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Friday, September 23, 2011

La viuda, el ajedrecista y el dictador

Gracias a Nicolás Lara, a Jesús Suárez y a Béla Tarr

Todo el mundo sabe cómo murió José Raúl Capablanca. Observaba una partida de ajedrez en el Manhattan Chess Club de Nueva York, el 7 de marzo de 1942, cuando sufrió un derrame cerebral. Lo llevaron de urgencia al Mount Sinai Hospital y sin jamás recobrar el conocimiento, murió al día siguiente. De su viuda, casi no se habló mas.
Olga Chubarova nació el 23 de septiembre de 1898, en la Transcaucasia y se crió en Tbilisi, la capital de Georgia. Decía ser de la aristocracia rusa, pero sus orígenes son nebulosos en el mejor de los casos. Algunas referencias mencionan que era descendiente de una línea de militares rusos de alta jerarquia que formaron parte del ejército zarista desde los tiempos de Iván el Terrible. Los archivos caucásicos son muy poco fiables. Se sabe que cruzó, junto con los remanentes del Ejército Blanco del General Piotr Wrangel y los fugitivos aristócratas y profesionales que se hallaban en Crimea, hacia Constantinopla, donde en 1920 se casó con un militar de la Caballería Blanca, apodado Chagodaev y de quien se cuenta que era un príncipe descendiente de Genghis Khan. Al morir éste, Olga heredó el título de princesa.
Conoció a Capablanca en Nueva York, en la primavera de 1934, unos dicen que en una fiesta en el consulado cubano y otros que en una fiesta en casa de una amiga de Olga. Lo cierto es que de ahi en adelante fueron inseparables, escandalizando a algunos en la alta sociedad en que se movian, pues Capablanca no se divorció de su primera esposa Gloria Simoni hasta 1938, cuando finalmente formalizó su relación con Olga. Viajaron por todo el mundo rodeándose del mas selecto jet-set de la época (Capablanca tenía una botella en el ministerio de relaciones exteriores, que se la había quitado Machado, pero que le fue restablecida por Batista), contando entre sus amigos a Andrés Segovia, al presidente francés Paul Lebrun y al argentino, Roberto María Ortiz. Olga acompañó a Capablanca a casi todos los torneos en los cuales participó desde 1935.
Tras enviudar, continuó viviendo en Manhattan, donde un tiempo después se casó con un hombre mucho mas joven, cuyo nombre no aparece en ninguna fuente, pero quien aparentemente fue campeón olímpico de remos. En 1967 se casó con el Almirante Retirado Joseph James Jocko Clark, que en aquel momento era gerente de una compañía de construcción y de inversiones y de quien enviudó en 1971.
Parece que continuó gastando su dinero, porque en los años ochenta, el escritor Edmund Winter  se reunió con ella para ayudarla a escribir sus memorias y Olga estaba muy interesada en vender algunos documentos de Capablanca por sumas bastante elevadas. Winter trató de ayudarla a vender los objetos y se se siguieron viendo para continuar en la redacción del libro. Para los documentos, no hubo compradores.
Olga Capablanca escribió algunos artículos interesantes sobre el ex-campeón mundial. Publicó en Chessworld (1964) y en Town and Country (1945). Escribió el prefacio de las Ultimas lecciones de Capablanca para la edición de neoyorquina de 1966.
Contó cientos de anécdotas, a quien la oyera, sobre las andanzas y peculiaridades de su difunto esposo. Dos de ellas me llamaron la atención en particular. La primera ha sido referida por varios especialistas, entre ellos Allen Kaufman y Gennadi Sosonko. Narraba Olga que una vez en Paris, en 1938, el gran maestro Savielly Tartakower los visitó en el Hotel Regina, donde residían, e invitó al “Capa” a jugar una partida informal, pero éste le respondió que él nunca tuvo un juego de ajedrez en su casa. Tartakower tuvo que buscar uno suyo y supuestamente jugaron una partida muy buena, cuyas anotaciones Olga trató de vender por diez mil dólares, en 1987.
La segunda anécdota se remonta al torneo de Moscú de 1936. A mediados de la contienda, Stalin vino a ver jugar a Capablanca y lo hizo primero escondido detrás de unas cortinas. Un rato después de observarlo con detenimiento, pidió que le llevaran al maestro para conocerlo personalmente. Stalin le preguntó lo que pensaba del torneo y Capablanca le respondió que era horrible, porque los jugadores soviéticos hacían trampas, perdiendo a propósito con Botvinnik, entonces el elegido de Koba, para que éste le ganara el torneo a Capablanca. Stalin se sonrió y le aseguró que eso no volvería a suceder. Capablanca ganó el torneo.
Las memorias que Olga iba a escribir con Winter quedaron sólo en unas cuarenta páginas. El trabajo se interrumpió con su muerte neoyorquina el 24 de abril de 1994. Legó todos los archivos de Capablanca al Manhattan Chess Club. De la afición de Stalin por el ajedrez, no se sabe mucho, sólo quedan rumores.

Roberto Madrigal

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