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Saturday, February 5, 2011

Las cifras del terror


En su edición con fecha 24 de febrero de 2011, el New York Review of Books reproduce un artículo del blog de Timothy Snider en el cual se plantea la interrogante que le da título: ¿Quíén fue peor, Stalin o Hitler? Snider es profesor en la universidad de Yale y ha publicado cinco libros centrados mayormente en la historia política de Europa cenrtal. En su obra más reciente, Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin (Basic Books, 2010) analiza a profundidad la nefasta influencia que ambos dictadores tuvieron sobre los países de esa zona europea, principalmente Polonia y Ucrania. En el artículo que aquí se trata, Snider analiza la responsabilidad de Hitler y de Stalin con respecto a las masacres cometidas desde la época de el Gran Terror, pasando por el Holocausto y terminando poco después de la Segunda Guerra Mundial.
En su texto, Snider compara las atrocidades y concluye que las cifras son engañosas a la hora de elaborar juicios. Señala que incluso aceptando los nuevos descubrimientos realizados después de la apertura de los archivos secretos de los países del antiguo “bloque socialista”, que reducen el estimado de los asesinados por Stalin de treinta millones a probablemente una cantidad entre seis y nueve millones, eso no le resta horror a sus crímenes. Llama la atención sobre otros aspectos a analizar, como el hecho de que Stalin cometía sus asesinatos mayormente en tiempos de paz mientras que Hitler lo hacía en tiempos de guerra, así como de que muchas muertes tienen responsabilidades compartidas, ya que los alemanes asesinaron cientos de miles de civiles en Varsovia porque los soviéticos los instaron a rebelarse para después negarles su apoyo y de que más de medio millón de sentenciados al Gulag  fallecieron por la falta de alimentación que causó la invasión alemana. Tambíen los responsabiliza con las barbaridades cometidas por sus herederos, como los treinta millones de chinos que Mao, tomando el modelo estalinista de colectivización, mató de hambre durante el Gran Salto Adelante.
En fin, sin determinar cuál es el peor asesino, apunta toda una serie de elementos a considerar en el enjuiciamiento histórico de los opresores de masas.
Hay un aspecto que no señala en su artículo y es el de la diferencia entre un tirano autoritario y uno totalitario. El autoritario se apropia brutalmente del poder con la excusa de restablecer el orden democrático, porque éste ha sido corrompido. Promete, con su baño de sangre, restaurarlo en su pureza y maniobra dentro de unas estructuras de raíz democrática, aunque sean solamente de vitrina dentro de su mandato. Además, no identifica a la nación con el estado. Funciona, supuestamente con carácter temporal, como una aberración. El totalitario se erige como el creador de un nuevo sistema que va a remplazar al sistema corrupto anterior y su promesa es la de mantenerse en el poder, envuelto en un discurso mesiánico, para establecer un nuevo orden redentor con cuyos intereses se identifica, o sea, es orgánico al sistema, su consecuencia natural. Además, identifica a la nación con el estado.
Esto último me trae el tema a casa. Es muy popular para los defensores de Casrtro, comparar su ejecutoria con los crímenes de dictadores despreciables como Pinochet, Videla y hasta el mismo Batista, todos los cuales caen dentro del molde de dictadores autoritarios. En sus casos, las cifras de sus matanzas son, por lo general, bien conocidas. Son matones irascibles que reaccionan con violencia ilimitada a cualquier provocación. Su misión es supuestamente controlar la conducta nacional para restaurar un orden anterior y mientras tanto dilapidan al país. Son fáciles de odiar y sus crímenes son obvios, con propósitos muy específicos. Sus cifras espantan, y con razón.
¿Cómo cuantificar los asesinatos de Castro? El conteo puede empezar con los juicios sumarios de 1959, que aunque sus víctimas eran esbirros abyectos que terminaron en el paredón, lo cual convertía aquel sainete en acciones de gran popularidad, no por ello eran menos criminales por su falta de legalidad y de respeto a los derechos humanos. Se puede continuar con muchas otras cosas, ya que si no ha matado más es porque no le ha hecho falta, pero para señalar sólo algunas que caen en el olvido, se puede mencionar el salvajismo de haber desterrado poblaciones enteras durante la mal llamada “Lucha contra bandidos”, para escamotear el apoyo rural a los alzados. Eso es un crimen cultural al cual no se le puede poner número. Por supuesto que están los miles de muertos que se han hundido en el Estrecho de la Florida en su afán de huir de la opresión política y de la miseria, pero además, es hora de que se le responsabilice con los miles de cubanos muertos en sus aventuras africanas en Angola y Etiopía, dos países que a miles de millas de distancia, nunca le habían declarado la guerra a Castro, así como todos aquellos que a su regreso vinieron traumatizados por la experiencia. ¿Qué decir de los miles de guerrileros latinoamericanos que sedujo, cobijó y entrenó para después dispersar por las selvas del continente, abandonándolos a su suerte, sabiendo que eran cadáveres seguros, solamente por mantener al imperialismo yanqui en ajetreo y nutrir su galería de mártires? Muchos de estos crímenes se ocultan detrás del discurso mesiánico, de la supuesta gesta epopéyica, de la falaz heroicidad que nunca fue.
Sé que se hacen muchos esfuerzos por cuantificar, uno a uno, los asesinatos de Castro en estos 52 años. La cifra real será imposible de conocer hasta que Cuba pueda de veras abrirse al mundo, pero es importante apuntar en todas estas direcciones. Los números engañan si no se entienden bien.
Al final de Monsieur Verdoux, ya atrapado y camino a su sentencia, Henri Verdoux, parafraseando al obispo abolicionista anglicano Beilby Porteus, espeta: “”Las guerras y los conflictos no son más que un negocio. Un asesinato te convierte en un villano, millones te hacen un héroe. Los números santifican, mi amigo”.

Roberto Madrigal

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