Mientras estos vengan estrictamente desde arriba, desde los mismos que detentan el poder hace más de cincuenta años, estos serán no solamente quienes decidirán los límites de las modificaciones, sino que además son los únicos que saben cuáles son en realidad los cambios. Además de no definirlos, tienen el poder de cambiar los cambios, de hacerlos retroceder y de actuar contra sus consecuencias cuando les sea conveniente.

Los métodos no han cambiado. Mientras un solo grupo de individuos conserve el derecho único de delimitar el curso de la inmigración, del abastecimiento de materiales de consumo, del pensamiento intelectual, del objetivo de la educación, de la producción cultural, de los derechos civiles y del orden político, las bases y la esencia de la sociedad totalitaria se mantienen inmutables. La esperanza es que a veces hay procesos que se escapan de la mano de quienes los desatan y se convierten en irreversibles.

 

Roberto Madrigal

Friday, December 6, 2013

La precipitada fuga de Lord Jim



El argumento de Mapa dibujado por un espía, está claramente esbozado en la primera respuesta que escribe Cabrera Infante a Tomás Eloy Martínez en lo que ya se conoce como la famosa “entrevista a Primera Plana”. Esta entrevista es la que inicia la colección de artículos que Cabrera Infante recopiló en Mea Cuba y en el prólogo del libro están las alusiones a su complejo de Lord Jim. La novela que ahora presenta la editorial española Galaxia Gutenberg es una crónica detallada de estos hechos, con detalles de nombres y lugares, pero sin salirse de los límites del esquema. Uno de los capitanes que lanzó al agua la nave de la revolución, repasa ahora, tras breve ausencia,  el estado de su embarcación y de sus tripulantes. Debe tomar de prisa una decisión muy personal que tendrá graves consecuencias para muchas personas. Pero es un hecho inevitable.

Tras accidentalmente escapar de una muerte accidental el primero de junio de 1965, El (como mayormente es referido el personaje en el libro, otras veces es Cabrera), es notificado unas horas más tarde de que su madre se encuentra grave y que debiera ir a La Habana de inmediato. En las próximas pocas horas en las cuales gestiona los pormenores de su viaje, todavía antes de partir, es informado que ella se agravó de repente y ha muerto. Un día después parte de Bruselas, donde funge como agregado cultural de la embajada cubana, y no regresará hasta el tres de octubre, último día en que verá La Habana, y no la hará ya como diplomático. Lo acontecido en esos cuatros meses, encuentros y desencuentros, cotilleos y admoniciones, así como aventuras sexuales y hasta amorosas, conforman la trama de este libro.

La muerte de la madre, que sirve como detonador de la historia y catalizador de la decisión, ocupa un lugar relativamente pequeño en la obra. Sus consecuencias emocionales conciernen poco al autor, pero es que la introspección no es el fuerte de la escritura de Cabrera Infante, quizá por eso su personaje más fuerte es la ciudad. Curiosamente, en este caso, La Habana no destaca como personaje, sino como telón de fondo. Quizá se deba a que tras tres años de ausencia, la encontró dilapidada, fantasmagórica, triste y en pleno proceso de decrepitud. Lo cierto es que el personaje apenas se atreve a regresar a sus lugares habituales de antes, a pesar de que les ronda de cerca. Aquí aparecen varios de los tigres que rugían impenitentes en su primera novela, pero esta vez apenas maúllan.

A veces crónica personal, a veces ajuste de cuentas, a veces novela de intrigas y finalmente folletín sentimental, la novela (y resulta novela desde el momento en que el autor narra en tercera persona y se convierte en su alter-ego) es inclasificable, como siempre se ufanó Cabrera Infante que eran sus obras, a las que prefería denominar “textos”, pero esta vez por una supuesta razón mayor: se nos presenta como una obra inconclusa que estuvo engavetada por muchos años. De ella, y de diferentes maneras y con diferentes títulos habló Cabrera Infante a lo largo de los años, siempre previniendo de su próxima publicación. Argumentalmente está bien construida y finalizada. Es cierto que, dados ciertos descuidos de estilo, parece una obra a la cual el autor puso a un lado para después realizar los arreglos finales de lenguaje, forma y redacción, o sea, le falta el pulimiento literario. Es por ello que sería injusto un enjuiciamiento crítico del libro desde este punto de vista.

Cabrera (el personaje) se encuentra con viejos amigos del inicio de la utopía, sufre el abuso de los burócratas, transita diferentes maniobras palaciegas, conversa con sus amigos de entonces, muchos de los cuales no serán los de siempre y como mecanismo de compensación, siempre se da a la gimnasia pélvica con diferentes mujeres, que no serán otra cosa que curiosos objetos de su deseo hasta que al final parece enamorarse de una y entra en una relación que de antemano sabe no llegará a ninguna parte. Las utiliza para evadir la realidad. A veces llega a ser molesto, a los efectos de la trama este aspecto del personaje como seductor irresistible. La distraen de otros aspectos que se quedan en la superficie, como su relación con la desbandada tripulación de Lunes.

Por sus páginas desfilan Rine Leal, Juan Blanco, Luis Agúero, Walterio Carbonell, Marta y Sara Calvo, Lisandro Otero, Alberto Mora, Carlos Franqui, Oscar Hurtado, Tomás Gutiérrez Alea, Heberto Padilla, Nicolás Guillén, Antón Arrufat, Virgilio Piñera, Alejo Carpentier, Enrique Oltuski, Ingrid González, Raúl Martínez, Cecilia Guerra, Felito Ayón, Héctor Pedreira, Ambrosio Fornet, Martha Frayde, Carlos Rafael Rodríguez y muchos otros políticos defenestrados. Unos más protagónicos que otros. Muchos están desarrollados a partir de lo que conocemos de ellos, por lo que el libro le interesará a quienes estén interesados en saber algo de estos personajes y el periodo, pero no creo que trascienda a quienes no les interese el tema. Tampoco existe ninguna revelación, a no ser que el lector se desayune a esta hora de que la salida de Cabrera Infante de Cuba se debió a la intervención de Carlos Rafael Rodríguez y Osvaldo Dorticós, a solicitud de Alberto Mora.

El grupo vive aterrorizado acerca del futuro de la vida intelectual en Cuba mientras se reúnen en los dos Carmelo, en los cines, a la entrada de los teatros y en sus casas. No se ve a nadie sufriendo ningún castigo (de nuevo, a no ser que el lector conozca bien el destino de los personajes). Todos se debaten entre las tres opciones que Cabrera Infante le señalaba al intelectual cubano en aquel momento: la complicidad, el silencio o el exilio. La única en estas páginas, que llama a  una actitud militante de oposición, es la recientemente fallecida Martha Frayde. Al resto los paraliza el pavor (y más adelante el Pavón).

Las pinceladas del deterioro de la ciudad son más bien esporádicas aunque precisas y agudas. No hay afán abarcador ni de monserga. Hay mucha nostalgia de lo que ya no está y un poco de nostalgia anticipada, pero sin sentimentalismo. Su relación con “Silvia” la casi adolescente de la que se enamora al final del libro, es bastante predecible en su desenvolvimiento de folletín, pero gracias al estilo de Cabrera Infante, uno se ahorra el sentimentalismo barato.

Tampoco se ven aquí los juegos de palabras típicos de la literatura de Cabrera Infante. El lenguaje es directo, casi hemingweyano, despojado de lirismo y concentrado en la eficiencia de la narración, la cual está bien lograda. El desarrollo es lineal y la lectura fácil y amena. Creo que es un acierto la edición de este libro, siempre y cuando sea cierto, como advierte en el prólogo el editor Antoni Munné, que “El trabajo editorial se ha limitado a transcribir al máximo su literalidad, a pulirlo en lo que se refiere a la ortipografía y a ponerlo en condiciones de ser llevado a la imprenta” (aunque asusta un poco que luego añade: “además…de alguna que otra coma añadida”, lo cual siempre hace suponer que el autor se hizo “comprensible” cuando a lo mejor quería permanecer “incomprensible”), ya que llena un vacío editorial creado por expectativas alentadas durante muchos años por el propio autor. Es fundamental para los estudiosos de Cabrera Infante, ya nos vendrán las exégesis, y de interés para quienes como yo, han sido aficionados a su obra sin ningún interés académico. No creo que resuene más allá de este ámbito.

Cada cual hará la lectura a su manera, toda obra tiene muchos niveles de lectura. A mi, al final de este episodio de un Lord Jim tropical que sabe dejará la nave a la deriva, que mueve todos los resortes posibles para conseguir su deserción, con sus escapadas eróticas, me comenzó a recordar la canción de Johnny Mercer, “One For My Baby (and One More for the Road)”, en la interpretación de Sinatra, y al igual que El en un momento de la trama, echar mano de un añejado escocés para meditar sobre el asunto.

 
Mapa dibujado por un espía. Autor: Guillermo Cabrera Infante. Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg. Barcelona 2013. 396 páginas.

 
Roberto Madrigal

Thursday, November 28, 2013

En busca de dólar perdido



Hace ya unos meses que el doctor Antonio Castro Soto del Valle viene repitiendo su letanía de modificar las circunstancias del deporte “amateur” cubano  para unirse a la corriente por donde va el resto del mundo. Pero cuando el doctor Castro habla de deportes en realidad se refiere al béisbol.

Cuba ha tenido históricamente una gran facilidad para producir boxeadores, atletas de campo y pista y peloteros. Después del castrismo se han producido muchos equipos en una gran variedad de deportes que han alcanzado una alta calidad competitivoa a nivel olímpico, entre ellos el volibol y el polo acuático, pero no han creado una base de participación masiva ni de interés nacional que justifique continuar gastando el dinero en ellos. Lo único novedoso que se ha desarrollado consistentemente después de 1959, y que mantiene un alto nivel de juego en la arena mundial, es el ajedrez.

Pero el ajedrez, el boxeo y el campo y pista son deportes individuales en los cuales solo un pequeño grupo de participantes llega a hacer grandes cantidades de dinero y eso, mayormente, a través de patrocinios de compañías publicitarias y fabricantes de efectos deportivos. Es muy difícil, para una entidad centralizada, recaudar y controlar esas ganancias. Implicaría la existencia de una infraestructura tributaria que no está presente en la isla.

Los cuatro deportes que generan la mayor cantidad de capital para los atletas, en el mundo entero, son el soccer (o fútbol), el baloncesto, el fútbol (o fútbol americano) y el béisbol. De los tres primeros, Cuba no produce materia prima de valor.

Castro, hijo del dictador, cirujano ortopédico al parecer interesado en medicina deportiva, se ha hecho cargo de su deporte favorito, el béisbol y ha quedado como niño sin juguete, ya que la antigua gloria que traían los triunfos de los equipos cubanos en competencias internacionales, con los nuevos arreglos de las organizaciones deportivas internacionales, que permiten jugar a los profesionales, se ha ido desvaneciendo a paso agigantado en la última década. Por otra parte, el flujo de peloteros que abandonan la isla de forma ilegal, para saltar al profesionalismo en los estados Unidos, es cada vez más mayor, y los contratos millonarios son cada vez más cuantiosos y frecuentes. Por otra parte, el triunfo de los peloteros cubanos en los equipos de Grandes Ligas, le duele al doctor Castro, y si está consciente aún, a su padre. El Duque, Liván, Chapman, Puig, Céspedes y ahora Abreu se han convertido en estrellas multimillonarias que no le reportan ningún beneficio económico al gobierno cubano, Perdido el supuesto honor deportivo que tanto han pavoneado por años, ahora intentan beneficiarse de los logros financieros de estos atletas a quienes ellos mismo prohibieron ganarse la vida. Como no pueden controlar sus carreras, intentan controlar sus capitales.

Aunqe muchos de estos atletas se juegan la vida al intentar llegar a las costas americanas, hace mucho rato que el negocio ha comenzado. Muchas de estas fugas son planeadas con el callado beneplácito de las altas esferas del deporte en la isla y grandes cantidades de dinero se pagan de antemano para asegurar la salida de muchos de estos atletas. Gran parte de ese dinero pasa a las arcas de la clase dominante. Ahora quieren extender el negocio y aumentar los ingresos.

Castro Soto del Valle también busca  atraer a la isla un deporte de millonarios: el golf. Aparentemente es un aficionado bastante diestro en un deporte cuyos campos de juego se convritieron en tierras baldías después que la revolución subió al poder. Un deporte muy alejado de las posibilidades del cubano de a pie.

No quieren permitir que el béisbol siga formando parte de la bancarrota ideológica y lo quieren apear del carro del triunfalismo (que ya no camina), para subirlo al de la economía. Me imagino que el anciano Castro ya apenas debe tener aliento, pues si cobra energía y nueva consciencia, no soportaría ver lo que ha quedado del deporte que fue la joya de su feudo ni querrá vivir para observar lo que se le avecina.

 
Roberto Madrigal

Thursday, November 21, 2013

Otro refrito



Debido a que una lesión en el cuello me impide pasar mucho tiempo en el teclado, voy a aprovechar para publicar de nuevo un artículo que salió en este blog hace dos años y el cual quizá mucho de los nuevos visitantes no conocen

Tras la sombra de Bobby Fischer

Porque eso fue lo que quedó de él. Del niño prodigio que a los doce años ganó el campeonato de ajedrez de los Estados Unidos, a los quince se convirtió en candidato al campeonato mundial y a los veintinueve se coronó campeón mundial; del innovador de quien Kaspárov dijo que “fue el asesino del tablero...el genio solitario que desafió a la formidable Escuela Soviética de Ajedrez...y ganó...quien modernizó todos los aspectos del antiguo juego...” no quedó mas que la sombra delirante de un loco que rabioso despotricaba contra los judíos y el gobierno americano...y contra cualquiera que tuviese una opinión distinta a la suya. La vida de Bobby Fischer se lee como una de las historias mas tristes de los últimos sesenta años.
Lo vi en La Habana, durante las olimpíadas de ajedrez, en 1966, cuando abierta o secretamente todos seguíamos cada uno de sus movimientos ante el tablero, deseando que hiciera trizas al equipo soviético y se alzara con el oro. Por las noches, varias veces lo vi salir de El Escondite de Hernando, donde se emborrachaba solitario, a tres o cuatro mesas del otro campeón, Mijail Tal, quien desde su puesto lo invitaba en vano a compartir las jineteras que lo rodeaban. Serpenteaba Rampa arriba, con el desequilibrio típico del intoxicado, de regreso a su habitación en el Habana Libre. Sus bamboleantes pasos eran seguidos a cierta distancia por dos atentos compañeros de la seguridad del estado, quienes aseguraban que nadie se le acercara. Nunca eran los mismos. No sé si Fischer se daba cuenta, pero es probable que tampoco le importaba. Este espectáculo se repetía casi todas las noches y al día siguiente trituraba a su rival de turno.
La figura de Fischer y todo lo que representó tuvo una enorme influencia en casi todos mis amigos y enemigos, principalmente en quienes con mas o menos destreza jugamos o fuimos aficionados al ajedrez.
Sin ninguna preparación, con muy pocas excusas y quizá como parte de un proyecto personal, en el año 2006 decidí ir a Islandia a intentar encontrar al recluso Fischer y de ser posible, entrevistarlo. Desde que llegué, sabiendo que sólo tenía seis dias a mis disposición, me puse a la tarea de establecer contactos. Llamé al club de ajedrez de Reikiavik, que entonces no tenía local fijo, pero tras demorarse dos días en contestar, me dijeron que no sabían nada de él y que Fischer jamás había asistido a sus reuniones y torneos.
Deambulando por Laugavegur, la arteria principal de la capital, tropecé con un café llamado Babalú. Como el nombre despertó mi curiosidad, entré a ver si de paso obtenía alguna información. El dependiente era un pintor francés que se encontraba disfrutando de una beca del gobierno islandés y con mucha cordialidad me dijo que él tenía idea de dónde vivía Fischer y que lo iba a confirmar con un amigo. También me dijo que los dueños del Babalú eran un finés y su esposa cubana, pero que no vivían en Islandia.
Esa noche entré en el Tapas Bar dispuesto a consumir unos aperitivos pero el español dueño del lugar, se negó a servirme aduciendo de que todo estaba reservado (a pesar de no haber un alma en el lugar por lo relativamente temprano de la hora). Insistí en al menos sentarme en una banqueta del bar, pero de nuevo, a través de su maitre d’ y a pesar de estar parado frente a mi, dijo que no  podía ser porque mucha gente estaba al llegar. Empecé a pensar que a lo mejor tenía algo que ver con mi interés por Fischer. A todos a quienes preguntaba, lo primero que me respondían era que “ha hecho declaraciones muy antisemitas”. Di unas cuantas vueltas y unas horas mas tarde me dirigí al Kaffibarinn, el bar mas popular de Reikiavik, propiedad del director de cine Balthazar Kormakur y donde cada noche se reune el tout Reikiavik. Entre actores conocidos y desconocidos, artistas plásticos, disc jockeys y cantantes, me encontré, por supuesto, al pintor francés, quien para mi sorpresa me había conseguido las direcciones para llegar al apartamento de Fischer. Un poco mas tarde, en medio del gentío, conocí a un ex agente de la Mossad que trabajaba como experto en seguridad para los bancos islandeses (asi se me presentó y asi decía su tarjeta). Entre tragos y descargas me dijo que mas o menos sabía donde vivia Fischer y me dio unas direcciones casi  idénticas a las que me había dado el pintor francés.

Al día siguiente, titubeante, fui hacia la zona. Pasé por la libreria de viejos que me habían dicho frecuentaba y hablé con el dueño, quien muy amable me dijo que hacía como tres semanas que no lo veía. Llegué frente al edificio que estoy casi seguro era donde vivía Fischer acompañado de su mujer japonesa, pero para entrar se requería un código, los buzones de los apartamentos no tenían nombres y yo no sabía cuál era el suyo. Di unas vueltas alrededor del edificio, que está situado en una colina a unas cuadras al oeste del centro mismo de la ciudad y que tiene una vista impresionante del Monte Esja, que se encuentra al otro lado del fiordo. Nadie entró, nadie salió y al cabo de un rato decidí irme.
Continué intentando establecer otros contactos, pero nada resultaba. Ya en mi último día en Islandia, frustrado, porque había pensado que en un país tan pequeño (el día de mi llegada había nacido el habitante número trescientos mil) localizar a Fischer debía ser fácil, fui al restaurant Sjavarkjallarin, que en su menú tenía “Reno estilo cubano”, pero como no tenía reservación no pude entrar. Me dirigí entonces al Museo Saga, en donde se encuentran las tablas y manuscritos de las sagas islandesas, tan citadas por Borges. A la salida, decidí probar suerte con la ancianita que trabajaba en la recepción del museo, quien con mucha cortesía me dijo que ella había oido que él iba mucho al Grand Rokk, un bar a un par de cuadras del museo. Escéptico me dirigí hacia allá. Cuando entré, el bar me pareció un antro en el cual ya, mucho antes de las tres de la tarde, estaba la barra repleta de rastreros gigantescos con aspecto de vikingos, vestidos con chaquetas y pantalones de cuero, luciendo tatuajes y enarbolando cervezas, amenazadoramente ebrios. Me dirigí al cantinero y le pregunté si sabía algo de Fischer. Era un tipo muy jovial que me dijo que en efecto, éste iba por alli, pero que hacía como dos semanas que no lo veía, que hacía poco habian venido unos ajedrecistas holandeses y no lo habían podido ver. Pedí una cerveza, sin creerle mucho, pero cuando me viré, me di cuenta que al otro lado del salón había varias mesas con tableros de ajedrez. Me acerqué con curiosidad y vi las paredes llenas de pizarrones anunciando eventos culturales, masajistas a domicilio, torneos de ajedrez, funciones de cine alternativo, eventos universitarios y lecturas de poemas. Un hombre ajado y obviamente borracho, me convidó a jugar una partida, pero le dije que no. En ese mismo instante me di cuenta que había perdido mi tiempo buscando en todos los sitios equivocados, que este era el lugar ideal en el cual la sombra de Fischer buscaría refugio, rodeado de contradicciones humanas, lejos del ambiente en el cual se le conocía como un genio, junto a quienes lo tratarían sin darle mucha importancia, quizá como el ser humano que quiso pero que nunca pudo ser. Pensé que ese hubiera sido también el marco ideal para un match entre Fischer y otro “genio malogrado”, el amigo Benjamín Ferrera, muerto en su exilio mejicano años atrás, otro caso de antagonista sin brújula, poeta y jugador de ajedrez, alcohólico sin par.
Me fui de Reikiavik sin ver a Fischer, pero con un mejor entendimiento de lo que fueron sus últimos días. Bobby Fischer murió dieciocho meses despues de mi visita, antes de cumplir los 65 años y sin jugar públicamente ninguna otra partida de ajedrez.

Roberto Madrigal

Thursday, November 14, 2013

Lisa y la leyenda del periodismo objetivo


Al cumplirse los cincuenta años del asesinato de Kennedy, se han reciclado muchos artículos interesantes, se ha vuelto a despertar el interés por la participación de Cuba en el suceso, se han desclasificado algunos nuevos documentos y se han regurgitado las teorías sobre las más disímiles conspiraciones. Pero de todos los personajes que se han vuelto a mencionar, la figura más enigmática es la de Lisa Howard, quien a pesar de mencionarse en diversos análisis y trabajos, de forma bien conspicua, parece siempre pasar desapercibida y nadie parece querer hurgar en los misterios que desaparecen en su estela.
Dorothy Jean Guggenheim nació el 24 de abril de 1930 en Cambridge, un pueblo que hoy en día cuenta con doce mil habitantes y mucho lumpenproletariado rural, situado en medio de las colinas que se alzan en la parte del centro-este del estado de Ohio, apenas a una hora de la frontera con la pequeña ciudad de Wheeling, en Virginia del Oeste. La ciudad grande que más cerca le queda es Columbus, a unas setenta millas, que a pesar de ser la capital del estado, como área metropolitana es insignificante. En medio de la belleza de su paisaje, la ciudad se hunde (no se puede decir que se alza) en su asolado y nunca próspero pasado industrial. Al cumplir dieciocho años, Dorothy terminó la segunda enseñanza y se fue de su pueblo. Reapareció en Los Angeles con el nombre de Lisa Howard. Resulta curioso que en su sitio de internet, Cambridge presenta al final una lista de sus ciudadanos más destacados, entre los cuales sobresale el senador y astronauta John Glenn (el chiste que se cuenta es que estaba tan desesperado por irse de Cambridge que se hizo astronauta), junto a una serie de mediocridades, mayormente atletas de segunda fila, no aparece referida Lisa Howard.
Tras actuar brevemente en el teatro, conoció y se casó con Felix Feist, un director del montón, debutando como actriz secundaria en dos de sus películas, en una de ellas (Guilty of Treason, 1950), haciendo el papel de una militar soviética. De ahí salto a trabajar en los novelones de televisión, principalmente en As the World Turns. La revista People le dio el título de “La Primera Dama del pecado”. Con su carrera estancada, se mudó a Nueva York, donde participó en un par de obras de Off-Broadway. De ahí pasó a trabajar como reportera en la radio y como por arte de magia se convirtió en la primera persona en entrevistar a Nikita Jruschov durante la visita de este a las Naciones Unidas en 1960. Dicen que lo logró entrando en la misión soviética disfrazada de koljosiana y que se unió a la fila de la delegación y tomó a Jruschov de la mano, le pidió una entrevista, y este entre sorprendido y admirado, se la concedió. De una forma similar, cuentan, consiguió una primicia con John Kennedy, cuando este era aún candidato a la presidencia.
Se casó con Walter Lowendahl, un productor de cine, y luego, dada su reciente reputación, ABC la contrató y le dio un pequeño espacio en los noticieros del mediodía, en donde entrevistó a Adlai Stevenson, al doctor Benjamin Spock y a varios cosmonautas soviéticos, a quienes acorraló con su camarógrafo durante una vista al planetario Haydn. Inmediatamente fue promovida y se convirtió en la primera mujer en ser presentadora de noticias en la televisión americana. Antes de Barbara Walters y Diane Sawyer, existió, aunque hoy poco se habla de ella, Lisa Howard. También, antes de Barbara Walters y Diane Sawyer, Lisa fue la primera en entrevistar a Fidel Castro. Es aquí donde me pregunto dónde empieza la política, dónde la intriga y dónde el periodismo objetivo.
Para conseguir su entrevista con Castro se valió de sus contactos con diversos embajadores asentados en La Habana, entre ellos el soviético y según dicen las historias, quien finalmente le consiguió la entrevista fue el embajador de Ghana. Tras su entrevista con Castro, pasó mensajes de apaciguamiento de este al presidente Kennedy, antes de que el periodista francés Jean Daniel cumpliera una misión similar. Fue la encargada de poner en contacto al entonces embajador en Guinea, William Attwood, con el delegado cubano a la ONU, Carlos Lechuga, para que mantuvieran reuniones secretas respecto a la posible normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Para estos propósitos Howard también contó con la ayuda del comandante René Vallejo como intermediario.
En marzo de 1964 consiguió una entrevista con el Che Guevara, que puede verse en You Tube.  Es una entrevista en la que el tono es de confrontación y si a alguien le queda alguna duda de la clase de sanguijuela política que era Guevara, debe escucharla con atención. En ella, este dice que “siempre supe que Fidel no era comunista, pero era un buen candidato para convertirse en uno”. Añade que el “bloqueo ha sacado a relucir lo mejor de los cubanos” y repite la tesis, entonces popular y hoy anatemizada, de que fueron los americanos los que impulsaron a Cuba a hacerse comunista.
Howard participó activamente en el Lexington Democratic Club, una organización aún en existencia que se dedica a influir en la postulación de candidatos demócratas en la ciudad de Nueva York.  Como parte de estas actividades, mientras era la reportera destacada de ABC, participó en reuniones secretas con Aldous Huxley y Timothy Leary para avanzar la investigación sobre el ácido lisérgico con vistas a su legalización.
Era entonces un período político dominado por el partisanismo y el divisionismo. Estaban los republicanos de Goldwater, como ahora los republicanos del Tea Party, y el resto de los republicanos, y por el otro lado los demócratas de Kennedy, como hoy los demócratas de Clinton, y el resto de los demócratas. No puede olvidarse que Kennedy derrotó a Nixon en unas elecciones tan reñidos y disputadas como en las que casi un cuarto de siglo más tarde Bush derrotó a Gore.
Howard y su grupo se pusieron de parte de Johnson y se enfrentaron a Robert Kennedy, a quien consideraban un traidor, un autoritario y un oportunista y junto a un grupo del cual también formaban parte Gore Vidal y Paul Newman, apoyaron al candidato republicano para el senado de Nueva York. Aquí al parecer ABC “se enteró” convenientemente de la politización de Howard y la despidieron en 1965.
Tras perder un embarazo, conocer del asesinato de una amiga que participaba con ella en las reuniones sobre el ácido lisérgico, y con su carrera en quiebra, el 4 de julio de 1964, a los 35 años, Lisa Howard murió de una sobredosis de barbitúricos tras falsificar una receta. Felix Feist moría de cáncer tres meses después.
Quizá lo más interesante de la historia de Howard, a quien todavía rodea una aureola de misterio, es el papel de las maniobras políticas en las decisiones editoriales de las grandes cadenas de información. Eso es muy pertinente hoy en día, cuando los noticieros ya no imparten noticias, sino opiniones, en un momento en el cual es fácil escoger a quien escuchar, la Fox si se es de derechas, y MSNBC si se es de izquierdas. Si uno está indeciso, CNN, con su vaivén inseguro, le puede servir de guía. Es importante mantenerse alerta en cuanto a la información que filtran estas opiniones parcializadas y que pueden afectar la decisión de muchos ciudadanos en un proceso electoral.
Por otra parte, la breve vida de Dorothy Guggenheim, que sin ningún tipo de credenciales conocidas ni de estudios superiores salió de un pueblo de campo olvidado de Dios para llegar a la cima del periodismo americano y encontrarse en el medio de las intrigas políticas más importantes de su época, no solamente es fascinante de por sí, sino por esa especie de vago ninguneo que sigue sufriendo.


Roberto Madrigal

Thursday, November 7, 2013

Del filósofo al fetiche



Con perspicacia profética, aunque probablemente no estaba consciente de ello entonces, el propio Marx comenzó su panfleto El manifiesto comunista, lapidando el futuro de la utopía que iba a desarrollar en las páginas siguientes al escribir: “Un fantasma se cierne sobre Europa…es el fantasma del comunismo”. En su más reciente texto, El comunista manifiesto, con la ventaja de mirar desde 160 años más tarde, el ensayista cubano Iván de la Nuez no pierde la oportunidad de comenzar parodiando el título al invertir su estructura gramatical, sino que ya desde la primera página se apresura a aclarar que: “…únicamente después del derribo del Muro de Berlín es cuando el comunismo se convierte en un fantasma que recorre Europa; el espectro de un mundo muerto que insiste, con ardides muy dispares, en tirar de los pies a los que le han sobrevivido”.
Marx comienza a compartir con Jesucristo, no solamente el hecho de ser dos de los cuatro judíos que han modelado el pensamiento occidental moderno (siendo los otros dos Freud y Einstein junto con el anglicano Darwin), sino el hecho de comenzar a padecer un via crucis y una suerte de resurrección. Ambos crearon una visión del devenir que derivó en instituciones que ocuparon un poder absoluto por largo tiempo y cuyos discípulos libraron cruentas guerras y fueron responsables de grandes genocidios. Ambos fueron revolucionarios fallidos que posteriormente han sido objetos de veneración fanática y vilipendio cruel. Han reaparecido como objetos de consumo en estampitas, artículos de vestir, lemas proselitistas y espectáculos comerciales. Del calvario marxista se ocupa de la Nuez en su obra.
En la primera de las tres partes del libro, titulada “El fantasma”, el autor se centra en la reaparición del marxismo y el comunismo, una vez despojados del poder total (excepto, por supuesto, en países como Cuba, Corea del Norte, Viet Nam y China), como “un comunismo de baja intensidad que no dispone…de un baluarte estatal en el que fijar su modelo y su meta”. Los fundadores de futuro han acabado como un pasado innombrable. Pero es obvio que nada viste mejor a un tratado ideológico que pasar a la oposición, así puede esconder sus defectos, o lo que se le achaca como defectos. De la Nuez apunta que los “actuales usos comunistas parecen devolver la incómoda palabra a su semántica primigenia…crear comunidad”, al decir de Blanchot. Incluso los neocomunistas como Zizek, a quien cita de la Nuez, repiten en público: “No somos comunistas”. En este regreso se inscribe el Eastern, concepto con el cual el ensayista explica el regreso del fantasma como estética, asentándose en esta época en el que “los países excomunistas pasan a convertirse en un paisaje –entre pintoresco y terrible- cada vez más familiar para la cultura de Occidente. Así los artistas del antiguo bloque del este son reconocidos por los museos del oeste, se redescubren escritores como Grossman y hasta se retira de su embalsamamiento a la figura de Marta Kubisova. Surgen grupos como los amantes de los Trabant y el blog Muñequitos rusos.
El Eastern no es la Ostalgia, la cual de la Nuez no teme definir como “nostalgia por el comunismo”. También apunta a la reaparición del panfleto, que yo añadiría que se puede observar como prolifera en la academia y en la crítica de cine, así como en obras que se ufanan de su contenido mientras transitan por caminos estéticos demasiado recorridos. Ese exceso de contenidismo que abunda hoy hasta en la cultura popular.
En “La sombra”, la segunda parte del libro, el autor se ocupa de la conversión de Marx y el comunismo, en fetiche. Aquí abundan los ejemplos específicos de apropiaciones estéticas, algo más ligado al espíritu comunal del comunismo, y de la Nuez repasa textos y obras de Groys, Limónov, Kundera, Joan Fontcuberta y muchos otros. Impresiona la agilidad con que el autor maneja las innumerables referencias intertextuales esquivando el aspecto plúmbeo que asoma en casi todas las obras que se llenan de citas eruditas para ocultar la opinión propia del autor. De la Nuez no teme lanzar opiniones sin necesidad de fundamentación detallada. Expone y tienta.
Hace muchos años, a fines de la década del setenta, mi gran amigo, el tempranamente difunto Everardo Llanes, unos años mayor que yo, a una edad en que la diferencia cuenta, y con toda una rica experiencia vital (que él llamaba la ‘proteína histórica’, por haber vivido más años que yo bajo el régimen anterior a Castro) muy superior a la mia, no cesaba de repetirme un poco monsergoso: “El capitalismo es inderrotable, porque es capaz de absorber a su enemigo y convertirlo en mercancía y en fetiche” y me llenaba de ejemplos de las revueltas del 68. Yo entonces vivía en el país más remoto del mundo, Cuba, y no me daba cuenta bien de ello. No fue hasta un tiempo después, a mediados de los ochenta y con Everardo ya muerto por mano propia (debido a las humillaciones que le hicieron sufrir en Cuba), que vi con asombro un anuncio a todo color y a toda página, en la revista Vanity Fair, de relojes de mi odiada marca Poljot. La inservible producción relojera soviética había sido convertida en kitsch utilizable, fetiche para consumo de las élites gliteratti. Este es un aspecto que no escapa a la observación aguda de El comunista manifiesto. La revolución proletaria al servicio del oropel.
En la última parte, “El cuerpo”, de la Nuez se remonta a la encarnación del marxismo. Expone que fue en Stalin donde la teoría se hizo práctica viva y con ello se convirtió en la fundamentación de una maquinaria de matar, pero como Stalin y sus seguidores (y sin sonrojos el autor incluye a Castro, a Mao y a Kim Il Sung) iban matando canallas con su cañón de futuro, la izquierda occidental se lo justificó. Ahora, minimizada su presencia en el poder, con las guerras religiosas como centro de las trifulcas internacionales, la nueva izquierda puede reaparecer agazapada en las aulas universitarias y en el trasfondo de las protestas de los indignados. El autor también aborda otras teorías como las del “fin de la historia” y las tesis de Robert Kaplan.
Iván de la Nuez es un provocador con un extraordinario dominio del lenguaje. Su prosa mezcla lírica con narrativa y es capaz de manejar citas y referencias con un desenfado inusual en los ensayistas de hoy. No es meramente un hilvanador de frases felices, que lo es, sino un escritor y un ensayista en el mejor espíritu de Montaigne. Expone sus reflexiones sin espetar conclusiones determinantes, dejando espacio abierto para la discusión. No es necesario estar de acuerdo con lo que dice para disfrutar y apreciar su estilo y la amenidad con la que expresa ideas profundas. Puede hacer la transición de Borges a Aurora Jácome sin que su párrafo pestañee. Hace que todas sus citas, calamburs y juegos de palabras se revistan de una profundidad que se entiende cuando se meditan sin provocar el bostezo. Va de la referencia y la intertextualidad informada, a la anécdota ilustrativa, sin transiciones pedantes. Este es además uno de sus libros más confesionales. Al final de la primera parte aventura posibles interpretaciones a su texto e innecesariamente se defiende por anticipado. Expresa su creencia en que la caída del Muro abra la oportunidad de una alternativa. Que el mundo no se vea obligado a optar por una u otra opción y que el criticar a una no implique defender la otra, que la política es muy importante para dejarla en manos de los políticos. Esa es la utopía por la que apuesta.
Resulta muy interesante su capacidad de incorporar el tema cubano en el discurso global. Aunque los toca de paso, me parece que hubiera sido necesario en este libro ahondar en la influencia de los movimientos de finales de los sesenta en los sucesos de hoy, el papel de la contracultura en el discurso de los disidentes y en establecer una comparación entre la mercantilización del comunismo y lo imposible que ha resultado hacer lo mismo con el nazismo, horrores comparables. No obstante queda claro el branding de Carlos Marx, que reaparece, quizá refunfuñando desde el más allá, en tarjetas de crédito, marcas de blue-jeans, obras de teatro, películas, libros y accesorios de moda. No sé si es la historia, su dios definitivo, que toma venganza y se burla de él. A su presencia actual le podría servir como epitafio la letra de una canción de Jay-Z, en la cual refiriéndose a sí mismo dice, mostrando el valor de una coma: “I’m not a businessman/ I am a business, man!”.

El comunista manifiesto. Iván de la Nuez. Galaxia Gutemberg. Círculo de Lectores. Barcelona 2013. 174 páginas. A la venta en Amazon y Barnes and Noble, asi como en muchos otros sitios de la red.


Roberto Madrigal

Thursday, October 31, 2013

Dos textos breves de Reglo



En un post anterior ya introduje a Reglo Guerrero. Su biografía es tan interesante que aunque yo solamente rocé la superficie, un lector comentó que parecía un personaje inventado. No lo es, pero los hechos de su vida pudieran nutrir muchas ficciones. Es uno de los pocos casos en los cuales la realidad es más imaginativa que la fantasía. Ojalá algún día la detalle en una obra de ficción en la cual el lector no sabrá donde comienza la realidad y dónde la pesadilla. De momento, para leer dos breves textos suyos pinche aquí (http://archdil1.blogspot.com/2013/10/dos-textos-de-reglo-guerrero.html)


Roberto Madrigal

Thursday, October 24, 2013

Más variaciones sobre un mismo tema (recurrente)



No estoy seguro si fue a finales de 1980 o a principios de 1981, yo había llegado unos meses atrás y recuerdo que hacía un poco de frío en Miami. Cabrera Infante se presentaba en la entonces cinemateca de Miami, que comandaba Natalio Chediak, para ofrecer una charla sobre su obra. En un momento determinado expresó (y cito de memoria): “Si no hubiera sido por la revolución cubana yo hubiera sido un director de revistas rodeado de secretarias encamables”.

A finales de los años cincuenta, me contaron, de resonancias cercanas, que Lezama Lima solía comentar con sus amigos: “Voy a pasar a la historia de la literatura como un gordo que repartía revistas”. Con ello se refería a sus sudorosos recorridos por las librerías habaneras cargado de ejemplares de la revista Orígenes, a la vez que trataba de resumir el impacto cultural que pensaba había tenido antes de la llegada de la revolución.  Por supuesto, después de 1959 su suerte cambió y le llegó, tarde como él mismo decía, una siniestra celebridad.

Independientemente de lo que cada cual piense de sus obras y de la disparidad de sus posiciones ideológicas, no hay dudas de que los tres escritores de mayor notoriedad que ha producido la literatura cubana en los últimos veinte años son Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura y Zoé Valdés.

¿Qué tienen en común estos tres autores tan diferentes que los puede haber catapultado a un estatus de celebridad indiscutible? Más allá de haber padecido el crecer casi a la par de la revolución cubana (aunque Pedro Juan en su infancia sorbió un poquito del ancien régime), los tres han narrado aspectos de la realidad cubana, en forma realista, que han mostrado mundos o submundos desconocidos hasta ese momento en la literatura cubana. Los une principalmente la Trilogía Sucia de La Habana, de Gutiérrez, las cuatro novelas de Mario Conde, empezando por Pasado perfecto, de Padura y La nada cotidiana, de Valdés. No importa que esta última haya sido publicada en el extranjero, porque revela una realidad a la cual la autora estaba muy cercana en aquel momento.

En un país en el cual los medios de información están estrictamente controlados por el gobierno y en el cual la cultura, aún hoy en día se mantiene como el último bastión de defensa de la ideología una vez dominante, la literatura, sin quererlo, o queriéndolo, informa. La narrativa principalmente, es una de las fuentes alternativas de información que tienen quienes quieren asomarse a la realidad cubana. Escribir con cierta audacia y originalidad sobre esa realidad (a pesar de que Padura lo hace de forma extremadamente calculada) eleva al autor a niveles que quizá sus méritos literarios solamente no lo harían (y esto no es un comentario sobre la calidad literaria de estos narradores). Esto es mayormente valorado en el extranjero, donde están las grandes editoriales, los premios y el dinero.

A muchos escritores y artistas cubanos les gusta quejarse de que donde quiera que van lo primero que les preguntan es sobre política. Dicen que quisieran ser como los americanos o los ingleses, a quienes solo se les pregunta sobre su obra. Esto ha saltado a relucir nuevamente en el artículo que recientemente publicó Jon Lee Anderson en The New Yorker , mayormente centrado en Padura (“Letter from Havana: Private Eyes”, edición de octubre 21, 2013), quien menciona un trabajo anterior de Padura, bastante conocido, en el que dice que quisiera ser Paul Auster.

Lo cierto es que, salvando el océano literario que los separa, es posible que Auster sienta envidia por el protagonismo de Padura y que este último, a quien a pesar de su excelente novela El hombre que amaba a los perros, lo quieren encasillar como escritor de género por sus policiales anteriores, si no escribiera sobre Cuba no fuera otra cosa que un escritor más de novelitas policiales. Su obra estaría muy por debajo de, por ejemplo, el islandés Indridadsun quien con su obra sí logra trascender los reducidos límites de su pequeña isla en la cual se desarrollan sus temas.

Recuerdo que debió haber sido en 1993, que me llegó una revista UNION o La Gaceta de Cuba, de esas que me enviaban por intercambio por mi revista Término, para entonces ya difunta por mano propia muchos años atrás, y al abrirla en la sección de narrativa me tropecé con un cuento que me pareció excelente y que con lenguaje mordaz y desenfadado mostraba una realidad cubana que solo conocía de oídas. Estaba firmado por Zoé Valdés, de quien en aquel momento no tenía ninguna información. Este relato, en el cual había un jineteo en una playa entre un extranjero y una pareja, de un erotismo inusual en lo que me llegaba de Cuba, me lanzó a buscar otras cosas de la autora (solo encontré algunos poemas en una antología del premio Roque Dalton). Años después me tropecé con el relato en Traficantes de belleza, se titulaba “Traficante de marfil, melones rojos”. Al leerlo en este libro, me pareció que había sufrido cambios y no me impresionó de igual manera. Es posible que yo hubiera cambiado y ya conocía a Zoé Valdés y a otras obras suyas. Lo cierto es que es innegable que la inmediatez que comunicaba la primera vez que lo leía, le daba un valor adicional.

Quejarse de que se les pregunte sobre política y no sobre literatura es una hipocresía de los narradores cubanos que lo hacen. El efecto de ese fenómeno que controla el país desde 1959 es inevitable y hay que aceptarlo sin resignación, más bien enfrentarlo. Cada cual debe decir su verdad, porque en realidad, es una oportunidad que se les ofrece y de la cual no debieran rehuir. La narrativa realista, en todos los contextos, informa y esa información que ofrece en muchos casos realza el valor del escritor (tanto, que hoy en día, los críticos neomarxistas como George Scialabba, en un país como los Estados Unidos, quieren ensalzar a Gore Vidal como el Gran Novelista Americano, por ser el “cronista del imperio”), en Cuba esto se multiplica por su excepcionalidad.

El fantasma agotado del proyecto castrista todavía nos apresa en su sombra, pero bienvenido sea el reto. No hay que ser escritor realista para aceptarlo. Todos, desde los que escriben ciencia ficción, literatura infantil, poesía de género y hasta literatura onírica, tienen en este caso una responsabilidad social nada agradable. Demasiados la rehúyen.

Debo añadir que aquella noche durante la charla de Cabrera Infante, tras decir lo que arriba cito, osé pedirle que explicara la complejamente nefasta manera por la cual el proceso revolucionario, a pesar de sí mismo, le había servido de plataforma para integrar el boom latinoamericano. No sé si no me supe explicar  o que por aún tener la arena en los zapatos me expresé involuntariamente mal, o no era el lugar adecuado para hacer esta interpelación, pero Cabrera Infante se insultó con mi pregunta y su respuesta no respondió a mi cuestionamiento, sino que se extendió relatar a su historial como opositor del gobierno cubano y el precio que había pagado por ello, cosa de la cual yo estaba al tanto. El desplante que sufrí en mi primer encuentro con un autor cuyos libros había devorado arriesgando mi pellejo y dedicando una inmensa cantidad de tiempo por tantos años en Cuba, venciendo todo tipo de obstáculos, no mermó en absoluto mi admiración por su obra y por su trayectoria personal. El peso de la revolución no es fácil de llevar en los hombros de un escritor.

 
Roberto Madrigal

Thursday, October 17, 2013

Otro texto sobre cine



Mientras demócratas y republicanos se reparten martinis para celebrar su éxito por habernos salvado, tras penosas negociaciones, del precipicio político y fiscal al cual ellos mismos nos empujaron, nada mejor que buscar otros temas para divagar con curiosidad serena. Aquí incluyo otra entrega del texto sobre cine que tiene en preparación mi amigo Jesús Suárez a quien ya introduje en una nota anterior en este mismo blog. Este fragmento se centra en el director japonés Takashi Miike y su resurrección del género samuari. Para leer el texto pinche aquí: (http://archdil1.blogspot.com/2013/10/los-generos-el-cine-de-samurais.html)

Roberto Madrigal

Thursday, October 10, 2013

Un premio merecido, una decisión salomónica



No hay premio justo. Siempre queda afuera alguien cuyos méritos son similares, y en opinión de muchos, superiores a los de quien lo gana. Lo más que se puede decir de un premio es sobre su merecimiento o desmerecimiento. Pienso que este año el premio Nobel de literatura concedido a la narradora canadiense Alice Munro es un premio merecido y su concesión ha sido sabia.

Tras el escándalo que se armó cuando el año pasado el premio se le otorgó al novelista chino Mo Yan, la academia sueca ha optado, al menos esta vez, por alejarse de los escritores proclives al protagonismo.  Han premiado a una escritora de la cotidianidad, una mujer callada y sencilla cuyos temas se centran en los dramas existenciales de la gente común que habitan en sitios provincianos, como el condado Hurón, o en ciudades remotas como Vancouver. Una narradora pura, que domina la concisión y la síntesis, con una prosa limpia y directa, pero llena de sutilezas lingüísticas. Han decidido de paso premiar a un país remoto en el imaginario del resto del mundo, una nación silenciosamente dividida y cuya población anglófona padece de un problema de identidad y es comúnmente confundida con sus vecinos del sur. Para muchos un canadiense y un americano son indistinguibles, o un canadiense no es más que un americano que pasa frio y juega hockey.

A pesar de que Canadá ha recibido más de una docena de premios Nobel en diversas categorías, esta es la primera vez que se le concede el premio de literatura. Técnicamente es la segunda, pues Saul Bellow, quien lo ganó en 1976, nació en Montreal, pero fue concebido en San Petesburgo (sus padres llegaron a la provincia de Québec cuando su madre ya tenía siete meses de embarazo) y se mudó a los Estados Unidos a los ocho años. Además, su literatura se inserta de lleno en el panorama de la literatura americana. Munro, sin embargo, pertenece a una tradición literaria que incluye, para solamente citar a algunos, a Robertson Davies (Fifth Business), Margaret Atwood (Survival), Mordecai Richler (The Apprenticeship of Duddy Kravitz) y Lawrence Hill (The Book of Negros), así como al poeta y novelista Leonard Cohen, que es más conocido mundialmente por su música. De todos modos, ese asunto de las nacionalidades se vuelve un poco borroso en estos tiempos.

Es también la primera vez que la academia sueca premia a ese imprescindible pero marginado género que es el cuento (aunque a mi juicio lo mejor de la obra de Hemingway son sus cuentos y sus novelas cortas), porque Alice Munro es primeramente una cuentista que tiene algunas obras que pudieran considerarse novelas cortas por su enlace temático. Con esto, rinden un homenaje tardío e implícito a dos grandes cuentistas que nunca fueron premiados (aunque sí nominados) como Antón Chéjov y Sherwood Anderson, a quienes el estilo y la temática de Munro se asemeja mucho (a pesar de que en sus entrevistas cita como influencias a Eudora Welty y a Katherine Anne Porter).

El Nobel es un premio conservador. Inicialmente se le otorgaba exclusivamente a escritores “idealistas” según la definición que dejó en su legado Alfred Nobel, por lo cual Tolstoi (que era un hombre idealista pero no un escritor idealista), Chéjov y Joyce quedaron eliminados. Con la erosión del tiempo y el devenir histórico, el premio se ha abierto a otras tendencias. Tiene una larga historia de injusticias o de premios inmerecidos y la lista de autores merecedores del mismo que han sido relegados, es tan o más larga que las de los ganadores. Por su conservadurismo, es casi imposible que se decidan algún día a concedérselo a escritores que considero merecedores del mismo como Bob Dylan y Victor Erofeiev. Este mismo año se puede discutir hasta la saciedad si no se lo merecían más autores como Milan Kundera, Phillip Roth, Joyce Carol Oates y Cees Noteboom, cuyos nombres se barajan con frecuencia (por suerte evitaron, al menos por ahora,  dárselo a Haruki Murakami, ese oprobio de la literatura global que es del gusto de muchos), pero Alice Munro se lo merece tanto como los anteriormente mencionados.

Nacida en Wingham, provincia de Ontario, en 1931, tras publicar su primer cuento en 1950, abandonó sus estudios de literatura inglesa en la universidad de Western Ontario, al año siguiente, para casarse y dedicarse a ser ama de casa. En 1963 se mudó a Victoria, en la costa del Pacífico, donde junto a su esposo abrió la librería Munro Books, que aún funciona en otras manos. En 1968 publicó su primera colección de cuentos, Dance of the Happy Shades, con la cual recibió el premio del Gobernador. Se divorció de James Munro en 1972 y escribió cuentos para Radio Canadá. Cuatro años más tarde se casó con Gerald Fremlin, geógrafo de profesión, y se mudó para una granja en Clinton, Ontario, de cuyos alrededores se ha nutrido gran parte de su obra.  Ha acumulado prestigiosos premios a lo largo de los años, entre ellos el británico WH Smith por su obra Open Secrets en 1995, el PEN/Malamud por su excelencia en la cuentistica en 1997, el National Book Critics Circle por su colección de cuentos The Love of a Good Woman en 1998, el O. Henry por su consistente obra cuentistica en sus publicaciones estadounidenses en 2008 y  el Man Booker Internacional que concede el Reino Unido en 2009. Sus obras comenzaron a publicarse en castellano en 1982, siendo la más reciente Demasiada felicidad, publicada en 2009 por la editorial Lumen.

Su obra ha sido también llevada al cine y la televisión, siendo la más destacada Away from Her (2006), ganadora de varios premios y que le valió, en 2008, nominaciones al Oscar por mejor actuación estelar femenina a Julie Christie  y a su directora Sarah Polley por el mejor guión adaptado. La película, un excelente drama sobre una mujer que sufre un prematuro Alzheimer, se basó en su cuento The Bear Came Over the Mountain.

Alice Munro es una narradora extraordinaria, cuya temática se desarrolla en sitios provincianos y muy específicos, pero que enfrenta los terrores del ser humano ante la cotidianidad, la muerte, la pérdida y la realización de los sueños, que la hace una obra de trascendencia universal.

Roberto Madrigal