El 18 de junio, el periódico 14ymedio.com publicó un excelente reportaje titulado “Crónica de
una operación por la izquierda en un hospital habanero”, firmado por Rosa
López. En la mejor tradición periodística, la autora se vuelve participante
clandestina de una cirugía ilegal de las que cada vez con más frecuencia se
llevan a cabo en La Habana.
Hace ya tiempo que se habla de estas operaciones y muchas
personas conocen de su existencia. Yo incluso sé de gente que ha intentado
someterse a algún proceso quirúrgico ilegal en Cuba. Lo novedoso de este
trabajo es que es el primer reportaje de primera mano que se publica al
respecto, al menos yo no conozco de ningún otro. El otro mérito periodístico
del informe es que no editorializa, pero lo que muestra es preocupante en
muchos sentidos.
Los cubanos se han acostumbrado a culpar, no sin razón, a
los Castro como los causantes de la degradación del tejido moral de la sociedad
cubana. Eso es cierto, pero no es toda la verdad. Esta culpabilidad explica,
pero no excusa el nivel de complicidad de una gran parte de los cubanos en las
dos orillas. Si no se asumen y se enfrentan esas responsabilidades, no puede
haber crecimiento ciudadano. La diseminación de la negligencia social no
permite crear una sociedad civil que se encamine a funcionar con madurez. En el
caso referido en este reportaje hay muchos elementos que se destacan por su
falta de consciencia personal.
En primer lugar se puede señalar al médico y al equipo de
enfermeras y asistentes asociados a la operación. La medicina y la salud pública
en general, son un asunto serio porque está en juego la vida de uno y de
quienes nos rodean. No es lo mismo cometer un error en un párrafo, en una
canción, en una receta de cocina o en una partida de ajedrez, que en una mesa
de operaciones.
Ese médico anónimo, y hay muchos otros como él, es de una
calaña deleznable. Es un hombre capaz de jugar con la vida de los demás sin el
menor de los remordimientos. Un médico que se presta a realizar este tipo de
operaciones no tiene justificación alguna. Un médico es alguien que ha recibido
una educación superior, tiene un nivel de información respecto a la salud que
muy pocos tienen y además tiene en sus manos las vidas ajenas. En el caso de
esta operación, el cirujano aceptó los informes médicos que trajo la paciente
de unos laboratorios de Bélgica que, como él no tiene forma de confirmarlo,
pueden ser los de una amiga de la paciente o hasta inventados. Eso demuestra lo
que le importa la vida ajena.
Por otra parte, realizar una cirugía sin un mínimo de
condiciones sanitarias y a riesgo de que si algo sale mal no hay una estructura
de apoyo (por lo ilegal de la operación) capaz de resolver algún problema de
urgencia, indica un desdeño total por el valor de la vida humana. Lo mismo se
aplica para el equipo que le asiste en la operación.
Si la justificación es el pobre salario que reciben los
médicos y las paupérrimas condiciones económicas del país, mejor que se dedique
a ser pinguero o, como alguien que conozco, que se convierta en taxista de
jineteras. Va a ganar lo mismo, no juega con la vida de nadie y corre,
supuestamente, el mismo riesgo de caer preso. Además, hay otras opciones, si no
puede irse del país, pues que se involucre en el mercado negro de lo que sea
para compensar su bajo sueldo, o que muerda su realidad, pero que no juegue con
la vida de los demás.
Por otra parte está la paciente. En este caso “Natacha”
ha llegado de Bruselas para hacerse una cirugía estética, concretamente un
implante de senos. Sabe que esta operación no va a tener registro y si necesita
seguimiento a su regreso a Bélgica, los médicos no tendrán información
suficiente para tratarla adecuadamente. Lo hace porque en Cuba le cuesta
solamente 500 CUC, en contra de unos 3,000 o 7,000 dólares en su país de
residencia. Claro, habría que añadir el costo del pasaje y de los regalitos que
tiene que llevarle al equipo asistente, además del riesgo. Esta mujer tiene dos
niños y reconoce con miedo que: “Está nerviosa. ‘Lo malo de esto es que si me
pasa algo, mi familia de allá se enterará días después’”. Irresponsable es lo
primero que me viene a la mente, para no seguir con otras ideas. O sea, que por
una cirugía electiva y no necesaria, “Natacha” se juega la vida sin importarle
que puede dejar a sus hijos huérfanos con tal de ahorrarse un dinero. Lo peor
de todo es que hay muchas Natachas del lado de acá.
Por supuesto, los cubanos no tienen la patente de la
irresponsabilidad y la negligencia social, pero el hecho de que ocurra en otras
partes no justifica que ocurra en Cuba ni que los emigrados sean parte de la
componenda.
La participación de tantas personas, entre médicos,
enfermeras, asistentes, camilleros y parientes de la paciente, me lleva a
pensar que de esto están muy al tanto las autoridades hospitalarias, quienes se
hacen de la vista gorda, probablemente tanto por ganancia personal, ya que
pueden ser fácilmente sobornables, como (y esto me lleva de nuevo a los Castro)
por un permiso oficial tan difícil de probar como la historia médica de “Natacha”.
No me cabe la menor duda que los líderes más altos están
al tanto de la situación, pero la bendicen en silencio porque les resulta una
fuente de ingresos, ya que de esa manera siguen entrando dólares y euros al
país que luego, en su constante circulación, terminan en sus manos. No me sorprendería
un plan macabro detrás de todo esto. Quizá no haya sido su idea originalmente,
pero una vez informados del asunto, le dieron su giro para beneficiarse de
ello. Esa claque ha demostrado, ya por mucho tiempo, su desprecio total por el bienestar
económico, social y cultural del prójimo.
Seis décadas de totalitarismo y miseria económica dejan
su huella en la mentalidad de un pueblo, infantilismo social podría ser el
diagnóstico, pero los cubanos deben madurar y sin dejar de reconocer quienes
son los máximos culpables, asumir sus responsabilidades y sus complicidades con
el sistema que los ha puesto en esa situación. Al terminar de leer el artículo
no supe quién me repugnaba más, si los Castro, sus secuaces, el médico, sus
asistentes o “Natacha”.
Roberto Madrigal