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Monday, August 25, 2014

Fiesta y destino


La Casa Spaso, una mansión palaciega de estilo ruso imperial,  localizada en el distrito del Arbat, fue construida en 1913 para vivienda del poderoso industrialista textil Nikolai Vtorov. Finalizada en 1914, tras el triunfo bolchevique y la misteriosa muerte de Vtorov, pasó a ser la residencia del Comisario del Pueblo para Asuntos Extranjeros, Georgui Chicherin y luego de importantes diplomáticos soviéticos.

Desde 1933, la Casa Spaso pasó a ser la residencia oficial del embajador de los Estados Unidos. Fue escogida para ello por el primer embajador ante la Unión Soviética, tras dieciséis años durante los cuales los Estados Unidos se había negado a reconocer la existencia de la nueva nación como estado. Cuando William Bullitt llegó a presentar sus credenciales diplomáticas, Stalin le ofreció la oportunidad de escoger para su residencia cualquier casa que le gustara.

El 23 de abril de 1935, Bullitt decidió organizar la fiesta más grande que jamás se había dado en Rusia. Fue una fiesta en la cual se confundieron la literatura, la política, la tragedia y el devenir histórico en un país en plena convulsión. Una ocasión más en la cual la naturaleza imitó al arte y este a su vez se nutrió de ella.

El propio Bullitt era un personaje de novela. Proveniente de una familia prominente de Filadelfia, tras graduarse de Yale y trabajar por un tiempo como abogado en el bufete de su abuelo, se casó en segundas nupcias con la periodista Louise Bryant, viuda de John Reed, el autor de Los diez días que estremecieron al mundo. El personaje de Bryant fue protagonizado por Diane Keaton en la película Reds, que está en parte basada en el recuento que de aquellos años hizo Bryant en su libro Six Red Months in Russia. Bullitt quedó impresionado por los sucesos ocurridos durante la revolución bolchevique y desde 1919 estuvo, infructuosamente, tratando de convencer a Woodrow Wilson de abrir relaciones diplomáticas con el nuevo gobierno de los soviets.

Bullitt escribió una novela, muy mala, titulada It’s not done (1926), que no pasaba de ser una perreta infantil contra la aristocracia que en Filadelfia circulaba alrededor de la plaza Rittenhouse. La novela ha quedado olvidada mientras que Rittenhouse sigue siendo uno de los centros más atractivos de la ciudad, en la cual se cruzan saltimbanquis, aristócratas paseando sus perros, estudiantes del aledaño instituto musical Curtis y jugadores de ajedrez blitz, quienes por dinero juegan con quien los invite.

En 1925 Bullitt compartió en Paris la fiesta móvil con Fitzgerald y Hemingway, con quienes bebió, diletó y trabó una buena amistad y luego quedó muy impresionado con el personaje de Gatsby. La idea de la fiesta en la Casa Spaso era superar en espectacularidad lo descrito por Fitzgerald en su novela.

Para la gran fiesta, que Bullitt quería hacer “al estilo ruso”, alquiló aves exóticas, que mantuvo detrás de una red, corderos y cachorros de osos que se movían por los pasillos y hasta gallos encerrados en jaulas que colgaban de las paredes. Al evento asistió el tout Moscú, quinientos invitados entre los cuales se incluían ministros, intelectuales bolcheviques como Bujarin y Radek, así como los más altos líderes militares soviéticos, entre ellos los mariscales Tukachevski, Yegorov y Budyony. Los cuatro primeros serían víctimas de la Gran Purga de Stalin un par de años después, mientras que Budyony se convertiría en uno de sus principales acusadores. Futuras víctimas y victimarios compartían el vodka y el champán financiado por el representante de la potencia enemiga.

Entre los invitados se encontraba un dramaturgo que tras muchos conflictos con la censura cultural soviética, había sido perdonado y restablecido por Stalin. Era Mijail Bulgakov, quien ya para entonces tenía escrito gran parte del manuscrito de El maestro y Margarita, la novela más leída de toda la literatura soviética y una de las más importantes de toda la literatura rusa. La obra que lo devolvió al ostracismo. Bulgakov estaba en compañía de su tercera esposa, Elena, quien le sirviera de modelo para el personaje de Margarita.

La fiesta comenzó a las doce de la noche. Excepto por los mariscales y los intelectuales bolcheviques, los hombres vestían de frac y las mujeres con vestidos de llamativa elegancia. Los animales hicieron de las suyas, algunos pájaros escaparon y picotearon en la comida, un osezno se emborrachó de champán y todos los participantes se observaban con suspicacia y comentaban en susurros. A las cinco de la mañana, en una escena que luego sería reproducida en Russian Ark, el filme de Sokurov en el cual los aristócratas rusos fiestean en el Hermitage, poco antes del advenimiento de la Revolución Rusa,  sin consciencia de lo que se les viene encima, los invitados comenzaron a abandonar la mansión con un optimismo alcohólico acerca de sus respectivos futuros.

Bulgakov se fascinó tanto con la fiesta, que la utilizó como modelo de su capítulo “El baile de primavera de Satán”, en la novela antes mencionada. Esta fiesta agorera le llevó a hacer varios cambios en su obra, ya que hoy es bastante reconocido que Voland, el mago misterioso de origen incierto en El maestro y Margarita, está basado en Bullitt. También se sabe que Bulgakov tenía una versión anterior del baile de Satán que remplazó en favor de la que aparece en el libro. Elena siempre declaró que la primera versión le parecía mejor y Bulgakov, poco antes de morir, quemó la versión original para que nunca le editaran su novela y le cambiaran la fiesta que él favoreció.

Bullitt, quien entre otras hazañas, convenció a Freud (de quien había sido paciente), de escribir a dúo una psicobiografía de Woodrow Wilson que no se publicó hasta 1967, fue nombrado embajador en Francia al año siguiente, pero para cumplir el destino ominoso de los participantes de esta fiesta, terminó enredado en una trama de su propia urdidura que lo hizo víctima de los círculos de poder.

En su celo de protagonista, en 1941 fue ante el presidente Roosevelt para decirle que Sumner Welles, (entonces subsecretario de estado, un favorito del presidente, quien lo había nombrado como mediador en la Revolución de 1933 en Cuba), era un homosexual que pagaba favores a los porteros de los hoteles en los cuales se alojaba, Roosevelt respondió con indignación y separó a Bullitt del Departamento de Estado. Más tarde, en un aparente gesto conciliatorio, Roosevelt lo convenció a postularse para alcalde de Filadelfia mientras por detrás le avisaba a los dirigentes del partido demócrata de la ciudad que lo degollaran políticamente. Bullitt perdió estruendosamente.

Bulgakov murió en 1940. Bullitt, después de caer en desgracia, se convirtió en un vagabundo defenestrado y escribió artículos de furibundo anticomunismo hasta su muerte en Neuilly, Francia, en 1967. Sus restos fueron regresados a su natal Filadelfia.


Roberto Madrigal

Sunday, August 17, 2014

Las memorias de un cura rural


No hay dudas que el Cardenal Jaime Ortega Alamino será reconocido como una figura relevante en la historia de Cuba. Sus habilidades como político protagónico, más que como pastor de su rebaño, le aseguran esa posición. 

No voy a repetir la historia de muchos conocida, de la beligerancia con la cual el gobierno de Castro enfrentó a la iglesia desde su llegada al poder. Intervención de escuelas católicas, expulsiones masivas de sacerdotes y hasta la persecución del Cardenal Arteaga, quien tuvo que buscar asilo en la embajada argentina y luego en la nunciatura. Tras la muerte de Arteaga en 1963, le sucedieron en el cargo más alto de la jerarquía ecleciástica de Cuba, Monseñor Evelio Díaz (1963-70) y Monseñor Francisco Oves (1970-81). Ambos tomaron posiciones de enfrentamiento ante la avanzada del gobierno. El primero renunció tras obligársele a firmar una carta denunciando al embargo americano, el segundo se dice que se vio forzado a renunciar tras enfermarse de los nervios y partió inmediatamente a un exilio en El Paso, Texas, donde murió poco después.

Cuando el Cardenal Ortega tomó posesión del Arzobispado de La Habana en 1981, las iglesias cubanas estaban en ruinas y apenas unas decenas de feligreses asistían a las misas dominicales. Las actividades de los desorganizados católicos cubanos eran imperceptibles y no había suficientes sacerdotes para atender a las congregaciones.

Treinta y tres años después, gracias a sus relaciones con las iglesias alemana y americana, asi como a su posición apaciguadora y a ratos genuflexa con el gobierno, ha logrado reparar iglesias, recuperar el número de feligreses, activar las labores del Seminario San Carlos, la visita de dos Papas a Cuba y ha convertido a la Iglesia Católica en el elemento más notable de la sociedad civil cubana. Ha podido mantener publicaciones que en algún momento han desafiado el pensamiento político ortodoxo de la isla y hasta ha creado un sistema de guarderías.

Aunque parece mucho, no es más que un granito de arena en el desarrollo de una sociedad civil o de una oposición al gobierno. No solamente estos pocos pasos, muchos de ellos más simbólicos que otra cosa, no asustan a las autoridades, sino que le han permitido al gobierno continuar dominando sin tener que preocuparse por una oposición seria desde el punto de vista de los católicos en general (aunque una de las figuras más destacadas de la oposición, Oswaldo Payá, era un católico militante), sino que el precio pagado por estos logros ha sido el de callar y en consecuencia otorgar los abusos cometidos contra la iglesia y sus feligreses.

A pesar de que en el Apocalipsis se dice que: “…por cuanto eres tibio…te vomitaré de mi boca”, el Cardenal Ortega escogió la tibieza para regir su apostolado. Con un lenguaje ambivalente y de retórica confusa, se las ha arreglado para satisfacer al gobierno exclamando que no desea que en un postcomunismo venga una sociedad de capitalismo atroz que convierta la mentalidad del cubano en una mentalidad mercantilista e insensible. O reduciendo a un grupo de opositores como personas sin cultura y con poca sanidad mental.

Ahora, en sus más recientes declaraciones, trata de distorsionar la memoria nacional. En una entrevista concedida hace unos días a la emisora cubana Radio 26, el Cardenal, que sufrió en carne propia los abusos del castrismo al ser enviado a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) en 1966, declara: “…fue una experiencia tremenda de conocer la vida como no la puede conocer uno en los estudios de Teología. Sería increíble el anecdotario de lo que era la presencia de un sacerdote en medio de aquellos hombres desesperados. Yo era un muchacho”.

Ese “muchacho” tenía a la sazón treinta años y del anecdotario no se hace mención, sino que más adelante lo redime todo como una “lección tremenda de lo que es el ser humano… de lo que sufre la gente”, pero no se atreve a hablar por los que no tienen voz. Todo se resume en una experiencia personal. El buen pastor no le da expresión a su rebaño.

En un momento en el cual este episodio se quiere ocultar o minimizar como un fenómeno de la época, que ya se ha superado y que no fue tan grave como lo ocurrido en otros procesos del mundo y que se quiere exonerar de responsabilidad a la pandilla que desde entonces sigue gobernando al país sin ningún sentimiento de culpabilidad, Ortega no tiene el coraje de mencionar algunas de las atrocidades, sino un par de comentarios insignificantes.

Conozco a varias personas que estuvieron presos en la UMAP. Todos están profundamente marcados por el evento. Son personas que muestran signos de un síndrome de estrés postraumático, que cuando se les recuerdan los hechos pierden la compostura. Hechos, como por ejemplo, por citar solamente uno, poner a los testigos de Jehová en el piso, acostados bocabajo, y obligar a los otros presos a caminar por encima de ellos, y el que no lo hiciera era castigado en celda de aislamiento.

            Por supuesto, no soy tan ingenuo como para pensar que de haber dicho esto, o algo parecido, se le hubiera reproducido la entrevista, pero si a los 77 años, ya retirado, el Cardenal no tiene el coraje de decir la verdad en voz alta, es mejor que no diga nada ni dé entrevista alguna. Este cura que se jacta de sus orígenes rurales en Jagüey Grande debiera olvidar un poco su egocentrismo y preocuparse un poco del prójimo a nivel individual y no seguir hablando como un político pasivo, un cómplice del totalitarismo.

Es cierto que su filosofía de pasito a pasito y poquito a poquito se aviene a la política universal de la Iglesia Católica, que apuesta a la eternidad, pero los seres humanos tienen el tiempo limitado y casi nadie que los ayude a redimirse en este mundo. Ese enfoque que quiere ser espejo de paciencia, solamente invita a perseverar en la actitud de que al gobierno lo tumbe el viento o Lola con su movimiento. Es poner en manos de la erosión biológica la solución de los problemas. La ley del menor esfuerzo, la perpetuación del parasitismo social y económico.

 
Roberto Madrigal

Saturday, August 9, 2014

Un gran problema para la creación de la sociedad civil y la oposición leal en Cuba.


En 1966 se me ocurrió la idea de organizar un torneo de ajedrez independiente, al margen del INDER y de la Comisión de Ajedrez. Nos reunimos un pequeñísimo grupo de amigos y acordamos bautizar el evento como Jorge Cadena In Memoriam, parodiando al Capablanca In Memoriam y homenajeando a un joven jugador mejicano que participó en algunos torneos en Cuba y falleció repentinamente.
En el primer “Cadena”, como después se conoció el torneo, participamos Luis Rabassa, entonces campeón nacional estudiantil, Juan Fernández, quien poco después llegaría a ser campeón nacional y Maestro Internacional, Luis Miguel Hernández, un buen jugador que luego perdió el interés por el ajedrez organizado, y yo, sapo perenne. Eramos todos unos adolescentes. El torneo se jugó en casa de Juan Fernández (quien mucho más tarde la permutó con unos de los gemelos de la Guardia, creo que Antonio). Se dio a conocer entre unos pocos. La idea gustó. Cuando aquello todavía quedaban algunos pequeños negocios particulares en Cuba.
El torneo creció al año siguiente, esta vez tuvo lugar en mi apartamento. Se popularizó de boca en boca y jugadores de mayor importancia decidieron participar en el mismo. En 1969, unas cuantas leyes y discursos después, ya pasada la Ofensiva Revolucionaria de 1968 y comenzando el llamado “quinquenio gris”, solicitamos permiso para llevar a cabo el evento en la Casa del Ajedrez, situada en 15 y C. Nos lo permitieron. Ahí ya participaron jugadores con títulos de Maestro Nacional y varios que luego llegaron a ser grandes maestros, como José Luis Vilela. Tuvimos hasta público, a pesar de que no se le hizo promoción oficial.
A los participantes se nos ocurrió poner dinero para crear un fondo y premiar al ganador y al segundo lugar. De alguna manera, se enteraron los funcionarios de la Casa del Ajedrez y de ahí la información pasó al INDER y a la Comisión de Ajedrez. Se suspendió el torneo a medio camino. Uno a uno fuimos llamados a contar y se repartieron sanciones. Como organizador, fui el más perjudicado, se me prohibió jugar eventos oficiales por un año. Nada podíamos hacer en contra de la voluntad de las organizaciones gubernamentales que imponían sus propias reglas. Dinero y deportes no podían ir juntos.
En 1972 fui uno de los organizadores de la primera Federación de Ajedrez Postal. Era un proyecto conjunto con Francisco “El Chivo” Acosta y no tenía permiso del INDER. Se crearon reglas y estatutos y se organizó un torneo inicial.  El comité organizador estaba constituido por un grupo de jóvenes con apenas veinte años y sin afiliación política con las organizaciones del estado. Inmediatamente la Comisión de Ajedrez, presidida ya entonces por el tenebroso Jorge Vega, antiguo “asesor” del Che Guevara, nos quitó la federación de las manos y primero se adueñó de ella y luego la cerró.
En 1977 o 1978 (ya no lo tengo claro en el recuerdo, no hacía apuntes entonces), participé en un segundo intento de crear otra Federación de Ajedrez Postal, esta vez el proyecto fue promovido por Jorge Daubar (autor de una biografía de Capablanca y quien tengo entendido falleció hace poco en Miami), varios años mayor que yo y de quien se decía que había participado en la lucha contra Batista y tenía conexiones con gente del gobierno. Dada la influencia de Daubar, esta federación, también independiente, despegó mucho más y se convirtió en una federación paralela pero bajo control del INDER, aunque independiente de Vega y de la Comisión de Ajedrez. En medio de eso me fui y después el estado absorbió completamente el proyecto.
No sabía entonces que por iniciativa propia, o por embullo, participaba de esfuerzos (mínimos) de poner un granito de arena para la reconstrucción de una sociedad civil. Esfuerzos, que por pequeños e irrelevantes, fueron apachurrados con facilidad y sin promoción.
Uitilizo este ejemplo personal para ilustrar el mayor problema con el que se tropezará en Cuba en los intentos de crear una sociedad civil y una oposición “leal”. Es que no solamente las reglas del juego vienen definidas por el omnipotente partido único, que además decide los cambios y establece a su antojo los límites de la crítica, sino que además la oposición no tiene nada que ofrecer en una negociación.
En un país en el cual hay más partidos políticos clandestinos que ciudadanos , no existe ninguna organización seria que represente a un grupo de opinión significativo. No existe un proyecto a gran escala ni unidad de criterios (incluso para disentir), lo cual por supuesto es producto de 55 años de dominación total de la esfera política, económica y civil por un solo partido, apoyado por un bien sincronizado mecanismo de vigilancia y represión que no permite la difusión de ideas que no sean las suyas.
¿Qué puede en este momento ofrecer un proyecto de oposición a cambio de que el gobierno relaje sus leyes y le permita ocupar y crear espacios sociales? Nada. El problema es que una negociación implica que ambas partes tienen algo que ceder y algo que ofrecer que son de mutuo interés, pero en Cuba, desgraciadamente, la oposición no tiene nada que ofrecerle a un gobierno que lleva medio siglo ejerciendo el poder absoluto.
Más allá de las discusiones teóricas que se han llevado a cabo recientemente, principalmente por un pequeño grupo de intelectuales de la isla y del exilio, lo primero que se necesita para empezar a intentar transformaciones pacificas es la creación de organizaciones que puedan llevar su mensaje a las masas y que presenten ante estas (no ante el gobierno), una plataforma sensata de oposición. Eso, en un país totalitario, en donde los medios de información son de uso exclusivo del gobierno, es imposible, o al menos muy difícil. El gobierno está muy satisfecho con el control que ha ejercido por todos estos años y ha sido muy hábil en abrir válvulas de escape cuando su olfato le indica que en necesario.  Puede, por objetivos lúdicos, dialogar el tiempo que quiera, pero sin ninguna finalidad.  No está ocurriendo en Cuba nada que lo lleve a cambiar fundamentalmente su posición. Eso parece ser al menos el futuro inmediato.


Roberto Madrigal

Wednesday, July 30, 2014

Un castro y dos putinas


Una de las características principales del dictador totalitario en su labor de endiosamiento, es el deslinde de su vida pública y su vida familiar. Las relaciones humanas son el tabú del tótem en lo cual el dictador pretende erigirse. Mientras más íntimas peor. Los máximos líderes son figuras que se supone guíen a las masas más allá del tiempo y del espacio. La familia no solamente es lo efímero y terrenal, sino que rebaja al dios a nivel humano.

Una de las razones de la cursi hipocresía de las democracias occidentales, que se esfuerzan (sobre todo la americana) en insistir por presentar en público a los presidentes en compañía de sus esposas e hijos, es tratar de mostrarlos como seres humanos asequibles, alguien que se parezca al vecino, un administrador eficiente que se beneficia de las bondades de la democracia tanto como el resto de los comunes mortales. En fin, un igual solamente un poquito más igual.

La relación con la prole es de especial atención para los dictadores. Los descendientes se esconden y no aparecen hasta que el omnipotente y omnipresente líder se encuentra en su etapa final, ya perdido el combate con la biología, para utilizarles como dispositivo  detonador de respuestas emotivas en la población y en algunos casos, como elemento de continuidad.

En los países democráticos esto es casi imposible de alcanzar porque los presidentes no controlan los medios de comunicación, aunque hay un acuerdo tácito mediante el cual la prensa trata de no entrometerse demasiado en las vidas privadas de los vástagos. Incluso las casquivanas jimaguas de Bush escaparon a un escrutinio intenso a pesar de ellas mismas.

Stalin, Mao y Castro son famosos por la forma en que condenaron a sus primogénitos a la oscuridad y al anonimato, principalmente durante sus períodos de infancia y adolescencia. Putin, el nuevo zar, quien cada vez revela más sus delirios de grandeza y sus ansias imperiales, no se queda atrás.

Hacia 1966, cuando cursaba el décimo grado, iba casi todos los sábados a jugar pelota, con un grupo de amigos, a los ya para entonces estropeados terrenos de la antigua Universidad de Santo Tomás de Villanueva (no sé qué será de ellos hoy en día). Un buen día se apareció, sin bulla y con timidez, un joven que se nos presentó simplemente como José Raúl. Nos dijo que estaba becado en el pre-universitario Carlos Marx y que nos veía desde la ventana de su  albergue y pidió jugar con nosotros. Siempre necesitados de gente para completar los equipos, lo aceptamos, aunque nos sorprendió, porque no pensábamos que los albergues del Carlos Marx llegaban tan cerca de la Quinta Avenida.

Quizá un año mayor que yo, de elevada estatura pero de físico ordinario, nada, ni sus habilidades deportivas, lo distinguía, a no ser por los dos mulatos bien altos y fornidos que calladamente lo acompañaban cada sábado. Nos dijo que eran sus compañeros de albergue. Tendrían cinco o seis años más que nosotros, pero entonces, no había límite de edad para estar en el pre-universitario, tuve compañeros de clase de 23 años. Nunca se incorporaron a los piquetes. Se mantenían sentados, atentos al juego y a cada uno de nuestros movimientos, en un escuálido fragmento de gradería que subsistía como pobre indicador de tiempos mejores.

Inmediatamente se corrió la voz de que era Fidel Castro Díaz-Balart. Nos lo confirmaron, con esa incierta certeza que predomina en un universo que preside el rumor,  unos amigos que estudiaban con José Raúl en el Carlos Marx. Nunca le dijimos nada. Nuestros padres nos advirtieron que ni se nos ocurriera preguntarle. Más adelante tuvimos otras formas de confirmar su identidad, pero entonces solamente teníamos esa información circunstancial. Continuamos jugando como si nada, aunque después lo comentábamos entre nosotros. Nos limitábamos a jugar y a no expandir nuestra relación. No hablaba mucho y un día, unos cinco o seis sábados más tarde, de la misma forma tímida y callada en la que apareció, se nos desapareció.

El resto de su historia, después de los ochenta, es bastante conocido. Más tarde se nos ocurrió pensar cuán triste debió haber sido su adolescencia, obligado a guardar en secreto su identidad, llevando su propio rostro y una falsa historia como máscara. Una infancia y una adolescencia, como Castro castrado, muy distinta a la que probablemente tuvieron sus primos hermanos, los congresistas floridanos Díaz-Balart.

Desde que asumió el poder, Vladimir Putin se las arregló para mantener oculta la existencia de sus hijas. De ellas existe información fragmentada y contradictoria. Residían en el más cómodo ostracismo hasta que hace unos días, tras el derribo del vuelo MH17, cuyos pasajeros eran mayoritariamente holandeses, se desató una protesta frente a un lujoso edificio de diez plantas en la pequeña pero afluente localidad de Voorschotem cerca de La Haya. Los protestantes se encontraban ahí porque los dueños del penthouse que ocupa los dos últimos niveles son María Putina, de 29 años, hija del presidente ruso, y su esposo, el holandés Jorrit Faasen, de 34 años, alto ejecutivo de varias compañías petroleras, entre ellas Gazprom, la corporación estatal controlada por el gobierno ruso. El alcalde de Hilversum, pidió que la deportaran, aunque luego se disculpó por su exabrupto.

Este  matrimonio era hasta ahora un rumor no confirmado, pero la tragedia de la aerolínea malaya lo sacó a relucir y provocó su confirmación.  De igual manera, han salido a la plataforma pública datos sobre la hija menor, Ekaterina Putina, de 27 años, de quien se dice que es una orientalista que ha estado comprometida o quizá casada con un sudcoreano, hijo de un agregado militar de la embajada de Corea del Sur en Moscú durante los años 90.

Las magras informaciones, de dudosas fuentes, que existen sobre ellas, sitúan el nacimiento de María en San Petersburgo  y el de Ekaterina en Berlín Oriental, cuando su padre cumplía funciones de la KGB en Dresde. Lo que sí está confirmado es que ambas estudiaron la primaria en Dresde y que impulsadas por su padre, continuaron sus estudios en alemán, una vez que ya residían en Rusia.

A María la han descrito como “glamorosa” y a Ekaterina como “estudiosa”. Pero por mucho que se afane Putin por ocultar a su familia, tragedias, divorcios y otros sucesos siempre se encargan, como fue el caso de los hijos de los otros dictadores, de desenterrar los secretos y airear los trapos sucios.  Quizá algún día José Raúl, María y Ekaterina se decidan a escribir las memorias de sus atroces infancias, de víctimas de abuso mental por decreto y ayuden a bajar del pedestal a sus inclementes figuras paternas.


Roberto Madrigal

Monday, July 21, 2014

El 68 del béisbol cubano


En el recién finalizado Juego de las Estrellas participaron cinco jugadores no solamente de origen cubano, sino desarrollados en el béisbol cubano de la revolución. Ha sido un hecho significativo y destacado con orgullo en muchos de los medios de prensa cubanos del exilio. Sin embargo, la prensa cubana no reportó el asunto.

Está numerosa participación en el evento marca, implícitamente, el regreso de la presencia cubana al béisbol de las grandes ligas. Es un indicador del éxito que están teniendo los más recientes desertores del béisbol isleño, así como de las nuevas formas que se han creado para facilitar la salida “ilegal” de los peloteros cubanos, que ha generado toda una compleja red de agentes, contrabandistas y negociantes aventureros que se han lanzado a explotar las posibilidades que abre este nuevo mercado.

Los escogidos para este espectáculo anual, que honra el desempeño de los jugadores durante el año en curso fueron: Yasiel Puig, el jardinero de los Dodgers de Los Angeles y el único en ser elegido por voto popular. En menos de una temporada completa en las grandes ligas, Puig se ha convertido, al decir del popular comentarista de ESPN Radio, Colin Cowheard, en “el pelotero más espectacular de las mayores”; Aroldis Chapman, relevista de los Rojos de Cincinnati, seleccionado por tercera vez consecutiva, quien es uno de los cinco mejores cerradores del momento, el hombre que tira los lanzamientos más rápidos de la historia y que al paso que va, está en buen camino para ascender al Salón de la Fama de Cooperstown; Yoenis Céspedes,  de los Atléticos de Oakland, en solo su tercer año en las grandes ligas y que además ha sido el ganador por segundo año consecutivo del “Home Run Derby”, un evento accesorio  a las celebraciones del juego de las estrellas; José Dariel Abreu, quien en su primera temporada en las mayores, jugando con los Medias Blancas de Chicago es el líder en jonrones y uno de los dos candidatos a ganarse el premio de Novato del Año (su contendiente es el lanzador japonés Masahiro Tanaka, de los Yankees de Nueva York) y por último Alexei Ramírez, un veterano en su séptimo año, también con los Medias Blancas de Chicago, un buen bateador que ha tenido una excelente primera mitad de año, pero que es sospechoso a la defensiva.

Desde que la pelota profesional cubana tuviera su última temporada en el invierno de 1960-61 y que resultó en que los peloteros cubanos ya bajo contrato con equipos de grandes ligas no regresaran a la isla, tras las deserciones ocurridas durante el Campeonato Mundial celebrado en Costa Rica en 1961 y el inicio de la primera serie nacional patrocinada por el INDER en 1962, no hubo deserciones de peloteros cubanos por casi veinte años. La única excepción fue la del excelente lanzador Manuel “Amorós” Hernández, quien se lanzó al mar en una balsa en 1962, llegó a Cayo Maratón en la Florida y el Miami News reportó que iba a ser contratado por los Indios de Cleveland, pero del cual nunca más se ha sabido nada, lo cual quizá disuadió a muchos de seguir su hoja de ruta.

No fue hasta 1980, cuando por el éxodo del Mariel llegaron Roberto “Bombón” Salazar, jardinero central de excelentes habilidades defensivas y que murió en el 2007, Eduardo Cajuso, torpedero habanero y Bárbaro Garbey, un jugador capaz de cubrir diversas posiciones y un excelente bateador que formó parte de los Tigres de Detroit que ganaron la Serie Mundial de 1984, pero que después, por razones extrabeisboleras, se desapareció rápido (regresó sin éxito en 1988 con los Texas Rangers), que comenzaron a llegar de nuevo los cubanos.

El éxodo se detuvo por un tiempo y la deserción del lanzador René Arocha en 1991, quien fuera inmediatamente contratado por los Cardenales de St. Louis, reinició el flujo de defecciones que ya ha resultado indetenible y que ha involucrado a un gran número de los más destacados peloteros de las ligas cubanas, algunos han tenido gran éxito y otros han sido un total desastre, no hay una fórmula para traducir el éxito allá en éxito acá.

Fue en ese año 1968 que trajo el mayo parisino y la “Primavera de Praga”, una fecha que estremeció la cultura occidental, que seis cubanos fueron elegidos al juego de las estrellas de las grandes ligas. Es la mayor cantidad de cubanos que jamás ha participado en dicho evento. El grupo estuvo conformado por Luis Tiant Jr., lanzador estrella de los Medias Rojas de Boston; Tony Oliva, uno de los mejores bateadores que ha pasado por el béisbol, que jugaba de los Mellizos de Minnesota; Joaquín “Joe” Azcué, receptor de los Indios de Cleveland, un jugador de sólida defensiva y excelente brazo, apodado “El Inmortal”; Dagoberto “Bert” Campaneris, torpedero de defensiva espectacular y uno de los peloteros más rápidos que han pasado por las mayores, quien por años ostentó records de bases robadas y que jugaba entonces en los Atléticos de Oakland; Leo Cárdenas, torpedero de los Rojos de Cincinnati, buen guante y buen bate y su compañero de equipo Tony Pérez, el único cubano que ha sido elegido al Salón de la Fama de Cooperstown por el tradicional voto de la Asociación de Escritores de Béisbol y por su carrera en las grandes ligas.

Todos llegaron al exilio en condiciones difíciles, en momentos en los cuales los salarios no eran tan altos como los millonarios de hoy, sin el apoyo de una comunidad cubana ya establecida ni de los grandes medios de prensa hispanos que hoy existen en los Estados Unidos, cuando la segregación racial los obligaba, durante su estancia en la ligas menores, a no poder compartir un almuerzo en el mismo restaurante que sus colegas, que incluso otros cubanos. Sin embargo, calladamente, llamaron la atención de los aficionados de todo este país con su desempeño en el terreno, pero de quienes en su país no se hablaba entonces, ni se habló por años, condenados al más cruel ostracismo por un gobierno caprichoso.

No he visto hasta ahora ningún eco en la blogosfera cubana ni en El Nuevo Herald acerca de esta suerte de hazaña. Sería injusto que sufrieran ahora el olvido de quienes quizá no tuvieron la oportunidad de verlos jugar, pero que ahora se pueden informar libremente y concederles su lugar distinguido en la historia del deporte cubano.

Debo recordar también que en el Salón de la Fama de Cooperstwon hay solamente diez latinos, cuatro de los cuales son cubanos (los otros son los puertorriqueños, Roberto Alomar,  Orlando Cepeda y Roberto Clemente, el dominicano Juan Marichal, el venezolano Lus Aparicio y el panameño Rod Carew). Aparte de Tony Pérez, los otros tres cubanos instalados en el salón de los inmortales del béisbol lo fueron Martín Dihigo (1906-71), Cristóbal Torriente (1893-1938) y José de la Caridad Méndez (1887-1928), quienes fueron elegidos por su participación en las ligas negras, ya que debido al racismo de entonces no se les permitía jugar en las mayores. Dihigo fue elegido en 1977 y Torriente y Méndez ambos en el 2006. Ellos también son casi un secreto en Cuba. Todos nombres que apenas se susurran.

Ojalá que la cosecha de hoy siga el desarrollo de aquellos y puedan homenajear  su legado, así como entender y el largo y tortuoso sendero que les toco vadear para llegar a los más altos niveles del béisbol.


Roberto Madrigal

Monday, July 14, 2014

Un mesurado resumen


A continuación reproduzco un artículo del escritor y periodista independiente Rogelio Fabio Hurtado, en el cual realiza un breve pero pormenorizado y desapasionado resumen del desarrollo del periodismo independiente en Cuba.
Hurtado, que reside en Cuba y que por años ha sufrido (y continúa sufriendo) el peso de la represión y que nunca ha capitalizado con su sufrimiento, sino que ha continuado su trabajo casi en el anonimato, pero con una insólita persistencia, muestra al final del trabajo un enfoque sobre el estado actual del periodismo independiente cubano con una objetividad y un ecumenismo optimista que es de admirar, dado lo difícil de su situación personal.
Sobre el he escrito anteriormente en este blog.

Al volver la vista atrás
Cuba actualidad, Marianao, La Habana, (PD) La bien llamada prensa independiente cubana data de finales de la década del 80 del pasado Siglo. La edad y la memoria me facultan para esbozar parcialmente su historia.
Nació en el seno de la primerísima actividad disidente, el Comité de Derechos Humanos, presidido por Ricardo Bofill Pagés, junto a Elizardo Sánchez Santa Cruz, Adolfo Rivero Caro, Rafael Saumell, Reinaldo Bragado, Rolando Cartaya y otros.
Su objetivo era muy sencillo: asegurarle a las actividades y a los proyectos del pequeño núcleo discrepante la difusión que no siempre le brindaban los corresponsales de la prensa extranjera acreditados en la Isla.
Lamento no retener el apellido del primer cubano que, armado de una grabadora, colocó su micrófono ante una boca dispuesta a cantar alto y claro. Creo poder afirmar que se llamaba Pablo Yabre y que su entrevista salió al aire por Radio Martí. Poco después, varios de los miembros del CDH nos asombraron con la trasmisión por la misma radioemisora de una prolongada y contundente Mesa Redonda.
Aún no se hablaba de publicaciones y la difusión de noticias sin censura corría a cargo de algunos activistas, quienes enviaban sus crónicas y comentarios por vía telefónica a las emisoras de Miami, por supuesto interesadas en el tema cubano.
Estas difusoras no exigían normas de objetividad periodística. Se daba por supuesto que estos corresponsales voluntarios representaban siempre el punto de vista diametralmente opuesto al del régimen.
Ya en los primeros años de la década del 90, surgieron las agencias de prensa, tanto en Miami como en Cuba, que intentarían trabajar en coordinación y obtener ingresos a partir de la venta de las informaciones procedentes de la Isla a los distintos medios interesados.
Las más notorias fueron Cuba Press y  Havana Press  encabezadas respectivamente por el poeta Raúl Rivero y el periodista radial Rafael Solano. Asimismo, el también poeta Indamiro Restano fundaría en 1995 otro servicio de prensa, con el apoyo de la organización francesa Reporteros Sin Fronteras.
La expectativa de financiarse mediante la venta de sus trabajos a los medios internacionales pronto se comprobó insuficiente. No obstante, siempre se pudo contar con un mínimo de recursos, que permitieron desde entonces algún tipo de cobertura económica para los colaboradores.
Esto determinó que la actividad de prensa independiente pronto se convirtiera en la modalidad más concurrida de la praxis disidente dentro de la Isla.
Como contrapartes desde el exterior, es obligatorio mencionar a Rosa Berre, animadora incansable de Cubanet, junto a su esposo, Carlos Quintela, veterano militante del PSP y fundador del diario Granma, ambos lamentablemente ya desaparecidos. Mi amigo Juan Ángel Espasande y el ya desaparecido poeta Antonio Conte se desempeñaron como editores de esta importante página, aún en funcionamiento.
Esta etapa de apogeo fue interrumpida en la primavera de 2003, cuando el régimen desencadenó un operativo masivo contra los periodistas independientes y condenó a decenas de ellos a desmesuradas penas de prisión, con la voluntad de acabar con esta práctica, tan molesta para el sistema totalitario.
Fueron juntos tras las rejas, sin distinción de matices ideológicos, tanto los católicos como los liberales, ya se considerasen a sí mismos disidentes u opositores, socialdemócratas o conservadores. Se revelaron entonces como infiltrados, el viejo Nástor Baguer y, lamentablemente, el brillante Manuel David Orrio, entre otros.
Este zarpazo, lanzado simultáneamente con la invasión norteamericana a Irak, no consiguió el fin perseguido: algunos de los periodistas independientes sobrevivientes, Juan González Febles, Luís Cino y otros, con apoyo de patrocinadores suecos, asumieron el reto y salió a la palestra Primavera de Cuba.
A fines de 2003, auspiciada por la Corriente Socialista Cubana,  surgió la Revista Digital Consenso, editada por el periodista Reinaldo Escobar, de cuya colocación en el ciberespacio era responsable su esposa Yoani Sánchez Cordero.
Ambas publicaciones marcaban una diferencia muy favorable, por su mayor madurez y evidente calidad. Con ellas, la prensa independiente cubana dejó atrás su mera función auxiliar, para asumirse como una prensa realmente al servicio de la futura sociedad democrática cubana.
Hoy han nacido nuevos espacios, como el Observatorio Crítico de Dmitri Prieto Samsónov, la publicación católica Espacio Laical, el periódico 14ymedio, encabezado por Yoani Sánchez Cordero y las interesantísimas jornadas del proyecto encabezado por Rodiles.
Sería realmente maravilloso que entre todas estas personas,  por igual independientes y valerosas, predominasen los ideales creativos y libertarios que dieron lugar, hace ya más de dos décadas, al empeño de alzar sus voces contra toda esperanza, aunque nadie escuchase. Ya habrá tiempo para ventilar diferencias e ingratitudes.
Para Cuba actualidad: rhur46@yahoo.com

El artículo fue tomado del blog Infierno de palo, del también periodista independiente Juan González Febles. Había aparecido anteriormente en Primavera Digital #331. Ambos blogs se encuentran entre los enlaces que aparecen en este blog. Pienso que la difusión de este tipo de artículos nunca resulta suficiente.


Roberto Madrigal

Monday, July 7, 2014

Un asunto para no olvidar


He llegado tarde a un libro, aunque a veces es mejor llegar tarde que nunca y hay libros que nunca pierden su efervescencia. Es el caso de Política y Polémica en América Latina: Las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo de la ensayista y académica Idalia Morejón Arnaiz (Santa Clara, Cuba 1965). Editado en agosto de 2010, no ha sido hasta ahora que ha llegado a mis manos.
El texto se centra principalmente en el periodo que va de 1966 a 1968, cuando Roberto Fernández Retamar ya había ascendido a la dirección de Casa (lo fue desde el número 30, de mayo-junio de 1965), y aparecía la revista Mundo Nuevo, dirigida por Emir Rodríguez Monegal en ese tiempo.
Fernández Retamar y Rodríguez Monegal se convirtieron en los mariscales de campo de una de las más intensas batallas ideológicas con respecto al rol de la literatura, de la crítica literaria y del escritor en una época de conmociones políticas durante la cual surgió el llamado Boom Latinoamericano. Fueron las firmas y los rostros del enfrentamiento entre Paris y La Habana (donde radicaban las sedes de cada revista), entre “civilización y barbarie”, entre la literatura como compromiso estético y la literatura como compromiso político.
Casa, que fue fundada en 1960 a partir de una idea de Fausto Masó, quien la codirigió, junto a Antón Arrufat durante sus primeros cuatro números, cuando Masó partió tempranamente al exilio, radicalizó sus posiciones ideológicas a medida que el gobierno consolidaba el poder y, entre otras cosas, desaparecía Lunes, se convirtió entonces en el vocero para Latinoamérica de las posiciones ideológicas de la revolución cubana, un vehículo financiado por el estado al cual le servía ciegamente, una plataforma de lanzamiento para los escritores y artistas del continente, a quienes conminaba, promovía o  censuraba según su adaptación a los postulados que profesaba. Fernández Retamar era, a pesar de los disfraces, un funcionario al servicio de un gobierno que le pagaba y ponía a su disposición ilimitados recursos financieros.
Mundo Nuevo fue fundada en 1968 por el ILARI (Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales), que fue depositario del financiamiento que llegaba a través de la Fundación Ford y que luego se supo que estaba vinculada a la CIA. Su primer director, Emir Rodríguez Monegal (Uruguay 1921- E.U.A. 1985), fue un distinguido y respetado crítico literario, amigo de Borges y de Neruda, quien nunca se supo si fue un funcionario cómplice o un hombre engañado. Al hacerse públicas las relaciones del ILARI y la CIA, Rodríguez Monegal renunció en 1968 a la dirección de la revista y acompañó su renuncia de una carta en la cual alegaba que sus principios le impedían continuar dirigiendo esa publicación. Rodríguez Monegal finalizó su carrera como profesor de la Universidad de Yale, irónicamente la misma en la cual se formó Fernández Retamar a finales de los cincuenta.
Mundo Nuevo publicó un fragmento de la entonces inédita Cien años de soledad, en sus páginas aparecieron con frecuencia textos de Cabrera Infante, Severo Sarduy y Lezama Lima, que nunca aparecieron en Casa. Cortázar y García Márquez se fueron separando de Mundo Nuevo en la medida que estos incrementaban su compromiso con la revolución cubana, mientras Carlos Fuentes y Vargas Llosa se quedaban del lado de Mundo Nuevo.
La complejidad de toda esta guerra fría cultural la describe en su texto Morejón Arnaiz en todos sus detalles y recopilando con rigor académico una extensa bibliografía con la cual ilustrar el momento histórico y sus avatares culturales, y con los cuales sustentar sus puntos de vista. No brinda ninguna información necesariamente novedosa, su importancia está en el material recogido y su estructuración.
Tampoco la autora se esconde tras la excusa académica y no teme en lanzar sus propias opiniones, como por ejemplo: “A partir del momento en que…Roberto Fernández Retamar comienza a dirigir Casa… la literatura pasa a ocupar un segundo plano, y cuando aparece siempre es en función de legitimar un discurso político de la historia cubana, en la cual la isla actúa como protagonista y guía de todos los pueblos del Tercer Mundo”. Esto no le granjeará muchos admiradores entre los círculo literarios de las universidades americanas y latinoamericanas.
Otro aspecto importante de este libro es que Morejón Arnaiz es además novelista y cuenta los hechos con la amenidad de una narradora magistral, algo de lo cual adolecen la mayoría de los textos académicos. Aquí el lenguaje fluye y mantiene el interés en una trama que necesita sustentarse con citas y referencias.
El único defecto de este libro es que su tirada fue solo de mil ejemplares, lo cual lo hace muy difícil de conseguir. Este es un libro que analiza un período crucial de la política cultural de la revolución cubana que no debería quedar solamente en el dominio de los especialistas. Una política cultural muy bien definida y represora que ahora se quiere hacer pasar por “error”. Si bien no se ejerce ya como en su momento, debido no solo a cambios dentro del país, al advenimiento de nuevas generaciones con otros intereses literarios, y a los cambios ocurridos en todo el mundo, en parte a consecuencia de la globalización cultural y las nuevas tecnologías de la información, sigue todavía siendo la pretendida piedra filosofal de la ideología cultural del ya deteriorado sistema.
No hay más que echar un vistazo a un artículo de Elier Ramírez (descrito en la revista digital como “historiador, ensayista e investigador. Doctor en Ciencias Históricas” quien en el 2008 recibió el premio de la Crítica Histórica Fernando Rodríguez Portela), publicado en la edición del 5 de julio de La Jiribilla, en el cual “relee” las “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro y concluye que ese momento de 1961 fue “…el comienzo de un diálogo permanente y abierto entre el líder de la Revolución con los artistas y escritores cubanos, siendo él mismo uno de los más brillantes exponentes de la intelectualidad cubana…se confirmó que, una vez más, en la historia de Cuba, la vanguardia política y la vanguardia intelectual volvían a ser la misma cosa”.
Este texto de Morejón Arnaiz convoca a no olvidar un período importante en los movimientos intelectuales de Cuba y América Latina que debe ser bien entendido y nunca pasado por alto.

Política y Polémica en América Latina. Las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo. Autor: idalia Morejón Arnaiz. Editorial Educación y Cultura. México 2010. 407 páginas.


Roberto Madrigal