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Thursday, June 19, 2014

La distribución de la negligencia social en Cuba



El 18 de junio, el periódico 14ymedio.com publicó un excelente reportaje titulado “Crónica de una operación por la izquierda en un hospital habanero”, firmado por Rosa López. En la mejor tradición periodística, la autora se vuelve participante clandestina de una cirugía ilegal de las que cada vez con más frecuencia se llevan a cabo en La Habana.
Hace ya tiempo que se habla de estas operaciones y muchas personas conocen de su existencia. Yo incluso sé de gente que ha intentado someterse a algún proceso quirúrgico ilegal en Cuba. Lo novedoso de este trabajo es que es el primer reportaje de primera mano que se publica al respecto, al menos yo no conozco de ningún otro. El otro mérito periodístico del informe es que no editorializa, pero lo que muestra es preocupante en muchos sentidos.
Los cubanos se han acostumbrado a culpar, no sin razón, a los Castro como los causantes de la degradación del tejido moral de la sociedad cubana. Eso es cierto, pero no es toda la verdad. Esta culpabilidad explica, pero no excusa el nivel de complicidad de una gran parte de los cubanos en las dos orillas. Si no se asumen y se enfrentan esas responsabilidades, no puede haber crecimiento ciudadano. La diseminación de la negligencia social no permite crear una sociedad civil que se encamine a funcionar con madurez. En el caso referido en este reportaje hay muchos elementos que se destacan por su falta de consciencia personal.
En primer lugar se puede señalar al médico y al equipo de enfermeras y asistentes asociados a la operación. La medicina y la salud pública en general, son un asunto serio porque está en juego la vida de uno y de quienes nos rodean. No es lo mismo cometer un error en un párrafo, en una canción, en una receta de cocina o en una partida de ajedrez, que en una mesa de operaciones.
Ese médico anónimo, y hay muchos otros como él, es de una calaña deleznable. Es un hombre capaz de jugar con la vida de los demás sin el menor de los remordimientos. Un médico que se presta a realizar este tipo de operaciones no tiene justificación alguna. Un médico es alguien que ha recibido una educación superior, tiene un nivel de información respecto a la salud que muy pocos tienen y además tiene en sus manos las vidas ajenas. En el caso de esta operación, el cirujano aceptó los informes médicos que trajo la paciente de unos laboratorios de Bélgica que, como él no tiene forma de confirmarlo, pueden ser los de una amiga de la paciente o hasta inventados. Eso demuestra lo que le importa la vida ajena.
Por otra parte, realizar una cirugía sin un mínimo de condiciones sanitarias y a riesgo de que si algo sale mal no hay una estructura de apoyo (por lo ilegal de la operación) capaz de resolver algún problema de urgencia, indica un desdeño total por el valor de la vida humana. Lo mismo se aplica para el equipo que le asiste en la operación.
Si la justificación es el pobre salario que reciben los médicos y las paupérrimas condiciones económicas del país, mejor que se dedique a ser pinguero o, como alguien que conozco, que se convierta en taxista de jineteras. Va a ganar lo mismo, no juega con la vida de nadie y corre, supuestamente, el mismo riesgo de caer preso. Además, hay otras opciones, si no puede irse del país, pues que se involucre en el mercado negro de lo que sea para compensar su bajo sueldo, o que muerda su realidad, pero que no juegue con la vida de los demás.
Por otra parte está la paciente. En este caso “Natacha” ha llegado de Bruselas para hacerse una cirugía estética, concretamente un implante de senos. Sabe que esta operación no va a tener registro y si necesita seguimiento a su regreso a Bélgica, los médicos no tendrán información suficiente para tratarla adecuadamente. Lo hace porque en Cuba le cuesta solamente 500 CUC, en contra de unos 3,000 o 7,000 dólares en su país de residencia. Claro, habría que añadir el costo del pasaje y de los regalitos que tiene que llevarle al equipo asistente, además del riesgo. Esta mujer tiene dos niños y reconoce con miedo que: “Está nerviosa. ‘Lo malo de esto es que si me pasa algo, mi familia de allá se enterará días después’”. Irresponsable es lo primero que me viene a la mente, para no seguir con otras ideas. O sea, que por una cirugía electiva y no necesaria, “Natacha” se juega la vida sin importarle que puede dejar a sus hijos huérfanos con tal de ahorrarse un dinero. Lo peor de todo es que hay muchas Natachas del lado de acá.
Por supuesto, los cubanos no tienen la patente de la irresponsabilidad y la negligencia social, pero el hecho de que ocurra en otras partes no justifica que ocurra en Cuba ni que los emigrados sean parte de la componenda.
La participación de tantas personas, entre médicos, enfermeras, asistentes, camilleros y parientes de la paciente, me lleva a pensar que de esto están muy al tanto las autoridades hospitalarias, quienes se hacen de la vista gorda, probablemente tanto por ganancia personal, ya que pueden ser fácilmente sobornables, como (y esto me lleva de nuevo a los Castro) por un permiso oficial tan difícil de probar como la historia médica de “Natacha”.
No me cabe la menor duda que los líderes más altos están al tanto de la situación, pero la bendicen en silencio porque les resulta una fuente de ingresos, ya que de esa manera siguen entrando dólares y euros al país que luego, en su constante circulación, terminan en sus manos. No me sorprendería un plan macabro detrás de todo esto. Quizá no haya sido su idea originalmente, pero una vez informados del asunto, le dieron su giro para beneficiarse de ello. Esa claque ha demostrado, ya por mucho tiempo, su desprecio total por el bienestar económico, social y cultural del prójimo.
Seis décadas de totalitarismo y miseria económica dejan su huella en la mentalidad de un pueblo, infantilismo social podría ser el diagnóstico, pero los cubanos deben madurar y sin dejar de reconocer quienes son los máximos culpables, asumir sus responsabilidades y sus complicidades con el sistema que los ha puesto en esa situación. Al terminar de leer el artículo no supe quién me repugnaba más, si los Castro, sus secuaces, el médico, sus asistentes o “Natacha”.


Roberto Madrigal

Tuesday, June 10, 2014

Disputándose la memoria del horror


Los sitios del horror como destino turístico, la memoria histórica como objeto de lucro y la persistencia del fantasma del totalitarismo son algunos de los temas que el escritor checo Jachym Topol aborda en su novela The Devil’s Workshop, que le valiera el premio literario Jaroslav Seifert, el más importante que se concede en la república Checa, en el 2010.

El relato comienza en Terezín, la ciudadela construida por la monarquía de los Habsburgos en 1780, que tras la caída del Imperio Austro-Húngaro pasó a formar parte de la recientemente creada Checoslovaquia y que durante la Segunda Guerra Mundial fue convertida en ghetto y campo de concentración de antesala a Auschwitz, sitio que a partir de ahí ganó una reputación infame y su nombre se convirtió en uno de los sinónimos del Holocausto. Aquí, un grupo de sobrevivientes de la guerra, cansados de ser los celosos guardianes de las ruinas de las fortalezas que dieron origen al pueblo, y frustrados porque el único interés que parece tener el lugar es como punto de llegada de quienes fueron enviados a la muerte pero de alguna manera escaparon y que vienen a Terezín a buscar fragmentos de las masacres para lavar su sentimiento de culpa y cambiar el sentido de sus recuerdos, deciden convertir el pueblo en un centro de atracción turística en el cual se darán charlas, se venderán souvenirs y se harán presentaciones sobre el horror allí ocurrido pero de manera atractiva y didáctica para los visitantes.

La empresa crece tanto que finalmente, el gobierno checo de este siglo decide aplanar todas las edificaciones y los mercados que este grupo ha establecido, mientras que los usureros del holocausto terminan escapando a otras tierras o hechos prisioneros.

La novela está narrada por un personaje cuyo nombre nunca se menciona y quien parece tener cierto retraso mental. Un hombre que mató a su padre accidentalmente durante una discusión y que pasó muchos años en la cárcel, y al salir de ella se enteró que el gobierno comunista había desaparecido. Bajo la guía de Uncle Lebo, se convierte en un empresario exitoso y termina ganando fama internacional, aunque la única vez que salió de Terezín fue en un breve viaje a Praga. Este cuenta los hechos con el lenguaje simple de un tarado mental y siempre con el ojo del asombro.

Cuando el gobierno manda a cerrar el centro turístico y está a punto de ser apresado, lo salva Alex, un bielorruso que vino de visita al pueblo, y se lo lleva clandestinamente porque dice necesitarlo para un proyecto importante. Confundido llega a Bielorrusia, en donde tras un viaje laberíntico, descubre el objetivo de su misión, crear un centro similar en Khatyn, un pequeño pueblo en el cual el 22 de marzo de 1943, tropas nazis compuestas casi en su totalidad por colaboradores ucranianos, desertores del ejército soviético, criminales y prisioneros de guerra, masacraron a sus 149 residentes, entre ellos 75 niños. Aquí se desarrolla la segunda parte de esta corta novela.

El gobierno bielorruso escoge Khatyn para restar protagonismo a la cercana Katyn, aldea polaca en la cual bajo las órdenes de Beria fueron asesinados unos 22,000 oficiales polacos (la masacre fue recientemente llevada al cine por Andrzej Wajda) y que por muchos años se hizo creer que los asesinos eran los nazis. De nuevo el narrador se ve envuelto en toda una serie de intrigas, persecuciones y hechos violentos que son manipuladas por las autoridades, pero que el lector se va dando cuenta a la par que el narrador.

La primera parte de la novela está relatada con mucho sarcasmo y un excelente humor negro. En la segunda parte, aunque no pierde para nada su ritmo narrativo, se vuelve sombría y lo macabro envuelve tono y trama.

Jachym Topol (Praga, 1962), es uno de los más importantes escritores checos de la actualidad. Hijo de un poeta y dramaturgo disidente, desde muy joven se involucró con el desarrollo de los samizdat y fundó revistas literarias clandestinas. Por sus actividades y por las posiciones de su padre, no se le permitió acceso a la universidad y guardó prisión varias veces. Fue después firmante de la Carta de los 77 y ayudó a escapar a muchos luchadores polacos del movimiento Solidaridad. Ha publicado seis novelas, dos libros de cuentos y otro de poesía. Ha escrito dos guiones para el cine y una obra de teatro.

The Devil’s Workshop fue escrita en el 2009 y traducida al inglés en el 2013 por Alex Zucker, un galardonado traductor que hace un trabajo extraordinario con esta obra. No existe todavía una traducción al español.

Basándose en hechos reales, Topol combina magistralmente realidad y ficción en lo que resulta el descarnado testimonio de un imbécil, que le añade un toque siniestro a esta disputa oportunista por alcanzar el liderazgo en el protagonismo de la memoria del horror en la historia de la segunda mitad del siglo veinte. Un horror que parece superado pero que todavía persiste en sociedades que han perdido el sentido de su ubicación histórica y geográfica. Una Europa Central que parece mirar al Este con temor y que se esfuerza por pertenecer a toda costa al Oeste, con una reverencia ciega, instigada por la experiencia de la barbarie reciente.

 

The Devil’s Workshop. Autor: Jachym Topol. Traducción: Alex Zucker. Portobello Books, Londres, 2013. 166 páginas

 

Roberto Madrigal

Sunday, June 1, 2014

Un asunto de posicionamiento


En 1984 publiqué un artículo en The Cincinnati Enquirer en el cual expresaba mi opinión de que el embargo (¿bloqueo?) me parecía una medida política que había demostrado ser completamente inútil y que tras casi un cuarto de siglo (entonces) no había logrado ninguno de sus objetivos. El pueblo cubano seguía hambriento y aislado y los gobernantes y sus secuaces continuaban dándose la gran vida mientras abusaban de su poder absoluto con absoluta impunidad.

Recibí varias llamadas, mayormente de académicos interesados en invitarme a almorzar para discutir el tema, pero entre ellas estaba la de un reverendo de una iglesia episcopal que se encargaba de dirigir misiones humanitarias para llevar comida y medicinas al pueblo cubano y que se mostraba sorprendido de que un cubano exilado se opusiera al bloqueo (así lo llamó).
 
El buen pastor me invitó a que me presentara ante sus feligreses para que les expusiera mis ideas en un conversatorio. Acepté la invitación con gusto pero le advertí que antes de lanzarse a esa aventura estuviera claro que yo no pensaba que el levantamiento del bloqueo iba a beneficiar al pueblo cubano. Estos seguirían en las mismas, lo único que se demostraría era que la medida le había servido como excusa al castrismo para justificar su inhabilidad administrativa, su nivel de corrupción y para mantener al pueblo aterrorizado en un alerta permanente contra el enemigo que los ahogaba.  Añadí que Castro sería el primero en oponerse al levantamiento de la medida. Nunca más recibí noticias del pastor ni se me invitó a conversar con sus fieles.

Solamente llevaba cuatro años en Estados Unidos. Mi opinión sobre el embargo se había forjado en base a ese engañoso prisma que distorsiona la realidad y que se conoce como experiencia personal. En 1964, para aliviar la situación del transporte, ya que las guaguas pre-castristas se iban deteriorando y por la falta de piezas de repuesto (debido al bloqueo) muchas no funcionaban, comenzaron a llegar a Cuba unas guaguas de marca Karocsa, de fabricación checa, que amenazaron con borrar de la faz de la tierra a la población habanera.  Fueron mucho más dañinas que la Crisis de Octubre.

Las Karocsas tenían un grave defecto en los frenos y los accidentes con muertos sucedían a diario. Yo mismo fui víctima de uno de ellos cuando la Karocsa repleta en que viajaba rumbo a la secundaria, al llegar a su última parada antes del puente de Almendares (justo en la esquina de la que fuera la casa del exministro de Educación del gobierno de Grau, José Manuel Alemán, ladrón como hubo pocos), perdió los frenos y el chofer tuvo que maniobrar, para evitar ser lanzado al río, y girar el vehículo de manera tal que se estrellara contra un semáforo. Lo logró y con ello me apachurró a mí, que me encontraba justamente en el punto de colisión. Todavía tengo una cicatriz en el muslo derecho que me recuerda el suceso.

La otra amenaza al pueblo cubano, casi peor que la seguridad el estado, fueron las llamadas “Violeteras”, antiguas empleadas domésticas que por un plan del gobierno y en un curso acelerado (casi tan acelerado como la velocidad a la que manejaban), se convirtieron en taxistas. Manejaban unos taxis colectivos llamados las “polaquitas” por el origen nacional de los automóviles, que tenían un promedio de tres accidentes y diez muertos diarios. Tan grave fue la cosa que el plan se suspendió a los tres meses de empezado.

El problema del transporte fue malamente resuelto (y aquí comienza a forjarse mi opinión sobre el bloqueo), no gracias a los amigos soviéticos ni de los otros países amigos, sino por el arribo de los vehículos procedentes del imperialismo inglés y del español, nefastos enemigos. El parche lo pusieron las guaguas Leyland y Pegaso, para nosotros entonces mensajeras de la modernidad automotriz.

Me di cuenta entonces de que el bloqueo era ineficaz porque básicamente era el bloqueo de un solo país, el resto del mundo seguía comerciando con Castro a pesar de que no pagaba sus deudas.  Más adelante, ya en los setenta, otra solución parcial e insuficiente al problema del transporte, fue la compra de Toyotas, Fords, Dodges y Chevys, fabricados en Argentina para convertirlos en taxis. O sea, subsidiarias de las grandes de Detroit, volvían a infiltrarse allá.

Por supuesto, las cosas han cambiado mucho desde entonces. Cuando aquello, a un amigo que le encontraron un billete de cinco dólares en el bolsillo le echaron cinco años de cárcel por traficar ilegalmente con divisas. Hoy en día el dólar circula libremente por la isla.

Otro de los efectos del bloqueo (¿embargo?) era el aislamiento del pueblo de su vecino natural, aunque con solo encender un radio soviético entraban decenas de emisoras americanas con mejor sonido y mejor música que las del país (anteriormente, en los sesenta y principios de los setenta, el DJ Clyde Clifford, desde Little Rock, Arkansas,  a través de la emisora de AM, KAAY, había involuntariamente penetrado las ondas radiales cubanas para delicia de los roqueros cubanos, que no se perdían una trasmisión de su Beaker Street). Eso se fue borrando desde que en 1979 comenzaron las visitas de “la comunidad”, el vuelo en reverso de los gusanos convertidos en mariposas, con las alas llenas de regalos. Esas mismas mariposas, con el tiempo, se convirtieron en una de las mayores fuentes de ingreso del gobierno cubano, con sus remesas ya billonarias, con lo que han desbaratado en gran parte el efecto económico del embargo, aunque han convertido al país en una economía parásita.

Con la llegada de internet y el incremento de los viajes de los cubanos al exterior, el aislamiento se ha seguido rompiendo a pesar de la persistencia del embargo. Por muy limitado que sea el acceso del pueblo al mundo virtual, es un avance incomparable en comparación con lo que había antes y muchas personas pueden contactarse a diario cuando años atrás las caras no llegaban o demoraban semanas en llegar. El hecho de que la telefonía ha quedado en manos de España y se ha hecho más efectiva, llamar a Cuba hoy no es un problema (bueno, sí lo es de dinero) como lo era por ejemplo en los ochenta. Los viajes le han quitado la exclusividad a los dirigentes, que eran los únicos que salían entonces.

En medio de todo esto, los hermanos Castro han continuado en el poder haciendo de las suyas. Ahora con una nueva retórica y una serie de cambios planificados para asegurar su supervivencia y ayudar a sus fieles a postergarse en el poder en lo que sería un postcomunismo. Quieren asegurar su lugar a la hora de una apertura (quizá muy limitada) definitiva, cuando la biología termine su trabajo. El embargo nunca ha afectado a los poderosos.

Cada vez hay menos razones para justificar la existencia del embargo (¿bloqueo?). La pregunta sería ¿por qué ahora? O por quién hablan esos signatarios de la carta a Obama y otros grupos. Hablan por ellos mismos. Ante el inevitable curso de la historia y su erosión lenta pero permanente del sistema castrista, todos estos personajes tratan de posicionarse para cuando la isla se abra al comercio con el exterior. Todos saben bien que resolver el asunto de la derogación del embargo conlleva solucionar muchos problemas legales, ya que puede haber demandas millonarias por indemnización por ambos lados, lo cual toma tiempo. Pero también saben que en algún momento el embargo se levantará, quizá cuando los Castro hayan muerto y otro rostro ocupe su lugar y trate de defender sus intereses.

Pero es cierto que si la medida lleva más de medio siglo en pie y el pueblo americano ni se ha enterado de ello, porque nada ha perdido (al contrario, incluso ahora los tabacos hasta tienen el añadido sabor del humo prohibido) y los figurones políticos y artísticos americanos que visitan la isla se disfrazan de audaces, a pesar de su inefectividad, por qué hacer concesiones sin pedir nada a cambio. Porque aunque ya el gobierno cubano es una entidad decrépita que no representa ni la mitad de la amenaza terrorista que fue hace treinta años, ha perdido una gran parte del apoyo de la izquierda internacional, ha tenido que cambiar su discurso de expansión (aunque sigue apoyando títeres latinoamericanos), el asunto de los derechos humanos se mantiene casi sin cambio alguno. En el poder continúan los responsables de la matanza del remolcador 13 de Marzo, de la Primavera Negra y de un largo etcétera que llenaría varios volúmenes. No sería justo eliminar el embargo a cambio de total impunidad.

Muchos hablan a nombre del pueblo cubano. Lo cierto es que el pueblo cubano, que es el que más sufre esta situación, no tiene voz ni voto en el asunto y no se sabe su opinión. Yo sé lo que opinan mis amigos y lo que opinan periodistas, blogueros, intelectuales honestos (casi todos del lado de acá) y algunos aspirantes a políticos, pero lo que el pueblo cubano piensa es imposible de saber. No se pueden hacer verdaderas encuestas de opinión en la isla que estén libres del control estatal. No existen vehículos institucionales a través de los cuales el pueblo exprese libremente su punto de vista respecto al embargo. Todo el que diga que sabe lo que el pueblo piensa es un hipócrita, un mentiroso o un idiota.

El ya polvoriento embargo se derogará cuando le convenga a los poderes respectivos. Cuando su derogación implique pocas repercusiones legales y económicas y aporte ventajas significativas. Mientras tanto, toda la palabrería, las reuniones  y las declaraciones, no son más que gestos e intentos de ubicarse estratégicamente, de adquirir una relevancia política, económica y cultural  con respecto al futuro del país. Ese día que, como dice Nicanor Parra en su poema Ultimo Brindis, “…no llega nunca/Pero que es lo único/De lo que realmente disponemos”.

 

Roberto Madrigal

Tuesday, May 27, 2014

Otra impugnación


Independientemente de la posición política o ideológica que uno tenga, no se puede menos que dar una bienvenida solidaria al último esfuerzo de Yoani Sánchez, su diario digital 14ymedio. Con menos de una semana de ser lanzado, criticar defectos de formato o problemas de contenido, resulta gratuito y apresurado. Ninguna publicación escapa de los dolores de parto.

Es cierto que no es la primera publicación periódica virtual que se publica de manera independiente en Cuba. Aunque ha habido otras, por ser la más duradera, ese honor le pertenece a Primavera Digital, el semanario creado por Juan González Febles, que continúa saliendo bajo condiciones adversas y con un mínimo de recursos, otra publicación que merece apoyo y respeto. Yoani Sánchez  se ha propuesto crear una publicación diaria. La revista de Juan se caracteriza por la variedad ideológica de sus colaboradores. La de Yoani parece andar por el mismo camino. Eso es saludable.

La apuesta de crear un diario alternativo en un país con un sistema totalitario es altamente riesgosa. Con un staff de solamente once personas, es difícil cumplir con el aspecto reporteril de un periódico. Por lo general, los periódicos tolerados por los gobiernos son instituciones que pueden suscribirse a los sitios proveedores de noticias como AP, France Press, BBC, etc., que dada su circunstancia, me imagino le será legalmente imposible a 14ymedio. Por otra parte, se debe contar con suficientes reporteros en lugares estratégicos para poder estar al tanto del pulso nacional. Como instituciones informativas oficialmente aceptadas, los individuos envueltos en una situación noticiosa son los primeros en llevar la información a los medios de prensa y eso en Cuba no sucede. Esta es una dificultad que Yoani y su equipo encabezado por Reinaldo Escobar deberán enfrentar y que probablemente se haga más difícil con el paso del tiempo.

A pesar de todo ello solo por el hecho de existir y de intentar lo imposible, la publicación empieza molestar al gobierno que bloqueó la salida de su primer número y hackeó su sitio, redirigiéndolo a un portal oficial en el cual se le difama. Ya eso es un premio.

El acceso al público cubano, como se plantea Yoani, es limitado por razones que no hace falta enumerar. El poder de convocatoria de Yoani siempre ha sido en el extranjero y eso no le resta valor, al contrario, es de gran importancia porque puede ayudar a promover cambios de actitudes en organismos de poder en el occidente. No que vaya a derrocar al gobierno. Yo estoy convencido de que la única forma de la cual los Castro abandonarían el poder es si se les saca a balazos y eso no va a suceder nunca, pero puede aportar al desarrollo de una sociedad civil en Cuba.

Otro aspecto importante de la publicación es que resulta una impugnación a la esencia de la imagen de cambios que quiere dar Raúl Castro. Con su respuesta inicial demuestran que no están dispuestos a tolerar mucho. Advierten que aunque no han asestado algún golpe físico contra los responsables de 14ymedio, el hacha pende sobre sus cuellos.

Es muy temprano para tener idea del destino que tendrá 14ymedio. De momento se pueden destacar algunos trabajos que ya hacen interesante este proyecto: las entrevistas a Angel Santiesteban y a Manuel Cuesta Morúa, hechas por Lilianne Ruiz y Reinaldo Escobar respectivamente así como dos artículos que sin ser directamente políticos exponen la política de manera reveladora. Uno es el excelente trabajo de Regina Coyula sobre la historia de los torneos Capablanca in Memoriam y el otro es el de Martín Prats sobre el estado del fútbol en Cuba y su enfrentamiento con el béisbol en cuanto a popularidad y a política gubernamental, que al menos a mí, me resultó informativo, demostrativo y novedoso.

Roberto Madrigal

Sunday, May 18, 2014

La sensibilidad literaria de la CIA


 
El reciente descubrimiento de que la CIA promovió la publicación y distribución de Dr. Zhivago, la primera y última novela escrita por Boris Pasternak y que le valiera el premio Nobel en 1958, añade un nuevo capítulo a la larga historia de las vinculaciones de la CIA con el mundo artístico y literario durante la Guerra Fría.

A instancias de los servicios de inteligencia británicos, el departamento cultural de la Rusia soviética de la CIA, decidió que la novela, prohibida en la Unión Soviética y publicada por primera vez por el controversial editor Giacomo Feltrinelli, en italiano, podía ser una herramienta importante en la lucha contra el comunismo y a través de una editorial holandesa, a la cual remuneraron generosamente, hicieron una edición del original en ruso y la distribuyeron en la Unión Soviética, donde circuló como pan caliente de mano en mano clandestina.

Tras tribulaciones legales, se detuvo la edición y para circunvalar futuros problemas, aprovecharon un fondo existente en la agencia para publicar ediciones de miniatura y publicaron miles de ejemplares de la novela. También usaron sus recursos financieros para garantizar la traducción de la obra a otros idiomas. Pudiera decirse casi que la CIA ganó un premio Nobel de literatura, o que al menos demostraron un excelente olfato literario y una fina sensibilidad estética. De paso, le causaron grandes problemas a Pasternak, quien no tenía idea de lo que sucedía y que por presiones gubernamentales, se vio obligado a declinar el premio tras haberlo aceptado en un principio.

La principal figura detrás de esto fue John Maury, un descendiente de una familia patricia de Virginia, quien fuera jefe de la División de Rusia Soviética de la CIA, especialista en asuntos soviéticos y de Europa del Este. Llegó a ser subsecretario de Estado durante el gobierno de Gerald Ford.

Pero las historias de espías no son en blanco y negro y rara vez tienen un final feliz. Maury, tras esta gestión que puede valorarse como positiva y sagaz, terminó siendo uno de los autores del golpe de estado de los militares griegos contra el socialista Georigius Papandreu en 1967, y de promotor cultural pasó a ser personaje secundario de una película, Z, el filme de Costa Gavras que en 1969 arrasó con el Oscar al mejor filme extranjero, el Globo de oro y el premio a la mejor dirección en Cannes y que narra los sucesos ocurridos durante el golpe. Por cierto, Z fue exhibida en Cuba a bombo y platillo solo para ser retirada de las pantallas a los tres días de su estreno porque la lista de prohibiciones culturales de los militares griegos que aparece al final del filme se parecía mucho a las prohibiciones establecidas por el gobierno cubano al inicio del llamado quinquenio gris.

La historia del involucramiento de la CIA en las guerras culturales de la segunda mitad del siglo veinte es cuantiosa y está bien fundamentada. Comenzó a finales de la Segunda Guerra Mundial dándose a la tarea de diferenciar a los músicos y directores de orquesta que fueron nazis de aquellos que fueron colaboracionistas por necesidad. Luego lanzó un proyecto de promoción de la cultura americana, tan despreciada entonces en Europa, que se inició con montajes de obras teatrales de Lillian Hellman, Clifford Odets y Eugene O’Neill entre otros, a la difusión de las obras literarias de Hemingway, Faulkner y Saroyan.

Finalmente, en 1950 la agencia fundó el Congreso por la Libertad de la Cultura, una organización cultural sin fines de lucro que llegó a tener sedes en 35 países y que financió múltiples proyectos culturales. Su principal objetivo era apoyar, a través de fundaciones como la Ford, a “intelectuales y escritores de izquierda no comunistas” como Arthur Koestler, Ignazio Silone, Raymond Aron y Bertrand Russell para luchar contra la ofensiva cultural estalinista.

Uno de los artífices de esta organización y de muchas de sus campañas fue Michael Josselson, un judío estonio cuya familia completa fue eliminada por los bolcheviques en 1918 y que tras un periplo por Berlín y oficiar de tendero en Gimbel’s, en Nueva York, se ciudadanizó americano y se incorporó al ejército y fungió como oficial de asuntos culturales para la Oficina del Departamento de Guerra de los Estados Unidos en Berlín y ahí se conectó con la CIA.

Por gestiones suyas, el Congreso financió la publicación, en 1953, de la revista Encounter , que basada en Londres y bajó la dirección inicial de Stephen Spender, se convirtió en una de las más prestigiosas publicaciones literarias de la literatura anglosajona y que hasta su cierre en 1991, tuvo versiones en varios otros idiomas.

En 1962 se dio a conocer que la CIA estaba detrás de la revista y causó un gran revuelo entre los participantes, que aparentemente desconocedores del hecho, se sintieron manipulados por una macabra agencia de espionaje.

El Congreso también financió, en 1966 y como respuesta a la influencia ideológica de la revista Casa de las Américas, la revista literaria Mundo Nuevo, que bajo la dirección del prestigioso intelectual uruguayo Emir Rodríguez Monegal y desde París, se convirtió en la revista más importante de la década, publicando a Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, José Donoso y Severo Sarduy, para mencionar solo algunos, y que fue instrumental en el despegue del fenómeno del “Boom latinoamericano”. De nuevo, al descubrirse que la CIA la financiaba a través de la fundación Ford, Monegal renunció y la revista se mudó a Buenos Aires, en donde se convirtió en “una más” y cerró finalmente en 1971. Luego, también en París, hubo un intento capitaneado por Juan Goytisolo y Julio Cortázar de crear una revista similar. Se llamó Libre pero tras correr rumores de que también recibía fondos de la CIA, la revista cesó casi apenas empezada.

Las batallas entre Mundo Nuevo y Casa de las Américas se encuentran bien documentadas en el excelente libro Política y polémica en América Latina. Las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo, de la escritora y académica cubana Idalia Morejón.

Recuerdo que la revista Mundo Nuevo podía leerse, a principios de los años setenta, en la biblioteca de la UNESCO que se encontraba en Calzada y D, frente al Carmelo. Para mí y un grupo de amigos fue una revelación. No sé quién nos alertó al respecto, pero lo cierto es que a partir de ahí realizábamos expediciones semanales para o bien robarnos algún ejemplar o arrancar artículos de nuestro interés (recuerdo uno de ellos, Delito por bailar el chachachá, de Cabrera Infante), para luego hacerlos circular entre los íntimos. No tenía idea cuando aquello de que la CIA financiaba la revista, cuando lo escuché por primera vez, lo rechacé como una mentira castrista. Ahora me pregunto cómo hubiera valorado la revista si hubiera sabido que eso era cierto y que una agencia de espionaje estaba detrás de la misma.

De todos modos, me interesa resaltar algo curioso. Los intelectuales se escandalizaban al conocer la proveniencia del dinero, que seguramente gastaron sin pensarlo mucho, a pesar de que el enfoque de la CIA no fue solicitar colaboración, sino promover trabajos ya hechos y a escritores de ya bien ganado reconocimiento quienes quizá nunca hubieran podido alcanzar la gran difusión que encontraron ni los beneficios financieros de la misma. Sin embargo, no veían mal aceptar dinero de La Habana o de Moscú, y se prestaban a colaborar en publicaciones financiadas por gobiernos totalitarios  que si exigían una temática y una obediencia ideológica. Incluso, en la época de estas batallas culturales, salvo excepciones, cuando el “caso Padilla” y en pleno “quinquenio gris”, la mayoría de los intelectuales latinoamericanos apoyaron la política cultural de Castro y veían con beneplácito declaraciones como las de Ambrosio Fornet, que pedía al poeta convertirse en funcionario,

Tampoco todo lo que financió el Congreso fue positivo, a principios de los años sesenta desataron una furiosa campaña en contra de Pablo Neruda, que arreció cuando ganó el premio Nobel. Toda institución cultural ligada a intereses políticos y subvencionada por un gobierno termina siendo devorada por la política.

Estos sucesos recobran ahora vigencia, si es que alguna vez la han perdido, un balance objetivo se hace de nuevo una obligación contemporánea y actualizada, en momentos en los cuales súbitamente tras el reciente congreso de la UNEAC algunos escritores arremeten contra las tímidas, pero nada ortodoxas, declaraciones de Leonardo Padura a una revista argentina, en lo que parece el reinicio de una nueva guerrita cultural, un posible alarido agónico, que no por ello sea necesariamente menos temible. Una ofensiva catastrófica para evitar el fin de la obediencia.

 

Roberto Madrigal

Sunday, May 11, 2014

Ultimos días en La Habana



 

Mi última semana en Cuba la pasé en el campamento El Mosquito. Utilizo la palabra campamento porque fue el eufemismo oficial que nadie cuestionó. Era, en realidad, un campo de concentración transicional para quienes iban a salir por el puerto del Mariel.

El Mosquito fue, en tiempos mejores, una finca propiedad de la familia Carbonell, quienes eran, entre otra cosas, los dueños de las plantaciones de henequén en Cuba. No sé qué hizo con ella el gobierno revolucionario tras intervenirla a principios de los sesenta, pero durante unos meses de 1980, se convirtió en la antesala de la salida para cientos de miles de cubanos. Una antesala incierta, porque muchos eran regresados a sus casas después de pasar un tiempo por allá, debido a “irregularidades en sus papeles” descubiertas a última hora, a pesar de que antes de llegar a El Mosquito ya habían sido procesados en el Círculo Militar Gerardo Abreu Fontán de la Playa de Marianao.

Tras echar un vistazo final al balcón de mi apartamento, adornado por manchas de huevos y tomates podridos explotados contra sus paredes y cristales, producto de los diarios (aunque en mi caso algo anémicos) mítines de repudio, y llegar de madrugada al Abreu Fontán, escapando de una turba organizada que nos daba la bienvenida con insultos y pedradas, una cuarenta y ocho horas después una guagua militar nos dejó, a mí y a un grupo de procesados que íbamos rumbo a Cayo Hueso, en El Mosquito.

Entré por una inmensa nave tipo almacén, en obediente y controlada fila, para llegar a unas mesas repletas de militares en las cuales uno presentaba sus papeles y era, una vez más, interrogado respecto a la fidelidad de los datos. El caos, la confusión y el ruido reinaban en esa nave. Me llevaron a un lado y me sometieron a un breve cacheo. No tuve muchos problemas pues yo solamente llevaba la ropa que tenía puesta. Vi que mucha gente trataba de pasar una prenda personal, una foto o un recuerdo, de los cuales, después de ser injuriados por atrevidos, eran despojados.

De ahí pasé a la “zona” que me tocaba. El campamento estaba dividido en varias de estas zonas, dominadas por unas carpas gigantescas y delimitadas por unas sogas. En cada parcelación ubicaban grupos humanos según la denominación oficial. En una estaban los “homosexuales”, en otra “los delincuentes”, en otra “las familias” y finalmente “los diplomáticos”, que consistía en los que se habían asilado en la embajada de Perú. Puede que hubiera otras divisiones, pero esas fueron las que pude notar. Por supuesto, me llevaron casi de la mano a la sección diplomática.

El contacto entre los habitantes de las distintas zonas estaba prohibido. Para salir de la zona a las letrinas, que se encontraban hacia el dienteperro casi a la orilla del mar, había que pedir permiso. La carpa que me tocó, tenía literas dobles capaces de albergar unas noventa personas, pero seríamos unos trescientos diplomáticos, una cifra bastante constante ya que si hoy salían dos, pues mañana llegaban dos y así. A las mujeres con niños y a las personas mayores les reservábamos las literas, el resto dormíamos a la intemperie.

Teníamos que alinearnos cada vez que hacían un llamado para llevarse gente hacia el Mariel. A la entrada de la zona había cinco o seis militares, casi todos tenientes, con listas de nombres que de repente gritaban: “¡Dame un par de diplomáticos!” y con ello comenzaba un ritual, tenso y horroroso, que ocurría dos o tres veces al día. Una vez formados en una fila que los gritos de los militares conminaban a que fuera bien recta, sin que nadie se saliera ni un centímetro, traían a otro militar con una bayoneta al cuello y sosteniendo a un furioso perro pastor alemán. El hombre caminaba, mientras el perro ladraba, con la punta de la bayoneta hacia la fila, haciendo un límite imaginario y cortando al que estuviera fuera de alineación.

Después, uno de los oficiales, siempre gritando, decía: “Pero yo no quiero que se vayan en orden” y entonces había dos alternativas. O él o uno de sus compinches apuntaban con el dedo a los escogidos, sin orden ni concierto, o sacaban a alguien de la fila y le pedían que escogiera a dos personas y si ellos aprobaban la selección, los tres se irían. Con ello no solamente aseguraban la humillación de los diplomáticos, sino que garantizaban la generalización del sentimiento de incertidumbre.

Por lo general, traían comida en cajitas, en una cantidad insuficiente para alimentar a toda la población. Situaban un centro de distribución cerca de las letrinas y llamaban a la gente a venir en fila, por zonas. Los diplomáticos éramos los últimos. Nunca cogí una cajita y en consecuencia perdí quince libras (tratar de salir de Cuba, en aquellos tiempos, era la mejor forma de perder peso).

Una noche anunciaron que se aproximaba un ciclón y evacuaron a todo el campamento, excepto a los diplomáticos. Recogieron la carpa y nos dejaron allí a la intemperie mientras los oficiales buscaban refugio en la nave de recepción. Por varias horas hubo mal tiempo, lluvia y ventolera, pero el ciclón nunca llegó y el resto de la población regresó temprano en la madrugada.

Por suerte para mí, me encontré con mi amigo Ricardo Oteiza (como hago este recuento de memoria y esta traiciona luego de tantos años, no estoy seguro si nos encontramos en el Abreu Fontán o en el propio Mosquito), con quien también fui compañero de espacio en el patio de la embajada de Perú. Al menos podíamos rumiar nuestras preocupaciones y dividir un poco el espanto. El último día de nuestra estancia, cuando por circunstancias azarosas éramos los dos primeros de la fila, el camarada teniente de turno pidió tres diplomáticos y escogieron a Ricardo y a dos más que estaban al final de la fila.

Finalmente, el 12 de mayo de 1980, me tocó agarrar la guagüita que me llevaría al puerto del
Mariel. Me montaron en un camaronero, el Cayman, con capacidad para veinte personas, pero
en donde agolparon unas 260, la gran mayoría expresos comunes. Por mal tiempo nos
retuvieron unas catorce horas en el puerto, sin bajarnos de las embarcaciones. Desde allí pude
ver a Ricardo en la proa de otra embarcación atiborrada de gente. Otra docena de horas de
espera más tarde y el Cayman zarpó en medio de un mar que metía miedo. No fue hasta la
madrugada del 15 de mayo que llegué a una base militar en Cayo Hueso. Nunca más he
regresado a la isla.
El Mosquito es un episodio tenebroso que no sé por qué no ha sido contado con más
frecuencia y con la importancia que se merece, por el tratamiento humillante que se le dio a los
que por allí pasaron, en la historia del éxodo de 1980.
 
Roberto Madrigal

Sunday, May 4, 2014

De obituarios y oportunistas


 
Cada vez que muere algún artista o intelectual famoso, centenares de otros artistas o intelectuales, menos famosos,  parecen sentirse en la obligación de emitir opiniones al respecto.  Por lo general, son colegas gremiales de mucha menor estatura que los cadáveres, en algunos casos, simples arribistas.  Esto se extrema en el caso cubano, en el cual arte y política parecen obligadas a andar tomadas de la mano.

No me refiero a quienes expresan sus opiniones en las redes sociales. Estos no solamente ejercen un legítimo derecho, sino que para eso se han hecho Facebook y Twitter (entre otros), para que quien quiera pueda escuchar la voz de cada cual, sin importar el nivel de oscuridad de la fuente, y al que no le guste, que se desconecte.

Hablo de quienes se suben a plataformas en la prensa plana, en los blogs y en la prensa electrónica para espetar sus ditirambos y diatribas que nadie ha solicitado. Eso estuviera bien si dijeran algo interesante sobre los muertos que velan, pero por lo general, aparte de unos pocos, la inmensa mayoría se limita a repetir lo que todos ya sabíamos en vida de los finados.

En estos días, con las muertes de García Márquez y de Juan Formell, los cubanólogos, los intelectuales anodinos y los diletantes con causa, de ambos lados del espectro político, unos por encargo, otros por vanidad personal y otros por un sentido equivocado de la honestidad intelectual, se han disparado a alabar, criticar y hasta a perdonarle la muerte (que no la vida), a los mencionados personajes, quienes parecen ser reducidos al único punto que tienen en común: su execrable apoyo público al gobierno de Fidel Castro.

Estos repetidores de viejas consignas y de lemas gastados, son capaces de simplificar hasta lo obvio. Odian (o aman) al artista y su obra por sus posiciones políticas, odian (o aman) las posiciones políticas por la personalidad y la obra del artista. Reducen todo a un solo rasero y echan a un lado la gran cantidad de matices que colorean las complejidades del fenómeno artístico y del fenómeno humano. Simplifican a nivel pueril para así apoyarse cómodamente sobre la ya desfigurada figura del occiso.

En realidad, no hay porque preocuparse mucho. Es cierto que si el hombre es el “zoom politikon”, cada opinión se puede juzgar como una opinión política y asimismo, cada obra debe estar permeada por la visión política del autor. También es cierto que si las víctimas olvidan cometen un delito y se convierten en cómplices. Pero afortunadamente, muchas palabras se las lleva el viento. El daño que hicieron ya es irreparable, señalarlo a la hora de la muerte es llover sobre mojado, además, los muertos no se pueden defender. La obra es otra cosa, eso sí queda y será más o menos efímera en la medida del impacto cultural que tuvo en su momento.

Recuerdo que a principios de 1990, Camilo José Cela, recién galardonado con el premio Nobel, visitaba Miami como parte de las actividades del extinto premio Letras de Oro. Un hispanófilo asustado le preguntó sobrecogido su opinión sobre el spanglish y su posible efecto devastador en el idioma español. Sin alterarse, Cela le respondió que no tenía que preocuparse, si era algo útil y de valor, se quedaría, si no, pasaría al olvido. Casi un cuarto de siglo después el spanglish sigue siendo un lenguaje se segunda, un medio de transición entre culturas que no representa ninguna amenaza al español. Dejen morir a los muertos, que ya no tienen futuro. De la obra, el tiempo se encargará de rescatar lo perdurable.

 
Roberto Madrigal