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Saturday, November 21, 2015

¿La descomposición de la cultura occidental?


Hace muchos años, a principios de los ochenta, en medio de una difícil situación financiera, me llegó una misteriosa pero bendita llamada telefónica. Unos árabes (no sé de dónde), residentes en Chicago, querían hacer una nueva edición bilingüe de El Corán, en inglés y en español, y yo resulté ser el escogido para traducir y editar.

Me quedé muy sorprendido. Les dije que, por supuesto, yo no sabía ni una gota de árabe, pero me dijeron que eso no era ningún problema. Me enviaron un ejemplar de la versión española de Plaza & Janés y varias ediciones en inglés. Les riposté que en el mejor de los casos podía cotejar y quizá mejorar lo ya traducido basándome en mi conocimiento de la lengua inglesa (y de la española), pero que sería una obra algo bastarda, ya que sería una traducción de traducciones. No les importó.

Me hicieron una oferta que no podía rehusar y hasta me enviaron un generoso cheque de adelanto, con lo que resolví muchos de los problemas que me agobiaban. Me leí todas las ediciones que me enviaron y tras un mes de trabajo, los llamé al teléfono que me habían dado y estaba desconectado. Nunca más recibí noticias de ellos. La suma que me habían pagado recompensaba de sobra el mes dedicado a leer los textos. Entonces me lamenté de no haber concluido mi trabajo pero a la luz de los hechos que se han desarrollado en los últimos quince años, me alegro. Estaría preso o bajo vigilancia ahora. Jamás supe la razón por la cual me escogieron ni por la cual desaparecieron. Todavía poseo cuatro de las cinco ediciones que me enviaron. Regalé una.

Con lo anterior quiero decir que, aunque no soy ni de lejos un experto en islamismo, he leído El Corán más veces que muchos estudiosos. Cualquier texto religioso puede interpretarse de muchas maneras. Todos tienen en común que el paraíso no es para todos y que llegar a El exige sacrificios. En alguna parte todos llaman a la destrucción de los infieles, pero El Corán, lo hace más que ninguno. No creo que el islam sea una religión de paz, aunque la inmensa mayoría de sus practicantes sean gente decente y pacífica.

Tampoco creo que sea, y esta es una opinión muy personal, una religión “oriental”. Creo que se circunscribe muy bien dentro de la tradición occidental, es un derivado del judaísmo y el cristianismo. De tan derivado que es me parece una aberración, pero cientos de millones de islamistas me argumentarán lo contrario. No me importa, mi opinión no va a cambiar, pues creo que es un marginalismo del cánon occidental.

Los valores de la cultura occidental han estado haciendo implosión desde la Primera Guerra Mundial, y tras la Segunda Guerra Mundial, sus creadores y promotores cedieron, a regañadientes, el control de la misma a los Estados Unidos, considerado por los europeos como unos campesinos advenedizos. Los totalitarismos nazistas, fascistas y comunistas se encargaron, por más de cincuenta años de resquebrajar la médula de la civilización judeo-cristiana. Por muchas décadas el asalto a la cultura occidental fue interno, fueron disputas entre facciones autóctonas.

Cuando se cayó el Muro de Berlín en 1989 también se cayó el muro de contención que existía en el Cercano Oriente y en Africa  para evitar el despliegue descontrolado de los conflictos étnicos y religiosos que subyacían bajo la forzosa unidad anti-colonialista, pero obediente de los valores judeo-cristianos que se respetaban en razón de una lucha bajo principios ideológicos. Se tambalearon los baazistas en el mundo árabe y los gobiernos seudo-democráticos de corte occidental en el Africa.

Tras varios errores estratégicos, como la invasión rusa a Afganistán y la americana a Irak, ahora tenemos a Al Qaeda, a Hezbolá, a ISIL y a Boko Harum. Todos, a su manera, han desatado un desafío terrorista al mundo occidental, pero no estoy seguro que a sus valores culturales. Enarbolan la religión para mover a las masas como los candidatos republicanos lo hacen con los cristianos fundamentalistas (solo que estos últimos, hasta ahora, sin violencia).

Los recientes atentados terroristas al Líbano, al avión ruso, a París y ahora a Bamako, deben ser todos condenados, sin tapujos, como lo que son. Cobardes actos terroristas. No hay excusas, ni se puede minimizar la importancia de unos por la cobertura de prensa de otros. Todos los terroristas son, en el peor de los casos, cobardes, porque la emprenden contra civiles inocentes y desarmados, y en el mejor de los casos, son autodestructivos, porque se inmolan de forma delirante.

Two wrongs don’t make one right se dice en inglés, y es cierto, no importa que París reciba más cobertura que Bamako, eso no hace a París menos trágico, pero no nos hagamos los inocentes, Paris nos importa más que Bamako. Puede que sea muy injusto, pero es la realidad.

Además, si atacan París, y nótese que Malí y Líbano fueron colonias francesas, es porque Francia es la madre del secularismo moderno y el único imperio que exportó, aunque sea solo a las clases dominantes en sus colonias, un estilo de vida, un savoir faire que ni ingleses ni españoles ni alemanes ni belgas intentaron. Francia es una afrenta a cualquier movimiento de fundamentalismo religioso.

El occidente no descendió con sus valores democráticos sobre sus colonias. Imperó el pillaje, pero eso no disminuye en nada los valores que se han reservado para sí mismos. Puede que sea discutible que sean valores universales, pero son los valores que cuando se respetan, funcionan y fundamentan a los países más desarrollados del planeta y donde la gente vive mejor, incluyendo un país tan oriental como Japón, que hasta hace unos cien años consistía en unas islas bien aisladas del resto del mundo.

Me molesta cuando los liberales aceptan el exceso de relativismo cultural. Por una parte quieren exportar los valores de la democracia que nos vienen desde los griegos, pero por otra hablan de una absurda tolerancia (qué palabra tan paternalista y condescendiente), pretendiendo que hay que aceptar y darle cabida en nuestra sociedad a las creencias de otros.

No se equivoquen, yo soy el primero que pienso que debemos aceptar (no tolerar), las creencias diferentes a las nuestras. Cada cual debe ser libre de creer en lo que le parezca más afín. Pero si nuestra cultura, que incluye logros económicos, políticos y sociales, se fundamenta en una médula judeo-cristiana, no se puede permitir que valores antagónicos tomen un papel hegemónico en nuestra sociedad. Los otros pueden coexistir, pero no dominar.

Sí creemos que no nos debemos rebajar y actuar como nuestro enemigo, quiere decir que creemos en la universalidad de nuestros valores. Si es así, entonces hay que defenderlos. El enemigo no son los refugiados árabes, ni los musulmanes de Europa. El enemigo consiste en organizaciones que captan fanáticos y frustrados para sus propósitos y que son liderados por individuos instruidos y educados en los valores occidentales. No debemos olvidar que los responsables del 11 de septiembre eran mayoritariamente saudíes y entraron legalmente por Canadá.

París no es solo la Torre Eiffel y el Arco de Triunfo, es también los arrabales miserables de árabes y africanos sin posibilidades de mejorar su situación económica y que luego resulta la carne de cañón de la cual se nutren los terroristas. Hay que atacar a los terroristas en varios frentes.

Una respuesta militar medida, es necesaria. Pero también hay que modificar los impedimentos que hacen que las nuevas minorías, sobre todo las segundas generaciones, se queden en las márgenes del desarrollo social y económico de los países a los cuales emigran en busca de una mejor vida.

Es hora de desplegar los valores democráticos con firmeza y con justicia. Sin racismos ni soluciones extremas. Si nuestros valores, cuando se respetan, funcionan, en consecuencia, esos grupos étnicos se asimilarán a ellos. Entonces, el enemigo ante el despliegue militar y verdaderamente cultural, se asustará. Es una guerra ardua y larga, contra un enemigo difuso, pero no hay que asustarse, hay que mantener las convicciones sin acudir a extremismos ni a soluciones simplistas. No podemos sacrificar nuestro estilo de vida ni nuestras libertades.


Roberto Madrigal

Tuesday, November 17, 2015

Carta de despedida al Abicú


Por Orietta Madrigal

Querido Jorge:

Es difícil tratar de resumir en pocas palabras, cuando hay tantas que decir…, sé que ya no llegarán a ti, pero quiero, despedirte compartiendo con todos los que te quisimos, algunas de mis memorias que mejor definen el gran ser humano que fuiste.
Durante casi treinta años de amistad, son muchos los recuerdos que vienen a mi mente, hasta llegar a las largas conversaciones telefónicas, donde compartíamos opiniones y otras veces discutìamos -imposible dejar de hacerlo contigo- de cualquier tema, desde cómo hacer frituras de carita en Colonia, hasta los asuntos de actualidad más recientes, pasando por política, literatura, cine, y por supuesto comentar acerca del maravilloso clima de nuestras ciudades…   
Siempre supe que fuiste un hombre íntegro, excelente padre, hijo y un amigo sincero. Por ello no me sorprendió, que siendo miembro del partido comunista, te atrevieras a confrontar el régimen castrista, encabezando un documento, que de hecho, te convertían en un enemigo de la revolución, y sabías, que por ello, tendrías que asumir fatales consecuencias. Se necesitaba valor y honestidad para dar un paso así y tú lo diste…
Y ni las represalias ni las amenazas de encarcelarte, como finalmente sucedió, te amedrantaron en tu decisión de defender los principios que sentiste traicionados, y a los que te habías entregado desde muy joven, como alfabetizador, soldado y miembro del partido comunista.
Pero fue la anécdota que me contaste cuando me visitaste en Cincinnati, lo que me ratificó, no sólo tu valentia, sino también tu agudo sentido del humor, que muchas veces utilizabas para desarmar hasta el peor de los enemigos, como el día que, al regresar a tu casa -despues que leíste en la UNEAC el documento firmado junto a otros intelectuales-, te estaban esperando un grupo de hombres. “… querían aparentar que eran mis vecinos del barrio que, venían a enjuiciarme por traicionar a la revolucion, pero desde que los vi, supe que eran de la Seguridad y cada golpe que me dieron, sabía a que parte de mi cuerpo estaba dirigido. Me cayeron encima, hasta que me caí al piso, y en eso llegó la policia. Me montaron en un carro y cuando me bajaron en la estación de policía, apenas podía mantenerme en pie. No  sé de donde saqué fuerzas, pero logré pararme sin ayuda, y con una sonrisa de oreja a oreja, les dije: “Nada, no pasa nada! El negro no tiene ná, caballero … y entonce…?”*
 Siempre fuiste valiente, cuando te golpearon, cuando te encarcelaron, cuando tuviste que afrontar desde la prisión la pérdida de tu querida esposa, y quizás la más dura de todas, la separación de tus queridos hijos, por los que estabas dispuesto, como decías, a traducir lo que que te cayera, por tedioso que fuera, con tal de mandarles unos kilos a Cuba.
También te las arreglaste para sobrevir al frío exilio alemán, que gracias al amor y apoyo de tu querida Ana te fue mas llevadero en esa ciudad. La misma que por esos misterios insoslayables de la vida, te sentiste atraído desde que eras un niño, y tu tío favorito te contaba acerca de una lejana ciudad llamada Colonia. “…donde las aguas del río y los manantiales embriagaban con sus perfumadas aguas.”
Y paradojicamente allí llegaste, a vivir y a morir, y no precisamente embriagado por el perfume de sus aguas…
Ya, por último no puedo dejar de decirte que siento profundamente no estar en tu funeral, como te había prometido aquella vez que me llamaste, y medio en broma, me dijiste que que sólo querías que unos pocos estuvieran, y yo era una de ellos.
Desafortunadamente, no podré estar allì y tampoco ya tengo tiempo para decirte cuanto te admiré desde siempre.
 Pero, si de algo estoy convencida, es que si pudieras pararte de donde estás, seguro que volverías a hacer lo mismo que aquella vez, y con tu sonrisa de siempre, nos dirías a todos, amigos y enemigos:
“ El negro no tiene ná, caballero!, y entonce …?
Tendrá que pasar mucho tiempo, para olvidar a un abicú, como tu…

Orietta.

*Tema popular de Los Van Van en los años 90

Sunday, November 15, 2015

Adiós al Abicú


Ayer quería escribir algo sobre lo sucedido en Paris, pero en eso me llegó una mala sorpresa de carácter más personal. Me enteré de la repentina muerte de Jorge Pomar. Con los años, las muertes de los amigos se vuelven más dolorosas y cercanas, sobre todo cuando uno vive distante de muchas de las personas por las cuales siente cariño.

No conocía a Pomar en Cuba. Sé que fue soldado en Angola y militante del Partido Comunista, un pasado que nunca ocultó pero del cual no se sentía particularmente orgulloso. Fue su honestidad la que lo fue separando de todo aquello porque Pomar, ante todo, era un hombre honesto y de opiniones firmes.

Su visión política lo llevó a incorporarse a la disidencia. Firmó la “Carta de los diez” junto a
María Elena Cruz Varela, Raúl Rivero, Fernando Velázquez, Manuel Díaz Martínez, José
Lorenzo Fuentes y Manolo Granados, entre otros, ya que finalmente fueron mucho más de diez
los que firmaron y apoyaron el documento. De eso, tras continuar sus actividades opositoras,
fue a parar al presidio, del cual salió por una gestión personal del Premio Nobel alemán
Günther Grass.

Como era germanista, fue a parar a Alemania, en donde entre otras tareas se desempeñó como traductor para la cadena televisiva Deutsche Welle. Tuve el privilegio de ser su huésped en Colonia. Fue uno de los más espléndidos, atentos y generosos anfitriones que he tenido. Pude retribuirlo cuando me visitó en Cincinnati. Ambas fueron visitas inolvidables.

Pomar abrió su blog El Abicú Liberal y levantó muchas ronchas con sus opiniones. Si algo nunca tuvo fue miedo. Discrepamos en muchas cosas, pero eso no afectó para nada la amistad. De hecho, muchas de las opiniones que le discutí, se han probado a la larga que él estaba en lo cierto y yo errado.

No es mi intención elaborar un detallado resumé de su carrera, sino solamente despedir al amigo en su sorpresiva y repentina partida. Después que cerró el blog hizo un retiro virtual. Apenas se sabía de él. Mandaba mensajes crípticos de cuando en cuando, por correo electrónico o por Facebook. No sé aún de que murió allá en la ahora lejana Colonia, si de tristeza o de demasiadas cervezas y carnes procesadas. Da lo mismo. Recibe mi triste adiós, amigo, aunque creo que es demasiado tarde para que me escuches.


Roberto Madrigal

Saturday, October 31, 2015

De oleadas migratorias


¿Son muy diferentes entre sí las varias oleadas de cubanos que llegan a Estados Unidos huyendo del castrismo? Sí…y no. Al menos, por 56 años ya, todas tienen la misma causa de fuga.

La primera oleada, llámesele exilio histórico o cualquier otro nombre, ciertamente estaba constituida mayoritariamente por las clases más educadas y de más riqueza. Profesionales, artistas, banqueros, pequeños comerciantes, periodistas, músicos, grandes hacendados y políticos influyentes componían este grupo, junto con un menor porcentaje de obreros y campesinos. Llegaron masivamente a unos pantanos casi desiertos y prácticamente de la nada, gracias a su número y a sus habilidades, levantaron una ciudad. Tenían una ventaja: habían vivido en el capitalismo y conocían lo que era participar en una sociedad competitiva.

Abogados se convirtieron en profesores de español, políticos en funerarios, médicos en limpiapisos y así muchos tuvieron que reinventarse, aunque hubo un gran número de profesionales que continuaron trabajando para las compañías que los habían contratado en Cuba y otros que pudieron volver a ejercer sus profesiones y oficios anteriores. Hubo antiguos asesino y delincuentes entre este grupo también. La gran mayoría pensaba que regresarían a Cuba pronto y que recuperarían la Cuba que habían dejado. Su anticastrismo era viral.

Salto a la oleada del Mariel. Una emigración manipulada en la cual el gobierno cubano incluyó un gran número de delincuentes comunes. En Cuba el totalitarismo estaba bien consolidado y este grupo (al cual pertenezco), no tenía el menor interés en regresar. Todavía llegaron artistas, profesionales, periodistas y músicos, pero ya no banqueros ni hacendados. También empezó a llegar una gran cantidad de obreros y campesinos menos calificados y bastante lumpen. Esa fue la etiqueta que se nos dio, a pesar de que nuestro anticastrismo también era viral.

Por muchos años fuimos menospreciados, rechazados por una gran parte de la oleada anterior, siempre considerados sospechosos, poco confiables políticamente y delincuentes. A ello contribuyó que el esquema para lograr el enriquecimiento fue el tráfico de drogas. Hay que añadir que muchos de los que entraron en ese comercio ilícito estaban apadrinados por miembros de la oleada anterior.

Otro salto (en definitiva esto no es un estudio sociológico, sino una especie de observación), esta vez a los que han llegado en los últimos veinte años. Es una oleada que no se detiene. La politización del totalitarismo se ha resquebrajado en Cuba, por lo tanto este grupo está menos politizado. También las circunstancias de la isla han cambiado y el ir y venir se ha convertido en rutina. Llegan menos profesionales, menos artistas, menos escritores y menos fuerza de trabajo calificada, pero más obreros y campesinos y también una gran cantidad de individuos que dadas las circunstancias en la isla, no están acostumbrados a trabajar.

El camino de preferencia a la riqueza rápida escogido por algunos de esta oleada, es la estafa al gobierno federal, ya sea a través de falsificaciones al Medicare, el abuso de la ayuda federal o la participación en otros esquemas fraudulentos. A este grupo se le critica la falta de anticastrismo, se les acusa de morder la mano que los alimenta, de gente de baja catadura moral y una larga lista de apodos derogatorios.

Pero lo cierto es que la sociedad americana humilla (en la mejor acepción de la palabra, o sea, reduce la altivez) y absorbe al inmigrante. A la larga, los verdaderos delincuentes se van desgajando y la inmensa mayoría se va adaptando y aprende a ganarse la vida de la forma que se acostumbra en una sociedad cívica. Es cierto que mientras más tiempo se pasa bajo el castrismo, más se esclaviza la mente y se adapta a la falta de perspectiva, a la desilusión económica, al miedo a expresarse y al pesimismo existencial, pero poco a poco, se van acomodando al nuevo sistema. No se puede olvidar que la criminalidad es el precio que hay que pagar por la democracia.

Existe hoy una nueva dinámica en las relaciones entre quienes viven en la isla, los que viven aquí y los que van y vienen. La esclavización de la mente en este caso es reducirlo todo al dualismo castrismo-anticastrismo, de manera estrecha, porque tal parece que todos obedecemos órdenes de La Habana con esta obsesión. En definitiva, la vida está llena (y dominada) por los cambiacasacas.

En todas las oleadas han llegado seres despreciables, desde esbirros del antiguo sistema hasta altos miembros de las fuerzas represoras de Castro. Nadie puede saber si están arrepentidos o no (yo pienso que no, en su mayoría), pero da lo mismo. Más allá de poses soberbias y del uso de un lenguaje a veces incendiario y grandilocuente, el exilio se caracteriza por la tolerancia (algo que nos han querido negar).

No se trata de recurrir a la palabrería vacua de reconciliación, olvido, dignidad y mucho menos de “todos somos humanos”, en definitiva, hay muchos “seres humanos” que nunca debieron existir y no se puede negar que el odio, la violencia y la traición son atributos muy humanos. Tampoco se trata de dejar de luchar y defender los principios de cada cual. Siempre he tenido muy claro quiénes son mis enemigos y lo serán hasta el día que me muera. Lo que sucede que tantas generalizaciones, sospechas, críticas y odios gratuitos, de seguir desentendiéndonos entre oleadas y generaciones, se diluye en la mezcla equivocada el sentido de hacia dónde deben realmente encaminarse nuestras furias.


Roberto Madrigal

Thursday, October 8, 2015

Audacia en Estocolmo


Más allá de los méritos (o falta de los mismos) de sus ganadores, los premios Nobel de literatura se han concedido, con dos excepciones, a dramaturgos, poetas y escritores de ficción. Las excepciones hasta ahora, habían sido Sir Winston Churchill y Earl Bertrand Russell. Por lo general se ha concedido a escritores reconocidos, en su mayoría ya pasados de lo mejor de su carrera, pero que a pesar de las discusiones sobre las injusticias con respecto a los no premiados, eran escritores de peso. Ahí tenemos a Vargas Llosa, García Márquez, Hemingway, Paz, Camus, Eliot, Hesse, Neruda, Faulkner, Mann, Tagore y tantos otros de trascendencia innegable. Es cierto también que otros premios han sido concedidos a escritores menores como Mommsen, Pontopiddan y toda una serie de escandinavos mediocres que solo Suecia podía premiar.  Eso para no mencionar las omisiones obvias como Fuentes, Borges, Proust y Joyce para no seguir con una lista interminable.

Pero este año la fundación Nobel ha hecho una selección osada que rompe su propio molde desde muchos ángulos. No solamente han premiado a una periodista sin obra estrictamente “literaria”, sino que han premiado a una perseguida política y a una escritora (y considero el periodismo escritura) inclasificable respecto a los nacionalismos culturales que los totalitarismos tratan de imponer en la era global.

Svetlana Alexiévich nació en Ucrania en 1948. Su padre era bielorruso (y militar soviético) y su madre ucraniana.  Se repatriaron a Bielorrusia, cuando el padre fue desmovilizado y regresó, al igual que la madre, a su profesión de maestro rural, poco antes de que Svetlana comenzara la escuela primaria. Aunque hizo sus estudios universitarios y trabajó como periodista principalmente en Bielorrusia, escribió y escribe, en ruso, que era el idioma obligatorio en todas las repúblicas soviéticas.

Su tema central es el mundo soviético y post-soviético, sobre todo sus fisuras. Ha escrito sobre el desastre de Chernóbil (Voces de Chernóbil), sobre los efectos del fracaso de la guerra soviética en Afganistán (Los chicos de cinc), sobre los individuos que cometen suicidio porque no pueden adaptarse a la pérdida de la Unión Soviética (Cautivados por la muerte) y sobre el desdeño oficial al papel de la mujer en las guerras (La guerra no tiene rostro de mujer). Su estilo es documental y trata de no adornar los testimonios de quienes entrevista porque cree que lo mejor es presentarlos en sus propias voces.

Su obra fue censurada en la Unión Soviética y no fue publicada hasta la llegada de la Perestroika. Es censurada en Bielorrusia, donde gobierna Alexander Lukashenko, un dictador post-soviético de corte estalinista que no permite que las editoriales estatales publiquen su obra. Es además criticada por otros intelectuales oficialistas bielorrusos porque escribe en ruso y Lukashenko tiene gran interés en restaurar el lenguaje bielorruso y los temas locales para imponer un nacionalismo provinciano que le permita controlar mejor la producción literaria.

Desde el 2000, ha vivido en Paris, Gotemburgo y Berlín. En 2011 regresó a Minsk pero se ha ubicado de nuevo en Alemania. Sus primeras declaraciones tras obtener el Nobel fue denunciar la invasión de Putin a Ucrania. En 2005 ganó el National Book Critics Circle Award por su libro sobre Chernóbil, en 2011 recibió en Polonia el premio Kapuscinski por sus reportajes literarios y en 2013 el premio Médicis por su obra El fin del hombre rojo.

Este Nobel al periodismo, a la disidencia antitotalitaria y a la lucha contra la censura es un acto de audacia de la fundación sueca. Se lo han dado por la “polifonía de sus voces”, lo cual es, además, un reconocimiento al escritor global y a la individualidad de la obra literaria y la excepcionalidad del autor. Ya llegarán pronto protestas de los oficialistas bielorrusos, pues al premiarla la han nombrado como escritora bielorrusa. Así se define ella, aunque es obvio que trasciende las fronteras nacionales con su obra y sus intereses.

Es algo que debemos pensar los cubanos, divididos por el absurdo concepto de las dos orillas, creado en la isla por la burocracia cultural y que aún sigue vivo desgraciadamente en ambas orillas, en donde la autenticidad se mide por la fidelidad a los límites geográficos y los temas nacionales o a la simple oposición a los mismos y la calidad literaria se juzga en base a la condición política.

Con esta decisión insólita de premiar a Svetlana Alexiévich, el Nobel ha reafirmado, entre otra cosas, que el escritor, no pertenece a nadie en particular, sino a los lectores que sepan apreciar el valor de su obra, no importa donde estén, ni a dónde van ni de dónde vienen. El escritor solo se debe a sí mismo, a su visión estética y a sus intereses que, por supuesto, pueden tomar diversas formas.


Roberto Madrigal

Saturday, September 26, 2015

Sobre expectativas y opiniones


No hubo sorpresas en la visita del Papa Francisco a Cuba. Su visita no fue muy diferente a la de los dos papas anteriores. Quizá un poco más mediática, pues este es un Papa farandulero.
Habló en parábolas, como hablaba Jesucristo. Cada cual puede poner su interpretación, solamente que las palabras de Francisco fueron más huecas y ramplonas que las de Jesucristo. El Papa será argentino, jesuita, culto y educado, pero su prosa no está a la altura de la de Borges o de la de Cortázar.

Pero todo esto es secundario. Los cubanos esperaban que el Papa se deshiciera acusando al gobierno acerca de las violaciones de derechos humanos de todos conocidas. Pero el Papa es un jefe de estado en visita oficial. Que yo sepa, ningún jefe de estado que ha visitado Cuba en los últimos 55 años ha hecho ningún tipo de declaraciones conflictivas contra los hermanos Castro, a no ser que uno lea demasiado entre líneas. Estas visitas llevan meses de planeamiento, los discursos y sus límites son presentados de antemano para la aprobación de ambas partes. En la diplomacia no hay sorpresas públicas. No hay espacio para la espontaneidad.

Como jefe de estado, el principal interés del Papa es avanzar los intereses de su nación. En este caso, se puede considerar que su nación va más allá de sus fronteras e incluye a los feligreses de todos los países del mundo. En el caso de Cuba, el Vaticano ha conseguido avanzar su causa considerablemente, De las persecuciones y expulsiones de sacerdotes en los años sesenta, pasando por las iglesias vacías y la falta de seminaristas en los setenta (la hoy tan simbólica iglesia de Santa Rita, donde las Damas de Blanco han asistido a misa antes de sus marchas que comienzan en el parque de enfrente, estuvo cerrada por muchos años, sin ofrecer misas dominicales por falta de sacerdotes y de parroquianos, estuvo clausurada por el miedo), ha pasado a tener una presencia relativamente fuerte. Es la única institución no gubernamental con algún peso en la isla. Mantienen algún que otro asilo de ancianos, un centro cultural, un seminario revitalizado y publicaciones periódicas.

La iglesia se ha convertido en un organismo mediador, que si bien ha beneficiado mayormente a la clase dominante, ha logrado ocupar espacios antes negados a ella. No importa que se deba a la lacayuna labor del repulsivo Cardenal Ortega. Es un logro como quiera que se mire. El Vaticano busca más. Supongo que tras bambalinas deben estar gestionando la posibilidad de establecer clases de catecismo con regularidad y aprobación oficial. Quizá, la apertura de un hospital privado o de alguna escuela católica. Un espacio en la televisión. Quieren ser los primeros beneficiarios de la lenta apertura hacia un esbozo de pálido capitalismo o aperturismo.

La iglesia tiene todo el tiempo del mundo, pues promete la eternidad y apuesta por ella para mantener su presencia. Además, cristianamente, cuando es golpeada debe poner la otra mejilla y de nuevo la otra y así sucesivamente. El cristianismo es el triunfo del masoquismo político.

Este Papa ha sido nombrado para realzar la importancia de los feligreses latinoamericanos. Algo que la iglesia había dejado a un lado. Los latinoamericanos son hoy en día la médula del catolicismo mundial. Son, además, una entrada por la puerta trasera a la política americana. Con la creciente cantidad de votantes hispanos, mayoritariamente católicos, en los Estados Unidos, la opinión del Papa resulta relevante para influir en la elección del presidente de la nación más importante del mundo.

Es cierto que repele su reunión con Fidel Castro, un satanás decrépito que debe estar consciente tres días al mes, pero que es obvio que no solamente es el símbolo del gobierno, sino que su opinión aun cuenta en los asuntos de la nación cubana. Su hermano es, todavía, su hermano menor.

Cuba mantiene fuertes vínculos con las naciones petroleras de América Latina (Brasil, Venezuela, Ecuador y Bolivia). “Ofender” al gobierno cubano puede provocar la ira de gobiernos influyentes en el curso de la política latinoamericana. Además, está actualmente envuelta, en un papel protagónico, en las negociaciones de paz en Colombia. La miseria del pueblo cubano y la represión interna importan muy poco más allá de las fronteras del archipiélago.

Por otra parte, el discurso católico tiene que ser esencialmente de izquierda.  Aunque la jerarquía históricamente se ha reunido y le ha dado el visto bueno a dictadores despreciables de toda ideología, la retórica cristiana se enfoca en la redistribución de la riqueza. El capitalismo se enfoca en la creación de riquezas y la Iglesia, aunque es uno de los estados más ricos del mundo, hace rato que dejó esa vía. Por otra parte, la creación de riquezas por parte de la iglesia fue a través del pillaje y la colonización.  Ese es un papel que hace mucho tiempo que no ejerce.

El Papa sabe perfectamente bien que en Cuba se violan los derechos humanos, que el gobierno es una dictadura con las manos sucias, que existe, desde hace mucho tiempo, la corrupción, pero nada de eso entra dentro de sus propósitos, Allá los que vean en él una figura divina con una obligación moral. Yo no soy católico. Para mí el Papa no es más que el líder designado de una institución milenaria, con gran peso en las ideas de millones de personas, que controla el desarrollo de centenares de proyectos de progreso social en muchos países, que es responsable del funcionamiento de miles de instituciones culturales, médicas educacionales y científicas a todos los niveles y que a pesar de todos sus defectos y de sus curas pedófilos, por lo general, tiene un desempeño positivo en la política y el desarrollo mundial.

Nada de eso lo iba a arriesgar el Papa por defender los derechos más elementales de un pequeño país, que pierde relevancia cada día que pasa y en cuyos rangos opositores hay más caciques que indios y no hay poder de convocatoria nacional.


Roberto Madrigal

Saturday, September 12, 2015

Donald Trump y la imagen pública


Es hora de tomar en serio a Trump. Ya Ted Cruz se dio cuenta y hace unos tres días se convocaron juntos en una manifestación en contra del acuerdo con Irán. Leyendo entre líneas, esto parece una movida de Cruz, que va bien a la zaga de Trump pero que puede que ahora herede gran parte de los votos de Rick Perry, para comenzar a negociar un posible boleto electoral que lleve a Trump como presidente y a Cruz como vicepresidente. Tiene mucho sentido. Cruz es todo lo que le falta a Trump. Hispano, cristiano fundamentalista y favorito del Tea Party. Exactamente los grupos reacios a abrazar al Donald.

Trump es el Kim Kardashian de la política. Se mueve en el vacío. Pero eso no se puede desestimar. Toca temas de importancia y con su habilidades performáticas los lleva a niveles a los cuales los otros candidatos no se atreven. Es un maestro de las medias verdades. Propone soluciones entre frases lapidarias y exabruptos, pero no ofrece detalles.

Es cierto que su discurso se refiere solamente a los inmigrantes ilegales, pero a partir de ahí hace generalizaciones falsas (como que todos son unos delincuentes) y lleva el tema a extremos que solo satisfacen los instintos más racistas de una parte del electorado, los cuales han estado ebullendo en silencio por ocho años, soportando la presencia de un presidente negro con un nombre árabe. Insulta a sus oponentes atacando sus atributos físicos y de paso cuestiona el establishment de lo políticamente correcto. Es certero, casi todo el mundo está harto de la corrección forzada, que lleva a los políticos a expresarse en términos vagos y en aburridos clichés.

Trump no es un político tradicional y no le debe nada a nadie. Hasta ahora se ha financiado su campaña. Eso le permite comportarse como un adolescente antisocial. Se dice y se desdice. Por una parte tiene el coraje de decir que aumentará los impuestos a los más ricos y a los hedge funds, siendo él mismo el primer afectado, pero luego resulta incapaz de explicar cómo va a lograr que México pague por el muro que propone o cómo va a reducir la amenaza iraní.

Se supone que hay que creerle porque él lo dice y según nos quiere hacer creer, es un exitoso hombre de negocios. Sin embargo, en un reciente artículo de S.V. Dáte publicado en el National Journal (una publicación que se beneficia de las donaciones de Bill Gates, quien no se lleva con Trump), se detalla que en realidad, tras heredar 200 millones de dólares de su padre, la trayectoria de Trump demuestra que ha sido un empresario mediocre. Sus inversiones y estrategias le han causado cuatro bancarrotas corporativas y el empleo a miles de personas. Crea casi tantos trabajos como los que destruye.

Más preocupante que sus discursos y diatribas, es la respuesta de los electores. El odio a los inmigrantes, algo que no es nuevo en Estados Unidos, pero que no es patrimonio de esta nación, nacida precisamente de la inmigración, es algo que está encontrando niveles nunca antes vistos en todo el mundo occidental y que se une además al rechazo a la política tradicional. Puede verse tanto a la izquierda como a la derecha, en el acenso de Pablo Iglesias y de Tsipras, en el auge (al otro lado del espectro), del Partido del Pueblo en Dinamarca, una organización de raíces nazis y del partido Demócratas Suecos también de fuentes nazis. En Inglaterra, el partido laborista ha nombrado como líder a un extremista de izquierda. Hay una ola de radicalismo político que obedece al hastío con el desempeño de los partidos establecidos y convencionales en los últimos veinticinco años.

El votante americano está cansado de discursos huecos y de una creciente desigualdad social. De guerras que no han resuelto nada y de banqueros y ejecutivos que estafan a sus clientes y escapan con una pequeña amonestación. Están también escépticos del resultado de un posible enfrentamiento entre dos dinastías políticas (Bush y Clinton), en un país en el cual la renovación es la palabra de orden.

Trump promete resolver todo eso, se presenta como la única alternativa y aunque no presenta ningún plan concreto, la gente, por simpatía, lo respaldan. Ciertamente, una minoría hasta ahora, no hay que olvidar que el 65% de su partido está contra él, pero para resolver esas diferencias están las alianzas políticas y ya vemos que Ted Cruz parece dispuesto a ello.

Por otra parte, la imagen pública, conformada por la manipulación mediática, es muy importante en la decisión del votante americano. Trump ha tenido programas televisivos de éxito, tanto como personaje que como productor. Tiene mucha experiencia, se mueve bien entre las cámaras, se ha casado con modelos y actrices. Es un WASP que se une con extranjeras, una checa y una eslovena. Rompe con la preconcepciones raciales. Además, tiene sentido del humor, y el que lo dude, que vea su reciente aparición en el Tonight Show con Jimmy Fallon. Para mucha gente es atractivo y carismático.

Trump está aún muy lejos de la nominación y de la presidencia, pero su presencia y su impacto no se pueden desdeñar. Más importante todavía resulta analizar a quienes atrae y el porqué. Es peligroso. Sería muy triste que un payaso lépero, un hombre que apela a la frustración popular y que se ceba en los peores instintos del populacho,  termine de presidente del país más poderoso del mundo.


Roberto Madrigal