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Thursday, July 14, 2016

El sinuoso encanto de la isla


¿Está de moda Cuba? Aunque la respuesta no es simple, creo que no. Es cierto que desde que se restablecieron las relaciones un grupo de figuras como Bon Jovi, Usher, Major Lazer, Bill O’Reilly, los Rolling Stones (con su concierto que se añadió a su gira latinoamericana, con el beneficio para los cubanos de que fue gratis), así como algunos otros, han visitado la isla. Lagerfeld la escogió como marco tropical para un desfile de modas y han comenzado los cruceros desde Estados Unidos.

Para el cubano de la isla, que ha padecido un aislamiento internacional por seis décadas, este relativo deshielo parece como que al fin se les reconoce su existencia y de que se encuentran en la mirilla de todo el mundo. Pero en realidad no es así. El tráfico no ha sido tan intenso como se pronosticaba (o se esperaba con ilusión). Muchas más celebridades visitan constantemente Cabo San Lucas, St. Tropez, Montserrat y Ocho Ríos, donde además tienen propiedades, que las que visitan Cuba. Al despenalizarse, al menos para los americanos, ya que los otros siempre pudieron visitar, pues es un destino más en el turismo ocioso de los ricos y famosos.

No hay dudas de que hay muchos encantos naturales en la isla, esos no pudieron irse del país. La industria de la hospitalidad, sin embargo, es más que cuestionable, aunque para los que tienen mucho dinero eso no sería más que un mal menor. Van sin muchas expectativas y con mucha curiosidad. Además, es muy barata.

A Cuba no se va a hacer turismo cultural, no se equivoquen los que piensan que porque se visita la Fábrica de Arte o alguna que otra instalación cultural, ese es un interés fundamental. El turismo cultural se hace en Paris, Londres, Nueva York, Madrid, Amsterdam y Tokio. A lo que va la mayoría es a la busca de jineteras y pingueros, carros viejos y ruinas asombrosas. Y aquí está el secreto.

Cuando el huracán del castrismo decidió acabar con toda la estructura social que existía en Cuba antes de 1959, de manera cataclísmica, se eliminaron toda una serie de valores morales que sustentaban a la sociedad, sin que fueran sustituidos por otros. Hasta la formalidad verbal y gestual se aniquiló y los vanos intentos de crear algo nuevo, como aquello de la “caballerosidad proletaria”, eran solamente manifestaciones del ridículo, superficiales e inoperantes.

Esa falta de valores morales dio lugar a un fenómeno curioso que es difícil de replicar. Mientras políticamente Cuba es una de las sociedades más represivas del mundo, al margen y a la par de ello, se presenta una sociedad completamente permisiva en el plano moral. Mucho más “libre” que cualquier otra. La necesidad de sobrevivir convierte la promiscuidad sexual y social en algo rutinario. Esa combinación de represión con permisividad es uno de los puntos fundamentales que atrae a los turistas a la isla. O que al menos les hace decir cosas que no dicen de otros lugares.

La falta de espacio en la cual viven los cubanos, en una isla en la cual varias generaciones se ven obligadas a cohabitar en recintos mínimos y dilapidados, crea una familiaridad que se desborda al intercambio social. Eso es parte del secreto de lo que se dice que es el gregarismo de los cubanos. Y eso es lo que encuentran los visitantes del primer mundo, acostumbrados a sociedades extremadamente organizadas y estructuradas, en las cuales el respeto al espacio personal y habitacional ajeno es primordial.

Ese es el atractivo que encuentran los hípsters cuando se remoza o gentrifica (es cierto que la palabra no ha sido aceptada por la Real Academia, pero se usa hace rato y no hay un verdadero equivalente en español) un área como Williamsburg en Brooklyn o Chueca en Madrid. Se renueva la urbanización, se suben los precios y aparecen lugares de disfrute en los cuales se mantiene la pátina de lo desvencijado. Nada más atractivo que ese contraste decadente entre la ruina y la modernidad (en el caso cubano entre la represión y la permisividad). Sobre todo para quienes tienen dinero y pueden luego largarse a sus refugios bien modernos y bien apertrechados.

Es también que dadas las necesidades generales, uno puede encontrarse a personas de todo tipo en la calle, compartiendo miserias. Recuerdo a una periodista de El Nuevo Herald que se mostraba asombrada (lo escribió así), porque en una reunión informal en el apartamento de una amiga, pudo codearse con Antón Arrufat.

La prostitución, el jineterismo y el pinguerismo no se limitan a un estrato social como en las ordenadas sociedades avanzadas. Aquí  los visitantes perciben otra contradicción de macabro atractivo. Pueden establecer una relación con individuos con los cuales en sus países les sería imposible a muchos. No es que los cubanos sean más cultos que nadie, es que los cultos se prostituyen. También resulta atractivo ver a intelectuales insulares mendigando atención. Es un morbo que resulta un lujo del Primer Mundo.

No es todavía efectivo. Hace poco estaba trabajando con un estudiante de una universidad para la cual presto servicios. Un muchacho inteligente, de 20 años, sin muchos intereses culturales, de familia rica. Cuando le dije que era cubano me contó que su madre llevaba años organizando una vista turístico-cultural a Cuba y que lo había logrado finalmente el año pasado. Lo arrastraron allá. Por lo que me dice, parece que se alojaron en el Meliá Cohiba en el Vedado. Tenía que soportar una serie de charlas culturales desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde. Le resultaban insufribles y no se acordaba de lo que había escuchado. Luego podían salir por ahí, aunque se les asignaba un “guía”.

Cuando le pregunté qué le había parecido la ciudad, se mostró apático. Me dijo que estaba bien, muy pobre, se entretuvo en el Submarino Amarillo viendo a viejos bailar canciones de otra época (sus palabras), pero no muy diferente que su visita anterior a Jamaica. Nada le dejó huellas. Fue otro lugar tropical más. Que conste que con sus veinte años, es un muchacho que ha viajado mucho. Prefiere Madrid y Barcelona. También le gustaba Caracas, pero ya no.

De todos modos, ayer cuando terminaba de hacer compras en Trader Joe’s, en un pequeño estante junto al cajero, entre muchas postales, mi mirada se fijó en una que decía: “I’m in Havana, life is buena”, ilustrada con un crucero atracando en un puerto. Los cubanos siguen siendo el telón de fondo miserable sobre el cual tiene lugar el espectáculo de la gozadera efímera y distante.


Roberto Madrigal

Saturday, June 25, 2016

Barrio chino y xenofobia


Desde que alrededor de 1847 comenzaron a llegar a Cuba los culíes procedentes de Hong Kong, Macao, Taiwan, Cantón y Fujián, y luego los miles de chinos que huían de la discriminación en los Estados Unidos, se sentaron las bases para la consolidación de un grupo étnico que se uniría a africanos y españoles en la definición del cubano. Afrocaribeños angloparlantes, haitianos y judíos europeos llegarían simultáneamente o más tarde para seguir añadiendo variedad, principalmente a La Habana, a una isla que dada su posición geográfica y su tamaño, recibía los movimientos migratorios espontáneos, en busca de mejoramiento, que son la esencia del desarrollo social y cultural.

El Barrio Chino habanero, que ya a finales del siglo diecinueve se consideraba el segundo más importante del Occidente después del de San Francisco, era un excelente indicador de la pujanza con la que los movimientos migratorios otorgaban a La Habana sus misterios y leyendas. Sus comercios, restaurantes, cines y espectáculos añadían encanto a la cotidianidad de una ciudad vibrante.

Desde finales de los años cuarenta operó allí el Teatro Shanghai (se supone que así decía el letrero, aunque todos decían el changai). Famoso por sus espectáculos porno bufos, presentados como bataclán o vodevil, que utilizaban un humor paródico de grotesca sublimidad. Entre sus amenidades estaba la del famoso Supermán, de quien se cuentan muchas cosas, casi ninguna verificable, lo que suma al mito, el hombre de una verga de dieciocho pulgadas, pero ¿quién la midió? Supermán fue inmortalizado, primero por Graham Greene en Nuestro hombre en La Habana y luego por Francis Ford Coppola en la saga de El Padrino. Ya tiene su lugar en el eterno mundo de la imaginación y de los sueños.

El bullicio y el hervor terminaron poco después de 1959. Los chinos comenzaron a emigrar y ya ninguno llegaba. El barrio chino que yo conocí a mediados de los sesenta, todavía poseía su encanto peculiar. Un grupo de amigos descubrimos que el cine Aguila de oro exhibía películas de Kung Fu y de Karate, que estaban prohibidas por el ICAIC y no se proyectaban en los cines habaneros. Creo haber visto al legendario Bruce Lee en películas producidas en Hong Kong a finales de los cincuenta, antes de que fuera famoso, pero no lo puedo asegurar, porque entonces no se le conocía.

Adolescentes hambrientos de ese cine de artes marciales que atraía a todo el mundo, del cual en Cuba oficialmente solo se exhibían filmes japoneses serios como El Bravo y Sanjuro, y menos “serios” como la serie de Ichi, el esgrimista ciego, acudíamos al Aguila de oro con fervor de fanáticos. La tarea era difícil pues las películas eran habladas mayormente en cantonés y entonces se le ponían subtítulos en mandarín, inglés y español, por lo que quedaba visible en la pantalla solo un pequeño cuadrado, resultando que a veces solo podíamos atisbar un pie que golpea el aire, una muñeca que le da a un pecho, pero se nos confundía la trama porque no sabíamos quién golpeaba a quién hasta finalizada la contienda.

A la salida, y más o menos hasta 1968, tratábamos de negociar con algunos de los chinos que, sentados en los escalones de entrada a los edificios, en silencio, aparentemente ajenos los unos de los otros, leían el Kwong Wah Po, el Man Seng Yat Po, el Hun Men Kon Poi o el Wah Man Sen Po (nombres que no conocía entonces, solo me llamaba la atención que los periodiquitos eran de tamaños diferentes), según sus intereses o inclinaciones políticas, para comprar en bolsa negra frijolitos chinos, o cebollinos, o latas de atún, o aceite de maní, que ya no existían en las bodegas cubanas, pero que se les vendían exclusivamente a los chinos en las tiendas del barrio.

Después de la “Ofensiva Revolucionaria” ya no fuimos más. Los chinos salían a hacer bolsa negra fuera del barrio y a la policía no le gustaba que los que no fueran chinos se pasearan por allí. A la larga, el barrio chino habanero se fue convirtiendo en lo que es hoy en día, menos que una caricatura de sí mismo, un borrón sin cuenta nueva. Un lugar señalizado por el “Pórtico de la amistad” donado por el gobierno chino, que da lo mismo si usted lo cruza de entrada o de salida, porque en ningún lado encontrará chinos.

El isleño es, por circunstancia, aislacionista y el ser humano, por naturaleza, no acepta la diferencia, eso se aprende después. Durante estos cincuenta y siete años el gobierno ha manipulado la inmigración para sus fines políticos. El país se cerró, solo pueden entrar, a cuenta gotas, los extranjeros seleccionados y autorizados por el gobierno, para eso en número reducido y por lo general, de paso. Ya en Cuba no existe confluencia de culturas, sino que se ha tratado de crear un proyecto de hombre a partir de la endogamia ideológica y cultural. Un proyecto condenado al fracaso desde su fundación.

Aunque nuestra xenofobia se mostraba con la ligereza de los apodos (ya que a todos los descendientes de asiáticos se les decía “chinos, o “paisanos”, o “narras”, a los de españoles se les apodaba “gallegos” sin importar que vinieran de asturianos, o de canarios y a los de jamaicanos se les nombraba “pichones”, todo esto sin tener en cuenta cuantas generaciones llevaban sus familias en Cuba, lo cual a pesar del tono cariñoso y sarcástico con el que se hacía no lo convertía en menos discriminatorio),  no me queda duda de que esto ha ido incrementando ese sentimiento y ha transformado al cubano en un ente inconscientemente xenófobo y provinciano. Muy adulón de cualquier extranjero porque en estos momentos representa algo desconocido a lo cual no se puede aspirar o la posibilidad de jineterismo, pero en su mayoría, una vez fuera del país, los cubanos se aíslan del resto de las comunidades que les rodean y se relacionan con ellas basándose en el desprecio o el temor a lo enigmático. Es el único propósito que el gobierno ha logrado con éxito tras tantos años. La carencia de una mezcla racial dinámica, por otra parte, daña el sistema inmune nacional.

La evaporación del barrio chino refleja los efectos devastadores de esa política. Hoy, el Aguila de oro no existe. Su lugar lo ocupa la galería “Arte Continua”, reservada para eventos auspiciados por las organizaciones culturales gubernamentales, como muestras de arte francés. El Teatro Shanghai fue derrumbado (o se derrumbó solo) y en el sitio que ocupaba, Zanja entre Campanario y Manrique, se erige una estatua de Confucio, donada por una sociedad china, con un lema que dice: “Cada cosa tiene su belleza, aunque no todos pueden verla”.

Quizá, Raúl Castro entre sus cambios y sus convocatorias al turismo, deba contemplar edificar, tras la estatua de Confucio, un nuevo Shanghai, para que vuelvan a resonar, como espíritu liberador, versiones de Don Juan con versos como los que a hurtadillas escuchó de niña la actriz Yolanda Farr (nieta de José Orozco, dueño del teatro) y que cita en su blog: “Pero Don Juan soy doncella/ ¡La cabeza nada más!/ Nada nada, toda ella/ y los cojones detrás”.


Roberto Madrigal

Tuesday, June 7, 2016

El ajedrecista que se atrevió a ser disidente


Ha muerto quien al decir de Leonard Barden fue el más grande ajedrecista que jamás fuera campeón mundial. El lunes 6 de junio, tras seis décadas de batallas en el tablero y alrededor del mismo, después de una apoplejía que lo confinó a una silla de ruedas y le atrofió el habla, murió, en Wohlen, un pueblo cercano a Zurich, a los 85 años, el gran maestro ruso Victor Korchnoi.

Apodado “Víctor el Terrible”, no solamente por su intensa combatividad ante el tablero, sino por su carácter amargado y su actitud siempre controversial, Korchnoi nació en lo que se conocía entonces como Leningrado, en un crudo invierno de 1931, producto de una unión improbable: su padre era polaco y católico y su madre era judía rusa. Se inició en el ajedrez a los trece años, durante el sitio nazi a la ciudad. Era entonces un joven hambriento que estaba interesado en la declamación, el piano y el ajedrez, pero como tenía una voz pésima y no había piano en su casa, se decidió por el ajedrez. Quizá estas circunstancias expliquen la fundación de su personalidad.

Fue campeón soviético en cuatro oportunidades entre 1960 y 1970, en una época en la cual coexistieron en ese país los talentos más grandes de la historia del ajedrez, ente los que se contaban Tal, Botvinnik, Petrosian, Spassky, Stein, Polugaevski, Geller, Smislov, Taimanov, Bronstein y muchos otros genios. Ganó una casi infinita cantidad de torneos internacionales de primera línea, entre ellos la segunda y la séptima edición del Capablanca In Memoriam, en los años 1963 y 1969 respectivamente (en esta última lo hizo empatado con Alexei Suetin), pero alcanzó su protagonismo más grande en sus encuentros con Anatoly Karpov, con quien se enfrentó tres veces por el título mundial (aunque en la primera batalla en 1974, el título se le cedió a Karpov al año siguiente porque Fischer renunció a defender su título).

Siendo Karpov el favorito de la burocracia soviética, la federación de ajedrez le puso obstáculos a Korchnoi durante el match, no permitiendo a ningún gran maestro soviético que asistiera como entrenador a Korchnoi. David Bronstein se atrevió, y como confesó en su libro Secret Notes publicado en 2007, fue castigado por ello y además lo forzaron a jugar un torneo antes de que comenzara el match en 1974. Finalmente, Korchnoi, quien jugó casi todo el encuentro solo contra Karpov y su ejército de asistentes, consiguió la asesoría de los británicos Raymond Keene y William Hartston, ya tarde. Perdió  12.5-11.5.

Después de este match, la mayoría de los grandes maestros soviéticos, liderados por Tigran Petrosian, hicieron declaraciones públicas en contra de Korchnoi y la federación le prohibió jugar torneos internacionales. En 1976, tras conseguir jugar un torneo en Amsterdam, Korchnoi decidió desertar y radicarse primero en Holanda, luego en Alemania Occidental y finalmente se estableció en Suiza, donde vivió desde 1978 hasta esta semana. Atrás quedó su esposa Bella y su hijo Igor, quien fue a parar a la cárcel en venganza perpetrada por el gobierno.

Poco antes de su segundo match con Karpov, en 1978, comenzó la lucha porque liberaran a su hijo y el gobierno soviético le prometía liberarlo y luego se lo negaba. Bajo estas circunstancias se enfrentó a Karpov, tras arrasar con Petrosian, Polugaevski y Spasski en el torneo de candidatos. El encuentro tuvo lugar en Baguio, Filipinas y se convirtió en un gigantesco show mediático y político. Hubo quejas de que los soviéticos instalaron un hipnotizador en el público y que le mandaban señas secretas a Karpov. Korchnoi exigió ubicar unos espejos en el escenario y que se hicieran radiografías de las sillas antes de cada juego por temor a que los soviéticos hubieran instalado dispositivos de causar ondas magnéticas o de hacer sonidos cuando le tocara el turno a de jugar a él. El tope se extendió a 32 juegos y Karpov resultó vencedor al ganar seis partidas contra cinco Korchnoi y entablar veintiuna.

El siguiente encuentro por el campeonato mundial tuvo lugar en Merano, Italia, en 1981. El hijo de Korchnoi seguía preso y en una jugada viciosa, fue liberado y forzado a enrolarse en el ejército, con lo cual no se le permitió abandonar el país. “La masacre de Merano” terminó con un triunfo de Karpov en dieciocho partidas. El campeón ganó seis y Korchnoi solamente dos. Tenía ya 50 años y cinco años de batalla contra el aparato soviético.

No obstante, Korchnoi se mantuvo jugando a los más altos niveles hasta bien entrados los setenta años. En 1984 se enfrentó a Gary Kasparov en el torneo de candidatos. El encuentro debió realizarse en Los Angeles, pero los soviéticos no permitieron que Kasparov fuera, alegando la ventaja política del “desertor y traidor” Korchnoi en pleno corazón del “imperialismo”. El triunfo le fue adjudicado a Korchnoi por abandono de su oponente, pero este se negó a ganar de esa manera y aceptó que el evento se trasladara a Londres, en donde fue derrotado con facilidad por Kasparov. En 2006 ganó el campeonato mundial para seniors, en el cual participaron jugadores de la envergadura de Yanis Klovan, Vlastimil Jansa y Yevgueni Vassiukov. A los 75 años todavía ocupaba el lugar 85 en el ranking de la FIDE.

Korchnoi fue un hombre amargado Su carácter se reflejaba en su juego, que era agresivo y complicado, a veces incomprensible. No tenía buena opinión de ninguno de sus oponentes, de quienes decía (y esto incluía a Petrosian y a Tal entre otros campeones mundiales) que eran jugadores inferiores. Se le consideraba arrogante y desdeñoso. Lo fue.

Solamente reconoció como sus grandes influencias a Mijail Botvinnik y a Emmanuel Lasker, este último en el aspecto psicológico. De  los contemporáneos solamente respetaba a Fischer, de quien consideraba que su nivel era “de otro planeta” y a Kasparov. Ni siquiera Spasski, su amigo de la infancia, se salvó de su azote verbal.

Durante el Capablanca de 1969 andaba yo en compañía del maestro internacional español, ciudadanizado cubano, Francisco J. Pérez, cuando nos tropezamos con Korchnoi a la salida del Salón de Embajadores del hotel Habana Libre. Pérez lo conocía y mezclando ruso con francés le preguntó que cómo se las arreglaba para mantener esa actitud beligerante ante sus oponentes y Korchnoi replicó que cuando se sentaba al tablero, minutos antes de comenzar, se concentraba pensando que su contrario de turno era su enemigo mortal, que le había mentado la madre y piropeaba a su esposa.

Controversial y difícil de sobrellevar, no todo fue heroísmo en su vida. Cuando finalmente, en 1982, liberaron a su hijo y lo dejaron salir junto a Bella, la esposa de Korchnoi, este no fue a recibirlos al aeropuerto, sino que envió a un abogado con una demanda de divorcio para que esta la firmara. Igor nunca más habló de su padre en público.

Se mantuvo como fiel enemigo de la Unión Soviética hasta que esta desapareciera antes que él. Detuvo a un entrevistador que mencionó la palabra emigrante refiriéndose a él, para aclarar que lo suyo fue deserción y exilio en protesta contra las autoridades soviéticas porque no podía vivir en un país que no respetara la individualidad.

Korchnoi fue un hombre de grandes contradicciones entre el protagonista público, el individuo privado y el ajedrecista. Jugó más de cinco mil partidas en torneos oficiales y mantiene record positivo contra muchos de los grandes campeones de todos los tiempos (Tal, Petrosian y Spasski). Tesonero y siempre abierto a aprender, Vassiukov calificó su juego como “falto de armonía interna” pero agregó que como “el gran luchador y deportista que era, fue capaz de sobreponerse a sus limitaciones”. Acaba de morir un grande, un hombre que tuvo que enfrentarse tanto a sí mismo como a la época que le tocó vivir.


Roberto Madrigal

Wednesday, May 25, 2016

Redefiniendo al censor


El efecto más inmediato del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, ha sido en el campo de la cultura, principalmente entre los guardianes del dogma ideológico.

Entre los cambios instrumentados por Raúl Castro, decidido a estar en misa y en procesión al mismo tiempo, está, por una parte, la institución de una economía mixta en la cual se promueve una cultura económica de buhonerismo, típica de un capitalismo primitivo con limitaciones, en la cual se beneficiarán unos muy pocos siempre y cuando no se beneficien mucho y se enriquecerán los que controlen los organismos estatales y sus familiares, allegados y otros correligionarios íntimos que tendrán el privilegio de hacerse cargo de los negocios privados más jugosos, mientras que por otra parte se mantiene un férreo control sobre la actividad cultural y la ruta ideológica. La cultura se vinculará a ese capitalismo primitivo siempre y cuando beneficie las arcas estatales.

Como aterrados copistas medievales, han saltado en defensa de la identidad cultural y de una confusa cubanidad, distinguidos amanuenses oficiales como Graziella Pogolotti, Ambrosio Fornet, Aurelio Alonso y Abel Prieto, entre otros pesos completos de la burocracia cultural. Son los que más destaca la prensa de allá y la de acá, sin embargo, me resultó de gran interés un reciente artículo del profesor Guillermo Rodríguez Rivera, aparecido en el blog Segunda Cita, del cantante Silvio Rodríguez, del cual es colaborador habitual el docente, titulado La cultura en los tiempos que corren, en el cual va más allá de defender la cultura con definiciones abstractas y términos grandiosos, como hacen los anteriormente mencionados, aquí se dedica a redefinir el papel del censor y de la censura en esta batalla.

Es un artículo que no puede pasarse por alto por varias razones. En primer lugar por aparecer en el blog de Silvio, lo cual le da un carácter de siniestro prestigio y autoridad crítica, ya que se sabe que este es un blog maquillado de aperturista, pero siempre dispuesto a la defensa frontal e inequívoca del sistema, y porque además es probablemente el blog más leído, de todos los blogs apoyados y permitidos por la nomenclatura, dada la inconcebible y persistente popularidad del cantante.

En segundo lugar porque Rodríguez Rivera, aunque muy olvidado en el parque Jurásico de la isla, es todavía un dinosaurio que ruge con utilidad y que se ha vuelto una especie de ortodoxo racional. Además, el profesor es mucho mejor escritor que Fornet y Prieto, aunque injustamente no goce del mismo prestigio. Fundador de El Caimán Barbudo, fue por un tiempo un buen poeta y un hombre lúcido por cuyas gracias sufrió censura. Fue también, mucho antes que Padura, un exitoso escritor de novelas policiales.

Después de tener que abandonar la nave caimanera, se sabía en La Habana que tanto él como Luis Rogelio Nogueras, Raúl Rivero y otros, eran los autores de unos epitafios apócrifos de los escritores cubanos. Muy bien escritos y muy mordaces. Pero parece que para poder salir del fango ha tenido (o ha optado), que vender su alma al diablo y enmascararse con las ajenas convicciones del poder.

En el artículo que me ocupa, comienza recordando el período heroico de la fundación de El Caimán Barbudo, elogia la figura de Haydée Santamaría y obvia mencionar muchos de los fatales episodios represivos del período para saltar al llamado “quinquenio gris” (que ahora tiene la culpa de todo y lo quieren presentar como un traspiés histórico ya superado).

Tras mencionar la censura sufrida por él y otros caimaneros, durante ese período, pasa a rescatar el “carácter inclusivo de la orientación cultural de 1961”, o sea del famoso discurso de Fidel Castro, conocido como Palabras a los intelectuales. Culpa el “caso Padilla” a la funesta ejecutoria del teniente Luis Pavón como presidente del Consejo Nacional de Cultura, sin mencionar que Pavón no solamente fue nombrado a ese puesto por las máximas autoridades del gobierno, sino que era un hombre de confianza y un favorito de Raúl Castro. Convenientemente olvida mencionar que el caso Padilla había empezado mucho antes de la confesión, en realidad en 1968, cuando fue premiado. Eso sucedió a raíz de la Ofensiva Revolucionaria de ese año, cuando Castro y su pandilla se habían consolidado en el poder, un poco después de los juicios de la Microfracción, sucedido en el otoño de los comunistas viejos, en 1967. Además, el presidente del Consejo Nacional de Cultura en ese momento era Eduardo Muzio, afectuosamente conocido como Muzziolini.

En su diatriba, culpa a la confesión de Heberto Padilla por el destino sufrido por Lezama Lima, aunque menciona lo injusto de ello, que por supuesto fue culpa del ambiente cultural del “quinquenio gris”. Por cierto, que entre los epitafios cuya posible autoría puede atribuirse al profesor, hubo uno sobre Lezama que decía: “Jamás viajó ni a Nueva York ni a Roma/ José Lezama Lima, vida vana,/entre nosotros, en su vieja Habana/se dedicó a escribir, mató el idioma”. No tiene por qué abochornarse de ello, pero no hay dudas que fue una pequeña contribución a la penosa situación del poeta.

Luego salta a los problemas creados durante el concierto reclamando la liberación de los Cinco, en el Protestódromo del malecón, causados por las alocuciones “fuera de lugar” de Robertico Carcassés. Tras lo cual salta al más reciente caso del cineasta Juan Carlos Cremata, censurado con motivo de la puesta en escena que dirigió de la adaptación de la obra “El rey se muere”. Una obra de Eugene Ionesco, escrita y representada por primera vez en 1962, pero en la cual los gobernantes cubanos se sintieron aludidos. Comenta incluso el “inaceptable exilio” de Cremata, como si este no tuviera derecho a hacer con su vida lo que le venga en gana. Claro, allá ese derecho no existe todavía.

La receta del profesor Rodríguez Rivera no es la flexibilización ni la eliminación de la censura, sino su refinamiento. Ofrece el consejo de que todo eso (lo de Carcassés y lo de Cremata) se pudo haber evitado con medidas de censura profiláctica. Se pregunta la razón por la cual se dejó participar a Carcassés en el evento y por qué nadie se dio cuenta del problema de la obra teatral antes de que se estrenara.

Culpa de lo anterior a la incultura de los encargados de la censura, a quienes llama “funcionarios encargados de aprobar el hecho cultural”. O sea, propone la formación de censores cultos y políticamente probados que puedan utilizar los bozales con eficiencia.

Tras cincuenta y siete años de castrismo, y ya todo un decenio de raulismo, lo que propone la intelectualidad oficial cubana es un “quinquenio gris” refinado, la censura con efectividad, la censura preventiva. Es lógico, cuando los represores de ese ayer siguen siendo los gobernantes de hoy. Esos parecen ser los cambios que se piden en el campo cultural.


Roberto Madrigal

Monday, May 9, 2016

Las fallas de la memoria


Hace unos días tuve la oportunidad de ver el documental A contratiempo, realizado en Miami por Jorge Soliño, con la colaboración de Jorge Dalton y Mario García Montes. La obra se centra en los roqueros cubanos de las décadas de los años sesenta y setenta que sufrieron persecución, hostigamiento y ninguneo por parte de las tropas militantes de la cultura oficial cubana de la época.

Soliño ha realizado un trabajo sobrio y sin pretensiones, dos virtudes artísticas que escasean en estos tiempos, limitándose a presentar el testimonio de los protagonistas de aquella épica involuntaria, entrevistando a las principales figuras que formaron parte de las agrupaciones musicales de aquellos años, cuyo delito radicaba en hacer covers de los Beatles, Led Zeppelin, Rolling Stones y otras bandas proscritas en la isla.

Sin editorializar ni pontificar, Soliño deja que las entrevistas a los músicos vayan componiendo la narrativa, para que en las propias palabras de Pepe Piñeyro, Jorge Bruno Conde, Willy Quesada, Ricardo Eddy, Henry Vesa, Willy Goizueta, Chano Montes y muchos otros, se cree una visión de lo que ese fragmento de la juventud cubana sufrió durante aquel período.

Soliño aprovecha al máximo los recursos de los cuales dispone. Se ve forzado a repetir imágenes y secuencias, pero esto denota algo muy importante: la falta de materiales que existen con respecto a aquella época, ya que todo lo que entonces se filmaba o se imprimía, estaba en manos del estado. Es importante anotar esto, porque alguien pudiera, con mala entraña, criticar al documental por no presentar otra cara del momento, pero lo cierto es que esa otra cara ya estuvo representada por la propaganda oficial.

Es un hecho que la historia la escriben los vencedores, pero no es justo cruzarse de brazos y no intentar oponer alguna alternativa contra esto. Cuando la historia ha sido tan tergiversada y tanta información ha sido eliminada, sobre este y tantos otros hechos, no se puede perder la oportunidad de recoger las declaraciones de los testigos que aún viven y que son la única fuente de conocimiento de la cual disponemos. No importa si uno está de acuerdo o no con lo que dicen, si admira o no a los personajes, si los desprecia o los reconoce. Es su historia, cada uno la cuenta a su manera, unos con exagerada elocuencia, otros deciden despotricar, otros se limitan a su experiencia personal y cada cual a su estilo va tejiendo el hilo de la trama.

Este documental es un legado importante. Un pequeño ladrillo más en el esfuerzo de recuperar al menos un pedazo de la historia. Es curioso que en la últimas semanas, tras la visita de los Rolling Stones, han publicado en Cuba sendos artículos del promotor cultural y supuesto animador del rock, Guille Vilar, y el profesor cubanoamericano Nelson Valdés, de la Universidad de Nuevo México, donde ocupa el cargo de profesor emérito de Sociología y quien ha sido un abogado feroz de todas las causas castristas, recientemente implorando por la liberación de los “cuatro héroes” en carta al presidente Obama, ambas publicadas en Cubadebate, uno de los tabloides electrónicos oficiales del gobierno cubano.

Vilar y Valdés han dedicado sus textos a justificar la política cubana de represión cultural de aquella época, utilizando como excusa desde la voladura de La Coubre, hasta la invasión de Girón, y apuntando que cuando empezaron, los Beatles y los Stones fueron mal vistos en Inglaterra (pero se les olvida decir que no se les censuró ni se les encarceló por su música, se hicieron millonarios), y en el caso de Vilar llegando a decir que los Beatles entonces todavía no eran clásicos (hombre, parece que hay que esperar treinta años para escuchar música popular).

Ante tanto historicismo desfachatado y trasnochado, el testimonio personal que presentan los ya viejos roqueros cubanos, resulta una manifestación fresca e irrefutable, que denuncia por su impronta personal y que toca al espectador en el lado emocional, sobre todo por la sinceridad que muestran muchos de ellos que se observa bien en una de las secuencias casi finales que muestra en breve primer plano el llanto contenido de Willy Quesada, algo que me recordó la secuencia final de Conducta impropia, en la cual un trágicamente irrepetible René Ariza habla del Castro interior que lleva cada cubano.


Roberto Madrigal

Tuesday, April 19, 2016

Donde descansan los ideales


Existe un pequeño país, minúsculo e insignificante, que insiste en mantener vivos los ideales del comunismo soviético. Es un país en el cual los dirigentes sostienen el discurso cerrado y ortodoxo de los sóviets, mientras se mueven en Mercedes Benz y BMW del año. En sus muñecas ostentan costosos Patek Phillipe.

En las escuelas se enseña que el futuro pertenece por entero al socialismo y en una, nombrada Che Guevara, aseguran que con el triunfo del socialismo en todo el mundo, hasta los cataclismos ambientales podrán ser controlados. Se enfatiza la importancia de los estímulos morales, pero la cúpula gobernante está abierta a negociar con el mejor postor siempre y cuando el capitalismo quede en sus manos.

En ese pequeño país hay gente que insiste que hubo tiempos mejores, cuando el socialismo todavía campeaba por sus respetos, y añoran la utopía. El presidente ha sido electo por unanimidad varias veces y la neolengua domina el discurso cotidiano.

Pudieran pensar, viniendo de donde vengo, que me refiero a Cuba. Pero no, me refiero a Transnistria, un pequeño país fronterizo entre Ucrania y Moldavia. Por un tiempo perteneció a Ucrania como región autónoma y cuando se creó la Moldavia soviética en 1940, pasó a ser parte de ella, pero cuando los moldavos se independizaron y adoptaron el rumano como lengua oficial, los transnistrios, decidieron ser fieles al idioma ruso y se declararon independientes de Moldavia.

Hoy en día Transnistria es internacionalmente reconocida como parte de Moldavia, excepto por Rusia, Osetia del Sur, Abjazia y Nagorno-Karabaj, que la reconocen como república independiente. Sus regiones montañosas, que en 1941 sirvieron de refugio a miles de judíos que escapaban de la ocupación nazi en Ucrania, hoy sirven de zonas de comercio para bandas de narcotraficantes y mercaderes de armas. En sus zonas bajas, esteparias, pululan los restos de inmensas estatuas de Lenin, Stalin y otras figuras de la antigua U.R.S.S. Muchos de quienes controlan el comercio ilegal, son antiguos generales soviéticos, que se adueñaron de casas y dachas cuando cayó el Muro de Berlín.

Transnistria vive una dinámica de cambios controlados en una era postsoviética pero bajo un gobierno sovietizador. Existe un grupo de jóvenes que se mueven entre una burocracia más flexible y una apertura al capitalismo, pero todo se limita a beneficiar a la cúpula dominante y muy poco se extiende al pueblo. La miseria es lo más generalizado. Transnistria no siendo Cuba, puede ser su imagen especular.


Roberto Madrigal

Sunday, April 3, 2016

La confundida mente del dinosaurio


En realidad no valdría la pena comentar el artículo de Ambrosio Fornet titulado Nación, cultura nacional y ciudadanía, si no fuera porque apareció primero en La Jiribilla, ese vocero oficial de la cultura estatal cubana y luego ha sido reproducido en varios blogs gubernamentales como La pupila insomne, entre otros. Eso quiere decir que este es un artículo ordenado desde bien arriba y que refleja lo que preocupa a los ideólogos y burócratas culturales de la isla, ante el acercamiento de los Estados Unidos y la pérdida de la excepcionalidad que se les avecina.

Ambrosio “Pocho” Fornet es uno de esos intelectuales muy bien formados desde antes de la revolución, con estudios en universidades americanas (Universidad de Nueva York en este caso), que se montaron al barco de los hermanos Castro para prestar sus servicios a cambio de cierta relevancia y de poder ganarse la vida sin tener que hacer otro tipo de trabajos. Todo un dinosaurio.

Fueron los responsables de crear la imagen de Cuba como una sólida plaza cultural y se dedicaron a narrar la supuesta epopeya y a elaborar el discurso que apoya la construcción del socialismo y el hombre nuevo. Entre ellos se encontraban Guillermo Cabrera Infante y Fausto Masó (quienes rectificaron a tiempo), Heberto Padilla y Carlos Franqui (víctimas del engendro un poco más tarde), Lisandro Otero, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar y Salvador Bueno (que como solía decir Lezama, ni era bueno ni era salvador), entre tantos otros.

Fornet, un hombre que en privado es una persona agradable, culta y generosa con sus conocimientos, hace muchos años que se convirtió en un inteligente emisario de la política de la UNEAC. Ha ganado cuanto premio se puede ganar en Cuba, incluyendo el Premio Nacional de Literatura de 2009, pero muy pocos, aparte de sus contemporáneos, pueden recordar el título de alguna obra suya. La más conocida la escribió en 1967, los ensayos de crítica literaria reunidos bajo el título de En blanco y negro. Fue, junto con Pastor Vega, responsable del guión de Retrato de TeresaSu mayor logro fue acuñar el término “quinquenio gris”.

El ensayo refleja la frustración de que tras seis décadas, no se ha podido realizar el “proyecto de Nación que solemos definir como martiano y socialista”. Lo que se le escapa a este vendedor de utopías es que una nación, ni tampoco una ciudadanía o una identidad nacional, se forman por decreto. Esto es un proceso complejo de influencias sociales, étnicas, religiosas, culturales, económicas y políticas que en un caos ordenado van conformando a la gente.

Comienza preguntándose lo que tiene que ver él, en los años 50, “un joven blanco de clase media, oriental…recién graduado de bachiller, ¿concibo mi cubanía…en los mismos términos que el joven negro, hijo de obreros nacido y criado en Regla…que no llegó a terminar la primaria?”. Entonces se responde aludiendo a que aparte de la “memoria colectiva” comparten una “serie de principios y valores- baste pensar en la tríada libertad, igualdad y fraternidad, por ejemplo-…la sinceridad y la honradez…” Y aquí está ya su primer error, porque esos conceptos no tienen nada que ver con la cubanía en específico, sino que son valores universalmente aceptados en el mundo occidental moderno, cuya “universalidad” está hoy mismo siendo cuestionada. Sobre todo el respeto universal a esos valores.

Después salta veloz al hecho que durante la lucha insurreccional, tanto “ricos como pobres, tanto blancos como negros…se habían ganado juntos la ciudadanía en los campos de batalla o contribuyendo…al triunfo de las armas y las ideas insurrectas”. Con lo que vuelve a errar en su generalización, sobre todo en lo que respecta a los negros y a los pobres. Para no mentar la exigua cifra de personas que participaron en ese movimiento.

Luego pasa a los efectos del plattismo y el complejo, representado por el ideario de Estrada Palma, de que los cubanos “incapaces de gobernarse a sí mismos, necesitaban tutores…” Algo que sí tiene una influencia en esa mentalidad que aún prevalece en demasiados cubanos quienes esperan que sus problemas los resuelvan desde afuera, que en parte se nota en la gran esperanza que pone el pueblo cubano en la visita de Obama. El problema es que a partir de ahí generaliza y limita ese efecto como el problema fundamental de la “república” hasta el año 1959. Sin mencionar que la Enmienda Platt se revocó en 1934.

De ahí se enfoca en lo que él llama el platismo, o sea, la corrupción a todos los niveles que estos puristas ideológicos quieren atribuir al capitalismo y sus variantes locales. Ese es un patrimonio universal de la humanidad. Fornet advierte sobre el peligro que ahora se cierne sobre los cubanos, ya que con la llegada de los americanos, esta corrupción puede aumentar al cobrar valor el dinero. Señala que no hay nada oculto en el discurso de Obama, ya que sus objetivos son claros, porque “piensan utilizar contra nosotros…en el marco de la lucha ideológica…imágenes e ideas, signos y mensajes potenciados por las nuevas tecnologías de la comunicación, que tendrán efectos corrosivos o disolventes sobre nuestras posiciones políticas”.

Cabe preguntarse, cuán frágil es un sistema político, supuestamente justo, que ha intentado crear un ciudadano y una nación socialista y martiana, qué después de tanta gesta y tantos gestos durante 57 años (más de los que tuvo la “República”, ya que siempre insisten en esa dicotomía), se puede desmoronar en pocos meses.

Claro, al final tiene que mostrar optimismo, ya que responde positivamente a la pregunta que él mismo se hace: “¿Seremos capaces de afirmar nuestra identidad cultural con la misma firmeza con que afirmamos nuestra soberanía durante todos estos años?” Vacío lenguaje de barricada, repleto de presupuestos falsos. Lo único que se ha afirmado en Cuba en todos estos años es la dictadura. Y lo que se ha hecho ha sido a golpe de censura y represión.

La nación cubana se formó con españoles, esclavos africanos, haitianos, jamaiquinos, chinos y unos pocos de otras nacionalidades a lo largo de los siglos. Los americanos, ya desde mediados del siglo diecinueve, nos desespañolizaron, sin que por ello los cubanos seamos los que de toda Latinoamérica, nos parezcamos más a los españoles. Adoptamos muchas de las costumbres americanas, desde parte de su lenguaje, hasta sus pasatiempos y aspiraciones económicas.  Nadie lo decretó. Pero este asunto es mejor dejarlo en manos de los antropólogos.

Eso lo olvida convenientemente Fornet, porque el hombre que su gobierno quiso forjar, se hizo a partir de la negación de toda la nacionalidad anterior, de ahí a que aún insisten en dividir al país en antes y después del 59 (una división válida en ciertos aspectos, pero no en el de la ciudadanía).

El concepto de nación y de identidad nacional es muy complejo. Fornet ni se atreve a tocar Miami, donde la identidad nacional está casi más viva que en la isla. La era global y el desarrollo de las nuevas tecnologías, que permiten la comunicación entre varios puntos del planeta, rompe barreras y crea nuevas concepciones. La Nación-Estado es un concepto viejo que no funciona en todas partes, nada más que hay que echar un vistazo a los conflictos actuales en Europa, Asia y Africa.

Cuba es una nación muy joven. El cubano, carente de una base indígena sobre la cual desarrollar su identidad, es algo complicado. No te preocupes tanto “Pocho”, o quizás sí, preocúpate, tanto tú como tus jefes, porque ese proyecto absurdo de hombre socialista, que no es más que una versión caribeña del homo sovieticus, artificial y ajeno, abortó hace rato. La era no parió, sino abortó un corazón. Parafraseando al Juez de la Corte Suprema Potter Stewart cuando en 1964 se le pidió que definiera la obscenidad: Yo no sé lo que es un cubano, pero lo reconozco en cuanto lo veo.


Roberto Madrigal