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Thursday, October 31, 2013

Dos textos breves de Reglo



En un post anterior ya introduje a Reglo Guerrero. Su biografía es tan interesante que aunque yo solamente rocé la superficie, un lector comentó que parecía un personaje inventado. No lo es, pero los hechos de su vida pudieran nutrir muchas ficciones. Es uno de los pocos casos en los cuales la realidad es más imaginativa que la fantasía. Ojalá algún día la detalle en una obra de ficción en la cual el lector no sabrá donde comienza la realidad y dónde la pesadilla. De momento, para leer dos breves textos suyos pinche aquí (http://archdil1.blogspot.com/2013/10/dos-textos-de-reglo-guerrero.html)


Roberto Madrigal

Thursday, October 24, 2013

Más variaciones sobre un mismo tema (recurrente)



No estoy seguro si fue a finales de 1980 o a principios de 1981, yo había llegado unos meses atrás y recuerdo que hacía un poco de frío en Miami. Cabrera Infante se presentaba en la entonces cinemateca de Miami, que comandaba Natalio Chediak, para ofrecer una charla sobre su obra. En un momento determinado expresó (y cito de memoria): “Si no hubiera sido por la revolución cubana yo hubiera sido un director de revistas rodeado de secretarias encamables”.

A finales de los años cincuenta, me contaron, de resonancias cercanas, que Lezama Lima solía comentar con sus amigos: “Voy a pasar a la historia de la literatura como un gordo que repartía revistas”. Con ello se refería a sus sudorosos recorridos por las librerías habaneras cargado de ejemplares de la revista Orígenes, a la vez que trataba de resumir el impacto cultural que pensaba había tenido antes de la llegada de la revolución.  Por supuesto, después de 1959 su suerte cambió y le llegó, tarde como él mismo decía, una siniestra celebridad.

Independientemente de lo que cada cual piense de sus obras y de la disparidad de sus posiciones ideológicas, no hay dudas de que los tres escritores de mayor notoriedad que ha producido la literatura cubana en los últimos veinte años son Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura y Zoé Valdés.

¿Qué tienen en común estos tres autores tan diferentes que los puede haber catapultado a un estatus de celebridad indiscutible? Más allá de haber padecido el crecer casi a la par de la revolución cubana (aunque Pedro Juan en su infancia sorbió un poquito del ancien régime), los tres han narrado aspectos de la realidad cubana, en forma realista, que han mostrado mundos o submundos desconocidos hasta ese momento en la literatura cubana. Los une principalmente la Trilogía Sucia de La Habana, de Gutiérrez, las cuatro novelas de Mario Conde, empezando por Pasado perfecto, de Padura y La nada cotidiana, de Valdés. No importa que esta última haya sido publicada en el extranjero, porque revela una realidad a la cual la autora estaba muy cercana en aquel momento.

En un país en el cual los medios de información están estrictamente controlados por el gobierno y en el cual la cultura, aún hoy en día se mantiene como el último bastión de defensa de la ideología una vez dominante, la literatura, sin quererlo, o queriéndolo, informa. La narrativa principalmente, es una de las fuentes alternativas de información que tienen quienes quieren asomarse a la realidad cubana. Escribir con cierta audacia y originalidad sobre esa realidad (a pesar de que Padura lo hace de forma extremadamente calculada) eleva al autor a niveles que quizá sus méritos literarios solamente no lo harían (y esto no es un comentario sobre la calidad literaria de estos narradores). Esto es mayormente valorado en el extranjero, donde están las grandes editoriales, los premios y el dinero.

A muchos escritores y artistas cubanos les gusta quejarse de que donde quiera que van lo primero que les preguntan es sobre política. Dicen que quisieran ser como los americanos o los ingleses, a quienes solo se les pregunta sobre su obra. Esto ha saltado a relucir nuevamente en el artículo que recientemente publicó Jon Lee Anderson en The New Yorker , mayormente centrado en Padura (“Letter from Havana: Private Eyes”, edición de octubre 21, 2013), quien menciona un trabajo anterior de Padura, bastante conocido, en el que dice que quisiera ser Paul Auster.

Lo cierto es que, salvando el océano literario que los separa, es posible que Auster sienta envidia por el protagonismo de Padura y que este último, a quien a pesar de su excelente novela El hombre que amaba a los perros, lo quieren encasillar como escritor de género por sus policiales anteriores, si no escribiera sobre Cuba no fuera otra cosa que un escritor más de novelitas policiales. Su obra estaría muy por debajo de, por ejemplo, el islandés Indridadsun quien con su obra sí logra trascender los reducidos límites de su pequeña isla en la cual se desarrollan sus temas.

Recuerdo que debió haber sido en 1993, que me llegó una revista UNION o La Gaceta de Cuba, de esas que me enviaban por intercambio por mi revista Término, para entonces ya difunta por mano propia muchos años atrás, y al abrirla en la sección de narrativa me tropecé con un cuento que me pareció excelente y que con lenguaje mordaz y desenfadado mostraba una realidad cubana que solo conocía de oídas. Estaba firmado por Zoé Valdés, de quien en aquel momento no tenía ninguna información. Este relato, en el cual había un jineteo en una playa entre un extranjero y una pareja, de un erotismo inusual en lo que me llegaba de Cuba, me lanzó a buscar otras cosas de la autora (solo encontré algunos poemas en una antología del premio Roque Dalton). Años después me tropecé con el relato en Traficantes de belleza, se titulaba “Traficante de marfil, melones rojos”. Al leerlo en este libro, me pareció que había sufrido cambios y no me impresionó de igual manera. Es posible que yo hubiera cambiado y ya conocía a Zoé Valdés y a otras obras suyas. Lo cierto es que es innegable que la inmediatez que comunicaba la primera vez que lo leía, le daba un valor adicional.

Quejarse de que se les pregunte sobre política y no sobre literatura es una hipocresía de los narradores cubanos que lo hacen. El efecto de ese fenómeno que controla el país desde 1959 es inevitable y hay que aceptarlo sin resignación, más bien enfrentarlo. Cada cual debe decir su verdad, porque en realidad, es una oportunidad que se les ofrece y de la cual no debieran rehuir. La narrativa realista, en todos los contextos, informa y esa información que ofrece en muchos casos realza el valor del escritor (tanto, que hoy en día, los críticos neomarxistas como George Scialabba, en un país como los Estados Unidos, quieren ensalzar a Gore Vidal como el Gran Novelista Americano, por ser el “cronista del imperio”), en Cuba esto se multiplica por su excepcionalidad.

El fantasma agotado del proyecto castrista todavía nos apresa en su sombra, pero bienvenido sea el reto. No hay que ser escritor realista para aceptarlo. Todos, desde los que escriben ciencia ficción, literatura infantil, poesía de género y hasta literatura onírica, tienen en este caso una responsabilidad social nada agradable. Demasiados la rehúyen.

Debo añadir que aquella noche durante la charla de Cabrera Infante, tras decir lo que arriba cito, osé pedirle que explicara la complejamente nefasta manera por la cual el proceso revolucionario, a pesar de sí mismo, le había servido de plataforma para integrar el boom latinoamericano. No sé si no me supe explicar  o que por aún tener la arena en los zapatos me expresé involuntariamente mal, o no era el lugar adecuado para hacer esta interpelación, pero Cabrera Infante se insultó con mi pregunta y su respuesta no respondió a mi cuestionamiento, sino que se extendió relatar a su historial como opositor del gobierno cubano y el precio que había pagado por ello, cosa de la cual yo estaba al tanto. El desplante que sufrí en mi primer encuentro con un autor cuyos libros había devorado arriesgando mi pellejo y dedicando una inmensa cantidad de tiempo por tantos años en Cuba, venciendo todo tipo de obstáculos, no mermó en absoluto mi admiración por su obra y por su trayectoria personal. El peso de la revolución no es fácil de llevar en los hombros de un escritor.

 
Roberto Madrigal

Thursday, October 17, 2013

Otro texto sobre cine



Mientras demócratas y republicanos se reparten martinis para celebrar su éxito por habernos salvado, tras penosas negociaciones, del precipicio político y fiscal al cual ellos mismos nos empujaron, nada mejor que buscar otros temas para divagar con curiosidad serena. Aquí incluyo otra entrega del texto sobre cine que tiene en preparación mi amigo Jesús Suárez a quien ya introduje en una nota anterior en este mismo blog. Este fragmento se centra en el director japonés Takashi Miike y su resurrección del género samuari. Para leer el texto pinche aquí: (http://archdil1.blogspot.com/2013/10/los-generos-el-cine-de-samurais.html)

Roberto Madrigal

Thursday, October 10, 2013

Un premio merecido, una decisión salomónica



No hay premio justo. Siempre queda afuera alguien cuyos méritos son similares, y en opinión de muchos, superiores a los de quien lo gana. Lo más que se puede decir de un premio es sobre su merecimiento o desmerecimiento. Pienso que este año el premio Nobel de literatura concedido a la narradora canadiense Alice Munro es un premio merecido y su concesión ha sido sabia.

Tras el escándalo que se armó cuando el año pasado el premio se le otorgó al novelista chino Mo Yan, la academia sueca ha optado, al menos esta vez, por alejarse de los escritores proclives al protagonismo.  Han premiado a una escritora de la cotidianidad, una mujer callada y sencilla cuyos temas se centran en los dramas existenciales de la gente común que habitan en sitios provincianos, como el condado Hurón, o en ciudades remotas como Vancouver. Una narradora pura, que domina la concisión y la síntesis, con una prosa limpia y directa, pero llena de sutilezas lingüísticas. Han decidido de paso premiar a un país remoto en el imaginario del resto del mundo, una nación silenciosamente dividida y cuya población anglófona padece de un problema de identidad y es comúnmente confundida con sus vecinos del sur. Para muchos un canadiense y un americano son indistinguibles, o un canadiense no es más que un americano que pasa frio y juega hockey.

A pesar de que Canadá ha recibido más de una docena de premios Nobel en diversas categorías, esta es la primera vez que se le concede el premio de literatura. Técnicamente es la segunda, pues Saul Bellow, quien lo ganó en 1976, nació en Montreal, pero fue concebido en San Petesburgo (sus padres llegaron a la provincia de Québec cuando su madre ya tenía siete meses de embarazo) y se mudó a los Estados Unidos a los ocho años. Además, su literatura se inserta de lleno en el panorama de la literatura americana. Munro, sin embargo, pertenece a una tradición literaria que incluye, para solamente citar a algunos, a Robertson Davies (Fifth Business), Margaret Atwood (Survival), Mordecai Richler (The Apprenticeship of Duddy Kravitz) y Lawrence Hill (The Book of Negros), así como al poeta y novelista Leonard Cohen, que es más conocido mundialmente por su música. De todos modos, ese asunto de las nacionalidades se vuelve un poco borroso en estos tiempos.

Es también la primera vez que la academia sueca premia a ese imprescindible pero marginado género que es el cuento (aunque a mi juicio lo mejor de la obra de Hemingway son sus cuentos y sus novelas cortas), porque Alice Munro es primeramente una cuentista que tiene algunas obras que pudieran considerarse novelas cortas por su enlace temático. Con esto, rinden un homenaje tardío e implícito a dos grandes cuentistas que nunca fueron premiados (aunque sí nominados) como Antón Chéjov y Sherwood Anderson, a quienes el estilo y la temática de Munro se asemeja mucho (a pesar de que en sus entrevistas cita como influencias a Eudora Welty y a Katherine Anne Porter).

El Nobel es un premio conservador. Inicialmente se le otorgaba exclusivamente a escritores “idealistas” según la definición que dejó en su legado Alfred Nobel, por lo cual Tolstoi (que era un hombre idealista pero no un escritor idealista), Chéjov y Joyce quedaron eliminados. Con la erosión del tiempo y el devenir histórico, el premio se ha abierto a otras tendencias. Tiene una larga historia de injusticias o de premios inmerecidos y la lista de autores merecedores del mismo que han sido relegados, es tan o más larga que las de los ganadores. Por su conservadurismo, es casi imposible que se decidan algún día a concedérselo a escritores que considero merecedores del mismo como Bob Dylan y Victor Erofeiev. Este mismo año se puede discutir hasta la saciedad si no se lo merecían más autores como Milan Kundera, Phillip Roth, Joyce Carol Oates y Cees Noteboom, cuyos nombres se barajan con frecuencia (por suerte evitaron, al menos por ahora,  dárselo a Haruki Murakami, ese oprobio de la literatura global que es del gusto de muchos), pero Alice Munro se lo merece tanto como los anteriormente mencionados.

Nacida en Wingham, provincia de Ontario, en 1931, tras publicar su primer cuento en 1950, abandonó sus estudios de literatura inglesa en la universidad de Western Ontario, al año siguiente, para casarse y dedicarse a ser ama de casa. En 1963 se mudó a Victoria, en la costa del Pacífico, donde junto a su esposo abrió la librería Munro Books, que aún funciona en otras manos. En 1968 publicó su primera colección de cuentos, Dance of the Happy Shades, con la cual recibió el premio del Gobernador. Se divorció de James Munro en 1972 y escribió cuentos para Radio Canadá. Cuatro años más tarde se casó con Gerald Fremlin, geógrafo de profesión, y se mudó para una granja en Clinton, Ontario, de cuyos alrededores se ha nutrido gran parte de su obra.  Ha acumulado prestigiosos premios a lo largo de los años, entre ellos el británico WH Smith por su obra Open Secrets en 1995, el PEN/Malamud por su excelencia en la cuentistica en 1997, el National Book Critics Circle por su colección de cuentos The Love of a Good Woman en 1998, el O. Henry por su consistente obra cuentistica en sus publicaciones estadounidenses en 2008 y  el Man Booker Internacional que concede el Reino Unido en 2009. Sus obras comenzaron a publicarse en castellano en 1982, siendo la más reciente Demasiada felicidad, publicada en 2009 por la editorial Lumen.

Su obra ha sido también llevada al cine y la televisión, siendo la más destacada Away from Her (2006), ganadora de varios premios y que le valió, en 2008, nominaciones al Oscar por mejor actuación estelar femenina a Julie Christie  y a su directora Sarah Polley por el mejor guión adaptado. La película, un excelente drama sobre una mujer que sufre un prematuro Alzheimer, se basó en su cuento The Bear Came Over the Mountain.

Alice Munro es una narradora extraordinaria, cuya temática se desarrolla en sitios provincianos y muy específicos, pero que enfrenta los terrores del ser humano ante la cotidianidad, la muerte, la pérdida y la realización de los sueños, que la hace una obra de trascendencia universal.

Roberto Madrigal

Thursday, October 3, 2013

El chino Reglo


 

Conocer a Reglo Guerrero es el privilegio de unos pocos. Sin embargo, es una gran pena que no se conozca más acerca de él. Su historia puede leerse como una cartografía del terror que ha envuelto a la isla todos estos años. Es una historia que espero algún día se decida a revelar en detalle.

Con la misma devoción e intensidad con la cual se inició en el sacerdocio y la vida monástica, que abandonó rápidamente, en 1959 se sumergió en los sucesos políticos del momento. Empezó a escribir en 1962, alentado por José Lezama Lima, Allen Ginsberg y Pepe Hernández Artigas. Cayó preso por razones políticas entre 1965 y 1967. Decidió dejar de escribir y se dedicó a la pintura y al grabado a partir de 1967. Fue discípulo de Raúl Martínez, Servando Cabrera, Antonia Eiriz y Fonticiella. Formó parte del grupo Taller de la Catedral y exhibió su obra, en Cuba y en el extranjero, en varias exposiciones de grupo.
Mientras estudiaba Historia del Arte y Lenguas Clásicas, fue ilustrador del diario Granma, de la revista Bohemia y del Instituto del Libro hasta 1972, cuando fue expulsado de la Unión de Periodistas Cubanos. Se decidió entonces por el silencio y el trabajo artístico para si mismo. Un día se cansó y cuando le llegó la oportunidad trepó las cercas de la embajada de  Perú y se asiló junto a otros miles de sus compatriotas.

Desde 1980 vive, con su esposa y cuatro hijas, en un pequeño pueblo cercano a Toronto. Hace un año decidió volver a escribir y pintar, hasta entonces, se mantuvo como un duende tropical agazapado en medio de la estepa canadiense.

Aquí les muestro una avanzada de lo que está haciendo, reinterpretaciones y meditaciones sobre fábulas conocidas. Para leer la primera pinche aquí: (http://archdil1.blogspot.com/2013/10/fabula-de-la-tortuga.html)

 
Roberto Madrigal

Thursday, September 26, 2013

La quijada de asno


 
Tras la publicación de Sobre los pasos del cronista, premio UNEAC de ensayo en el 2009 y de Buscando a Caín, editado por las Ediciones ICAIC en 2012, Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco continúan su carrera de exhumadores de cadáveres culturales, de los muertos literariamente asesinados por el castrismo, con su obra Hablar de Guillermo Rosales, dedicada a la breve vida y obra del narrador cubano.

Este texto, según las fechas que se mencionan en el mismo, viene elaborándose al menos desde el año 2008, casi en forma paralela al desarrollo de los otros libros anteriormente mencionados. La edición de este libro presenta un nuevo giro en el andar de estos rescates culturales, aunque concebido y escrito en La Habana, el libro es publicado por la editorial miamense Silueta, a cargo del escritor exilado Rodolfo Martínez Sotomayor. No sé qué sucedió entre la publicación de sus libros anteriores y la manufacturación de este proyecto que motivó a los autores a buscar una edición estadounidense. Después de todo, hasta donde tengo noticia, Velazco es el jefe de redacción de la revista Unión y supongo, aunque no se ha dicho, que esta decisión tuvo que ser consultada con el alto mando de la cultura cubana, principalmente con Miguel Barnet y Abel Prieto.

Los textos sobre Cabrera Infante, por su condición de haber sido publicados en Cuba con el objetivo de reivindicar al menos una parte de la historia de la controversial figura del gran escritor cubano, provocaron una reacción visceral en muchos escritores exilados. Personalmente escribí al respecto, sobre el segundo libro, en este blog bajo el título de Un texto imprescindible, una omisión imperdonable, publicado el 26 de junio de este año, que Sobre los pasos del cronista reunía “una gran cantidad de información que hasta ese momento se encontraba dispersa o inédita…en su conjunto arroja mucha información sobre las guerras culturales que se llevaron a cabo en la década del cincuenta y hasta mediados de la década del sesenta”. Pero le señale una omisión imperdonable, que “Al libro lo recorre el hecho de que Caín y Cabrera Infante fueron una ausencia criminal en la cultura cubana de este medio siglo, pero nadie se atreve a decir con precisión a que se debió. No hay mención ni consideración sobre la política cultural del gobierno ni sobre lo orgánico que esta censura resultaba al proyecto”. Como el libro fue publicado en Cuba, supuse que eso era parte de lo pactado para autorizar su publicación.

El pequeño libro sobre Rosales, por el contrario, viene precedido de una caravana de artículos elogiosos de escritores de calidad, generación y visión ideológica tan variada como son Uva de Aragón, Daniel Fernández, Reina María Rodríguez y Matías Montes Huidobro. Este último lo califica de “hipnótico y fascinante” y aunque siento el mayor respeto por la figura literaria y la persona de Montes Huidobro, con quien tuve la suerte de compartir mesa en la feria del libro de Miami durante el lanzamiento de mi novela y de una obra suya, me parece que en este caso su entusiasmo, en el artículo que publicó en Cubaencuentro,  peca, por lo menos, de propagandístico y de tener un gran conflicto de interés, ya que él fue quien escribió el texto de la contraportada.

Es hasta cierto punto lógico exaltarse con la publicación de una obra sobre alguien que, como llaman Mirabal y Velazco en su libro, pertenece a “un canon alternativo de la literatura cubana”. A la larga, más allá de los propósitos y despropósitos de sus autores los libros se convierten en entidades independientes cuyo alcance sus creadores no controlan. Pero una vez que terminé de leer este libro, no comparto el entusiasmo de los arriba citados.

El libro, en su conjunto, es bastante mediocre y está lleno de defectos. A pesar de la brevedad de la vida y de la obra de su sujeto, de quien se ha escrito relativamente bastante, no aportan casi nada nuevo.

Desde el punto de vista biográfico es obvio que poco saben de Rosales. El libro se concentra mayormente en su etapa en la revista Mella, ese órgano de la extrema militancia y del talibanismo cubano de la década de los sesenta. Un periódico que fue un azote de la juventud “diferente” y que se dedicaba a vender a los jóvenes los nuevos valores revolucionarios. Pero inclusive aquí no hay una buena indagación. Toman su nota de presentación, que rezaba “solo cuenta con 16 años. Llegó un día a MELLA, sin más presentación que un interés desbordado por el periodismo”. El problema es que a Mella no se llegaba así como así y es muy probable que haya entrado a esa revista gracias a la relación entre Isidro Rosales, su padre, y Carlos Quintela, entonces director de la publicación, quienes fueron antiguos militantes del partido y la juventud socialista antes de 1959. Tampoco indaga, una vez que salió de Mella, cómo se hizo posible su deambular y qué razones lo desaparecieron del mapa, hasta de la cartografía de sus amigos. Los datos que ofrecen son superficiales y conocidos para todos aquellos que tienen una idea de quien fue Guillermo Rosales y que no iluminan mucho a quienes no lo conocieron. Tampoco entran a analizar las cuestiones políticas que lo llevaron al exilio y en la página 51 dicen que “se fue de repente”, según los autores, su problema en Cuba parece ser de índole personal.

Sospechosamente, como hizo Velazco en un artículo que publicó para la revista que dirige sobre Esteban Luis Cárdenas, otro escritor marginado y reprimido, las presiones sociales, se acentúan en el exilio. Hacen hincapié en el ninguneo y en el rechazo que la sociedad cubana de Miami le hizo a Rosales. Lo cual es verdad hasta cierto punto, pero hay que destacar que mientras en Cuba solamente publicaba algunos cuentos en semanarios y tras presentar su novela Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección (publicada tras su muerte bajo el título de El juego de la viola), se le concedía una recomendación para que su obra fuera publicada, lo que nunca sucedió, en el exilio ganó el premio Letras de Oro con su novela Boarding Home, que luego ha sido traducida al inglés, al francés y al hebreo, y que sobre su obra se ha escrito bastante, entre ello trabajos de Ivette Leiva, Ernesto Hernández Busto y una tesis doctoral de Isabel Ibarra y Rickley Marques, para citar solo algunos. Rosales era un escritor y un hombre difícil. Autodestructivo y contradictorio. Un hombre ajeno al protagonismo y dedicado a su obra, perteneciente a esa cada vez más escasa raza de escritores que no hacen concesiones. Molesto en cualquier contexto, pero no cabe duda de que las consecuencias de esa molestia se pagan más caro en Cuba que en ninguna otra parte y esto lo escamotean los autores.

El análisis literario, bastante exhaustivo, que hacen de sus obras sí es interesante, pero adolece del defecto de que no contextualiza su estilo, tanto periodístico como narrativo, con el de los otros jóvenes de su generación. Esto se evidencia como necesario a medida que uno avanza en el texto. Establecen su originalidad sin decir con respecto a qué. Dentro de ese análisis de su obra me parece que también traen por los pelos su comparación con One Flew Over the Cuckoo’s Nest, de Ken Kesey, aunque mencionan que “ha sido señalado por la crítica el parentesco”, sin citar a nadie en concreto.

Yo me fui de Cuba en 1980 y Rosales marchó antes. Hasta ese momento, nunca se encontró disponible en Cuba una versión española de la obra de Kesey y la película de Forman no se exhibió porque éste se había exilado. Si Rosales, cuyo inglés me consta era deficiente, se encontró con ese libro, fue ya en el exilio, más allá de su etapa de formación, y la película pudo haberla visto en un VHS gastado. Dudo mucho que hubiera tenido un contacto serio con esa obra. Sin embargo, los autores desconocen la influencia que sobre la generación de Rosales tuvo una película que se exhibió en la cinemateca, titulada Marat/Sade (1967) del director Peter Brook, que se convirtió en objeto de culto y llevó a muchos a la lectura casi clandestina de la obra teatral de Peter Weiss titulada La persecución y  asesinato de Jean Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade, que condujo a casi toda mi generación (y la de Rosales, que es casi la misma) a leer hasta el cansancio al Marqués de Sade, con cuya obra sí tiene muchos puntos en contacto Boarding Home.

Lo peor del libro son las entrevistas. Principalmente porque se limitan a entrevistar a figuras que han representado o representan la oficialidad cubana (Víctor Casaus, Félix Guerra, Eliseo Altunaga, Silvio Rodríguez) y el único que parece salirse del molde es Norberto Fuentes, porque vive aquí, pero cuya relación con Rosales se limita a la época de la militancia de ambos. No entrevista a nadie que haya conocido a Rosales durante su exilio, y hay muchos, como Manolito Casanova, Nicolás Lara, Orlando Alomá, Juan Abreu, José Abreu, Jesús Barquet y muchos otros, que se encuentran vivos y localizables. No sé si tuvieron que pedir permiso a las autoridades de allá para realizar las entrevistas, pero la visión es muy incompleta. Para colmo, dan la impresión de que Rosales era un esquizofrénico, de lo cual no estoy seguro, ya que por toda la evidencia que el propio libro presenta y de lo que conocí de resonancias de su personalidad, debe haber sido maníaco-depresivo, una enfermedad muy ligada a la creatividad. Permitirle a Norberto Fuentes, sin cuestionarlo, la fanfarronería de diagnosticar a Rosales como esquizofrénico porque tenía “alucinaciones”, característica de muchas psicosis y no definitoria de la esquizofrenia, peca de superficialidad y le hace un flaco favor a la imagen de Rosales.

El libro también ostenta falta de profesionalidad en el texto en cuanto a que apenas hay referencias y desde el punto de vista editorial no hay un índice ni una presentación. No se identifica con fichas, aunque sean mínimas, a los entrevistados, y aunque es cierto que todo el mundo conoce a Silvio, muy poca gente tiene idea de quiénes son Félix Guerra (oscuro personaje), Eliseo Altunaga e incluso Norberto Fuentes.

Esta obra descuidada y parcializada puede llegar a convertirse en el arma de Caín para asesinar al sujeto del trabajo o a los autores del libro. El tiempo dirá. De momento, parece que los próximos candidatos a la exhumación son Esteban Luis Cárdenas y Carlos Victoria.


Roberto Madrigal

Thursday, September 19, 2013

Un texto sobre cine

 
Mi amigo Jesús Suárez se ha destacado por ser un hombre de múltiples talentos. Ajedrecista competitivo a nivel internacional por muchos años, hoy en día ostenta el título de Arbitro Internacional. A pesar de ser graduado de Química, se ha desempeñado como periodista deportivo en diversos medios que van desde la revista Jaque Mate hasta El Nuevo Herald, en una trayectoria que ha pasado por la emisora Radio Rebelde y por diversas agencias de prensa como U.P.I, Reuters, Associated Press y Efe, en las cuales ha escrito y ha ocupado cargos de dirección editorial tanto en México como en los Estados Unidos.

En sus treinta años de exilio, además de cubrir y escribir sobre varios deportes, Suárez también se ha ocupado del mundo del cine y la literatura, de los cuales es un profundo conocedor. En este momento se encuentra elaborando un texto sobre cine en el cual, mediante ejemplos específicos y creando una codificación propia, analiza los diferentes géneros cinematográficos.

Para leer un fragmento de su proyecto en desarrollo, aún sin título pero cercano a su conclusión, pinche aquí (www.archdil1.blogspot.com), pues el fragmento aparece colgado en mi otro blog Archivo del diletante.  

 
Roberto Madrigal