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Tuesday, June 26, 2018

El poder del carisma



Aunque personalmente nunca le encontré encanto, siempre me pareció un gordo fofo escondido tras una barba y un disfraz de militar, no hay dudas de que, para la inmensa mayoría de la gente, Fidel Castro fue un hombre carismático. Es la única explicación de la fascinación que por él han sentido innumerables líderes y diplomáticos de alto nivel, muchos de los cuales ni siquiera sentían inclinación por sus ideas.
El corolario del carisma es el “efecto de halo” por medio del cual, a la figura carismática, se le generalizan sus virtudes (o defectos). O sea, si usted sabe mucho de política, pues inmediatamente se entiende que sabe mucho de música, de literatura, de deportes, de economía y de todo lo demás. Carisma y efecto de halo es una combinación letal en manos de un dictador. La cultivan para extender su embrujo.
Vicki Huddleston (1942), fue la Directora de Asuntos Cubanos del Departamento de Estado a principios de los noventa. En 1999 fue nombrada Jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, cargo que ocupó hasta 2002. Fue una diplomática de alto nivel que más tarde ocupó cargos de embajadora en la República de Mali, Encargada de Negocios en Etiopía, Subsecretaria de Estado para asuntos africanos y Subsecretaria de Defensa para asuntos africanos. Estuvo encargada del proyecto de reconstrucción de Haití entre 2013 y 2015. Huddleston también ha ocupado cargos académicos en la Brookings Institution y en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. Ya retirada, acaba de publicar las memorias de su estancia en La Habana. La ha titulado, en obvio guiño a Graham Greene, y quizá también a Carol Reed, Our Woman In Havana (Nuestra mujer en La Habana).
Con un currículum tan densamente distinguido, uno se imagina que se va a enfrentar a un texto enjundioso, lleno de análisis y meditaciones que acompañen la relación de hechos y anécdotas. O quizá un libro en el cual se encuentre un lúcido análisis de la situación cubana a partir de la experiencia personal y el conocimiento de la historia. Pero no es así.
Huddleston ha escrito unas memorias ligeras, informativas y muy fáciles de leer, pero a la vez engañosas. Unas memorias en las cuales a pesar de insistir repetidamente en su oposición diametral al sistema implementado en Cuba, se deja arrastrar por el encanto que en ella ejerce el carisma de Castro, lo cual a su vez la va parcializando quizá hacia el lado que ella no quiere llegar. No lo oculta, al contrario, lo expresa: “Fidel Castro es el hombre más poderoso y carismático que he conocido” (pág. 30, la traducción es mía). Lo cual la lleva erradamente a espetar el disparate de que Más Canosa  “Ejercía su poder en Miami tan plenamente como Castro lo hacía en La Habana” (pág 31), lo cual, por muchas razones, es una proposición  imposible. Por ahí uno ve venir los tiros.
La Embajadora compra todas las ideas que le vende La Habana. Responsabiliza la política de flexibilidad migratoria hacia los cubanos con estimular las salidas ilegales y las muertes en el Estrecho de la Florida, ni siquiera cuestiona que la persecución política, la miseria, la falta de futuro y la imposibilidad de expresarse libremente, entre muchas otras cosas, tengan algo que ver en ese ardor popular por abandonar el país.
Tiene mucha comprensión paternalista con el “sufrido pueblo cubano”, pero es dura con la “diáspora” como elige llamarla mayormente. Para ella solamente son personas interesadas en derrocar al sistema imperante para recuperar sus propiedades. Su reduccionismo es similar al que siempre promueve el gobierno cubano. Mientras encuentra matices entre los cubanos de la isla, no los encuentra entre los exiliados. Aunque trata de usar Castro muchas veces, cuando su narrativa se vuelve melosa y admirativa, usa “Fidel” repetidamente para referirse al dictador.
Responsabiliza la política más abierta de Clinton con el florecimiento de la disidencia en Cuba y habla de una primavera cubana (en párrafos de redacción casi maoísta) el año anterior a La Primavera Negra, acusando al cambio de política de Bush como causante de la misma y sin analizar ni de pasada las maniobras internas del gobierno cubano (aparte de que nunca me enteré de esa primavera floreciente).
Deja muy claro que, desde el pacto Kennedy-Kruschev de 1963, ninguna administración americana ha intentado derrocar al gobierno cubano. Se han limitado a tratar de aislarlo cada vez más con medidas que ahogan más al pueblo, o a hacer pequeñas aperturas que arrojen pequeños beneficios a la población, lo cual es cierto, solamente que le falta añadir que, en ambas opciones, los poderosos siempre se han beneficiado. También aclara que para todos los efectos prácticos, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, desde que se abrió la Sección de Intereses, en Septiembre de 1977, equivalen a relaciones diplomáticas a plenitud. La única diferencia es el nombre del jefe de la sección, al cual no se le podía llamar embajador, y de que ni en Washington ni en La Habana pueden ondear las banderas de Cuba y Estados Unidos frente a sus oficinas.
Hay otras informaciones de interés sobre pequeñas maniobras e intrigas palaciegas, pero su fascinación con el Encantador de Serpientes en Jefe se hace patente en la sección dedicada al caso de Elián. Uno casi toca saliva en la página cuando describe como Castro controló y dirigió la situación. También añade algo que yo desconocía y que admite, una activa colaboración de una funcionaria del gobierno americano con el cubano, para resolver una crisis a favor del segundo. Resulta que Huddleston reconoce que la manipulación mediática de traer a las abuelas de Elián a Estados Unidos para ganar puntos con la opinión pública americana, fue idea de ella y de Joan Brown Campbell, quien fuera presidenta del Consejo Nacional de Iglesias de Estados Unidos y que tenía muy buenas relaciones con el Consejo Cubano de Iglesias, una organización que, me consta por testimonios de primera mano, ha sido la más fuertemente penetrada y guiada sutilmente por la seguridad del estado cubana.
Es también de interés leer sus opiniones sobre distintos disidentes cubanos, su actitud condescendiente con los mismos y confirmar que la política americana hacia Cuba parte del falso supuesto de que a la clase dominante le interesa el bienestar del pueblo. Como el gobierno cubano solo se molesta en dar circo, la Embajadora provee un poco de pan para sus invitados a las distintas recepciones que son el mayor desafío que ella presenta al sistema. Informa también sobre las distintas actitudes de los congresistas americanos que visitan Cuba, tanto hacia Castro como hacia los diplomáticos americanos.
El libro me llevó a revisitar a su antecesor, The Closest of Enemies, publicado en 1987 por Wayne S. Smith, quien al igual que Huddleston, fue primero encargado de Asuntos Cubanos en el Departamento de Estado y luego fue nombrado jefe de la Sección de Intereses (el segundo en serlo), quien además tenía la perspectiva histórica de haber sido prácticamente el que cerró la embajada americana en enero de 1961, cuando ocupaba un cargo menor al servicio del entonces embajador Philip Bonsal. Smith ha sido también un hombre de larga trayectoria académica y de un currículum tan impresionante como el de Huddleston. Su libro es más analítico y aporta más información histórica. Es a la vez más denso y a ratos más procastrista. Smith tiene un entendimiento más profundo que Huddleston, para quien Cuba antes de 1959 no era más que un casino gigantesco y el parque de diversiones de los turistas americanos.
Si se comparan los libros, Smith aparece como un intelectual confundido por Castro, mientras Huddleston se presenta como un peso mosca del pensamiento, también encantada por Castro. En el caso de Smith, su fascinación llegó al extremo de presentar con orgullo cómo Fidel Castro piropeó a su hija adolescente, diciéndole, delante de varias personas, que si ella dirigía una invasión a Cuba “él se le presentaría en la playa y personalmente le entregaría la isla” (pág. 262, edición de Norton, carátula blanda, 1988). Castro siempre supo ganarse a este tipo de funcionarios, que no son más que unos burócratas de carrera, oscuros personajes para los cuales reunirse con el Secretario de Estado es difícil, efímero y ocasional, mientras en la isla son recibidos por el emperador y sus principales acólitos, lo cual los hace sentir importantes, algo que nunca sienten en su país.
A pesar de todo, el libro de Huddleston es altamente recomendable, sobre todo para muchos delirantes que aún sueñan con el apoyo del gobierno americano para derrocar al gobierno de Cuba, y para desenmascarar a los oportunistas que manipulan la esperanza de los nostálgicos ingenuos.

Our Woman In Havana. Vicki Huddleston. The Overlook Press. New York, 2018. 304 páginas.

Roberto Madrigal

Friday, March 23, 2018

La pérdida del tiempo



   Confieso, sin particular orgullo, que he leído casi toda la obra literaria de Leonardo Padura. Fue a finales de los noventa que una amiga me envió Pasado perfecto y poco después Vientos de Cuaresma, que le valiera el Premio UNEAC en 1993. Me siguieron enviando sus libros editados en Cuba y luego por mi parte compré los que aparecían en España. He prestado algunos que nunca me han sido devueltos, por lo que no poseo una colección muy completa de su obra, pero no es una pérdida que lamento.
   Cuando primero me tropecé con su obra, me llamó la atención el universo que describía, algo que no había visto en ninguna obra literaria editada en Cuba en los mas de quince años que yo llevaba fuera. Mostraba unos ambientes habaneros que hasta entonces permanecían ocultos en la literatura que se producía en la isla. Padura se había forjado en el periodismo y esta carrera le dio oficio y le enseñó a conocer las reglas del juego cultural cubano. Sabía atreverse hasta donde decía peligro en esos códigos de censura no escritos ni bien definidos que predominan en la dictadura cultural cubana.
   Pero me resultaba interesante, porque su investigador se movía con desenfado y sin mucho enjuiciamiento entre personajes orilleros y en situaciones de alta criminalidad. Nada de eso se mostraba en las anteriores novelas policiales cubanas que yo conocía, como Enigma para un domingo de Ignacio Cárdenas Acuña, o El cuarto círculo, de Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera, por citar sólo dos las obras pioneras del género en la Cuba revolucionaria. De todos modos, siempre hay que desconfiar de una novela cuyo héroe es un teniente del Ministerio del Interior.
   Con el tiempo, comencé a pasar del interés a la abulia. Empecé a notarle los tics, los recursos que repite en cada libro, su obsesión conque Ava Gardner se bañó desnuda en la piscina de La Vigía, el grupito de amigos de Mario Conde, inevitables en cada libro del personaje y otras manías por el estilo. Lo peor fue cuando empecé la lectura de las obras no policiales o marginalmente policiales, que me llevó a fijarme en su prosa. Para mi horror me percaté de lo cursi de su lirismo y la poca eficacia de su escritura cuando abandona lo estrictamente narrativo. Con la excepción de El hombre que amaba a los perros, que sí es una novela muy buena, probablemente lo mejor que ha escrito, en su obra predomina lo ridículo, y cuando se vuelve introspectivo, solo suena a pretencioso.
   En su novela más reciente, La transparencia del tiempo, no se hace esperar para mostrar ese lirismo picúo. Como si no bastara con el título, el libro abre con el siguiente párrafo: “La luz rotunda del amanecer tropical, filtrada por la ventana, caía como el haz teatral proyectado sobre la pared donde pendía el almanaque con sus doce cuadrículas perfectas, distribuidas en cuatro hileras de tres rectángulos cada una”. No me explico como con tanta gente a quienes le agradece consejos editoriales, nadie se atrevió a disuadirlo de ese comienzo. Luego empieza a narrar y esa suerte de narrativa periodística le sale bien, pero para que no nos olvidemos de su lastimosa y, lo repito, ridícula prosa, vuelve a la carga con: “Sus pies han sido los caminos recorridos: de la inocencia a la culpa, de la ignorancia al conocimiento, de la paz a la muerte, del paseo placentero y el pesado acarreo montaraz a la fuga sin retroceso…”, y por si no hubiera suficientes clichés, frases hechas y lugares comunes, una página después ataca con: “Un transcurrir que ni siquiera merecía una denominación que implica movimiento…”, ante lo cual uno enmudece de tanto sin sentido. Estas dos citas se encuentran en las páginas 40 y 41 de la edición de Tusquets.
   Esta vez parece que a Padura se le agotaron las ideas y le debía trabajo a la editorial, porque La transparencia del tiempo está “basada” (para no mencionar plagiada) en El halcón maltés, la extraordinaria novela de Dashiell Hammett. Menuda pretensión. La única diferencia es que con Conde ya retirado hace más de una década de la policía, al ejercer como una especie de “investigador privado” dentro de las limitaciones de la isla, el personaje toma más de Philip Marlowe que de Sam Spade, por comportarse más como un marginal, aunque ambos son unos cínicos desilusionados que aún conservan un poco de idealismo.
   La novela trata sobre el robo de una virgen negra, de valor desconocido y a la que se le atribuye poderes divinos. Se divide en dos relatos. El de la pesquisa detectivesca y la historia de la virgen que nos refiere a la Garrotxa catalana y hasta las últimas cruzadas. La parte detectivesca es legible, aunque muy similar a toda la obra anterior de Padura-Conde, sin ningún aporte temático. Nos regresa siempre a su grupo de amigos y las “excepcionales” comidas que prepara la mamá del flaco, un ser inmaculado y estereotípico a no más dar y a su mentalidad de adolescente barriotero. Pero la parte de la historia de la virgen es simplemente insoportable y aburrida, además de estar escrita en esa prosa paduriana de lirismo sin brújula Ya al final yo pasaba esas páginas sin prestar mucha atención.
   Por mucha admiración que expresan los escritores cubanos por Hemingway, me parece que se relaciona con su aspecto de aventurero, de macho supremo, ignorando siempre su aspecto de “americano feo” (porque por todo lo que he leído de él, como persona, Hemingway debió ser un tipo intratable), ya que ninguno escribe ni lejanamente parecido a él, que si algo era fue un maestro de la prosa precisa y eficiente, que encontraba la belleza en la simplicidad. Padura en esta novela sobre todo, hace alarde de un alambicamiento que a veces lo hace perder el objetivo del párrafo y debilita la narrativa. También aburren los homenajitos y referencias a Piñera y a Novás Calvo, que se notan traídos por los pelos, guiños inútiles, pataleos de mono amarrado.
   Junto con La cola de la serpiente, esta novela forma lo peor de la obra de Padura. De una obra por lo general prescindible, La transparencia del tiempo es merecedora del más rápido olvido.
   Padura es un escritor que escribe para extranjeros. Su atractivo está en que sabe crear un reportaje periodístico sobre un mundo marginal, con los toques y controles necesarios para satisfacer tanto las buenas conciencias burguesas como los ideales de la izquierda de salón, para que puedan pensar que aunque todo está podrido en La Habana, por algún lado todavía flota el prístino ideal que engendró la Revolución Cubana. Incluso el lenguaje cede al gusto del editor y se hace neutro y a veces españolizante.            
   Por eso, no me avergüenza decirlo, pienso que por esas politiquerías del premio Nobel, si algún día deciden dárselo a un cubano, ese será Leonardo Padura.  Ya se ganó el Princesa de Asturias, que se lo han ganado también Vargas Llosa, Cela y Günter Grass, todos nobelistas. Es un temor que me asecha cada octubre.

Roberto Madrigal

Wednesday, February 28, 2018

Predicciones de los óscares



Este domingo 4 de marzo vuelve la fiesta de Hollywood. Este año puede que sea una fiesta de tono significativo. No solamente habrá el autobombo acostumbrado, sino me temo que habrá discursos solemnes sobre las armas, el abuso a la mujer y la discriminación racial, los cuales serán dichos por millonarios que se deben a una industria que tradicionalmente ha minimizado a la mujer, ha capitalizado con la violencia y ha relegado a los negros a un segundo plano.  Pero los discursos envueltos en gravitas mientras quienes los espetan se visten de trajes incosteables para el común de los mortales y apelan a lo más superficial de las masas televidentes, lo resuelven todo. O eso creen. Quisiera pensar que alguien rompa la uniformidad de actitudes y criterios imperantes.
Como en los seis años anteriores, trataré de apostar o adivinar los premios de la academia en las siete categorías principales, que son, a mi consideración: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor Estelar, Mejor Actriz Estelar, Mejor Actor Secundario, Mejor Actriz Secundaria y Mejor Película en Lengua Extranjera. No he estado tan despistado anteriormente, ya que he acertado en cuatro categorías en los años 2011, 2013 y 2016; en cinco en el año 2012 y en seis en los años 2014, 2015 y 2017.
Como he dicho anteriormente, estas predicciones no tienen que ver necesariamente con mi gusto personal. Llego a ellas en base a una serie de indicadores, como galardones obtenidos por los filmes nominados en otras premiaciones anteriores como los Globos de Oro, los premios BAFTA y los premios que conceden los sindicatos de actores y de directores de Hollywood. También reviso la historia de los óscares en los últimos años para detectar tendencias y favoritismos. No es una ciencia exacta y a veces las cosas se enredan, pero es posible acercarse bastante a los resultados si uno analiza estos detalles.
Este año parece que Three Billboards Outside Ebbing, Missouri se va a llevar varios premios. Es un buen filme. Para quienes no la han leído, mi reseña se puede encontrar aquí: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/intenciones-y-consecuencias-331517.
Algunas categorías parecen garantizadas de antemano.

Mejor actriz secundaria: Tres nominadas están muy por encima del resto, estas son Lesley Manville, Laurie Metcalf y Allison Janney, cualquiera de ellas pudiera merecer el premio. Pero Allison Janney, ha ganado los tres premios más importantes y que tienen mayor valor predictivo para el Oscar, debe resultar ganadora. Se alzó en esta categoría con el Globo de oro, el del BAFTA y el del sindicato de actores y su actuación es insuperable.
Va a ganar: Allison Janney. Debe ganar: Allison Janney.

Mejor actor secundario: Esta es, de nuevo, probablemente la categoría más difícil de escoger. Solamente hay dos contendientes serios, a pesar de que Christopher Plummer hizo una gran actuación en All the Money in the World. Sam Rockwell ganó el del BAFTA y el del sindicato de los actores. El Globo de oro lo ganó James Franco, que no está nominado en esta categoría. El otro candidato fuerte es Willem Dafoe, que no ha ganado nada, pero es un favorito sentimental de Hollywood. Aunque prefiero la actuación de Rockwell, en una excelente película a la de Dafoe en una para mi mediocre (The Florida Porject), para arriesgar algo y hacer esto divertido, voy a apostar por la sensiblería de Hollywood y el hecho de que hay muchas minorías en el filme y predigo que Dafoe va a dar la “sorpresa”.  Por lo tanto, contra mi mejor juicio.
Va a ganar: Willem Dafoe. Debe ganar: Sam Rockwell.

Mejor actriz en papel estelar: En esta categoría no parece haber nada que discutir. No solo su actuación es la mejor, sino que Frances McDormand se ha ganado cuanto premio de actuación se ha concedido este año, incluyendo los tres más predictivos. En su quinta nominación, ganará su segundo Oscar.
Va a ganar: Frances McDormand. Debe ganar: Frances McDormand.

Mejor actor en papel estelar: En un año de muy buenas actuaciones, parece que, a no ser que haya una sorpresa impensable, Gary Oldman no puede perder. No solo es una excelente actuación la que llevó a cabo en su papel de Churchill (aunque yo prefiero la de Daniel Day-Lewis en Phantom Thread), sino que también ha arrasado con todos los premios este año. Oldman nunca ha ganado un Oscar y Day-Lewis ha ganado tres, aunque el hecho de que anunciara que este es su último trabajo en cine, pudiera darle algunos votos.
Va a ganar: Gary Oldman. Debe ganar: Gary Oldman.

Mejor película en lengua extranjera: Por lo general, este premio lo gana la película que una mayor cantidad de miembros de la academia pueden ver. Este año he visto cuatro de las nominadas, con la excepción de Una mujer fantástica que me dicen es muy buena. Aquí sí tengo que adivinar sin asidero, porque las que han ganado los otros premios importantes, no están nominadas al Oscar. Para mí, la mejor es la húngara On Body and Soul, de la cual pueden ver mi reseña aquí: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/suenos-compartidos-deseos-reprimidos-331959. Pero tanto Loveless, reseñada por Carlos Espinosa aquí: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/retrato-de-familia-332068, como The Insult, reseñada por mi aquí: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/bajo-el-peso-de-la-historia-332118, son dignos contrincantes. Sin embargo, la que más popularidad ha tenido ha sido The Square, que a mi me decepcionó y pueden ver mi reseña aquí: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/arte-mercadeo-las-reglas-del-juego-de-la-politiqueria-y-una-adolescencia-americana-331372. Pienso que The Square se va a imponer por ser la más vista y la más políticamente correcta de las cuatro que vi. Por supuesto Una mujer fantástica  puede dar la sorpresa.
Va a ganarThe Square.  Debe ganarOn Body and Soul.

Mejor director: Aunque P.T. Anderson me parece que realizó la mejor dirección del año con Phantom Thread, no creo que ninguno de los nominados tenga la menor oportunidad de vencer a Guillermo del Toro, quien dirigió la espantosa pero demasiado políticamente correcta The Shape of Water. Este es un filme muy inferior pero que le ha valido a del Toro todos los premios importantes.
Va a ganar: Guillermo del Toro. Debe ganar: P.T. Anderson

Mejor película: Aquí tampoco parece haber discusión. Three Billboards Outside of Ebbing, Missouri ha ganado todos los premios relevantes y el óscar no va a ser la excepción. Es una muy buena película y aunque yo prefiero Phantom Thread, se merece su premio.
Va a ganarThree Billboards Outside Ebbing, Missouri. Debe ganarThree Billboards Outside Ebbing, Missouri.

Roberto Madrigal

(Este artículo saldrá publicado en Cubaencuentro el 2 de marzo de 2018)


Monday, January 8, 2018

Las mejores películas del 2017



Este artículo salió publicado en el portal Cubaencuentro.com el día 5 de enero. Como hago todos los años, lo reproduzco ahora aquí.

El año 2017 no fue muy bueno para el cine comercial americano. En general, las productoras y distribuidoras han declarado grandes pérdidas financieras y han anotado un considerable declive en la asistencia del público a las salas de teatro. Bien merecido se lo tienen, ya que se han dedicado a producir secuelas sin imaginación en las cuales los efectos digitales son comúnmente abusados por el mero ejercicio de abusar de ellos. Parece que no se les ocurre ninguna idea original.

Por otra parte, no fue un año en el cual se vio, salvo excepciones como Paterson, ningún filme alternativo o “no comercial” con gran peso artístico como para acercarse a lo que se concibe como una obra maestra o como un filme innovador o de rompimiento. Sin embargo, se presentaron en las salas alternativas varias películas de lo que muchos consideran cine “menor”, de muy buena calidad. Hubo varias sorpresas, o al menos el sorprendido fui yo.

Como ya es costumbre, Orlando Alomá y yo hacemos la selección de los que consideramos los mejores filmes del año, proyectados en las salas del país. Nuestro criterio parte de seleccionar las mejores películas que puede ver cualquiera, no considerando las que se exhiben solamente en festivales o pueden verse exclusivamente en los sitios de internet dedicados al cine (que ya incluyen a Netflix y a Amazon).

Este año he decidido introducir una novedad. Mi amigo Antonio Mazón Robau, que tiene conmigo una ininterrumpida amistad de cuarenta años y que la probó cuando fue una de las cuatro personas que en 1980 se atrevió a visitarme y llevarme comida a mi casa mientras yo me encontraba en reclusión domiciliaria tras asilarme en la embajada del Perú. Mazón atravesó sin miedos las hordas organizadas por el gobierno que lanzaban piedras, huevos, tomates y papas podridas, insultos e improperios hacia el balcón de mi casa. Algo que muchos supuestos amigos no se atrevieron a hacer. Mazón condujo por años el programa “Toma Uno” de la televisión cubana y es actualmente programador de la Cinemateca de Cuba. Me envió su lista de las diez mejores películas del año exhibidas en las salas cubanas y con su permiso, la reproduzco aquí.

Orlando Alomá

¡Qué disparate llamarle a la vejez los años dorados!  Como ya he dicho, y repito, cada vez voy menos al cine (me digo, de consuelo, que porque escojo mejor y los productores, peor), pese a que, irónicamente, como de verdad me gusta ver cine es en el cine. Aquí está mi achacosa y casi abortada lista de 2017, pero al fin viendo la luz por la sana costumbre de la amistad. Nombro los títulos por orden alfabético, y si no lo hiciera, dos de los diez estarían sembrados a la cabeza: Paterson y Three Billboards. Y si después de las escogidas, sumara una "ñapa" (a veces bastante numerosa), como hacen los incontinentes críticos del New York Times, tendría cinco o seis candidatas más. Pero no hay que exagerar, porque el espacio de escribir no es infinito, como el sideral.

Dunkirk (GB/Holanda/Francia/E.U.A. 2017).  Dir: Christopher Nolan
The Florida Project  (E.U.A. 2017).  Dir: Sean Baker
In the Fade   (Alemania/Francia 2017). Dir. Fatih Akim
Lady Bird   (E.U.A. 2017).  Dir: Greta Gerwig
Lost in Paris  (Francia/Bélgica 2016).  Dir: Dominique Abel y Fiona Gordon
Maudie  (Gran Bretaña 2016).  Dir: Aisling Walsh
Paterson  (E.U.A./Francia/Alemania 2016).  Dir: Jim Jarmusch
The People vs. Fritz Bauer (Alemania 2015).  Dir: Lars Kraume
The Sense of an Ending (Gran Bretaña 2017).  Dir: Ritesh Batra
Three Billboards Outside Ebbing, Missouri  (GB/E.U.A. 2017).   Dir: Martin McDonagh

Antonio Mazón

1.- Elle (Francia/Alemania/Bélgica 2016). Dir: Paul Verhoeven
2.- Mustang  (Francia/Turquía/Alemania 2015).  Dir: Deniz Gamze Erguven
3.- El ciudadano ilustre  (Argentina 2016).  Dir: Mariano Cohn y Gastón Dupret
4.- Frantz  (Francia 2016).  Dir: Francois Ozon
5.- Acuario  (Brasil 2016).  Dir: Kleber Mendonca Filho
6.- El Viajante (The Salesman) (Irán/Francia 2016).  Dir: Asghar Farhadi
7.- Demonios de neón (The Neon Demon) (Francia/E.U.A./Dinamarca 2016) Dir: Nicolas Winding Refn
8.- El olivo (España/Alemania 2016).  Dir: Iciar Bollaín
9.- Julieta  (España 2016).  Dir: Pedro Almodóvar
10.- Neruda (Chile/Francia/España/Argentina 2016).  Dir: Pablo Larraín

Roberto Madrigal

1.- Paterson (E.U.A./Francia/Alemania 2016).  Dir: Jim Jarmusch
2.- Graduation (Rumanía/Francia/Bélgica 2016). Dir: Cristian Mungiu
3.- Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (GB/E.U.A 2017).  Dir: Martin McDonagh
4.- Lost in Paris  (Francia/Bélgica 2016).  Dir: Dominique Abel y Fiona Gordon
5.- After the Storm  (Japón 2016).  Dir: Hirozaku Kore-eda
6.- The Salesman (Irán/Francia 2016).  Dir: Asghar Farhadi
7.- A Quiet Passion (GB/ Bélgica 2016).  Dir: Terence Davies
8.- All These Sleepless Nights (Polonia/GB 2016).  Dir: Michal Marczak
9.- Columbus (E.U.A. 2017).  Dir: Kogonada
10.- Baby Driver  (GB/E.U.A.  2017).  Dir: Edgar Wright
  

Roberto Madrigal

Tuesday, December 26, 2017

Séptimo aniversario


Hoy se cumplen siete años que llevo haciendo este blog. Por diversas razones, en este 2017 no me ocupé del blog como hubiera querido. También he de reconocer que los comentarios en Facebook han sustituido el interés en los blogs de la mayoría de la gente. De todos modos, no quisiera abandonarlo, aunque nadie me pidió que lo abriera. No creo que su cierre sea una pérdida sensible, pero por tozudez, voy a tratar de mantenerlo lo mejor posible en 2018. Quizá no con la asiduidad anterior, pero siempre al día.
De nuevo gracias a los que me ayudaron a lanzarlo y a los que me siguen. Esta vez no voy a poner nombres, ellos saben quienes son y los he nombrado antes.
Espero que este próximo año sea mejor para todos que 2017.


Roberto Madrigal

Saturday, October 28, 2017

Tribálicas


No es en los manuales de Historia, sino en las manuables historias en las que se mezclan las de los llamados seres ordinarios con las de aquellos de mayor perfil donde se puede llegar a conocer el estado de un país, de una nación, o… de una tribu. Tampoco ese retrato se puede conseguir con una narrativa cuidadosamente estructurada, ni con una prosa didáctica o con frases lapidarias, o predicamentos sentenciosos. Es el bricolage lo que cuenta.

Esto lo ha logrado Carlos Manuel Alvarez con su libro La tribu Retratos de Cuba, una recopilación de crónicas periodísticas sobre diversos temas y personajes, que conforman un texto imprescindible para entender la realidad cubana actual.

Alvarez lo mismo conversa con un afroamericano secuestrador de aviones que se esconde aterrado en Cuba, que escribe sobre José Contreras o sigue la ruta de los emigrantes que atrapados en Centroamérica aspiran a algún día ser inmigrantes. Su curiosidad no tiene límites temáticos, pero lo mejor de todo es su estilo fluido, aparentemente sencillo y perfectamente ejecutado. Su prosa es limpia y sin dejar de ser periodística, es literaria. Logra un balance perfecto, acepta hacer periodismo mientras logra crear literatura, introduce en el documento la dosis necesaria de ficción que redondea la imagen de lo real. Tiene mucho de Kapuscinski y de Robert Kaplan, pero también de Pico Iyer y de García Márquez (el de Crónica de una muerte anunciada).

No tengo muchos datos biográficos de Alvarez más allá de lo que dice la solapa del libro. Nació en Matanzas en 1989 y se graduó de periodismo en la Universidad de La Habana, un comienzo nada promisorio, pero ha publicado en diversas publicaciones electrónicas y tengo entendido que está a cargo de la excelente El Estornudo, junto con Gilberto Padilla Cárdenas otro joven escritor que hay que seguir. Al parecer, Alvarez reside mayormente en México, pero se mueve entre Cuba y Miami también. Su talento supera las limitaciones de sus orígenes.

No enjuicia a sus personajes ni editorializa gratuitamente sobre ninguno de los temas que toca, pero tampoco esquiva dar opiniones y emitir criterios con una agudeza inusual. No hay que estar de acuerdo con todo lo que dice, de hecho, yo mismo no lo estoy, pero sus ideas convocan a la discusión inteligente. Sus atisbos no son gratuitos. En un momento determinado predice para los futuros inmigrantes, que en ese momento se estancaban en Panamá: “Pero en Miami, adonde bien pronto irán a dar los huesos de la mayoría…El metabolismo lento de las sociedades que no exigen demasiado de uno…en el oxígeno vertiginoso de Miami no sobrevivirán ni veinticuatro horas…tendrán que comprarse un auto y aprender a manejar en una semana…trabajar diez horas y más, pagar rentas e impuestos de los cuales no entienden la mitad, asumir el trabajoso hábito de la puntualidad, obedecer a los superiores, adquirir tarjetas de débitos y de crédito, un aparte sobre el cual tampoco tienen la menor idea. Les irá bien, porque además cargan con el recuerdo del lugar del que provienen, un país que lamentablemente no supo ofrecerles demasiado, pero no será coser y canta. No hay casi ninguna prueba factual por la que, a la larga, un cubano que se vaya a Miami tenga que pensar que no tomó la decisión correcta. Menos aún si han quemado las naves, como todos estos”.

La tribu Retratos de Cuba es un libro que no me esperaba. Es un texto sorprendente. Hay momentos en que las crónicas de Alvarez bordean el ensayo literario, con elegancia y sofisticación cosmopolita, pero no cae en la trampa de menospreciar el periodismo. Aquí hay enriquecimiento mutuo de los géneros. Maneja la intertextualidad con destreza. Con este libro, su autor se suma a la casta de ensayistas y cronistas que han dominado la literatura cubana en los últimos años: Rojas, de la Nuez, Hernández Busto y Ponte. Alvarez trae el frescor de una nueva generación que parecía estéril y asfixiada.


La tribu Retratos de Cuba. Carlos Manuel Alvarez. Editorial Sexto Piso S.A., México, 2017. 257 páginas

Roberto Madrigal

Tuesday, August 29, 2017

Nuestra banalización del mal


Cuando un escritor reconocido como Leonardo Padura coteja festinadamente la UMAP con los campos de concentración nazis diciendo que, en comparación, las UMAP eran como un campamento de verano, le hace un flaco favor a ambas tragedias y en cierta medida, banaliza ambas.  Cada dolor es personal. No es lo mismo el incendio devastador que ocasiona una erupción volcánica que la casa que se quema completa por un accidente con una vela, pero la pérdida y el dolor de quienes la padecen es la misma. Se requiere insensibilidad para ignorar una desgracia porque a gran escala, palidece ante otra. O el interés de maquillar y justificar un pasado y una posición ante los hechos.

Lo mismo sucede cuando un crítico musical como Guille Vilar trata de excusar y explicar el hostigamiento a los roqueros y la censura de su música en la Cuba de los sesenta, aludiendo a la explosión del barco La Coubre. O cuando Luis Pavón o Jorge Serguera explicaban su participación en el quinquenio gris diciendo que solamente cumplían órdenes y era la norma del momento, añadiendo que todo se hacía para defender la utopía. Argumentar la comisión de un acto de injusticia criminal, por la necesidad de proteger una causa mayor no trasciende, sino rebaja. El fin nunca debe justificar a los medios. No es un simple problema ético.

Lo que Hannah Arendt en su trabajo Eichman en Jerusalén definió como la banalización del mal, no era que Eichman se presentaba como una mera pieza en el engranaje del nazismo, una pieza intercambiable, sino su total simbiosis con el mundo nazi, su ideología, sus normas racistas, que por muy inmorales que fueran, eran legales y legítimas en el mundo nazi y contaban con el apoyo de la mayoría. Eso era lo que ella percibía como el horror que se materializaba en un individuo cualquiera, sin características distinguibles. No se estaba refiriendo, como muchos interpretan equivocadamente, al pequeño nazi o al pequeño Fidel que todos llevamos dentro.

Esa banalidad se expresa en Cuba en las manifestaciones multitudinarias a las cuales los ciudadanos acuden bajo presión, pero sin obligación, legitimando así al gobierno y sus proclamas. Como bien señala Angel Velázquez en su Totalitarismo, Cuba, Castrismo cultural y el último hombre, un libro que merece leerse con cuidado, ya que es una invitación a la reflexión seria, el castrismo utiliza el espacio donde se reúnen las masas para hacer “efectivas las victorias del pueblo y la omnipresencia del jefe”. Ese espacio reúne toda la gama social y convierte a todo participante en cómplice.

Hay una tendencia creciente en la historiografía cubana oficial, cuya aceptación crece a diario en círculos académicos europeos y americanos, en presentar los abusos del totalitarismo como algo justificado por su época y sus circunstancias.  Por hacer creer que fueron errores que se cometieron por el celo de quienes luchaban por la consecución de un ideal, que peligraba ante el acecho de un enemigo cercano. O como actos extremos de jóvenes apasionados guiados por buenas intenciones.

De hecho se está vendiendo una nostalgia por ese pasado, comparándolo con la situación actual cuyos males se achacan al surgimiento de un capitalismo incipiente que corrompe la pureza original del proyecto. Se habla de muchos culpables sin mencionar ninguno por nombre y apellido y, por supuesto, sin mencionar a los culpables mayores del cataclismo social. Los amanuenses oficialistas quieren vender confusión ante la realidad. No se explican cómo y cuándo fue que degeneró ese magnífico proyecto que fue la revolución cubana. No aceptan su complicidad y al evitar hurgar en su conciencia, venden una imagen de inocencia para simplificar las respuestas. Los viejos leones, ya sin dientes ni uñas, quieren hacer ver que padecen el mismo dolor que los corderos

Nuestra banalización del mal consiste en una victimización colectiva que no tiene victimario definido. Según estas nuevas tendencias, todos somos los inmolados de una confusión. Es la expresión de la mala fe sartreana o de la evasión de la libertad de Fromm. Pero es algo que no se debe dejar correr sin que se llame la atención sobre el fenómeno. Es el nuevo disfraz de los juglares de la corte.

Roberto Madrigal