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Sunday, January 15, 2017

La emigración como arma política


El pasado 12 de enero, el presidente saliente Barack Obama derogó la enmienda presidencial conocida como “pies secos/pies mojados”, que fue una revisión a la Ley de Ajuste Cubano de 1966. Esta medida expresaba que todo cubano que llegara a las costas de Estados Unidos (“pies secos”) tendría derecho a la residencia americana al cabo de un año de estancia en este país, sin mucha indagación. Aquellos interceptados en altamar, serían devueltos de inmediato a la isla.

La ley vino poco después del explosivo movimiento migratorio conocido como el “Maleconazo”, ocurrido en 1994 y que, entre otras cosas, llevó a miles de cubanos a residir temporalmente en la Base Naval de Guantánamo. La idea de esta enmienda, que es un decreto presidencial promulgado por el entonces presidente Bill Clinton, era limitar la entrada de cubanos a los Estados Unidos, ya que como la mayoría venían por mar, al devolver a los interceptados, se reduciría el número de inmigrantes y asustaría a otros balseros potenciales.

Como siempre sucede, la cosa salió al revés. Los cubanos buscaron la forma de darle la vuelta a la enmienda y al cabo de un tiempo entraban por todas partes, desde las fronteras mejicana y canadiense, hasta llegando en vuelos desde Europa y Latinoamérica, y más recientemente mediante esos largos peregrinajes que empiezan por países que aceptan a los cubanos sin exigirles visado. Esto fue posible gracias a la maniobra de Raúl Castro en 2013, de eliminar el permiso de salida.

Como esta enmienda fue un decreto presidencial, el presidente Obama pudo eliminarla de un golpe y sin necesidad de consultar al congreso. La Ley de Ajuste Cubano, por ser una ley emitida por el congreso, requiere un proceso más lento y arduo. O sea que, básicamente volvemos al status de 1994. Los cubanos mantienen cierto grado de excepcionalidad, solamente que ahora, hay que probar la necesidad de asilo político. Aunque todo está en cuán estricto se va a implementar la política. Todavía los cubanos mantienen privilegios inimaginables al resto de los latinoamericanos.

Esta derogación venía cocinándose hacía rato. No por gusto Raúl Castro eliminó el permiso de salida. Con ello, no solo le pasaba la papa caliente de los emigrantes a los otros países, sino que preparaba el terreno para exigir ciertas concesiones al gobierno americano como parte de la normalización de relaciones.

Sin embargo, es curioso que muchos cubanos que residen en los Estados Unidos, están contentos con esta medida (la mayoría aun no la ha entendido bien), pues lamentan que desde entonces, están llegando muchos cubanos que temen declararse exiliados políticos, que inmediatamente que obtienen residencia regresan de visita a la isla a llevar dinero y a crear negocios que a la larga favorecen más a los gobernantes que al pueblo y que se han infiltrado miles de espías y agentes castristas que ahora se pasean por Miami creando negocios fraudulentos bajo instrucciones del gobierno de Castro. Si uno oye muchas de las opiniones, tal parece que todo el que llega es un agente disfrazado.

Los cubanos parecemos ser el único grupo nacional que se opone al bienestar de su propia gente. En realidad, sin negar que todo lo dicho arriba tiene mucho de verdad, qué porcentaje de los que llegan son en realidad delincuentes o espías y que porcentaje son gente trabajadora que viene a hacer lo mejor que pueden para mejorar sus vidas. No se sabe, porque la prensa manipula todo esto para sus ratings. Inventan historias de todo tipo (o más bien se centran en ellas), desde bombas lacrimógenas por el sufrimiento de los que pasan trabajo para llegar, como “trabajos investigativos” sobre los delincuentes que vienen a estafar a las instituciones americanas y a los contribuyentes. Casi todos basados en medias verdades, ofreciendo muy pocos datos comprobables y explotando la sensibilidad del lector o de la teleaudiencia.

Espías, delincuentes, gente trabajadora, perseguidos políticos y muchos otros tipos y estereotipos han llegado a estas costas durante estos 58 años. Nada ha detenido ese proceso. Todos los gobernantes americanos (algunos a su pesar), han sido extremadamente generosos con los cubanos en cuanto a privilegios migratorios. Solamente en los ocho años de Obama, 250,000 cubanos han obtenido residencia americana. Nada ha evitado que Castro (ambos), utilice la emigración como un arma de negociación, la más efectiva con la cual cuenta el gobierno cubano, que cada cierto tiempo inunda de inmigrantes ilegales a los Estados Unidos (léase Camarioca, Mariel, Maleconazo y los últimos grupos llegados a través de Centroamérica). Esta medida de Obama no es más que parte de un paquete de concesiones en un proceso diplomático (estar a favor o en contra de ese proceso ya es tema de otra discusión). Falta ver que Cuba cumpla con recibir a todos los que los americanos quieran devolver y a qué velocidad se desarrolla el proceso.

Más dura me parece la derogación del parole a los médicos que andan en misiones fuera de Cuba y quieren reasentarse. Esta es una medida tomada por Bush en 2006. Los médicos han sido la mayor mano de obra barata de la que el gobierno cubano se ha beneficiado y por muchos años no se les permitió salir del país. Ahora quedan de nuevo en el desamparo. Sin embargo, nadie habla de ello. Eso es en apaciguamiento al lamento perenne de que los Estados Unidos le roban los cerebros.

Ahora vendrán las historias sensibleras sobre los que han quedado en el camino, muy triste de verdad, pero parte del daño colateral y a la hora de irnos de la manera que nos vamos los cubanos, tenemos que contar con la posibilidad de que ello ocurra. Pero ya se buscará solución a este lado trágico de los acontecimientos.

Lo que más me asombra es que muchos cubanos se alegren de que mucha gente no pueda llegar, sobre todo los que se han beneficiado de esa misma medida. Es cierto que hay muchos delincuentes y agentes viniendo, pero, ¿acaso son mayoría?. Quizá solo sean los más visibles.  Por otra parte, ¿cómo alegrarse de la desgracia de los que vienen de verdad a buscarse la vida y los que son legítimos perseguidos políticos?

Cuando Dios anunció la próxima destrucción de Sodoma, Abraham le cuestionó si destruiría toda la ciudad aunque hubiera al menos cincuenta justos entre ellos. Dios le dijo que no y Abraham siguió negociando: “He aquí, ahora me he atrevido a hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza…No se enoje ahora el Señor, y hablaré solo esta vez; tal vez se hallen allí solo diez justos. Y el Señor le respondió no la destruiré por consideración a los diez” (Génesis 18: 16-33). Parece que los cubanos que están ya aquí no encuentran ni un justo entre los que llegan.

Tampoco vale el argumento de que ahora tendrán que rebelarse al no poder venir. El problema de Cuba no es solo la emigración, es la compleja realidad que vive la oposición, mayormente desconocida, sin poder de convocatoria, no confiable para mucha gente (más allá de lo genuino que pueda ser la oposición), sin legitimidad determinante, sin apoyo militar, sin una organización nacional y sin medios de combate (me refiero a medios de prensa de amplia divulgación y elementos similares). Los cubanos seguirán viniendo. Incluso si ahora tienen que pasar algunos meses en una cárcel de inmigración antes de ser liberados. Estoy seguro que muchos prefieren pasar seis meses en detención aquí en los Estados Unidos que una semana en Varadero. Emigrar es la única salida inmediata a los problemas políticos y económicos que padecen los cubanos de a pie.


Roberto Madrigal

Tuesday, January 3, 2017

Los mejores estrenos de 2016


Otro año que termina, otra lista que se completa. La lista, entendida como provocación y divertimento, es siempre valiosa. Es algo a lo que uno puede volver y hasta informarse como los gustos propios van cambiando, que no necesariamente evolucionando, con el tiempo.

De nuevo cuento con la colaboración de mi amigo Orlando Alomá para no adentrarme en esta empresa en solitario. Ojalá los lectores se animen y hagan también su aporte. Nada es más enriquecedor que la diversidad de opiniones, así si alguna película se me ha escapado, podrían llamarme la atención al respecto.

Este ha sido un año bueno para el cine independiente americano Mientras las grandes productoras de Hollywood continúan alardeando falta de imaginación, produciendo múltiples secuelas, precuelas, filmes derivados de otros y más sobre lo mismo, el cine independiente ha producido varios filmes excelentes. No solamente los que caen en esta lista, sino otros que, si bien no hicieron la lista, quedaron bien cerca. Esta es la primera vez, desde que publico estas listas, que una película americana se lleva el primer lugar.

Como en años anteriores, mantenemos las bases de nuestra selección. Se limitan a lo estrenado en el año 2016 que está disponible a cualquier espectador normal en cualquier ciudad de los Estados Unidos, que puedan ser accesible en las salas de cine, en streaming, On Demand o en DVD durante el año.

A continuación, está la lista de Alomá, con la pequeña introducción con la cual la presenta.

No es que cada vez voy menos al cine, es que cada vez tengo menos ganas de ir. Son muy pocas las películas, aun las buenas, que no alborotan mi impaciencia por que se acaben ya, sobre todo si son lentas y pasivas, por no mentar las que exceden las dos horas y pico. (El Ciudadano, de Orson Welles, no llega a dos horas.) Una lástima, lo reconozco, para quien ha disfrutado tanto tiempo de su vida en la penumbra, Pero así y todo, entre, no lo mejor, sino lo que más me gustó del 2016 pudiera haber algunas en que me contradigo. (En lo que sí van a tener que romperse la cabeza los que escogen a los nominados al Oscar y otros grandes premios, es en las categorías de actores. Este año las buenas, óptimas actuaciones se dieron como la verdolaga. Y eso, como ya advertí, sin contar las que no vi.). Sin más, aquí va mi lista, por orden alfabético, y que perdonen los que pudieran estar ausentes a causa de mi abulia.
Café Society (Director: Woody Allen, EE.UU.) 2016
El Club (Director: Pablo Larraín, Chile) 2015
Eye in the Sky (Director: Gavin Hood, Gran Bretaña-Sudáfrica) 2015
Hell or High Water (Director: David Mackenzie, EE.UU.) 2016
The Innocents (Director: Anne Fontaine, Francia-Polonia) 2016
Love and Friendship (Director: Whit Stillman, Irlanda/Francia/Holanda) 2016
Manchester by the Sea (Director: Kenneth Lonergan, EE.UU.) 2016
Moonlight (Director: Barry Jenkins, EE.UU .) 2016
Our Little Sister (Director: Hirokazu Koreeda, Japón) 2015
Son of Saul (Director: László Nemes, Hungría) 2015

Mi lista, en orden de predilección (puede que si la hago mañana le cambie algo, aunque las primeras cinco son intocables e inalterables):

1.- Moonlight (EE.UU. 2016). Dir. Barry Jenkins
2.- Toni Erdmann (Alemania/Austria/Rumania 2016.) Dir: Maren Ade
3.- Son of Saul  (Hungría 2015). Dir: László Nemes
4.- Hell or High Water (EE.UU. 2016).  Dir: David Mackenzie
5.- Things to Come  (Francia/Alemania 2016).  Dir: Mia Hansen-love
6.- Dheepan  (Francia 2015).  Dir Jacques Audiard
7.- Manchester by the Sea (EE.UU. 2016).  Dir: Kenneth Lonergan
8.- The Treasure  (Rumanía/Francia 2015).  Dir: Corneliu Porumboiu
9.- Theeb (Emiratos Arabes Unidos/ Catar/ Jordania/Gran Bretaña 2014). Dir: Naji Abu Nowar
10.- Demon  (Polonia/Israel 2015).  Dir: Marcin Wrona

Como apunta Alomá más arriba, ha sido un año de extraordinarias actuaciones. A la hora de repartir premios, muchos serán los merecedores. Ha sido también un año en el cual se ha demostrado que se puede hacer un cine excelente sin necesidad de grandes despilfarros financieros. De hecho, creo que las dieciséis películas listadas son excelentes ejemplos de guiones imaginativos, de dirección novedosa y de muy buena fotografía, así como del uso adecuado de los más elementales recursos cinematográficos que los directores enfocados en los efectos especiales, la grandiosidad temática y el didactismo, olvidan.
(Este artículo salió publicado en Cubaencuentro el 3 de enero de 2017)


Roberto Madrigal

Monday, December 26, 2016

Sexto aniversario


Hoy se cumplen seis años que comencé a publicar este blog. En diciembre de 2010, no tenía una idea clara de lo que iba a hacer. Pensé en un principio publicar reseñas de películas y quizá de libros, así como cualquier cosa que se me ocurriera. Como digo en el título del blog, es un foro para expresar opiniones que nadie ha pedido.

Como todas las cosas el blog cobró vida propia y me fui impulsando a otros temas, sobre todo de política cultural cubana y de política como tal. Dos cosas de las cuales en realidad no sé mucho y sobre las cuales especulo bastante, pero para mi sorpresa, cada vez hay más lectores. Es a ellos a quien les quiero agradecer el tiempo que me dedican y la motivación que me dan para continuar. Confieso que a veces, sobre todo con los temas relacionados con Cuba, la frustración prevalece y el ánimo se cae un poco. Pero saber que hay alguien que se interesa por lo que uno escriba (y ese feedback hay que agradecérselo a la internet, que ha hecho posible que uno sepa cuánta gente lo lee y recibir comentarios sobre lo que uno escribe y para mi son maravillosos tanto los favorables como los contrarios). Po lo tanto, de nuevo, gracias a los que les gusta lo que escribo, a los que les resulta indiferente, pero me leen y a los que detestan lo que digo.

Por supuesto, sino fuera por la ayuda que he tenido de personas que dirigen revistas digitales y editan otros blogs personales, nadie se hubiera enterado que mi blog existe. Me promocionan, luego existo. Así que repito mis agradecimientos anuales a los ya sospechosos usuales: Armengol, Ballagas, Cancio, Gálvez, Hernández Busto, Ponte, Rita Martin, Néstor DDV, (M)aldito Menéndez, Ted Henken, Teresita,  Triff,  Rogelio Fabio Hurtado, Verónica, Yoani y Zoe. A Café Fuerte, Cubaencuentro, Diario de Cuba, Penúltimos Días, el Profesor Castro y Tumiamiblog. En este grupo agrego a Cubanet (Hugo), a Primavera Digital (Juan González Febles), a Enrisco y a Libros del Crepúsculo (Rafael Rojas). Este año también le voy a agradecer mucho a Carlos A. Aguilera. También a todos los que comentan y me divulgan por Facebook, entre ellos Juansi, Jesús Rosado, Mercy Frances, Midalys Palacios, Iván de la Nuez, Jorge Dávila, Jorge Sotolongo, Liu, Idalia, Cira, Maida Donate, Nery Maceira, Regina, César Reynel, Nicolás, Rafael Saumell, Angel Velázquez y tantos otros que los omito para no hacer una lista tediosa, incluyendo a muchos que tienen mi enlace en sus blogs. Perdonen los que dejé fuera accidentalmente.

Roberto Madrigal

Tuesday, November 29, 2016

Indiferencia


He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la
locura, famélicos, histéricos, desnudos,
arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de
un colérico picotazo…
Aullido, Allen Ginsberg

Cuando un amigo me despertó poco después de la medianoche, ya veintiséis de noviembre, para anunciarme la muerte de Fidel Castro, sentí una leve alegría mental, pero en el plano emocional, no sentí absolutamente nada. Al amanecer, aproveché el fallecimiento como excusa celebratoria para encontrarme con mi amigo, el artista plástico Juansi, quien se acercaba desde Dayton para unas gestiones que debía hacer, y tomarnos un trago en el bar de un Applebee’s, mientras el resto de los comensales seguía con interés de fanáticos, el juego de fútbol colegial entre Michigan y Ohio State, que por estos lares es todo un acontecimiento, ajenos a los hechos que conversábamos.

No creo que existe otra persona que yo haya odiado más que a Fidel Castro. Es el individuo a quien considero el máximo responsable (pero no el único) de arruinar mi juventud. Desde muy joven lo responsabilicé por destruir mi universo, los sueños de mi infancia, las ilusiones de mi adolescencia y por frustrar cualquier intento de hacer mi vida siguiendo mis motivaciones. No solamente me lo hizo a mi, sino a casi todos mis amigos.

Pertenezco a una generación, o a un grupo dentro de esa generación, que sufrió todas las consecuencias de la gesta que se ocultaban tras las fotos épicas de los barbudos combatientes y de los jóvenes militantes dispuestos a cumplir las misiones que se les encargaran. Todo lo que se escondía detrás de los documentales propagandísticos del ICAIC y de la televisión cubana. De todo lo que se le ocultaba a los selectos visitantes extranjeros. Todos sabemos de qué se trataba. Las UMAP, las persecuciones y redadas callejeras contra todo el que fuera diferente, los arrestos gratuitos, las expulsiones de las escuelas, las decisiones arbitrarias respecto a qué carrera elegir o a dónde ir a trabajar, las separaciones familiares, el hostigamiento ideológico.  No vale la pena seguir anotando, cada cual puede hacer su rosario personal. Era el abismo tras la imagen del espejo mediático.

Por razones que no vienen a cuento, nunca he comprado utopías. No me interesan, no soporto un mundo en el cual todos somos lo mismo. Por eso un día me aburrí de creer en el Paraíso y en el Infierno. No me gustan las figuras mesiánicas. Quizá por eso jamás me atrajo la figura de Fidel Castro. Reconozco que fue un hombre brillante, con un carisma innegable y una retórica convincente. Un manipulador de masas sin rival. Para mi siempre fue un narcisista delirante, que involucraba a todo un pueblo en sus metas personales, para cumplir con sus delirios de grandeza. No me agradaba su sentido del humor, él se podía burlar de los demás pero nadie se podía burlar de él. Como se decía en Cuba, no tenía tabla. Jorge Semprún lo retrató en su Autobiografía de Federico Sánchez cuando señaló:  “…comenzó su discurso y a los diez minutos ya estabas hasta la coronilla de tanta castellana retórica; y es que Fidel Castro, en un país de campesinos y razas mezcladas, hablaba la lengua del Imperio, la lengua de la burguesía colonial española:…se te antojaba que era la retórica del poder populista, que no podía, ni tal vez pretendiera, suscitar comprensión cabal, sino tan solo adhesión fervorosa y admiración de los de abajo…”.

No me parecía un hombre de principios, sino de caprichos. No le veo nada rescatable al engendro que creó, porque lo que daba con una mano lo quitaba con la otra. Pienso, que lo que es Cuba ahora, es el resultado lógico del proceso que inició Fidel Castro. Pero prefiero ceñirme a lo personal.

Quizá fue que la primera vez que lo enterré resultó ser cuando en 1980 pude irme por el Mariel, tras haberme asilado en la embajada del Perú. No que dejé de ser cubano, pero dejé de ser su víctima. Con el tiempo, las decisiones del alcalde de Cincinnati y del gobernador de Ohio afectaban más mi vida personal que cualquier medida que Castro tomara en la isla. Luego lo volví a enterrar en 2006, cuando tuvo que dejar sus funciones como el ubicuo jefe de todo y disfruté mucho cuando comenzó a salir como una momia en mono de Adidas, físicamente destrozado, la negación y la caricatura del comandante en traje de campaña. Es más, deseé que siguiera vivo por largo tiempo, para que pudiera oler su mierda y tuviera que vivir como un prisionero de la cámara hiperbárica.

Me divertían sus disparatadas reflexiones. Mi odio por él no tuvo límites. Yo creo en el odio, en el odio sano que no nos arrastra. Sin odio, la noción de amor no existiría. Mi venganza fue verlo vivir sus últimos años de forma miserable.

Quizá por todo ello, su muerte verdadera me dejó impávido. También me dio ideas, que no sentimientos, contradictorios. Por un lado me alegra que al fin comienza el capítulo final del proceso de normalización de la isla, por muy doloroso que sea. Que se verán interesantes intrigas palaciegas y defenestraciones de unos cuantos impresentables, pues ya empezarán a emerger los bandos que dentro del supuesto monolito dominante, van a disputarse el poder futuro, ya cercano. Pero me molesta que se fue vencedor, porque en realidad destrozó al pueblo cubano y no pagó por ello. Murió en su casa, de alguna manera, todavía en el poder. Longevo y bien atendido.

Por supuesto que seguirá siendo una figura legendaria. Allá la Historia y los historiadores. Para mi su partida final sonó como un susurro. La parte de mi vida que me quitó ya se la había llevado hace mucho tiempo. Yo pude construir una nueva. Mi odio lo perseguirá por toda la eternidad, un odio relajado que nunca me abandona, pero que puedo dosificar a mi antojo. No tengo por qué perdonarlo. Lo siento por los cristianos que tendrán que cumplir con el mandamiento de amar al prójimo. Que lo perdonen ellos si pueden.


Roberto Madrigal

Sunday, November 13, 2016

La sorpresiva victoria de Trump


El pasado ocho de noviembre, hacia las nueve de la noche, Estados Unidos y el resto del mundo no podían creer lo que las cifras enseñaban en la televisión. Clinton no levantaba su ventaja, iba perdiendo en el conteo de votos electorales y estados tradicionalmente demócratas no acababan de inclinarse hacia ella. El tres de agosto escribí: “Olvídense de las encuestas de popularidad. Para poder ganar las elecciones, El Donald tiene que ganar Ohio, Pennsylvania y Florida.” Pues los ganó los tres. La gran sorpresa fue Pennsylvania, que no votaba por un republicano desde 1988. Lo que parecía imposible sucedió. No solo eso, sino que también se llevó el voto de Michigan y Wisconsin, estados tradicionalmente demócratas, con fuertes sindicatos obreros.

A pesar de lo que indicaban las encuestas, que nunca son del todo fiables, de tener en su contra abierta y desfachatadamente los dos diarios más importantes del país (The New York Times y The Washington Post) y dos de las tres cadenas noticiosas más vistas, Trump obtuvo la presidencia. ¿Qué pasó?

Desde las primarias republicanas, Trump fue subestimado por sus rivales. Cuando se dieron cuenta, ya era muy tarde. Se convirtió en el voto de protesta contra el establecimiento, el hombre de negocios sin relaciones políticas en la capital. Su tendencia al exabrupto, al lenguaje bananero, al insulto y al mensaje negativo, parecía que lo iba a vencer. Era su primer enemigo. Pero ganó la candidatura republicana.

Al comienzo de la campaña por la presidencia siguió siendo su primer enemigo. Parecía descontrolado e incontrolable. Su equipo de asesores no daba pie con bola y Clinton arrancó con fuerza. Pero a mitad de camino hizo un giro inesperado y genial. Nombró a Kellyanne Conway como su publicista y directora de la campaña y a Steve Bannon como su principal asesor político. Muchos se rieron. Conway tiene un estilo que parece inofensivo, pero es una magistral modeladora de imagen pública. Bannon dirige una publicación de extrema derecha, que se destaca por el amarillismo y la parcialización manipuladora de las noticias (Breitbart.com). Pero si se le mira con cuidado, está hecha extraordinariamente bien para su propósito. Bannon también dio guía y controló a Trump.

Trump desde el principio se dio cuenta de que para ganar, tanto las primarias como la presidencia, tenía que buscar el apoyo de una base dispar, que no había salido a votar con gran presencia en elecciones anteriores. Buscó a los mineros del carbón, quienes con los problemas del cambio climático ven como la explotación del carbón disminuye; se dirigió a los trabajadores de las cervecerías de Wisconsin, que pierden sus empleos por la competencia de las micro-cervecerías y el encanto seductor que para la clase media alta tienen las cervezas importadas; se identificó con los trabajadores de la industria automotriz, que ven amenazadas sus plazas con las deserciones de las plantas productoras a otros países. Les hizo promesas que probablemente no va a cumplir, pero se ocupó de ellos. Clinton los dejó a un lado.

Se dirigió a la masa obrera blanca poco educada, que ha sido olvidada todos estos años por la narrativa de la diversidad, pero que sigue siendo uno de los grupos más numerosos del país. Sabía que los evangélicos, los del Tea Party y muchos ideólogos partidistas votarían por él porque no podían arriesgar ocho años más de gobierno demócrata. Finalmente supo aprovechar la resaca de racismo que se ha despertado tras la ascendencia al poder del primer presidente afroamericano. Porque no se puede negar, a pesar de que ganó el voto popular ampliamente, de casi todos los grupos étnicos, Obama le dejó mal sabor en la boca a los WASPs, lo cual se expresó en la terca oposición partisana que el congreso republicano hizo contra todas las medidas del presidente durante todos estos años.

Por su parte, la izquierda y Hillary Clinton, están atrapados en su discurso. Han tomado una actitud de desdeño hacia la derecha, pensando que las cabezas pensantes son patrimonio de la izquierda. Se han convertido en un partido elitista cuando se supone que sea el partido de los trabajadores y de los desahuciados. Se les fue la mano haciendo hincapié en las minorías y se olvidaron de los blancos y su resentimiento. Se han refugiado en una burbuja intelectual.

Clinton tiene historia con eso. Desestimó a Obama y fue apabullada por él. Ahora hizo lo mismo con Trump. Lo vi repetidamente cuando sus asesores eran levemente confrontados por la prensa acerca de sus problemas con los e-mails, con su salud, con la fundación Clinton. Simplemente se limitaban a decir que eso no tenía importancia. Se olvidaron del poder de la imagen pública. Pensaron que la nación entera se había graduado en Harvard.

Más allá de la plataforma del partido, Clinton no expuso un plan político coherente. Todos sabemos dónde se ubicó Trump: el muro, detener la inmigración árabe, acabar con el Obamacare, etc. Pero nadie puede exponer con claridad ninguna posición de Clinton. Su mensaje no llegó a nadie. Por otra parte, la defensora de los pobres cobraba cientos de miles de dólares por ofrecer discursos en Wall Street. Su presencia pública no se gana la empatía de nadie. Es fría y luce demasiado calculada. Trump polariza, Clinton no motiva.

El presidente Trump tendrá que ser muy distinto al candidato Trump. Ya ha comenzado a desdecirse. Tendrá que ir hacia el centro. Como hombre de negocios, acostumbrado a la eficiencia de las negociaciones cuando el fin es el lucro, tropezará ahora con una entidad desconocida para él: la burocracia de Washington, para la cual el “arte de la negociación” no funciona. No basta con agitar y amenazar. Tendrá que nombrar un equipo capaz y en cual haya individuos con los que no está de acuerdo. Su mayor ventaja es que no tiene ideología y cambia de parecer de la noche a la mañana. Pero todo lo que presentó como sus virtudes durante la campaña, incluyendo su falta de experiencia en el gobierno, puede convertirlo en un presidente peligroso. Como no tiene el voto popular, pues tiene que darse cuenta que su mandato es limitado y tiene que tener mucho cuidado y no dividir el país aún más de lo que está.

No puedo tener la visión estalinista de individuos como Zizek, para quienes el “bien mayor” tiene más importancia que el destino de los individuos. Muchos apuestan al fracaso de Trump para que se reorganicen los partidos, sobre todo la izquierda, buscan una radicalización hacia Bernie Sanders. Una cosa es vigilar la gestión presidencial de Trump y salirle al paso cuando tome el mal camino, otra cosa es desearle que le vaya mal, porque eso afecta al país como conjunto. Solo queda esperar que las instituciones democráticas funcionen y no bajen al nivel de lo que se vio durante la campaña. Habrá que sufrir lo mejor posible a un presidente que posee un vocabulario de unas cinco palabras.


Roberto Madrigal

Monday, October 24, 2016

Los tiempos están cambiando


Algo raro está pasando en Estocolmo. Más allá de intereses personales de quienes eligen los candidatos y deciden el ganador del Premio Nobel de Literatura, lo cierto es que la osadía está primando en los últimos años.

El año pasado le dieron el premio a la bielorrusa Svetlana Alexiévich (nacida en Ucrania), cuya carrera se destaca por el reportaje periodístico y no tiene ninguna obra que se pueda considerar estrictamente literaria. Algo que a los puristas de la literatura molesta mucho, a pesar de que ya hace tiempo las barreras entre los géneros han caído. Pero mucha gente aun considera el periodismo como un género menor y hay quienes dicen que practicarlo hace daño a los “escritores literarios”. Pero no hubo muchas protestas, porque en fin de cuentas, Alexiévich viene de las “letras” y su agenda social es políticamente correcta en los tipos que corren y es fuente de “inspiración”, algo que en los estatutos originales del premio es un requisito indispensable que debe tener la obra para que se le conceda.

Esta vez, a pesar de haber premiado a alguien que ha sido considerado seriamente como finalista por más de una década, al parecer, los miembros de la academia han ofendido a mucha gente. Las protestas han aparecido en muchos medios de difusión por todo el mundo y hasta un reciente ganador como el peruano Mario Vargas Llosa, ha alzado su voz en disgusto porque se lo han concedido a un “gran cantante” pero no a un escritor. Claro, ya Vargas Llosa hace tiempo que dice cosas con poco sentido, se ha ido quedando un poco detrás de los tiempos.

Lo cierto es que como quiera que se mire, Bob Dylan es un poeta, un poeta grande. Todos se devanan los sesos por definirlo. Unos dicen que es un músico con letras interesantes, otros que es una figura icónica, pero no literaria y otros que no tiene el peso literario ni la obra para merecer el premio.

No hace falta remontarse a la Grecia antigua y explicar que Homero y Safo escribían sus poemas para ser cantados. Ni saltar un poco y preguntarnos si el Cantar del Mío Cid puede ser considerado literatura, ya que no fue “escrito”, ni cuestionarse si estudiar el Mester de Juglaría debe ser objeto de atención literaria en las universidades. Tampoco hace falta remontarse más recientemente a la tradición americana de folcloristas que utilizaban (y utilizan) la música para difundir sus poemas. La gran mayoría de los disgustados son gente culta y erudita que conocen muy bien todo eso.

Robert Zimmerman nació en Duluth, un pequeño pueblo portuario de la gélida Minnesota y transcurrió su infancia y su adolescencia en un pueblo aún más pequeño, Hibbing, también en Minnesota, más al norte si eso es posible. Un villorrio de dieciséis mil habitantes, fundado por un inmigrante alemán que había cambiado su nombre, por lo que el pueblo está nombrado en base a un sueño, al acto poético de su fundador, quien trató de reinventarse en el Nuevo Mundo. Zimmerman, amante de la música y la poesía desde muy joven, hizo su primer acto poético a los dieciocho años, cuando cambió legalmente su apellido y adoptó el de su poeta favorito, Dylan Thomas, arguyendo que “muchos nacemos con el apellido equivocado”. Días después partió a Nueva York, a conocer a su ídolo musical, Woody Guthrie, quien se encontraba ingresado en un hospital psiquiátrico en aquella ciudad.

En la película Inside Llewyn Davis, el personaje central, un músico comprometido solamente con su obra, en lo que es un hecho ficticio muy basado en la realidad, consigue un gig en The Gaslight Café, un legendario club frecuentado por Allen Ginsberg y Jack Kerouac, entre otros miembros de la Generación Perdida, pero minutos antes de subir al escenario, alguien lo llama a un callejón, es un tahúr que viene a cobrar una deuda. Llewyn Davis no tiene ni donde caerse muerto y sufre una paliza que le impide tocar. Se oye por los micrófonos el anuncio de que fue sustituido de improviso por un joven desconocido llamado Bob Dylan.

Algo de eso sucedió, pero es difícil saber exactamente como fueron las cosas. Lo cierto es que ahí conoció a Ginsberg, quien fue un padre literario para él (a Ginsberg le gustaba mucho cantar sus poemas y crear un espectáculo musical alrededor de ellos) y luego a Joan Baez. El resto es historia conocida.

Puedo entender que muchas personas piensen que hay otros escritores más merecedores del premio que Dylan, en definitiva, los premios ofenden más de lo que alaban, ya que no hay un solo escritor mucho mejor que los demás. Puedo aceptar que a mucha gente le parezca que Kundera o Roth se lo merecen por encima de Dylan, no me hubiera disgustado que se lo hubiera ganado alguno de ellos. Puedo ofrecer una lista de candidatos que me parecen tan merecedores quizá como Dylan o Kundera. Yo incluiría a Carlos Germán Belli y a Ricardo Piglia, así como a Julian Barnes, a Claudio Magris, a László Krasznahorkai y a Thomas Pynchon, entre muchos otros. Aceptaría con molestia que se lo dieran a Paul Auster o a Don DeLillo, pero no que digan que Dylan no es poeta.

En 1969 o 1970, a mis impresionables diecinueve años, dos libros de poesía me dejaron una fuerte impresión que todavía dura. Me los enseñó un amigo ya difunto que era un par de años mayor que yo. Uno era Blanco Spirituals del español Félix Grande, ya un poco pasado de moda pero que en una redición reciente contiene otros textos de un poemario amoroso que incluye “Vivir a cara o cruz”, para mi uno de los mejores poemas de amor que jamás se hayan escrito (una cosa me llevó a la otra). El segundo era una antología de poesía americana joven, una edición bilingüe que incluía tres poemas de Dylan. Por mucho que lo he buscado, no he podido volver a toparme con ese libro cuyo título no recuerdo.

Yo había escuchado a Dylan desde muy joven. Ya en 1964 me gustaban muchas de sus canciones. Como yo hablaba bastante inglés desde temprano, pensé que entendía muy bien todas sus letras. Falso. En el libro mencionado, estaban “The Times They Are A-Changin’” y “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, dos canciones a las cuales no le había prestado mucha atención musical. Ahí fue cuando me di cuenta de que Dylan era, ante todo, un poeta. Comprendí por primera vez el verdadero significado de sus canciones y me di a la tarea de buscar la letra escrita de tantas otras que ya conocía, pero que en realidad no conocía.

Antes de negarle a Dylan la condición de poeta, siéntese a leer tranquilamente, si pueden, preferentemente en inglés (la mayoría de las traducciones son espantosas excepto por la versión que de “A Hard Rain’s… hizo el grupo español Amaral en 2007), Mr. Tambourine Man, Like A Rolling Stone, Blowin’ In The Wind, All Along the Watchtower, Positively 4th Street, The Times They Are A-Changin y A Hard Rain’s A-Gonna Fall y después reconsideren. Tiene muchos otros poemas extraordinarios.

Al premiar a Dylan, la academia sueca ha premiado a un poeta mayor y a toda una tradición literaria americana.


Roberto Madrigal

Monday, October 10, 2016

Adiós al cronista de las generaciones y las causas perdidas


No voy a extenderme en discursear sobre la importancia de Andrzej Wajda en el cine mundial. Ya hay centenares de artículos al respecto con motivo de su reciente muerte, a los 90 años. Solo añadiré que fue un director convencional que se distinguió por su identificación con la temática que tocaba. Un hombre implicado con sus creencias que se dedicó a hacer un cine muy polaco, pero que dada su maestría artística trascendió los límites argumentales sin necesidad de innovaciones formales.

A Wajda le tomó mucho tiempo ser reconocido junto a los maestros clásicos como Bergman, Fellini y Hitchcock, pero finalmente llegó al Olimpo. Colaboró con las nuevas generaciones de cineastas polacos y les dio impulso, ya que trabajó con Skolimovski y Polanski. Los directores polacos de estos días reconocen su influencia. Fue un artista comprometido en el sentido más estricto de la palabra. Sorteó la censura estalinista tras engañarla con su primer filme Generación, que aunque parecía presentar la línea del partido, destacaba detalles que pasaron desapercibidos a los censores. A partir de ahí, su cine fue parte de sus convicciones políticas.

Wajda fue, ante todo, un narrador. La forma en que narra y lo que narra fue lo que lo distinguió del resto de los cineastas polacos de su momento. Fue un creador de iconos. Moldeó además los personajes a su imagen y semejanza, como un dios.

La primera impresión de Wajda, la que me marcó para siempre con su cine, la tuve a una edad en la cual no estaba preparado para entender nada de cine ni de arte. Yo era un adolescente de unos catorce años, ignorante y atrevido, cuando fui a ver Cenizas y diamantes. Maciek me marcó.

Interpretado por Zbignew Cibulski, el personaje de Maciek representó para mí la encarnación de la contracultura, que se me antojaba el instrumento más importante para contrarrestar el bombardeo ideológico que sufría por aquellos años que ahora muchos, en su lamento bolchevique, rememoran como años de gloria y odisea, pero que a mí se me antojaban ya como de represión y de uniformidad forzada.

Maciek era un Meursault más cercano (aunque yo todavía no sabía quién era Meursault ni Camus). Era un Jim Stark más cercano a mi realidad (aunque yo vi Rebelde sin causa de muy pequeño y por entonces no la había entendido bien). Con su jacket de cuero, sus gafas oscuras y su peinado alborotado, representaba para mí la rebelión de Dylan, los Beatles y los Rolling Stones, aunque en realidad, ya que la película fue filmada en 1958, se acercaba más a la Beat Generation de Ginsberg, Kerouac y Burroughs, la que yo conocería mucho después. Es curioso como los símbolos se plantan y después se mezclan con recuerdos y visiones aún no vividos.

Maciek fue un luchador antinazi que perteneció al Ejército Nacional polaco (Armia Krajowa), que fue el brazo armado del “Estado secreto polaco”, un grupo anticomunista cuya sede se encontraba en Londres y que fue el mayor grupo de resistencia antinazi en Polonia. El primer día de la paz (o el último de la guerra), a Maciek se le encomienda matar a un comunista que viene a tomar el poder en un pueblo polaco. Wajda retrata al comunista como un hombre sufrido y comprensivo, pero Maciek cumple su misión y luego huye. Al ver policías por todas partes, se ataca de pánico y trata de huir. Los policías, sin saber quién era, lo matan por sospechoso. En un par de secuencias Wajda fue capaz de sintetizar el drama polaco y la coyuntura que se crea cuando desaparece el enemigo común. Wajda perteneció al Ejército Nacional polaco. Maciek es una especie de alter ego. También hay que reconocer que el argumento está basado en una novela del extraordinario Jerzy Andrzejewski.

Cibulski, un gran actor que fue casi una creación de Wajda, fue el James Dean del este. Como Maciek, que muere en el filme tras asustarse y comportarse de forma impulsiva, el actor murió, en un gesto impulsivo dominado por la prisa,  tratando de saltar entre dos trenes, aporreado sobre las vías férreas, antes de cumplir los cuarenta años. De alguna manera Rebelde sin Causa, Cenizas y diamantes, Cibulski, Wajda y James Dean quedaron para siempre como quíntuples siameses en mi memoria. Por supuesto, sentí la muerte de Cibulski mucho más que la de James Dean.

Años más tarde fue que pude volver a ver Cenizas y diamantes y entonces apreciarla en toda su dimensión artística, y a Maciek, y a Cibulski y a Wajda. Vi muchas otras películas de Wajda y por mis afiliaciones ideológicas también me impactó Hechiceros inocentes. Vi muchas más, unas me gustaron y otras no. Nada me dejó huella como Maciek. Hasta que llegó Katyn.

Resulta que Wajda perteneció a una generación perdida y se dedicó a hacer su crónica cinematográfica. Katyn cierra el círculo porque el padre de Wajda, un oficial polaco, fue asesinado en el bosque de Katyn por los militares soviéticos en un hecho que por muchos años se le adjudicó a los nazis. Una de las primeras escenas de Katyn resume la experiencia vital que marcó a Wajda. En un  puente se cruzan dos turbas de refugiados, una grita: “Ya los nazis ocuparon la ciudad”, mientras los que vienen huyendo en sentido contrario replican:”los soviéticos llegaron a nuestro pueblo” y cada grupo sigue su camino a la extinción en sentidos opuestos.

La mía es también una generación perdida, aprisionada entre un mundo que se derrumbaba y un desastre que se aproximaba. Quizá por eso voy a extrañar tanto a Wajda y a Maciek, su creación, como me dolió la muerte de Cibulski en su momento.


Roberto Madrigal