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Thursday, December 18, 2014

El fin de una historia


Para ver más allá de la retórica, la grandilocuencia, las posturas y la gravedad de los gestos, en lo que respecta a la política y los políticos, hay que ponerse un lente de cinismo y otro de escepticismo. Como dice una de las definiciones de la política que puede encontrarse en el diccionario de la Real Academia Española: “Arte con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado”. En otras palabras, farsa y manipulación.

Ayer, 17 de diciembre de 2014 culminó un largo proceso de más de un año, que en silencio tuvo que ser y en el cual estuvo involucrado hasta el Vaticano. El gobierno americano, presidido por su presidente electo Barack Obama, anunció, en trasmisión televisiva, simultáneamente con el dictador cubano Raúl Castro, que sus gobiernos habían decidido reanudar las relaciones diplomáticas a nivel de embajada, que se habían roto hace casi 54 años. No hay dudas que se trató de un momento histórico

Elucubrar, discutir, especular, ponderar y adivinar las razones que tuvo cada gobierno para finalmente dar este paso, llenaría volúmenes escritos con interminables discusiones. La política tiene muy poco de ética y se mide en ganadores y perdedores, y en la defensa de los intereses de cada nación. No debe olvidarse que los americanos (bueno, más bien Peirce y William James) inventaron el pragmatismo y los políticos estadounidenses siempre se han regido por ese principio filosófico.

Los ganadores principales de esta maniobra son Obama y Raúl Castro. Dos figuras que siempre han tenido un ojo puesto en la Historia. Obama, con ser el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos y con su premio Nobel, ya lo tenía garantizado, pero siempre ha querido más. Ahora se convierte en el líder que acabó con el último lastre de la Guerra Fría. A los ojos futuros de la historia abrió las puertas a una nueva visión política, rompiendo el inmovilismo que acarreaba una política longeva que apenas dio resultados y a la cual se oponían casi todos los gobiernos del mundo.

Castro al fin ocupa un lugar en la Historia que siempre le negó su hermano mayor. Se convirtió en el dictador de turno que consiguió, gracias a su zorruna estrategia de cambios sin movimiento, ser legitimado por el gobierno de los Estados Unidos sin ceder un milímetro en su línea política, manteniendo firme el carácter represivo y antidemocrático de su gobierno. Nueve presidentes americanos se lo negaron a su hermano. No en balde apareció ante las cámaras altanero y enfundado en su traje militar. No podía perder la oportunidad de mostrar ante el mundo su orgullo de anciano criminal. Mucho tuvo que esperar para alcanzar su momento.

A pesar de que ahora comienza un proceso de tecnicismos y ajustes que traerá muchas sorpresas, para los americanos las ganancias, en un principio, están en la posibilidad de colocarse en posición ventajosa para cuando en 2018 se retire Castro del poder (como ha anunciado y si es que llega vivo a esa fecha), de ocurrir una pseudotransición, poder tomar control de renglones económicos y decisiones políticas que les beneficien y estar mejor armados para lidiar con otra posible migración masiva.  Los bancos americanos se beneficiarán del uso de tarjetas de crédito que podrán hacer los visitantes americanos a Cuba. Algunos empresarios comenzarán sus cabildeos para futuras inversiones. Se fumarán más tabacos cubanos y se tomará más ron producido en la isla. Habrá más espías mejor ubicados en la isla y el gobierno tendrá una información más confiable de lo que allá sucede. Garantizan una presencia que hasta ahora les ha eludido.

Castro asegura un aumento en el ingreso monetario que traerán esas visitas, por muy limitadas que sean, así como el incremento de las remesas de los exiliados. Este reconocimiento le asegura poder seguir usando a su antojo la represión contra cualquier expresión disidente. Ahora empuñará con más firmeza el hacha sobre las cabezas de los cubanos. Usará gran parte de los fondos para afirmar el futuro de sus familiares más cercanos y el de sus cúmbilas en el poder. De momento, el camino está despejado. Su ministerio favorito, el del Interior, recuperará un poco de su lustre, ya que tendrán que afilarse para vigilar a los nuevos visitantes. Por otra parte, acaba de perder su excepcionalidad, ahora se le tratará como a otro sátrapa más.

El gran perdedor, como siempre, es el pueblo cubano, que no cuenta para nada en estas negociaciones. Algunos se ilusionarán pensando en grandes milagros que nunca llegarán. Muchos volverán a su nada cotidiana sin remedio. Quizá, dentro de no mucho, habrá más dólares circulando y una cierta minoría de los cubanos de a pie verán mejorar sus vidas un poquito, no mucho. Puede que los trasiegos entre las dos orillas traigan consigo un poco más de ropa y de alimentos, pero no mucho más. Se intensificará la desigualdad social. Pero nada de esto le importa al gobierno americano (no me refiero a Obama, sino a todos, a los once presidentes que han desfilado a lo largo de la continuidad del castrismo), y mucho menos al cubano.

Otros perdedores, en un futuro mediato, serán las cadenas hoteleras europeas. A los Meliá, los Iberostar, los Barceló y tantos otros, les debe preocupar que más temprano que tarde puedan ser sustituidos por los Hilton, los Mariott, los Westin y otros conglomerados americanos. Los turistas canadienses, italianos, españoles y mexicanos puede que pierdan el favor de las jineteras, de los pingueros y de los menores edad de quienes abusan, quienes probablemente pondrán sus servicios a disposición de los americanos.

No hay muchos más cambios de momento. El embargo continúa y la ley de ajuste sigue en pie por ahora, aunque el hecho de elevar la sección de intereses a nivel de embajada puede facilitar las deportaciones y las extradiciones entre ambos países.  Las negociaciones que ambos gobiernos han llevado a cabo en secreto a lo largo de estos años, tendrán lugar ahora por canales más abiertos, más regulados y más transparentes.

No menciono a los otros obvios ganadores, Alan Gross y el innombrado Rafael Sarraff Trujillo. Este último parece haber sido la verdadera razón del intercambio de prisioneros. Ni a los obvios perdedores, los tres espías restantes, que han salido muy rosaditos de su prisión americana y quienes tras posar como payasos en algunos mítines triunfalistas que se llevarán a cabo en las próximas semanas, pasarán, como se merecen, al olvido y a ser triturados por la maquinaria castrista a la cual sirvieron.

No hay mucho más. El optimismo es para los ilusos y los delirantes que compran utopías. El pesimismo queda para los que han visto su tiempo pasar, los que se cobijaron en la inercia de una política que se volvió anacrónica e inútil. Las diferencias fundamentales entre ambos gobiernos se mantienen inalteradas.

El 3 de enero de 1961 Cuba y Estados Unidos rompieron relaciones diplomáticas. Yo me encontraba en Miami con mis abuelos. Esa noche mis padres urgieron que se me regresara y el día cuatro salí para La Habana en un avión DC-4 de Pan American junto a otras cinco personas. Cuando aterricé vi una inmensa fila de gente esperando abordarlo a su regreso a Miami. Escuché que los 116 asientos disponibles habían sido vendidos. Me tomó diecinueve años y un asilo regresar. Esto es el fin de una historia que para mí comenzó muy mal y que no tiene un final feliz, a pesar de haber sido escrita a la sombra de Hollywood.


Roberto Madrigal

Monday, December 8, 2014

Elogio de la trivialidad



El 14 de marzo de 1950, un joven militante del Partido Comunista checoslovaco se presenta en una estación de policía para delatar a un tal Miroslav Dvoracek como espía occidental. Dvoracek fue condenado a 22 años de trabajos forzados, muchos de los cuales pasó en una mina de uranio en Ucrania. Fue liberado tras cumplir catorce años de su sentencia.

La información fue publicada en 2008 por la revista checa Respekt, y se basaba en el análisis, somero, de un reporte policial recién entonces descubierto. Se convirtió en una escandalosa revelación internacional porque señalaba que el joven delator era nada menos que Milan Kundera. La historia se complica porque otras fuentes señalan que Dvoracek era amante de lva Militka, quien era novia de Ivan Dask, a su vez amigo íntimo de Kundera. La intriga que rodeó a este cuadrado amoroso también apunta que quizá fue Dask el delator, pero otras fuentes señalan la posibilidad de dos denunciantes, Dask y Kundera.

Kundera negó los alegatos. Un grupo de escritores, entre ellos Carlos Fuentes y Juan Goytisolo, lo defendieron. Otros se atrincheraron en su contra, como hizo Ivan Klima. Lo cierto es que la sombra de la duda ha pesado sobre Kundera desde entonces, sin que por ello nadie se haya atrevido a minimizar el valor de su obra.

En 1967 se publica la primera novela de Kundera, La broma, en la cual el protagonista, Ludvik, un estudiante universitario, miembro activo del Partido Comunista, envía una postal a su novia en la cual declara: “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez”. Es solo una broma, una pequeña provocación, pero la muchacha lo toma literalmente y con sospecha y denuncia al protagonista ante sus superiores del partido. Ludvik es expulsado de la organización y de la universidad, y es enviado a hacer trabajos forzados a una mina para desertores. Dos años después la obra fue llevada al cine por Jaromil Jires, quien la dirigió y escribió el guión. Filme y novela no causaron sino problemas a Kundera, que luego participó junto con Vaclav Havel en la disidencia antisoviética. No pudo publicar más en su país y en 1975 se exiló en Francia.

En 1979 el gobierno checo lo despojó de su ciudadanía, en 1981 se hizo ciudadano francés y poco después comenzó a escribir el resto de su obra en francés y a insistir que se le considerase como escritor francés.

Con la información que se conoce, aunque ambiguamente, ahora, que no se sabía entonces, se puede conjeturar que la obra narrativa de Kundera obedece a un gran sentido de culpa y a enfrentar el mundo como un caos en el cual los hechos más leves, o los más apasionados, conducen a resultados inesperados para los personajes, debido al interés de las fuerzas políticas en establecer un orden donde no lo debe haber. Viniendo del totalitarismo, Kundera sabe que el poder, y sobre todo el poder total, no tiene sentido del humor o tiene un sentido del humor tan retorcido, que no tolera la ironía que lo desafía.

Kundera también nació en una zona que es una contradicción y casi una broma en sí misma. Una zona geográfica, por muchos años nombrada como Europa del Este por razones políticas que ya han desaparecido y que ha recuperado su denominación geográfica, Europa Central, algo en lo cual siempre insistió Kundera. Esa región que está compuesta por Polonia, Austria, Hungría, Ucrania y la República Checa, que se caracteriza por fuertes sentimientos antisemitas y que sin embargo de ella han salido los principales políticos, artistas, intelectuales y pensadores judíos como Sigmund Freud, Golda Meir, Menachem Begin, David Ben-Gurion, Franz Kafka, Stefan Zweig, Joseph Roth, Dziga Vertov y Leon Trotsky, para no seguir la lista.

Desde los títulos: La vida está en otra parte, El libro de la risa y el olvido, La insoportable levedad del ser, La ignorancia y La lentitud (entre otras), en los cuales resalta lo insignificante de nuestras existencias y lo frágil que somos ante el poder, hasta sus personajes, que son siempre individuos perseguidos, tanto por el estado, como por sus propias dudas y que sufren casi siempre de un castigo, minimizados y despojados de su identidad social, la obra de Kundera es, por una parte un elogio de lo trivial y por otra una perenne penitencia por un pecado original innombrable. Lo trivial como la única esencia de nuestra existencia, el pecado original como una mancha que nadie ha pedido y que, una vez que nos marca, resulta indeleble.

Con su última novela, La fiesta de la insignificancia, demuestra que a sus 85 años, mantiene intacta su visión de la vida, que temáticamente no se ha vuelto complaciente y que aún no se ha podido zafar de los demonios que han alimentado su obra. El peso del poder que quizá por su culpa arruinó la vida de un conocido, que después golpeó la suya y que afecta a sus personajes, lo sigue cargando trabajosamente sobre sus hombros.

En esta brevísima novela, se ofrecen instantáneas de los encuentros y desencuentros de cuatro amigos, Ramón, Calibán, Alain y Charles, sesentones tardíos, que unidos por un pasado común que nunca pueden olvidar, se relacionan en base a situaciones triviales y bromas. También fingen para provocar afectos, ocultan ese vacío y levedad de sus vidas para asumir personajes y máscaras con las cuales enfrentar al mundo.

No es una gran novela, no posee densidad temática ni sus personajes tienen mucha riqueza psicológica, y pudiera ser prescindible si no fuera porque de alguna manera quizá cierra el ciclo de un gran escritor, pero a pesar de su escuálida narrativa y de ser mayormente una reunión de aforismos y meditaciones agudas de afectada superficialidad, su escritura mantiene la ironía y el sarcasmo típico de la prosa del mejor Kundera.

Charles se regodea contando una anécdota de Stalin, en la cual el georgiano se da gusto haciendo un cuento a los miembros de su Politburó, sobre veinticuatro perdices que él fue a cazar, y después de matar a la mitad y de haberse quedado sin balas, narra que se aprovisionó y regresó al lugar para ver que las restantes perdices se mantenían pasivas en el mismo lugar en el cual las había dejado y las mata entonces a todas.

Los miembros del Politburó no entienden si el cuento es en serio o es una broma, y se esconden en los baños para patalear y quejarse de las mentiras de su líder, Jrushchov principalmente, se lo toma todo en serio y tiene que ser consolado por Brezhnev, mientras sin ellos saberlo, Stalin los escucha oculto tras la puerta, muerto de la risa. Al final de la novela, un Stalin disfrazado de cazador, o un impostor disfrazado de Stalin disfrazado de cazador, se pasea por el jardín de Luxemburgo, disparando contra las estatuas de las reinas de Francia.

Kundera parece insistir en que la vida es una broma mal contada, todo es insignificante, solo las ideologías y las religiones quieren darle gravedad a la vida. Al final nada importa y lo trivial es nuestro refugio. Como reza un pasaje de La broma: “…la gente se engaña mediante una doble creencia errónea…y en la posibilidad de las reparaciones (de los actos, de las injusticias)…La realidad es precisamente lo contrario: todo será olvidado y nada será reparado. El papel de la reparación…lo lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero toda las injusticias serán olvidadas”. En La fiesta de la insignificancia hay un momento que parece un corolario de lo anterior en el cual Ramón dice: “…una sola cosa me hace falta: ¡el buen humor!...No la burla, no la sátira, no el sarcasmo. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella…pero ¿cómo encontrar el buen humor?”.

Pero Kundera, a pesar de todo, ni olvida ni lo olvidan, su propia vida es una broma.


La fiesta de la insignificancia. Milan Kundera. Tusquets Editores. Colección Andanzas. 2014. 138 páginas.

Monday, November 24, 2014

El desfile continúa


Tras los seis editoriales y algunas notas anexas firmadas por el miembro bisoño del consejo editorial Ernesto Londoño, el New York Times continúa lo que ya se va convirtiendo en un cada vez más deslucido espectáculo de opiniones sobre lo que debe ser la política del gobierno americano con respecto a Cuba.

Cada semana le resta un tanto de credibilidad al periódico, que usa y manipula gran cantidad de datos, ataca merecidamente algunos programas absurdos del gobierno americano en contra de Cuba (en realidad debieran decir del gobierno cubano) y se limitan a espetar medias verdades, llegando a conclusiones dignas de un editorial del Granma y con una retórica tercermundista que hasta ahora resultaba inimaginable en un diario de su prestigio.

Con el reciente artículo de Victoria Burnett, publicado el 21 de noviembre pasado, en el cual sacan a relucir como novedad opositora a las cartas viejas y marcadas de Roberto Veiga y Lenier González (que conste que digo esto con el mayor respeto, ya que considero a todo aquel que se atreva a emitir opiniones no ortodoxas, por muy permitidas que estén e inofensivas que sean, y a pesar de que yo discrepe de las mismas, como personas que se la están jugando y merecen un mínimo de solidaridad), sus intenciones se aclaran.

Al resaltar lo moderado de la posición de estos señores, quienes además lavan los trapos sucios en público al decir que “los cubanos somos enemigos de la moderación”, obviamente excluyéndose ellos de ese rasgo nacional, y no muy sutilmente subrayar la idea de que “el gobierno debe verse como un adversario y no como un enemigo”, lo que intenta el periódico con sus ataques al embargo, sus elogios de las brigadas médicas, sus ataques a los programas de la USAID y con la atrasada exaltación de los opositores Veiga y González, es propiciar, en la opinión pública, la legitimación del gobierno castrista.

Con esto quieren acercar a Estados Unidos a la posición más reciente de la Unión Europea y presentar como verdad irrebatible que el único camino hacia la democracia en Cuba tiene que pasar por los hermanos Castro y su prole. Esto pudiera tener sentido si no fuera porque los hermanos Castro se han legitimado a si mismos por ya casi 56 años, mediante el ejercicio constante de la represión, cuyos límites manejan a su antojo. Es llamar a establecer un diálogo con alguien que no lo necesita, que solamente quiere comprar tiempo para subsistir sin importarle el bienestar de su pueblo.  

En ausencia de un baño de sangre que nadie desea y que probablemente nunca ocurra, el camino a la democracia en Cuba es probable que sea excesivamente lento y no se puede predecir la calidad del producto  que ofrecerá. De momento, en el plano interior se limita a una paciente toma de posiciones, de establecimiento de cierta presencia en el panorama político y cultural, tanto por opositores como por los miembros de la nomenklatura, hasta que el proceso biológico se haga cargo de los ancianos líderes. Lo mismo sucede con el resto del mundo. Algunas naciones utilizan canales diplomáticos directos e indirectos pero mayormente para obtener alguna concesión económica y con la vista puesta en la sucesión. Presionando un poco, pero no mucho, porque los Castro no responden a presiones. Ellos se guían por el principio dictado entonces por Luis XV o por la Pompadour, ahora por Fidel o por Raúl: “Aprés moi, le déluge”.


Roberto Madrigal

Thursday, November 13, 2014

Otra burla


En días recientes un anónimo tribunal de selección del recién resucitado Salón de la Fama del Béisbol Cubano (al que puso en moratoria por 54 años el mismísimo Lanzador en Jefe), decidió crear el Premio Anual Martín Dihigo para avalar “la obra de toda la vida, con el propósito de reconocer a personas e instituciones asociadas con el béisbol y con aportes notables a su desarrollo a través del tiempo”.

Leído fuera de contexto parece una idea encomiable, pero los humoristas incógnitos, con su politizado, servil y grotesco sentido de la ironía, decidieron conceder el primer premio a Fidel Castro, que no solamente, como todos saben, se encargó de enterrar la historia del béisbol cubano anterior a 1959, de ilegalizar el profesionalismo convencional para crear su propia versión y responsable mayor de todas las barbaridades que se han cometido en el béisbol cubano y contra sus atletas, sino que gratuitamente victimizó y condenó al ostracismo al mismísimo hombre cuyo nombre lleva el premio.

Dihigo, que fue al béisbol lo que Capablanca al ajedrez y Ramón Fonst a la esgrima, era una figura que, a pesar de ser discriminado por su raza, se consideró y todavía se considera como uno de los mejores peloteros de todos los tiempos, una figura de alcance universal en el mundo del deporte, representaba lo mejor de esa pelota que Castro quería hacer olvidar. Desde ese punto de vista, solo por ser lo que fue, sin decir una palabra, se convirtió en un enemigo del sistema, o más bien el sistema lo valoró como enemigo.

A continuación reproduzco un pequeño homenaje que escribí y publique en este blog hace casi tres años.

Martín y Silvio

Fué en la época en que con urgencia se nos trataba de borrar la memoria histórica. Ninguno de mis compañeros de equipo tenía la menor idea de quién era, pero yo había oido hablar de él constantemente desde niño. Lo introdujeron como entrenador del equipo. Tenía el bombacho sucio y raido, parecía venir de un equipo muy viejo. Martín Dihigo se dedicó a entrenar a aquel equipo de adolescentes con una intensidad que nos asustaba. Nos exigía, nos peroraba cada vez que las cosas se hacían mal y nos hacía practicar una y otra vez para corregir los errores. Era incansable e implacable. Un día, jugando yo primera base, se me ocurrió virarle la cara a un tiro que venía de short-bounce y salió del banco gritando “si quieres protegerte la carita ponte un peto y una careta” y me hizo catcher de inmediato, lo cual para un mocoso de 13 años equivalía a la Siberia beisbolera. Así lo sobrevivimos por dos temporadas, en las que parecía que estábamos preparándonos para jugar en las Grandes Ligas y un buen día desapareció y no supimos más de él. Dicen que fue el mejor pelotero de todos los tiempos, pero representaba una época que no compaginaba con los nuevos intereses nacionales. Nunca pudo jugar en las ligas mayores por ser negro, pero se destacó de mala manera en las famosas “ligas negras”, que ahora pienso eran muy superiores a las “Grandes Ligas”. Murió en 1971 y el obituario que salió en el Granma, relegado a una esquinita inferior de la plana deportiva, no tenía ni tres pulgadas. En 1977 fue seleccionado para ingresar al Salón de la Fama de las Grandes Ligas.


A Silvio García lo conocí ya de mayorcito. Con él jugué mucha pala (ese deporte que por entonces sobrepasó en popularidad al fron-tenis o squash, porque como no se conseguían raquetas, si uno se agenciaba de un buen trozo de madera, cualquier carpintero amigo te hacía una pala decente) a mediados de los 70 en las canchas del antiguo Casino Español (nunca me acuerdo del nombre con el cual lo rebautizaron después de 1959, como círculo social). Me asombraba su agilidad, ya que me parecía un viejo, a pesar de que era menor de lo que yo soy ahora. Su intensidad era igual a la que recordaba de Dihigo. Implacable con los errores. Parecía estarse jugando la vida en cada tanto. Silvio fue uno de los mejores torpederos del béisbol cubano y otra estrella de las “ligas negras”, padeciemdo la misma discriminación que Martín y tantos otros. Murió en 1977, el año en que Dihigo entraba en el Salón de la Fama. No tuvo obituario en el Granma. Yo ni me enteré de su muerte hasta hace pocos meses.


Roberto Madrigal

Monday, November 3, 2014

Los bufones atacan de nuevo


Tras perder su tiempo en los años 2011 y 2012 arremetiendo contra los reguetoneros, el exministro de cultura y ahora asesor de Raúl Castro para temas culturales, Abel Prieto, vuelve a la carga contra el gusto popular, esta vez con menos energía y con mayor solapamiento.

En el “Foro Consumo Cultural en Cuba: Arte, Cultura, Educación y Tecnología” que sesionó el fin de semana pasado en el Pabellón Cuba, Prieto estuvo en esta ocasión acompañado de otro bufón de la corte, el presidente de la UNEAC y miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Miguel Barnet. Su objetivo central era atacar el “paquete” audiovisual que circula en Cuba cada vez con mayor popularidad y que incluye, entre otras cosas, videojuegos, películas y series televisivas que no tienen ni el visto bueno ni el permiso de las instituciones culturales oficiales. También levantaron barricadas contra lo que Prieto llamó el “nomadismo tecnológico”.

Lo cierto es que a quienes quieren mantener el control total del aparato cultural, que es el último instrumento de defensa con el cual cuentan, se les hace ya inevitable confrontar a las nuevas tecnologías que erosionan su control sobre la dieta ideológica, artística, cultural y de entretenimiento que debe consumir el pueblo. Se ven rodeados por las alternativas que estas tecnologías ofrecen y que hacen obsoleto el afán de regir desde la cima el gusto popular.

Esta vez se han visto obligados a aceptar abiertamente la existencia de estas alternativas como un desafío al cual tienen que enfrentar. Planean hacerlo con la creación de paquetes oficiales encaminados a educar al pueblo culturalmente. De nuevo utilizan el viejo lenguaje paternalista, típico de la visión totalitaria y fascista: si al pueblo no se le educa y se le controla, se descarría. Se resisten a admitir el cansancio mental que a lo largo de tantos años provocan sus mesas redondas, sus interminables discursos, sus programas de calidad deficiente y sus teques ideológico-culturales que emanan del Departamento de Orientación Revolucionaria. Se asustan ante el hastío que han provocado sus engendros y que en los últimos años se ha acentuado gracias a la existencia de alternativas. Las memorias USB como enemigo fatal.

Aunque en general los miembros del gremio cultural no han perdido el miedo, ni los dirigentes han soltado el garrote, hoy en día, aprovechando los cambios de la política migratoria, muchos artistas, actores, escritores y cineastas se mueven entre Cuba y el extranjero y no solamente han encontrado otros medios para darse a conocer, sino que han logrado otras fuentes de ingreso que les permite independizarse un poco de las migajas que hasta hace poco solamente eran ofrecidas por la UNEAC. Esto puede resultar muy peligroso a la larga, porque les quitaría el control sobre la producción cultural.

Pero Prieto, Barnet y sus compinches no se rinden, esta es una lucha crucial para ellos y con estos foros y sus declaraciones como: “en ningún momento el Estado va a ceder a los privados la decisión de la política cultural”, dejan claro que ellos y el gobierno, mantienen su visión de que la cultura está íntimamente ligada a la política y a la ideología del Partido. Esto va mucho más allá de los cambios administrativos. Para ellos, la cultura es la lucha política por otros medios. Dosificar y controlar estrictamente lo que consume el pensamiento popular es su objetivo. Los viejos hábitos nunca mueren.

Personalmente me resulta difícil conciliar la imagen del Abel Prieto que conocí desde muy joven, un tipo irónico, iconoclasta, con un agudo sentido del humor, ocurrente, culto, inteligente y sobre todo contraculturalista con este personaje que hoy defiende tozudamente los viejos y anacrónicos postulados de la cultura estatizada. Es cierto que lo dejé de ver hace más de treinta años, pero esa es la imagen viva que se mantiene en mi recuerdo. Muchas veces conversé con el escritor Carlos Victoria, otro amigo suyo de la misma época, al respecto. Todavía lo comento con un amigo que vive en California, es tema de conversación semanal. Entendemos que la gente cambia y que ese fue el camino que escogió, pero aún no damos con las razones que nos puedan explicar ese desvío.

El viejo amigo Abel convertido en el bufón principal de la corte, buscando controlar la cultura popular que tanto defendió entonces como cultura de la rebelión. Por supuesto, en su nueva posición, esa cultura que conoce muy bien, le resulta muy peligrosa. La cultura popular no respeta ni perdona el estatus de nadie. Es la cultura de la burla y del instante y eso no va bien con los dictadores y sus aliados.


Roberto Madrigal

Thursday, October 23, 2014

Ebola, embargo y editoriales


Primero fue el editorial (http://www.nytimes.com/2014/10/12/opinion/sunday/tiempo-de-acabar-el-embargo-de-cuba.html) pidiendo el fin del embargo, en el cual con una afectada pretensión de objetividad, se reunían unas cuantas verdades y otras medias verdades a modo de poner una de cal y una de arena. Lo erróneo no fue lo que se dijo, sino los vínculos que se establecieron entre los postulados y la conclusión traída por los pelos.

Pocos días después, para volver a tropezar con la misma piedra, sale el editorial sobre la presencia médica cubana en Africa para combatir el ébola (http://www.nytimes.com/2014/10/20/opinion/la-impresionante-contribucin-de-cuba-en-la-lucha-contra-el-bola.html), en el cual, para rematar, relacionaban la necesidad del fin del embargo con la ayuda de los médicos cubanos.

No es la primera vez que el New York Times se pronuncia disparatadamente con respecto a Cuba, ni la primera vez que los médicos cubanos son enviados en brigadas de ayuda médica a países del Tercer Mundo. Castro siempre ha utilizado la buena voluntad como moneda de cambio y de chantaje. Esto tampoco le resta importancia a este diario, probablemente el más leído y respetado en el mundo entero, con una reputación de periodismo agudo y cuestionador que se ha ganado, merecidamente,  tras 163 años de publicación continua.

No me interesa disputar lo que se alega en los editoriales citados tanto como preguntarme las razones por las cuales lo hacen ahora. Cuál puede ser la oportunidad que se le ofreció al periódico y el pensado beneficio que obtendrá al publicar esa opinión en este preciso momento.

La prensa americana, plana y televisiva, siempre se ha vanagloriado de su objetividad, aunque este es un concepto a veces relativo y con fronteras que a cada rato se desplazan en diferentes sentidos. A diferencia de Europa, en donde muchos periódicos siempre han respondido a una línea partidista o a una bien definida línea política, en donde los lectores, siempre avisados, escogen sus medios de información según sus preferencias políticas e ideológicas, en los Estados Unidos ha existido muy poca diferencia entre la mayoría de los periódicos de peso nacional. Los matices se movían dentro de un espectro limitado.

Desde que apareció la prensa virtual, la blogosfera y la posibilidad de obtener información variada e inmediata a través de la internet, los diarios impresos (y los noticieros televisivos), para subsistir a la continuada pérdida de lectores que ha obligado a reducir presupuestos, cancelar servicios y cesantear periodistas, se han volcado a la opinión y al reforzamiento de la política editorial como atracción principal a sus lectores y a sus audiencias. Se han transformado un poco al viejo estilo europeo y ahora se han definido ideológicamente.

En la televisión la alineación político-ideológica está bien clara. Fox representa a la derecha y defiende ciegamente al partido Republicano. MSNBC es el paladín de la izquierda y defensor a ultranza del partido Demócrata. No se pretende objetividad, sino una postura política sin matices. CNN trata de mantener un frágil equilibrio para atraer al centro y a quienes no tienen una total definición partidaria.

Esto es un poco más pantanoso en la prensa plana, pero a medida que han perdido relieve nacional periódicos como Chicago Tribune y su ahijado The Los Angeles Times, el New York Times ha ascendido casi en solitario a acaparar el terreno del centro-izquierda y de la muy tímida izquierda convencional, que es más bien de limosina.

Su creciente radicalización se debe también a la necesidad de mantener una identidad en oposición a los otros tres diarios más leídos en el país: USA Today, The Wall Street Journal y The Washington Post. Los dos primeros hace tiempo que funcionan en la derecha. El último ha dado un giro tremendo en el último año, desde que pasó a manos de una corporación creada por Felipe Bezos, el creador, dueño y señor de Amazon. También ha formado alianzas temporales de colaboración con los principales diarios europeos de centro-izquierda como The Guardian, El País, Der Spiegel y Le Monde.

Dada la poca diferencia de principios ideológicos entre el establishment de izquierda y el de derecha, (más allá de las delirantes acusaciones de los extremistas de ambos bandos, todos están unidos en tratar de conservar el status quo), los políticos americanos se definen en base a poses o gestos que realizan con respecto a causas, hechos significativos y situaciones emergentes.

En los recientes esfuerzos de algunos grupos de cabildeo contra el embargo, cuyas voces han alcanzado más resonancia, en las encuestas realizadas en el sur de la Florida sobre la posición actual de la comunidad cubana con respecto al embargo y en los recientes cambios de la Unión Europea con respecto al comercio con Cuba, el New York Times ha visto una oportunidad para expresar una posición que lo mantenga como una presencia importante para el público liberal y de izquierda. La prensa no hace política, se beneficia de ella mediante la influencia que tenga sobre sus lectores.

Se ha dicho que el responsable de estos editoriales fue el periodista Ernesto Londoño. No lo sé, aunque sí firmó el comentario a la respuesta de Fidel Castro al primer editorial. Londoño es colombiano. Vino a Estados Unidos en 1999 a cursar estudios de periodismo y de asuntos latinoamericanos a University of Miami, donde fue galardonado por su labor periodística en el periódico de la universidad. Cubrió noticias locales para Dallas Morning News y luego pasó a The Washington Post, de donde se despidió hace dos meses para pasar a la junta editorial del New York Times. Tiene gran experiencia reportando desde Kabul, Baghdad y El Cairo, en donde ha sido ubicado en medio de los conflictos. Sin embargo, más allá de ser colombiano, de sus estudios universitarios y de su posible interacción con miembros de la comunidad cubana miamense, su experiencia con respecto a Cuba se limita a cubrir la prisión de la base de Guantánamo.  Pero como todos los gatos latinoamericanos somos pardos ante la mirada anochecida de los americanos, pues un colombiano debe ser, en consecuencia, un experto en Cuba.

Quizá su desconocimiento lo llevó a redactar sus paniaguados argumentos que le valieron unos pescozones editoriales del mismísimo Fidel Castro. Quizá por ello también se le olvidó mencionar que es claro que el de Cuba es el único gobierno que puede decidir enviar centenares de médicos en una misión internacionalista, porque es el dueño de sus destinos y los profesionales no tienen alternativas. No se cuestionó como un país en el cual los pacientes tienen que llevar sábanas limpias y bombillos a los hospitales, puede decidir en unas horas el envío de médicos a otro continente.

Más allá que el envío de personal calificado de las fuerzas armadas, los Estados Unidos y otros países no tienen poder para decidir a dónde van los médicos. Esto se hace mediante organizaciones no gubernamentales y la participación voluntaria de los especialistas de la salud. Para que estos trabajen hombro con hombro junto a los cubanos en una situación de emergencia no hace falta, ni la ha hecho en el pasado, ningún cambio político.

De todos modos, Cuba no es más que una oportunidad de alineamiento ideológico para el New York Times, lo cierto es que Cuba y los cubanos le importan bien poco al diario y al gobierno americano. Nunca han abandonado el concepto que expresara en 1946 el entonces embajador americano en Cuba, Henry Norweb, sobre los cubanos: “ ...poseen el encanto superficial de niños listos mimados por la naturaleza y la geografía, pero bajo esa superficie combinan las peores características de una desafortunada mezcla e interpenetración de las culturas española y negra: son vagos, crueles, inconstantes, irresponsables y de una deshonestidad innata”.

Nada molesta más al hombre y al intelectual condescendiente del primer mundo que a quienes percibe como indios con levita, calificación que se dice nos endilgó como pueblo Sara Bernhardt en 1887. Pero de entonces a estas fechas los cubanos hemos perdido la levita y nos hemos convertido en objeto de interés folclórico. Resulta irresistible tomar la pose de defender a esa pequeña islita, enfrentada al gigante que la bloquea, poblada de andrajosos que enarbolan sus fusiles y levantan sus puños para defender su patria y su anacrónico sistema de gobierno. No importa que ya nadie se lo crea. Vestimos bien a los paternalistas.


Roberto Madrigal

Monday, October 13, 2014

Para entender mejor a Ichi


Shintaro Katsu, interpretando al masajista ciego Ichi, se convirtió, sin duda, en una figura icónica para los adolescentes de mi generación. Sus películas se veían una y otra vez hasta el cansancio, casi todos los años una nueva. El ídolo de matinée que de un sablazo disponía de seis o siete contrincantes, se desbordó de las pantallas y pasó a formar parte de la jerga cotidiana. Nos traía, además, los misterios del Oriente, de una forma diferente de apreciar la vida e interpretar los signos que nos rodean, a modo digerido para mentes púberes y livianas. Hoy en día, las películas de Zato Ichi, son objeto de culto, han pasado a ser filmes, que se venden como colecciones sofisticadas en los sitios exclusivos para cinéfilos. Vueltas que da la vida.

Ese encanto por el Japón después me creció con Yojimbo, Sanjuro, Mifune, Kurosawa, Oshima y tantos otros hasta que pude más tarde leer a Tanizaki, a Kawabata y a Mishima y un poco más adelante me deslumbré con el cine de Yasujiro Ozu. Japón se convirtió en ese lugar lejano, con una identidad fuerte y muy característica, que a su vez devoraba y regurgitaba lo mejor del Occidente, transformándolo como un Midas cultural. Así quedó en mi mente y siguió tentándome mientras más lo conocía.

Pero conocer la cultura de un lugar a través de sus símbolos y sus figuras mayores, no garantiza un entendimiento total. Mucha razón tuvo Agustín Tamargo cuando muchos años atrás, entrevistando en su programa radial a Alvaro Vargas Llosa, entonces recién nombrado director de la página editorial de El Herald en español, le preguntó cómo se sentía, siendo peruano, ante el desafío de dirigir una página de opinión política en una comunidad mayormente cubana. Vargas Llosa, muy cortés y respetuoso le contestó que dada la relación de su padre con Cuba, desde muy pequeño estaba acostumbrado a oir hablar de Cuba en su casa y a recibir vistas de cubanos destacados, por lo cual se consideraba más o menos familiarizado con el tema. Entonces Tamargo cambió el tono y lo  increpó diciéndole: “Eso está muy bien, pero esa es la macro ¡dime qué tú sabes de la chancleta!”. Para lo cual Vargas Llosa no tuvo respuesta.

Finalmente, en días recientes, pude realizar mi sueño de visitar Japón. Con lo anterior en mente, salí armado con algunas páginas de los Diarios de Kioto que acaba de publicar en su blog Ernesto Hernández Busto, y con el Elogio de las sombras de Tanizaki, en el cual, entre otras cosas, trata de destacar y explicar la importancia de la ausencia de luz en la disposición del espacio interior en las casas japonesas y de la importancia del baño como sitio de meditación y relajamiento, necesario para recargar el espíritu. Para la gira contaba con una ventaja que tiene tres nombres: Mikako, Kotoko y Keitaro, mis amigos japoneses que de muchas maneras me resolvieron infinidad de problemas.

Después de dieciséis horas de vuelo (Cincinnati-Chicago y Chicago-Tokío), la llegada a la capital nipona resulta confusa. Pero la amabilidad japonesa es infinita y después de resolver los primeros asuntos de transporte y equipaje, ya uno siente que nunca le va a faltar apoyo. A pesar de que muy poca gente habla el inglés más elemental (mucho menos de lo que me sospechaba), hacen un esfuerzo que a nosotros nos parece sobrehumano, pero a ellos les resulta natural, por ayudar y asegurarse que su ayuda sea efectiva. Encuentran siempre la manera de comunicarse, con la mayor respetuosidad, y de quitarnos preocupaciones. A partir de ahí, a pesar de los kanjis, de lo poco que está en inglés, uno no se siente solo ni desprotegido.

Tras viajar por más de una hora en el limousine bus, que atraviesa supercarreteras repletas de microscópicos Toyotas, Hondas y Daihatsus en modelos que no se ven en las carreteras americanas, uno se topa con la inmensa mole de treinta millones de habitantes que es Tokío. Una ciudad tan infinita como la amabilidad de sus habitantes, atropellada de edificios modernos y gigantescos y luces que nunca se apagan. Aquí todo es nuevo.

Tras una noche de recuperación, en un hotel del distrito comercial de Marunouchi, donde amanecer en un piso 21 es una fiesta visual, partimos a Kioto donde nos esperaban nuestros amigos. Confundidos con las señales, nos fue difícil llegar a la plataforma correcta del shinkansen, el tren súper rápido, pero con la ayuda de los tantos samaritanos llegamos allí. Si vi el Monte Fuji por el camino, no me enteré.

Me prometí no tener ninguna agenda en mi breve visita a Japón. Decidí que lo mejor era caminar y observar, dejarse absorber por las ciudades. Pero en Kioto, la vieja capital imperial, hay que hacer algunas paradas obligatorias.

Nos alojamos en un ryokkan, un hotel tradicional japonés, en el cual nos reciben con la ceremonia del té verde (aunque me lo tomé por cortesía, el que ahí te ofrecen, caliente y espumoso, me pareció intragable) y luego te dan un típica comida japonesa con una sirvienta especial que te explica cada plato. Es una cena interminable compuesta de pequeños platos, mayormente pescados crudos y vegetales encurtidos, que, acompañada de una excelente cerveza supuestamente producida especialmente para este ryokkan, es exquisita.

Aquí hay que reservar la hora del baño y ahí sí experimenté lo que habla Tanizaki en su libro. Este baño japonés consiste en unas duchas (siempre con un espejo enfrente) que uno se da primero y luego se sumerge en un jacuzzi inmenso en el cual en realidad se alcanza un elevado nivel de relajación. De regreso a la habitación, sumirse en la contemplación del jardín interior japonés es otra experiencia inmemorable. Uno puede quedarse hipnotizado por horas. Dado el respeto que hay por la pureza del baño, los inodoros se encuentran separados. Pero los inodoros japoneses parecen del siglo XXIII. Nada existe más limpio y más moderno.

El desayuno japonés (que es opcional) ya es otra cosa. Consiste en pescados, sopas y encurtidos y es bien pesado. Pero un arroz con huevo cocido que viene incluido demuestra que el huevo sabe bien en cualquier idioma. Al igual que a Hernández Busto, una de las sopas me pareció intragable, pero ya avisado, la rechacé sin complicaciones. Dicen que en este ryokkan, Hiiragiya Ryokkan, se quedó Charles Chaplin cuando visitó Kioto.

Una visita al Castillo de Nijo, del shogunato Tokugawa, es inevitable y satisfactoria. Luego el Templo de Oro me resultó un Disney World oriental, pues fue quemado por un monje enfebrecido y lo que uno ve es una réplica, además, está lleno de estudiantes y turistas y de tiendecillas que venden souvenirs kitsch.

Mi esposa no se siente bien en la tarde y Keitaro, Kotoko y yo partimos al templo shinto de Fushimi Inari Taisha, que data del año 963 y es el santo patrón de los negocios. Shinto es la religión autóctona de Japón, en la cual habitan numerosos dioses que pueden encontrarse entre nosotros. Los japoneses son bien descreídos pero creen en ello con escepticismo agnóstico. Lo que más me impresionó es que el taxista que nos llevó se ofreció de guía y nos llevó por lugares desconocidos para los demás. Al final, nos regresó al hotel y nunca nos cobró un centavo por sus charlas. Ni siquiera mantuvo el taxímetro andando mientras estábamos allí, solamente nos cobró el costo del viaje.

De Kioto partimos a Gifu, la ciudad de nuestros amigos. Una pequeña ciudad de medio millón de habitantes. El Japón profundo. Una mezcla de provincianismo y cosmopolitismo que resulta arrebatadora. Bella en sus propios términos. Se le conoce como el sitio de la pesca del “sweetfish”, un pequeño pez de río de poca superficie, parecido a la biajaca cubana, que se realiza con el cormorán. Se le llama Ukai. Una tradición centenaria criticada por los ambientalistas que arguyen que las aves sufren y son explotadas.

Vamos a la pesca con Mikako y Kotoko, pues Keitaro, que es director de relaciones internacionales de la ciudad, está enredado con un cuarteto de cámara italiano que anda de visita. En el barco que nos lleva a ver el espectáculo (fabuloso), somos los únicos occidentales. Hay gente de todas partes de Japón. Me caen en pandilla. Les digo que soy cubano pero ciudadano americano y que resido en los Estados Unidos. Mikako traduce, me acosan a preguntas sobre Estados Unidos, nadie menciona a Cuba ni parece interesarles hasta que al final, alguien dice “salsa”.

Tras alojarnos en casa de nuestros amigos y recorrer la ciudad y sus esquinas, partimos de vuelta a Tokío, para los tres últimos días del periplo. No recomiendo tres ciudades en siete días, pero como no sabía si alguna vez regresaré a Japón, pues traté de ver lo más que pude por muy breve que fuera.

En Tokío no se debe tener agenda. Hay que caminar la ciudad y dejarse beber por ella. Ebisu, Roppongi, Marunouchi, Shibuya y Asakusa. Ver lo que sea, sin prisa. La ciudad te envuelve y uno debe dejarse llevar. A pesar de que no hay interés por el turismo, la ya mencionada amabilidad japonesa te lo facilita todo. No se siente ningún peligro. Se puede caminar por grandes avenidas, callejones mínimos y plazas abiertas. Ver a la elegante multitud desfilar es otro placer, porque aquí todo el mundo parece consciente de su imagen y se visten lo mejor que pueden y en cualquier estilo, desde lo más tradicional hasta lo más atrevido. En el Centro Nacional de Cine ponen continuamente obras maestras del cine japonés, el museo de fotografía tiene múltiples exhibiciones, pero son la ciudad y sus calles las mayores atracciones. En Dainkayama uno recorre boutiques, pequeños restoranes, una multitud de peluquerías y de todos esos lugares sale música de Chet Baker, de Neil Young y de Bruce Springsteen. En un momento determinado entramos en una pequeña (y excelente) cafetería y tienen puesta una versión moderna de Toda una vida de Osvaldo Farrés.

Nuestro regreso se dilata un día, pues nos azota el tifón Phanfone  que nos deja atrapados en la capital. No importa, hasta eso es disfrutable.

Finalmente dejamos Tokío, la ciudad más limpia del mundo, no se encuentra ni un fragmento de basura en las calles, la más amable y cortés de todas las capitales que he visitado, perfectamente organizada. Una ciudad que no solamente honra sus propias tradiciones culinarias (y la forma en que hacen el pescado los japoneses conquistó mi paladar), sino que está repleto de pastelerías francesas y extraordinarios restoranes italianos. En Gifu comí el mejor arroz frito chino que he comido en mi vida.

Japón, un país que hasta 1863 estuvo completamente aislado del mundo, sin relaciones diplomáticas con ningún otro país (voy a obviar los obvios desastres históricos del siglo XX, toda civilización tiene sus malestares y esto no es un compendio histórico), que se ha abierto a absorber la cultura de los otros sin que ello afecte sus identidad. Por lo general cuando en Occidente se dice que uno va a una “cultura diferente” es generalmente a lugares empobrecidos económicamente. Japón ofrece la posibilidad de ver una cultura “muy diferente” en un contexto de inmenso desarrollo económico, sin nada que envidiarle a lo más avanzado del mundo occidental. Tradiciones que no atrasan. Un país que me dio la oportunidad de ver lo que une a la diversidad y no los folclorismos que nos separan.

Siete días después no creo que puedo entender mejor el uso de las sombras de que habla Tanizaki, ni voy a gozar más a Ichi, pero pude disfrutar de algo que solamente tenía en mi mente y que ahora pasará a mi memoria.

Japón es un país que, salvando las diferencias históricas y culturales, tendría mucho que enseñar a Cuba en una futura transición. Es un conjunto de islas inmensas, con pocos recursos naturales, que se ha transformado gracias a su capital humano. Pero por supuesto, ¿con cuántos japoneses contamos para nuestra transformación?

Roberto Madrigal