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Monday, September 24, 2012

La literatura y los giros de la historia



En una esquina de uno de los barrios marginales más pobres de Cincinnati, habitado preponderantemente por afroamericanos, se alza, en un pequeño promontorio la casa en la cual vivió, entre 1832 y 1851 la escritora Harriet Beecher Stowe, autora de la novela La cabaña del tío Tom.

Nacida en Litchfield, Connecticut, en 1811, Beecher venía de una familia protestante, repleta de educadores y pastores. Su padre, Lyman Beecher fue un connotado líder religioso que fue nombrado como primer presidente del Seminario Teológico Lane en 1831, una institución presbiteriana encargada de formar ministros de la iglesia pero que resultó muy reconocida por su incendiaria defensa del abolicionismo. Los predios del seminario eran los que entonces rodeaban la mansión a la cual fueron a vivir los Beecher.

Cincinnati era entonces una ciudad dividida y convulsa, enfrascada en grandes debates, motines civiles y encarnizadas protestas públicas respecto al problema de la esclavitud. Por pertenecer al “norte” pero ser limítrofe con el “sur” ya que Kentucky queda al otro lado del río Ohio, sufría por igual la influencia tanto del pensamiento abolicionista como del pro-esclavista.

También fue una de las ciudades más importantes en el movimiento subterráneo mediante el cual, a través de una cadena semiclandestina, consistente en numerosas casas de escondite, grupos de apoyo de blancos y esclavos liberados, se ayudaba a los esclavos del sur a atravesar la frontera, en este caso el río Ohio, rumbo norte para lograr su libertad. Más de cincuenta mil esclavos hicieron el riesgoso camino en los años que precedieron a la Guerra Civil. Los esclavos negros eran los balseros del siglo diecinueve.

En medio de ese ambiente Harriet conoció a un hombre mucho mayor que ella, Calvin Ellis Stowe, viudo y profesor del seminario, un critico feroz del esclavismo y un participante activo en la cadena subterránea, con el cual se casó y a cuya causa se unió en 1836. La experiencia de los catorce años siguientes marcó la vida de la escritora, quien decidió escribir una novela que reflejara la vida de los esclavos afroamericanos y que los presentara al mundo como seres humanos. Quería utilizar la literatura para promover la comprensión social y movilizar las fuerzas políticas y el sentimiento de la nación.

El resultado de su esfuerzo fue La cabaña del tío Tom. La novela narra los avatares del personaje que le da su nombre,  un esclavo de gran integridad que se destaca por su fe en Jesucristo. Un hombre valiente, que desafía las órdenes crueles de sus amos y capataces, pero que rehúsa la rebelión violenta. La narrativa a veces, de forma inteligente, contrapone una visión humanista sobre los afroamericanos por parte de un esclavista, a la visión paternalista e inherentemente más racista de un abolicionista. Tom es en cierta medida respetado por sus verdugos, ayuda a sus compañeros a escapar, pero él nunca lo hace. Finalmente es asesinado por su último amo, y durante su agonía final hace saber a los matones que les perdona en nombre de Dios. Humillados, estos se convierten a la fe cristiana. Un descendiente de un antiguo amo llega tarde para intentar comprar la libertad de Tom.

Publicada en 1852, La cabaña del tío Tom fue la novela más vendida del siglo diecinueve. Trescientos mil ejemplares fueron vendidos en los Estados Unidos y un millón en Gran Bretaña. Fue
grandemente elogiada por los críticos literarios de la época y se cuenta, aunque no está confirmado, que cuando Abraham Lincoln conoció a Harriet Beecher Stowe, al principio de la Guerra Civil, dijo: “Así que esta es la damita que comenzó todo esto”. La novela estuvo incluida como lectura obligatoria en los currículos escolares americanos por más de cien años. De paso, popularizó varios estereotipos del negro americano, el esclavo oficioso y diligente, la “mamá” negra cariñosa, rolliza y siempre sonriente y los “traviesos pero simpáticos” niños negros.

Con los vuelcos de la historia, el supuesto impacto social de la novela se fue perdiendo, la literatura comprometida, o social, o didáctica, tiene poco de literatura y está demasiado vinculada a sus circunstancias. Los críticos comenzaron a dudar de sus valores literarios y en realidad, comparada con otras obras de la época, es literariamente pobre.

El personaje del tío Tom pasó de ser un icono del esclavo virtuoso, del cristiano fiel y de la humanidad del ser humano más allá de su raza, a ser el icono del negro apaciguado, servil a sus amos, incapaz de expresarse con voz propia. Hoy en día cuando un afroamericano llama “Tío Tom” a otro, lo hace como un insulto, su significado es sinónimo de cobardía, principalmente de cobardía social y política. Ha pasado a ser un símbolo de la aceptación pasiva del racismo. La novela ya no forma parte obligatoria de los currículos escolares y casi nadie quiere acordarse de ella. Sin cambiársele ni un punto ni una coma, la historia la ha convertido en todo lo contrario a lo que su autora intentó hacer y a lo que se consideró en su momento. Sus lectores de hoy han cambiado su lectura.

Harriet Beecher Stowe murió en Hartford, Connecticut, en 1896. Escribió más de veinte libros, pero su lugar en la literatura americana hoy en día está relegado a un muy segundo plano. Su casa en Cincinnati se mantiene como un pequeño museo en el cual se muestran fotos y documentos de la época, enfocados mayormente en la vida de ella durante su estancia en la ciudad, a la labor del seminario Lane y al movimiento subterráneo. Abre apenas quince horas a la semana durante los meses de verano y cinco horas a la semana durante el resto del año. Se sostiene mediante el apoyo de la Sociedad Histórica de Ohio y el trabajo de tres o cuatro leales voluntarios. Cuando uno le pasa por delante, invariablemente ve el pequeño parqueo casi vacío. Resulta hasta peligroso visitarla.

 
Roberto Madrigal

Monday, September 17, 2012

Entre Munich y Bagdad



Los recientes sucesos de los países árabes, principalmente aquellos a los cuales se agrupaba bajo la denominación geográfica del Magreb, ponen a los Estados Unidos ante una difícil disyuntiva respecto a cómo proceder.

Desde que el 30 de septiembre de 1938, siguiendo la iniciativa del bienintencionado primer ministro británico Neville Chamberlain, secundado por su homólogo francés Edouard Daladier, firmaron el Acuerdo de Munich,  a través del cual Gran Bretaña y Francia aprobaban junto con Italia y Alemania, ceder los territorios checoslovacos de Sudetes, una zona limítrofe con Alemania, poblada mayormente por una minoría alemana, de gran desarrollo industrial y cultural, que representaba una zona de defensa importante para Checoslovaquia con Alemania, con el objetivo de evitar una guerra. Munich se ha convertido en sinónimo de apaciguamiento. Chamberlain estaba convencido de que las exigencias alemanas tenían cierta validez dada la composición étnica de los Sudetes y pensaba que con esto evitaría una conflagración mayor, tranquilizando a Hitler. Lo único que demostró el acuerdo fue la inutilidad de negociar con déspotas egocéntricos y lo que resultó después, la Segunda Guerra Mundial, fue mucho peor de lo que Chamberlain pudo jamás imaginar. Debo añadir que en su enorme sabiduría, las grandes potencias occidentales jamás consultaron al presidente checoslovaco Edvard Benes, a pesar de que ponían en suerte la existencia de su país. Este tuvo que aceptar los acuerdos a regañadientes. Munich y Chamberlain han sido convertidos por la historia en sinónimos de traición.

El militar e historiador griego Tucídides señalaba, ya 400 años antes de Cristo, que la conducta humana, y por ende la de sus gobernantes, está motivada por el miedo, el interés propio y el honor. Me da la impresión que el honor fue añadido a última hora cuando el historiador se dio cuenta de que las dos motivaciones principales no nos distinguen de los animales. Al cabo de tantos años, muchos historiadores consideran a Tucídides como el padre de la realpolitik. La actitud de Chamberlain fue motivada mayormente por el miedo a las pretensiones alemanas y muy poco por el interés propio. Chamberlain era un idealista.

En el antiguo Magreb los Estados Unidos han apostado por la democracia. Han retirado su apoyo a los dictadores que como Mubarak, mantenían un control conveniente en la zona y han apoyado a las fuerzas que se han rebelado contra los dictadores hostiles como Gadaffi. Túnez, Egipto y Libia han comenzado a ser dirigidos por unos gobiernos democráticos cuya mayoría dominante es hostil a los intereses americanos y por otra parte no tienen un control centralizado de sus territorios. El caso de Yemen es peor aún, ya que la situación interna es caótica, el tribalismo predomina, el gobierno central es débil y gran parte del país funciona como campo de entrenamiento de Al Quaeda.

Bagdad ha remplazado a Vietnam como sinónimo de una victoria militar pero de una incierta perdurabilidad política. Tras deponer militarmente y sin apenas oposición al gobierno de Saddam Hussein, los americanos se han visto enrolados en una guerra civil interna cuyas pérdidas, humanas y económicas, hacen repensar la utilidad y la viabilidad de las intervenciones militares. Volviendo a Tucídides, en este caso los americanos actuaron respondiendo al interés propio, debido a la posibilidad de establecer un gobierno democrático en medio de una zona dominada por jeques y dictadores, rica en reservas petroleras, y la familia Bush actuó en base a una restauración de su honor, ya que se conoce la existencia de la rivalidad personal entre Hussein y los Bush, y no les importó acudir al engaño de las supuestas armas de exterminio masivo, para arrastrar con ellos a sus aliados europeos.

Pero cómo actuar entre estas dos posiciones, respecto a las protestas islámicas, aparentemente surgidas en respuesta a un infame tráiler de una película en la cual se hace mofa de la figura del profeta Mohamed.

Para empezar me parece muy triste que se le dé tanta importancia a un engendro que no tiene nada de artístico, que está obviamente producido con el único interés de insultar y que es obra de individuos o instituciones particulares sin relación alguna con el gobierno o el pueblo americano. Al creador de este bodrio que debió ser insignificante, se le debe castigar por su mal gusto. Por supuesto, en una sociedad democrática esto es muy repulsivo, pero no es un delito, a no ser que se pruebe que sus intenciones fueron incendiarias.

Para poder definir una posición, antes de que los iracundos identifiquen a todos los árabes con los fanáticos islamistas (y a todos los musulmanes también), lo cual es erróneo y no es más que una respuesta impulsiva y prejuiciada. Solamente unos centenares, quizá unos miles, de vociferantes han salido a abusar de sus recién estrenados derechos democráticos. ¿Representa acaso este grupo el estado de opinión de estos países? Los Estados Unidos tienen que identificar ante todo a un culpable, un objetivo. El terrorismo de nuestros días es difuso, pero en el Magreb hay tres fuentes bastante claras que se benefician con todo este entuerto. Al Quaeda, Hezbolá e Irán. A mi me da la impresión que lo del video no es más que una excusa azuzada por unos intereses más tenebrosos que manipulan a las masas fanáticas, ignorantes y bullentes. Estas protestas están demasiado coordinadas y bien organizadas, como obra de titiriteros elusivos.

Una vez identificado el enemigo, entonces el gobierno de los Estados Unidos, y su presidente, en medio de la campaña electoral, deberá tomar las medidas adecuadas, considerando el miedo, el interés propio y el honor, sin dejarse llevar totalmente por ninguno de ellos, o respondiendo adecuadamente a uno de estos. No me parece que el apaciguamiento sea la política eficaz, pero hay que dejar que estas democracias se desarrollen o habría que cuestionarse si lo que es bueno para los Estados Unidos no es bueno para el resto del mundo. Los cubanos nos podríamos ver afectados por esta decisión. ¿Acaso las manifestaciones multitudinarias en la Plaza de la Revolución representan la voluntad del pueblo?


Roberto Madrigal

Monday, September 10, 2012

Las elecciones americanas


Es de conocimiento público que si todos los votantes registrados en los Estados Unidos salieran a votar, los demócratas ganarían invariablemente las elecciones. Es un hecho de matemática simple, hay más votantes registrados como demócratas que como republicanos. Sin embargo, desde 1944, en el periodo de consolidación de los Estados Unidos como la primera potencia mundial, ha habido cinco administraciones republicanas, que han gobernado por 36 años y cinco administraciones demócratas que han gobernado por 32 años. Lo cierto es que, por diferentes razones (apatía, exceso de confianza, rechazo al candidato postulado por el partido, etc.) no todo el mundo sale a votar. Lograr que casi el 50% de los votantes registrados lo haga equivale a una hazaña.

Mitt Romney es un político hábil y pragmático, pero le falta carisma. Los demócratas cometerían un gran error en subestimarlo, ya que fue capaz de llegar a ser gobernador de un estado tan tradicionalmente demócrata y liberal como Massachussets. Es un maestro de la negociación y el compromiso, pero no es muy del gusto de gran parte de su propio partido. Es un multimillonario incapaz de conectar con la clase media trabajadora. Para movilizar a su base de apoyo y que salgan a votar la mayoría de los republicanos, escogió a Paul Ryan para la posible vicepresidencia. Ryan tiene todo lo que le falta a Romney, es más joven, está lleno de energía, es carismático y es un ideólogo que sabe articular muy bien sus convicciones, que son del agrado del ala derecha del partido. No tiene el pedigrí de millonario y se graduó de una universidad pública.

Barack Obama no tiene muchas opciones. Su campaña no tiene más remedio que enfatizar los logros de su administración, no muchos, y tratar de convencer a sus seguidores y a los indecisos, de que va por el camino correcto, pero que todo lleva su tiempo. Tiene en su favor el hecho de que en realidad heredó una situación caótica y de que evitó una crisis mayor. Si bien el nivel de mejoría es mínimo, algunos logros puede mostrar y por otra parte debe tratar de convencer al electorado de que la alternativa sería peor. La base natural de apoyo de Obama son las minorías étnicas, las mujeres y la intelectualidad liberal. Pero el presidente es un hombre cenacular, por mucho que se vendió como agente de cambio y gran orador, no ha resultado eficaz a la hora de comunicar con claridad su línea política y a veces se presenta con un aire demasiado elitario. Como hizo en el 2008, mantendrá a Biden como vicepresidente porque este político habilidoso, con experiencia en los comités senatoriales de política internacional y con gran respaldo de las organizaciones sindicales, le atrae a un grupo de votantes que en un momento determinado pueden estar indecisos. De hecho Biden le ha proporcionado el único eslogan capcioso pero seductor de la campaña: “Osama BinLaden está muerto y la General Motors sigue viva”.

El otro componente fundamental de la democracia americana es el hecho de ser representativa, o sea, tener la mayoría del voto popular no trae como consecuencia automática la vitoria electoral. Para evitar la dictadura de la mayoría, se han establecido colegios electorales y a cada estado, según su población, se le conceden una cantidad de votos electorales. El que obtenga 270 votos electorales gana la campaña. Si un candidato gana un estado por un solo voto, se lleva todos los votos electorales del estado. Es por ello que la mayoría absoluta puede ser irrelevante. Lo importante es ganar los votos de los estados.

Los estados más importantes, o sea, los que tienen mayor peso específico en las elecciones son: California (55 electores), Texas (38 electores), Nueva York (29 electores) y Florida (29 electores). Les siguen en importancia Illinois (20 electores), Pennsylvania (20 electores), Ohio (18 electores), Michigan (16 electores) y Georgia (16 electores). Estos son los nueve estados más codiciados por los candidatos. Son los que deciden la elección.

Al momento que esto escribo, las encuestas más recientes conceden entre 221 y 241 votos electorales a Obama y 191 a Romney. Hasta ahora California, Illinois y Nueva York están del lado de Obama, Pennsylvania se inclina hacia Obama y Texas está del lado de Romney, mientras que Georgia se inclina por Romney. Los tres estados que se encuentran indecisos y que decidirán la elección son Michigan, Ohio y Florida.

Todos los distintos grupos de intereses cabildean por la atención de los candidatos, que ofrecen villas y castillas a los votantes, sobre todo en estos tres estados. Cada grupo reclama apoyo a su causa a cambio de votos. Los cubanos, por supuesto, ponen como elemento principal, la política hacia Cuba. Aunque el tema cubano está muy lejos de ser del interés del gobierno americano y la mayoría de los americanos no tienen la menor idea de lo que pasa en Cuba, la causa cubana puede jugar un papel importante ya que la Florida es un estado importantísimo para el triunfo y cualquier voto puede ser decisivo. Los votantes individuales se benefician de la colisión de los diferentes intereses. La democracia americana funciona como una democracia de consenso involuntario.

En estas elecciones las líneas ideológicas están bien definidas dentro del estrecho margen que provee la realidad política americana. Obama representa lo que yo llamaría “mercantilismo con rostro humano”, aunque en sus primeros cuatro años el rostro humano ha brillado por su ausencia, y Romney representa el mercado libre, aunque con el control que hoy en día ejercen los grandes monopolios, que limitan las opciones de los pequeños comerciantes, el mercado no es tan libre como se supone que sea. El mercantilismo con rostro humano conlleva una distribución de la riqueza por parte del gobierno, quien debe multiplicar y subvencionar los programas de desarrollo social. La ideología del mercado libre supone que el gobierno debe reducirse y debe vivir de la esperada proliferación de empleos y flujo de capital. Los programas sociales serían iniciativa voluntaria de los empresarios privados. Con el actual partisanismo en las grandes cadenas noticiosas, al votante hoy en día le cuesta distinguir matices, ya que según a quien sintonice, va a recibir su dosis de medias verdades.

La ventaja de Obama en las encuestas parece más holgada de lo que en realidad es.  Suponiendo que Michigan termine yendo a los demócratas y Ohio, un estado muy dividido ente el sur conservador y el norte obrero y liberal, vaya por Romney, entonces la Florida y quizá otros dos estados de menor importancia relativa, Virginia (13 electores) y Wisconsin (10 electores), decidirían la campaña. Dada la cantidad de votos que parece tener garantizada Obama, y las inclinaciones de los tres estados indecisos (Obama ganó en los tres en el 2008 y Wisconsin y la Florida tradicionalmente se inclinan hacia los demócratas), los datos hasta ahora recogidos parecen indicar que, salvo un desastre inesperado o unos debates públicos catastróficos, el presidente ganará la relección. En los últimos 35 años solamente dos presidentes no han podido ganar un segundo período. Uno fue Carter, que resultó uno de los peores presidentes de la historia americana en el plano económico y el otro fue Bush el padre, que también tuvo una política económica desastrosa. Obama heredó el legado de caos financiero de Bush el hijo y en medio de su gestión tuvo que enfrentar una crisis económica mundial, lo que le da suficiente justificación, al menos para el público medio, con respecto a sus mínimos logros en el campo de la economía. Por supuesto, las elecciones no se ganan hasta el día del voto.


Roberto Madrigal

Sunday, September 2, 2012

Cinefilia



Con La venganza de la ballena en 3D, Santiago Rodríguez hace entrega de una verdadera fiesta impresa para el cinéfilo empedernido. El libro puede leerse como la tercera parte de una ¿trilogía? sobre cine que se inicia en el año 2008 con En el vientre de la ballena, continúa tres años más tarde con El regreso de la ballena y prosigue con el título arriba mencionado. Aunque unidos por el nombre del cetáceo, que representa al cine como símbolo de animal poderoso que devora a un Jonás gozoso, ese espectador que se deja arrastrar, en plena oscuridad por la marea de la pantalla, los tres volúmenes pueden leerse de forma independiente.

 
Si en El vientre de la ballena el autor realizaba un intuitivo psicoanálisis de diferentes personalidades del cine, desde John Derek hasta Samuel Fuller, pasando por William Holden, Mona Maris, Juan Orol y Anna Maria Pierangeli, entre muchos otros, basándose en sus actuaciones, los temas de sus películas y chismografía de la época, y en El regreso de la ballena hacía una disección seria pero imaginativa del cine en la década del 50, con La venganza de la ballena en 3D nos sumerge en las historias y los mundos de los actores segundones, aquéllos que justa o injustamente casi tocaron la gloria pero nunca llegaron a ella. Los medallistas de plata de las olimpíadas del cine. Incluso el último capítulo, dedicado a Paul Newman, nos lleva de la mano a través de todas las oportunidades frustradas que tuvo el actor con respecto a los premios Oscar, que nunca ganó cuando estaba en su apogeo y se lo merecía, y que se le vino a dar como el pago a una deuda vieja y casi olvidada, ya al final de su carrera. La crónica del Newman de Santiago es el relato sobre un segundón, quizá con mayúscula. En sus páginas se reviven las historias de Victor Saville, Ruth Gordon, Rory Calhoun , Mario Bava y Tinto Brass, entre otros, desde una perspectiva original, a través de una mirada observadora que se parapeta tras un punto de vista que parece haber estado oculto por una eternidad. Santiago nos hace ver cosas que no hemos visto en personajes y secuencias que hemos visto muchas veces.


Combinando sus atributos de investigador serio y acucioso, con los de narrador (Santiago es autor de novelas y libros de cuentos) y añadiendo los de pintor (que también es), el escritor conjura imaginación con investigación, una mezcla difícil de encontrar y mucho menos con éxito, y nos narra con la visión del artista, las venturas y desventuras de sus personajes. Hay momentos en que uno parece estar leyendo una novela escrita por un erudito al cual una película lo refiere a otra y de ahí salta a un libro o a un cuadro y la abundancia de datos más que angustiar, embriaga. Como lector uno nunca se satura.

 
Salpicado de detalles, plagado de opiniones y contaminado de referentes, La venganza de la ballena en 3D nos atrapa como un virus que sigue con nosotros mucho después de haberlo terminado. Es un libro inaudito, de una pauta que ya nadie se atreve a escribir, un texto que para ser escrito, requiere la dedicación que solo un devoto del cine está dispuesto a obsequiar.


La venganza de la ballena en 3D. Autor: Santiago Rodríguez. Término Editorial 2012. 318 páginas.

 
Roberto Madrigal

Sunday, August 26, 2012

El tocayo incómodo



Conocí a Roberto Yanes una noche creo que de 1971. Coincidimos en un conversatorio con el cineasta español Antonio Eceiza, en un local que la Comisión de Extensión Universitaria tenía en el edificio antiguamente llamado Retiro Odontológico, en la calle L entre 23 y 21.

Eceiza estaba en La Habana para el estreno de su filme Las secretas intenciones y entre sus actividades se encontraba este conversatorio o encuentro con estudiantes universitarios. El evento lo moderaba el Comandante de la Revolución Alberto Mora. Entonces yo no tenía la menor idea de la complejidad de su figura ni de por qué con su pedigree lo habían rebajado a dirigir este apéndice cultural de la universidad, un cargo muy menor para un hombre que había ocupado puestos de ministro. Mora moderaba paneles y discusiones sobre muchas películas y aunque era bastante tolerante respecto al diálogo abierto, se enfurecía mucho cuando alguien contradecía algo que él sustentaba como principio. Para mi, que era más arrogante que culto, era un funcionario al que había que enfrentarse.

El intercambio de opiniones sobre la película marchaba bien. Eceiza asimiló con calma críticas bastante fuertes. En un momento dado empezó a alabar la cultura cinematográfica del auditorio y dijo que en Cuba se ponía muy buen cine, pero empezó a citar películas que le habían mostrado en la cinemateca y mencionó, entre otras, Bella de día de Buñuel y Simpatía por el diablo de Godard e inmediatamente le saltamos, no se me olvida, José Luis Pérez, alias “el Jimmy”, con su melena por los hombros, a quien yo conocía, y Yanes con su pelo enmarañado y su aspecto estrafalario, a quien yo no conocía, y yo. “Jimmy” estudiaba Física y a Yanes lo habían expulsado de Física por tener presentado para irse del país y era bastante mayor que yo. Yo estudiaba psicología. Le explicamos que esas películas no se mostraban al público, que había censura.

El intercambio subió de tono, Mora enfureció y Eceiza se interesó. Al acabarse la interminable discusión, el español se nos acercó y se fue conversando con nosotros tres. Nos detuvimos bajo la marquesina del cine ya rebautizado Yara y ahí nos dio la una de la madrugada. Eceiza se despidió y apenas había cruzado la calle 23 cuando dos policías vestidos de paisano y un tercero en traje militar, se nos acercaron y nos anunciaron que nos arrestarían por tener “contacto con extranjeros”. Yanes empezó a insultarlos a grito pelado y Eceiza regresó. Confundidos ante el regreso del extranjero, no supieron qué hacer y nos dejaron ir con él hasta la puerta del Habana Libre, desde donde tras ver claro el horizonte, los tres regresamos a nuestras casas.

A partir de ahí nos vimos con bastante frecuencia. Yanes trabajaba de noche como profesor de la facultad obrera que entonces estaba ubicada en la Manzana de Gómez. Por el día coincidíamos en la playita de 16 y más tarde en la cinemateca. Nos unía también que ambos estábamos desesperados por irnos del país y ahí fui testigo de unas aventuras estrafalarias en algunas de las cuales estuve personalmente involucrado.

El estaba convencido de que debía caer preso para poder irse, por lo que buscaba cualquier ocasión para desafiar abiertamente y en público a las autoridades. En una charla del poeta Ernesto Cardenal, a la hora de las preguntas, Roberto fue casi el primero en levantar la mano y antes de que le concedieran la palabra empezó a increpar al “Padre Cardenal”, como lo llamaba con toda ironía, calificándolo de hipócrita por su “disparatada reconciliación del marxismo y el catolicismo”. Había que oir cómo Roberto decía todo esto, con una voz aguda y con una entonación y una enunciación que lo hacían sonar como un orador en pleno discurso, definitivo, inapelable y concluyente. De más está decir que inmediatamente tres compañeros de la seguridad se lo llevaron a rastras de allí, pero lo soltaron a la salida, para indignación de Roberto.

Un día se me apareció en la casa exigiéndome, Roberto no pedía, que lo acompañara por unas horas a su casa, pues tenía que probar una balsa de desecho del ejército americano, utilizada durante la Segunda Guerra Mundial, que había conseguido en casa de un conocido. Me llevó a su casa, llenó la bañadera de agua, se puso en trusa, tiró la balsa adentro y se le subió encima. Mi misión era cronometrar el tiempo que la balsa flotaba sin problemas. Porosa como estaba, a las tres horas se había desinflado y Roberto, frustrado, determinó que con eso no se podía echar al mar.

En el año 1976 yo tomaba un curso de posgrado en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas, entonces situado en Siboney, en el área del antiguo Laguito. Por entonces se nos ocurrió un descabellado plan de entrar en la embajada argentina en un auto. Es mejor ni contar el disparatado plan. Roberto se me aparecía dos veces a la semana para que camináramos del Centro hasta la terminal de guaguas de la playa, frente al Coney Island. De esa manera pasábamos frente a la residencia del embajador y chequeábamos a los guardias y las cadenas de la entrada de carros a la casa. Sucede que entre el Centro y la embajada, estaba una de la casas de Fidel Castro, a la que en nuestro recorrido, inevitablemente teníamos que pasarle por el frente. Una tarde del garage de la casa salieron dos guardias y nos convidaron a entrar mientras nos preguntaban la razón de nuestra caminata. Yo dije que estaba tomando un curso en el Centro y que como las guaguas se demoraban tanto mi amigo, que me visitaba, y yo decidimos caminar. Cuando nos preguntaron a dónde íbamos se me ocurrió decirle que nos dirigíamos a un centro de investigaciones agrícolas cercano en el cual trabajaba un amigo. Me preguntaron el nombre del amigo y llamaron. Este no sabía nada, pero se lo olió y les dijo que, en efecto, nos esperaba. Milagrosamente nos dejaron ir. Huelga decir que le hicimos la visita al sorprendido amigo.

Un año después Roberto urdió un plan de insultar al director de la Facultad Obrera donde trabajaba, en público y gratuitamente, para provocarlo y que se lo llevaran preso. Me convocó para que yo actuara de testigo acusador, contra él, y que me hiciera como si no lo conociera. Pero la situación nunca cuajó.

Al año siguiente se apareció con su abuela y una maleta, en la puerta de la embajada de Colombia. Cuando los guardias armados lo detuvieron, dijo que venía para discutir una herencia que le habían dejado a la abuela. En eso llegó el embajador quien, desconcertado, lo invitó a pasar. Una vez adentró dijo que en realidad venía a pedir asilo y que de ahí no se iba a no ser para Bogotá. Tras horas de conversaciones el embajador, que llamó a la policía, y que le explicó que no tenía razones para darle asilo, le aseguró que cuando saliera él le ofrecería su protección para que nada le pasara. La embajada estuvo rodeada por tropas especiales por más de quince horas y Roberto finalmente accedió a salir por la promesa del diplomático. Pero por supuesto, lo montaron en un carro y lo mandaron para Mazorra, donde cuenta que sufrió varios electroshocks y que lo mantuvieron desnudo por quince días en una celda hasta que allí apareció el colombiano y lo sacó porque él había garantizado su seguridad y le extendió protección diplomática, pero no asilo.

Roberto pudo finalmente irse en julio de 1978, ya que tenía una visa aprobada para los Estados Unidos y los vuelos se habían reanudado. No pude ir a su despedida. Pero una vez aquí hizo lo que pudo para movilizar a mis familiares y convencerlos de lo horrible de mi situación para que hicieran lo imposible por sacarme. Incluso hizo que el padre de otro amigo, Jorge Posada, que era testigo de Jehová, jurara la bandera  americana y se hiciera ciudadano para que reclamara a su hijo. Roberto era un tipo insistente y sabía salirse con la suya.

Cuando llegué a Estados Unidos por la estampida del Mariel, Roberto me llamó inmediatamente para que Posada y yo nos uniéramos a él en un “proyecto” que tenía que ver con un documental sobre el éxodo. Nosotros, aún con la arena en los zapatos, no teníamos idea de nada y no pudimos unirnos a la misión que nos encomendaba. Se insultó con nosotros y nos retiró la palabra. Al cabo de unos meses fuimos a visitarlo para recobrar la amistad. Vivía con su madre y su padrastro en un edificio en el Northwest, cerca de la avenida 27, de los que administra el gobierno para personas de bajos recursos. Dormía en un closet, ya que el apartamento era de un solo cuarto y manejaba un van desvencijado lleno de cámaras y periódicos. Había pasado unos cursos de “bookmaking” en Florida International University y de ello salió un pequeño libro hecho de forma artesanal, del que se ocupó de escribir, editar, imprimir, reproducir y coser él mismo. Nos trató con frialdad. Nos confesó que estaba convencido que había que luchar contra toda autoridad, que el capitalismo era su nuevo enemigo y que ahora era “chesista” (así nos dijo), pues ahora entendía la ideología del Ché.

No nos vimos más. Tres años más tarde, a través de Belkis Cuza Malé, nos enteramos que en 1984 Roberto se había pegado un tiro en el pecho. Jorge y yo hemos hecho repetidos e infructuosos intentos por conocer algo más de su suerte. Nada, ni un familiar, ni otro conocido que tuviera contacto con él, ni un obituario pudimos encontrar. Ni sabemos dónde está enterrado. Ni si lo está.

A la memoria de Roberto Yanes (1944-1984).


Roberto Madrigal

Sunday, August 19, 2012

Notas a un “diálogo posible”



Ante todo, quiero expresar mi mayor respeto y admiración para quienes sinceramente se atreven a elevar su voz, dentro de Cuba,  desde un extremo a otro del espectro político e ideológico, para disentir del gobierno. Conozco muy bien los riesgos que representa el más leve gemido. Cualquier guiño, hasta el más mínimo jadeo puede ser excusa para poner en picota al más tímido infractor en un país donde la ley está subordinada a los antojos del poder. Es muy fácil para mí, desde mi ubicación, criticar o lanzar consignas desde mi computadora contra el gobierno cubano. Lo más que me puede suceder es ser víctima de algún que otro ataque verbal de quienes no piensan como yo o la palabra solidaria de quienes están de acuerdo conmigo. Es muy poco probable que quienes ocupan el poder allá se interesen con seriedad en los balbuceos de un ronin virtual e inofensivo.

El tema del “diálogo posible” recorre la blogosfera cubana me temo que mucho más que las calles de Cuba. Ha provocado reacciones extremas de apoyo y oposición. Las razones de estas respuestas son tan variadas que sería imposible discutirlas. Sin embargo, se me ocurre que puedo señalar algunos elementos que deben existir para que un diálogo sea realmente efectivo y no sea un zafarrancho gestual o un simple diálogo de sordos.

Por la parte de quienes detentan en poder, tiene que existir una necesidad de dialogar, la cual solamente puede darse cuando existe una significativa presión popular o cuando los que mandan sienten que ya son demasiadas las cosas que escapan su control. Por lo que puedo observar desde aquí, no creo que esas condiciones estén ni remotamente cerca de existir en Cuba. Tras 53 años en el poder, la comunidad geriátrica que rige la isla solo ve como su enemigo principal a la erosión biológica. A estas alturas no les preocupa su legado y nunca les ha interesado el bienestar del pueblo. Por supuesto, ni me molesto en considerar un deseo sincero de dialogar de parte de los poderosos. Eso nunca les ha importado.

Del lado de la disidencia deben existir, entre muchas otras cosas, dos factores importantes: representatividad y cohesión. En Cuba hay muchos grupos y muchas voces que me parece que solamente se representan a si mismos. Son muchas y diversas voces, pero carecen de resonancias. Su número es aún casi imperceptible en el contexto general. Representan un buen y necesario comienzo, pero no pasan de ahí. Deben continuar haciendo lo que hacen, pero también deben estar atentos a sus limitaciones. No creo que de momento sean grupos representativos en los cuales miles de personas deleguen la comunicación de sus criterios con respecto al gobierno.

La falta de cohesión se ha demostrado por si sola desde que se han comenzado a hacer los llamados al diálogo. Los distintos grupos y, mayormente, individuos, discuten entre si sin ponerse de acuerdo, sin intentar siquiera mirarse de frente. Las acusaciones vuelan de un lado al otro. Para enfrentar a un gobierno totalitario se necesita, inevitablemente, unidad. Las diferencias tienen que posponerse para después que se haya logrado el objetivo de cambiar la esencia del sistema imperante. Ninguna ideología debe faltar a la mesa, todas pueden traer puntos importantes a la discusión, pero no pueden dejar ver lo que hay por debajo de lo que se ve del iceberg. El diálogo es, en este caso, un enfrentamiento entre monolitos.

Todas las voces disidentes molestan, incluso algunas asustan más que otras, pero para tener un alcance más trascendente, tienen que afinar sus instrumentos y coordinar su estrategia. Que cada cual ponga en perspectiva su importancia.


Roberto Madrigal

Sunday, August 12, 2012

El lento descenso del Olimpo

Las Olimpíadas antiguas eran principalmente una celebración religiosa con un costado de eventos atléticos durante los cuales las ciudades-estados del imperio griego confluían en Olimpia, en el santuario de Zeus, al menos desde el año 776 antes de Cristo, para presentar sacrificios a los dioses y mostrarse mutuamente su poderío político y la destreza de sus súbditos. Tan era así que los conflictos bélicos se suspendían mientras se oficiaban los encuentros. Duraron unos 400 años, los romanos no eran muy adictos a ellos.

Los griegos, buscando revivir, o más bien rememorar su perdida grandeza, intentaron resucitar los juegos, con diversos esfuerzos, desde el siglo diecisiete. No fue hasta que el barón francés Pierre de Coubertin fundara el Comité Olímpico Internacional en 1894, que los juegos pudieron celebrarse por primera vez en la era moderna, en Atenas, con la participación de catorce países, dos años después.

Coubertin era un aristócrata condescendiente que se involucró en el estudio de la educación física y se consagró a estudiar el sistema inglés de amateurismo, al cual le concedía el valor de haber contribuido significativamente a la expansión del dominio británico en el siglo diecinueve y aunque le molestaba el hecho de que los ingleses habían creado un sistema perfecto para eliminar la participación de la clase obrera y de los pobres en general, quiso replicar el sistema, con sus modificaciones, en Francia. Al fracasar en esta empresa, como estudiante de Historia que también era, se dedicó a reavivar la idea griega y eso lo llevó a la fundación de los juegos olímpicos modernos.

A pesar de los ideales de purismo competitivo establecidos por Coubertin, quien afirmaba que lo importante era competir en buena lid y que el triunfo era secundario, desde sus inicios, los juegos fueron utilizados por diferentes gobiernos, como vehículos propagandísticos y luego, por los grandes monopolios, como espectáculos masivos generadores de lucro. En Berlín, en 1936, como parte de la maquinaria propagandística hitleriana, los juegos fueron trasmitidos, por primera vez, por televisión. Fue la primera vez que el nacionalismo mezquino, las ambiciones imperiales, la tecnología y la propaganda se unieron en una aventura gigantesca. Después de la Segunda Guerra Mundial los juegos fueron el escenario más caliente en el cual se combatía la guerra fría. Los soviéticos utilizaron el espectáculo para mostrar su poder al mundo. Los juegos de 1980, 1984 y 1988 fueron gravemente afectados por las tensiones políticas del momento. Tras la caída del Muro de Berlín, se han convertido en un teatro de batalla entre las dos únicas potencias mundiales: China y Estados Unidos. La comparsa la completan el resto de los países desarrollados de Occidente junto con Rusia, Japón y Corea del Sur. A partir de 1992, el profesionalismo tomó posesión gradual de todos los eventos. Eso me parece muy bien.

Cuba entró con el pie derecho en la arena olímpica. En la Olimpíada de Paris de 1900, que en realidad era un evento paralelo a la Exposición de París, el esgrimista cubano Ramón Fonst (1883-1959), ganó una medalla de oro y una de plata. Fue el primer atleta latinoamericano en ganar medalla. Fonst pasó parte de su infancia y casi toda su juventud en París, donde aprendió esgrima y a los once años se convirió en campeón de florete de Francia. En las Olimpíadas de 1904, celebradas en St. Louis como parte de la Feria Mundial, en la cual participaron 650 atletas, 580 de ellos americanos, Fonst y el equipo de esgrima cubano, en el cual se contaban dos americanos, Charles Tatham y Albertson Van Zo Post, este último natural de Cincinnati, se alzaron con siete medallas (tres de ellas fueron ganadas por Van Zo Post). Fonst ha sido el atleta cubano que más medallas ha ganado.
Después de este triunfo inicial Cuba no regresó a las olimpíadas hasta 1924. Generalmente solamente esgrimistas representaban a Cuba. Entre esta fecha y 1960 Cuba ganó una sola medalla, esta fue de plata, en 1948 y fue alcanzada por el velista Carlos de Cárdenas. En 1956, poco antes de partir con la delegación a los juegos olímpicos de Melbourne, Manuel González Guerra, que ya entonces era presidente del béisbol en la Unión Atlética Amateur de Cuba, se quejaba, en una entrevista concedida a la revista Bohemia, de que los juegos eran utilizados por la Unión Soviética y los países socialistas con fines propagandísticos y que enviaban a verdaderos profesionales para competir con amateurs en una lid dispareja. Como todos deben saber, González Guerra fue presidente del Comité Olímpico Cubano desde 1963 hasta su muerte en 1997.

Fidel Castro, atleta frustrado, vio en el deporte una excelente forma de entretener a las masas y una forma perfecta de extender sus ambiciones supremacistas, creando un ejército deportivo que representara sus ideas, exacerbara el patriotismo y sirviera de buque insignia de su aparato propagandístico. Invirtió gran parte del presupuesto nacional en el desarrollo de equipos para competir internacionalmente y el deporte se convirtió, para muchos jóvenes, en la única vía de obtener mejoras económicas, viajar y de paso, haciendo grandes esfuerzos de ahorro con la escuálida dieta monetaria que se les daba, traer bienes de consumo para ellos y sus familiares. Por otra parte, Castro les concedió un estatus social sin precedentes, los atletas se convertían en figuras públicas que eran nombrados a los organismos nacionales de poder y opinaban en la prensa sobre los más diversos tópicos. Nunca me olvidaré que una vez, con gran reverencia, el Granma reprodujo el juicio artístico de Alberto Juantorena sobre una presentación de Alicia Alonso.

Enrique Figuerola, con su medalla de plata en los juegos de Tokío, fue el único cubano en obtener presea en 1964. La delegación cubana obtuvo cuatro medallas de plata en 1968, principalmente en boxeo y atletismo. El despegue vino en Munich en 1972, donde se obtuvieron cinco medallas en boxeo, dos en atletismo y una en baloncesto. Ya en Montreal en 1976 se saltó a trece, con seis de oro entre ellas. De nuevo, boxeo y atletismo acapararon los honores y el volibol hizo su entrada. No voy a considerar las tres siguientes olimpíadas porque los Estados Unidos y casi todo el Occidente rehusaron participar en los juegos de Moscú y Cuba no asistió a Los Angeles ni a Seúl. En 1992, en Barcelona se logró el conteo más alto: 31 medallas. Aparte de los tradicionales triunfos en boxeo y atletismo, comenzaron a ganar los pesistas, los luchadores y los judocas cubanos, así como algunos esgrimistas. En Atlanta, en 1996, el total fue de 25 medallas y en Sydney en 2000 subió a 29. De alguna manera, tras la crisis de 1994, el deporte se mantuvo estable, siempre con el boxeo y el atletismo a la cabeza, pero ahora estabilizados con judocas, pesistas, luchadores y taekwondo. El volibol y el béisbol también ganaban medallas. En Atenas el total bajó a 27 y en Pekín a 24. Este año la caída fue un poco más estrepitosa, el total en Londres ha sido de 14. Me parece, de todos modos, una buena actuación. Cuba quedó segunda en total de medallas entre los países de América Latina, solamente superada por Brasil, aunque le aventajó en las de oro. Cuba se mantiene como el país latinoamericano que más medallas ha ganado en todas las olimpíadas con un total de 208, le siguen Brasil con 108, Argentina con 70, Jamaica con 67 y México con 62.

Muchos son los factores que en los últimos años han contribuido a la decadencia, que parece que no tendrá para cuando parar. El béisbol ha sido eliminado de las competencias. Los volibolistas cubanos ahora pueden jugar profesionalmente fuera de Cuba sin necesidad de exilarse, aunque muchos lo hacen, por lo que sus necesidades de bienestar material ya vienen por otros medios. La progresiva intrusión de los profesionales hace que los cubanos, los cuales en casi ningún deporte olímpico compiten con profesionales, excepto el atletismo, no puedan elevarse al nivel de competencia que van a enfrentar. Los boxeadores se sostienen porque es el único deporte que mantiene un feroz amateurismo, a pesar de lo corrupto de esa institución en donde los países compran medallas y sobornan a los jueces. La dolarización ha traído como consecuencia, entre otras cosas, que los jóvenes cubanos ahora buscan otras vías para saciar sus necesidades de consumo y ya no es tan importante participar en las exigentes disciplinas deportivas. También parece que a Raúl Castro, al menos públicamente, no le interesa el deporte tanto como a su hermano y no le da el aval ideológico de antaño. Quizás todavía queda alguno que quiera representar a su patria y llorar cuando oye su himno y ve alzarse su bandera, pero esos son muy pocos. Ya a nadie tampoco le interesa representar una ideología que se ha convertido en el objeto de burlas y de chistes por todo el mundo.

En fin, que entre las carencias económicas, que son cada vez peores para la mayor parte de la población y la falta de motivación, que ya parece crónica y endémica, el deporte cubano continuará un lento e irreversible descenso hacia la nada, despeñados del Olimpo, Zeus sabe por cuánto tiempo.


Roberto Madrigal