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Wednesday, June 26, 2013

Un texto imprescindible, una omisión imperdonable



Tras publicar el primer trabajo investigativo realizado en Cuba sobre la figura de Guillermo Cabrera Infante con su premiado libro Sobre los pasos del cronista (Ediciones Unión, La Habana 2010), sus autores, Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal, han vuelto a la carga de infantería con su nuevo texto Buscando a Caín.

Ambos títulos se inscriben dentro de la nueva política de rescates culturales de asesinados exquisitos, que fueron eliminados por décadas de la memoria literaria colectiva, por una política que ha sido parte del proyecto social del castrismo y que ahora son resucitados de forma incompleta y progresiva, adecuadamente maquillados.

Más allá de los propósitos y despropósitos de sus autores, los libros deben analizarse como lo que son, lo que tocan, lo que implican y lo que eluden. No se les puede exigir que aborden temas que están ajenos a sus metas ni criticarlos por ello. Con sus virtudes y sus defectos, Sobre los pasos del cronista es un libro que reúne una gran cantidad de información que hasta ese momento se encontraba dispersa o inédita. Es una valiosa contribución al estudio de la figura de Guillermo Cabrera Infante.

Buscando a Caín consiste exclusivamente en una compilación de entrevistas con escritores, cineastas, periodistas y personas importantes en la vida de Cabrera Infante. El libro no editorializa, deja a cada entrevistado decir lo que tenga que decir. Las entrevistas están ordenadas en una cronología hecha según cada autor entra en contacto con Cabrera Infante o este con ellos y hay una segunda sub-agrupación que consiste en el oficio de los entrevistados. El único que aparece un poco desubicado, aparentemente a propósito, es Edmundo Pérez Desnoes, cuya entrevista cierra el libro. Las secciones en que los autores han dividido el texto están introducidas por fragmentos de textos de Cabrera Infante, o cartas a la redacción de la revista Carteles o de Lunes de Revolución, otras notas periodísticas y cosas por el estilo, muy bien encajadas.

Aunque no lo dicen por ninguna parte, me da la impresión de que estas son muchas (o todas) de las entrevistas en las cuales los autores se basaron para obtener parte de la información que utilizaron en su libro anterior y decidieron armar un texto con ellas. Es obvio que los entrevistados están respondiendo a un limitado número de preguntas. Entre los entrevistados se encuentran autores que habitan las dos orillas de la cubanidad, algunos murieron antes de que saliera la obra.

Es muy difícil entrevistar a los intelectuales y a veces más espinoso aún leerlos. En muchos casos, estos se dedican a hablar de si mismos más que de la figura del sujeto de la encuesta y muchos, sobre todo los de la orilla de allá que apoyaron de alguna manera el asesinato cultural de Caín, se envuelven en justificaciones muy defensivas de sus actitudes “de entonces”. Hay demasiada pose en todo esto. Es el caso de Edith García Buchaca, Ambrosio Fornet y Graziella Pogolotti. Hay testimonios informativos e interesantes, que se quedan un poco a medio camino de lo que quieren decir, como son los de Antón Arrufat, César López, Pablo Armando Fernández y Enrique Pineda Barnet. Hay otros muy honestos y liberados, que expresan sus experiencias con humor y sin tapujos, como son los de Luis Agúero y Ernesto Fernández.  Y hay unos, específicamente los de Harold Gramatges y Edmundo Pérez Desnoes, que destilan bilis, envidia y frustración y que casualmente son los que abren y cierran el libro.

Todos los testimonios son interesantes y de alguna manera aportan algo, si no al mejor entendimiento de la figura de Caín, al menos al ambiente de la política cultural en la que se desempeñó. Para mí el más atrevido, desenfadado y sincero (a pesar de que estoy seguro que tiene mucho de ficción, lo cual lo hace más verídico) es el de Ingrid González.

El libro cierra con unas treinta fotos de Cabrera Infante antes, cuando y después de Caín, algunas hechas por Néstor Almendros, Korda y Jesse Fernández, y la mayoría de ellas hasta ahora inéditas.

El texto, en su conjunto arroja mucha información sobre las guerras culturales que se llevaron a cabo en la década del cincuenta y hasta mediados de la década del sesenta. Las primeras principalmente entre agrupaciones culturales e individuos y las últimas en plena lucha por el posicionamiento en el poder político, cuando la cultura fue manipulada como instrumento de supremacía. Una figura queda muy mal parada en todo esto y es la del recientemente fallecido Alfredo Guevara, a quien se presenta prácticamente como un artista frustrado, sin talento, que decidió establecerse como el zar del cine y eliminar sin compasión a todo quien se le interpusiera. Es una conclusión inevitable cuando uno cierra el libro.

De Cabrera Infante resultan muchas versiones, probablemente todas son aspectos de su compleja personalidad y sobresalen más allá de las intenciones de algunos de los entrevistados, que como impostados segismundos, intentan psicoanalizar al personaje y tratan así de matizar su testimonio. Para unos resultó un hombre generoso y solidario, para otros un pedante altanero y despectivo, para todos un hombre de extraordinario talento, egocéntrico, pero muy consciente de sus objetivos.

Si bien el texto es interesante e imprescindible, hay una omisión que no puedo dejar de mencionar. Al libro lo recorre el hecho de que Caín y Cabrera Infante fueron una ausencia criminal en la cultura cubana de este último medio siglo, pero nadie se atreve a decir con precisión a que se debió. No hay mención ni consideración sobre la política cultural del gobierno ni sobre lo orgánico que esta censura resultaba al proyecto. No soy ingenuo y sé que evitar ese tema debe ser parte del “pacto” por lo cual los organismos que rigen la cultura y la censura en Cuba permitieron la publicación de estos materiales. Velazco, como funcionario él mismo, ya que es el jefe de redacción de la revista Unión debe saberlo muy bien y también conoce los trucos para vadear esos obstáculos. Pero un libro que comienza con la “Advertencia”: La posibilidad latente de que se pierda el pasado, la muerte de los lugares, los objetos, las personas, no hace descabellada la suposición de que todo esto que nos contaron y lo que prefirieron callar, por muy verídico y apegado a la realidad que haya querido ser, algún día podrá leerse como una ficción, hace más obvia esa omisión. Cuando algo o alguien se rescata, se debe ser consecuente y decir de dónde se rescata.

Peor aún en este caso me parece la introducción de Abilio Estévez, titulada “Testimonio en/desde la ficción”, en la cual este asunto ni se esboza.  Me sorprende esto en un escritor que hace tiempo vive en el exilio y que ha expresado posiciones muy interesantes y valientes. ¿Para qué se prestó a escribir esta introducción si conocía de las limitaciones que se le imponían? O es que se las impuso a sí mismo quizá para recuperar su voz y su sitio en el panteón de la literatura cubana oficializada y no tener que esperar a la muerte para que se le rescate. En realidad, Estévez perdió una gran oportunidad de decir lo que ha dicho muchas veces, o de simplemente negarse a participar. Su introducción no aporta nada al texto y solamente resulta en un apoyo a un proyecto que va más allá de su control y probablemente del de los autores del libro.

Buscando a Caín. Entrevistas compiladas y editadas por Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal. Ediciones ICAIC 2012. La Habana. 287 páginas.

 
Roberto Madrigal

Wednesday, June 19, 2013

Por favor, que el verdadero farsante se ponga de pie



Tras leer, en el número más reciente de la revista Cineaste, una reseña muy positiva sobre el documental Will the Real Terrorist Please Stand Up, me lancé, con furor de masoquista, a buscar en la intenet la mayor cantidad de fragmentos disponibles en YouTube y otros sitios. No lo pude ver completo, pero vi al menos veinte minutos además de una entrevista con su director, Saul Landau, en el sitio www.DemocracyNow.org, hecha por la periodista Amy Goodman.

No hace falta ver el documental completo para darse cuenta que no es más que otro vehículo de propaganda, realizado por uno de los mejores servidores que el castrismo ha tenido en los Estados Unidos desde 1960. Quien ha visto su documental Fidel (1968) y ha leído algunos de sus artículos en Cubadebate, Progreso Semanal y en el Huffington Post, entre otros medios, sabe que Landau es un excelente ejemplo de lo que es un habilidoso manipulador del sesgo. O sea, enhebra toda una letanía de medias verdades, apoyada por hechos comprobados, las magnífica y se cuida mucho de ponerle algún tipo de contrapartida o investigar opiniones diversas. Luego, hace generalizaciones en base a ello. Parece disfrutar la inversión de roles entre las víctimas y sus victimarios.

En este documental, cuyo título juega con el de una canción de Eminem (Will the Real Slim Shady Please Stand Up), parte de una serie de actos terroristas realizados contra Cuba, desde el derribo del avión que llevaba atletas cubanos desde Barbados en 1976, pasando por las bombas puestas en hoteles cubanos, siguiendo con el derrumbamiento de los aviones de Hermanos al Rescate, que Landau presenta como un grupo que al final se dedicaba a acciones de espionaje y culpa de la acción de la Fuerza Aérea Cubana a José Basulto, el jefe de la organización, para seguir con el caso de Posada Carriles y terminar con el de los Cinco Espías, la importancia de cuyas acciones, por supuesto, minimiza.  Entre los entrevistados -que presenta para ostentar “objetividad”-, están Armando Pérez Roura y Ninoska Pérez Castellón, cuyas palabras escoge y edita muy bien para que aparezcan como paladines de la pro-violencia. También entrevista a Edmundo García.

Narrado melodramáticamente por Danny Glover, -un buen actor que hace una década que no figura en una película decente y que se ha dedicado con devoción a defender la causa de los Cinco Espías y del difunto Hugo Chávez-, el filme tiene como propósito demostrar que en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, los únicos terroristas han sido los americanos y que el exilio cubano es una comunidad de extremistas de derecha que no respetan la democracia ni la libertad de expresión, sin dejar de acentuar la vieja y gastada monserga de que son producto de una desaparecida república corrupta, controlada por la mafia. Lo interesante, y lo peligroso, es el aval que se le da al documental en medios académicos y en revistas especializadas en cine.

Saul Landau es un hombre brillante que se expresa con una locuacidad envidiable. Nacido en 1936, tras graduarse de la Universidad de Wisconsin, en Madison, se desempeñó como mimo y dramaturgo en San Francisco, a la vez que hacía su dinero como distribuidor de cine. Confiesa que en 1960 visitó Cuba para ver lo que pasaba y vio gente que con su misma edad tenían altos cargos gubernamentales y “usaban su cerebro mejor que yo”. A partir de ahí se dedicó al activismo y a la militancia pro-Cuba en los Estados Unidos. Cuenta que en 1966, el difunto comandante René Vallejo lo invitó para que fuera a Cuba a filmar un documental sobre Fidel Castro que resultó en el ya mencionado Fidel. El panfleto no es más que una serie de secuencias con Fidel Castro visitando diversos proyectos agrícolas y haciéndose el simpático con el pueblo. Al final le concede una entrevista a Landau. Lo estrenó en 1969 a través de la televisión pública y su presentación en Nueva York y en Los Angeles, en 1970, fue frustrada por dos bombas que fueron plantadas en el cine neoyorquino y un fuego en el teatro angelino. Algo similar ocurrió cuando Sandra Levinson lo fue a poner en el Center for Cuban Studies  de Nueva York en 1971.

Landau ganó el premio Edgar Allan Poe de 1981 por su documental Assassination on Embassy Row, sobre el atentado realizado contra el diplomático allendista Orlando Letelier. Ha realizado entrevistas y escrito libros sobre Nicaragua, Chile y el subcomandante Marcos. Es profesor emérito Hugh O. Bounty Chair en Conocimiento Interdisciplinario Aplicado, de la California State University de Pomona y es fellow del Institute for Policy Studies, un think-tank, radicado en Washington.

Recuerdo vagamente sus presentaciones en la televisión cubana y sus entrevistas en los periódicos Granma y Juventud Rebelde así como en otras publicaciones especializadas. Siempre apoyado, siempre apoyando. Nunca me crucé con él porque solamente se movía en los círculos del poder, a los cuales jamás tuve acceso. Lo que más me molesta al oírlo hablar es que maneja demasiada información y estoy seguro que no es posible que la haya obtenido por si solo. Conoce demasiados detalles y muchos son muy similares a los que divulga el gobierno cubano, pero con mayor profundidad. Prestando atención a lo que dice, a su trayectoria y a su militancia, aunque no lo pueda probar con hechos, no me cabe duda de que su información procede, ya procesada y arreglada, de los archivos de la antigua escuela de los Hermanos Maristas. No es meramente un vocero, es un hombre creativo que maneja a conveniencia suya y de quienes sirve, la información que se le da. Resulta muy interesante ver la tergiversación de información que hace en su reciente artículo sobre Yoani Sánchez (“The U.S. Celebrates Yoani, But Does Not Hear Her Message”), aparecido en el Huffington Post.

¿Profesor? ¿Cineasta? ¿Investigador? ¿Periodista? ¿Agente? ¡Por favor, que el verdadero Saul Landau se ponga de pie!

 
Roberto Madrigal

Wednesday, June 12, 2013

Ecológica


Corría el año 1974 si mal no recuerdo. Yo me acababa de graduar o estaba al hacerlo (si hubiera sabido que iba a escribir sobre esto casi cuarenta años después, hubiera tomado nota). Un amigo cuyo nombre me reservo, porque aún vive en Cuba y no quiero ser responsable de su persistente (mala) suerte, me invitó a colarme en una reunión altamente secreta, que iba a tener lugar en un local del Instituto Cubano de Geodesia y Cartografía y en la cual se iban a tocar temas espinosos sobre el futuro de la construcción del Campamento de Pioneros “José Martí”, en la antigua playa Tarará. Acepté la invitación porque uno de mis placeres por entonces era hacerme pasar por lo que no era y terminar colado en algún evento oficial, al cual por supuesto no estaba invitado, siempre vigilado por la mirada suspicaz de los solemnes guardianes del orden.

Camino al lugar, mi amigo me explicó que se trataba de una charla que daba un ingeniero geofísico francés que, contratado por el gobierno cubano, llevaba más de un año estudiando la viabilidad del proyecto desde el punto de vista de los riesgos ecológicos y las complicaciones del terreno. La reunión era estrictamente para científicos involucrados en el proyecto y los camaradas del partido que supervisaban la factibilidad ideológica de los aspectos científicos del estudio del ambiente.

No sé por qué me hice la idea que el francés iba a ser un tipo de aspecto jipangoso, con el pelo sucio y por los hombros, vestido con camisa de mezclilla y blue-jeans raídos, pero no, era todo un señor distinguido, de unos 50 años, que lucía un impecable traje azul con corbata y camisa armoniosamente combinadas, prendas que por aquellos tiempos se me antojaban tan ajenas como un traje de astronauta. Un recorrido visual del auditorio permitía inmediatamente distinguir quienes viajaban con frecuencia, quienes se tomaban su trabajo en serio sin tener ninguna recompensa material y quienes cuidaban del hermetismo del proyecto. Vi unos cuantos conocidos que primero me miraron con cara de asombro, pero que dándose cuenta de la situación, callaron y miraron para otra parte. En la mesa donde se sentaba el francés, tres individuos vestidos con safaris lo rodeaban.

El invitado empezó a exponer los problemas que había detectado con respecto al proyecto. Su primera preocupación fue la suciedad de las aguas producto de las estelas de aceite que llegaban a las costas habaneras debido a que los barcos mercantes rusos pasaban mucho tiempo esperando entrar a puerto y limpiaban sus máquinas repetidamente en el cercano altamar. Cualquiera que como yo se haya bañado en aquella época en las playas habaneras, incluyendo la Playita de 16, debe recordar haber perdido más de una trusa a consecuencia de las inevitables manchas de aceite. Uno de los camaradas en safari se levantó dispuesto y aclaró que eso era una situación que solamente se daba durante la primavera, época en que los niños no iban a estar en el campamento y que ocurría porque los barcos procedentes del Báltico, debido a los deshielos, demoraban su partida y se acumulaban en la costa, pues todos llegaban a la vez, pero que de todos modos se estaban buscando otras soluciones al asunto y minimizó la gravedad del asunto.

No muy convencido, y como nadie se atrevió a ripostar, el francés fue a su segundo punto, el que más le interesaba. Le preocupaba grandemente que las aguas albañales del Hotel Mar Azul (que creo que ha sido rebautizado con el espantoso nombre de Tropicoco), desembocaban directamente en el campamento y angustiado empezó a enumerar las consecuencias ecológicas y epidemiológicas de esto. Los camaradas en safari no sabían que responder y nadie en el auditorio levantaba la voz, aunque algunos esbozaban unas muecas burlonas. El mismo que había aclarado la situación de los buques soviéticos, se paró y dijo que lo iba a discutir “con los compañeros del hotel”, pero el francés, agobiado y ansioso dijo que no había nada que discutir, sino que la única solución era crear unos desagües en el sitio donde se proyectaba la construcción del anfiteatro y que este debía ser movido a otra parte.

El pánico cundió en la mesa y los camaradas de safari dijeron que eso no era posible, que si los costos y lo comprometido que estaba el proyecto con el compañero Fidel Castro y que eso se tenía que discutir a nivel del Comité Central y así siguieron hasta que, para agravio del francés, la reunión se suspendió.  El ingeniero francés, indignado, y como ya había cumplido su contrato, se fue una semana después según me dijo mi amigo y de eso más nunca se habló y el campamento creo que empezó a funcionar en 1975, a media capacidad y fue oficialmente inaugurado por Castro en 1978, poco antes del Festival Mundial de la Juventud que tuvo lugar en La Habana.

En el verano de 1979 me tocó trabajar en dicho campamento, como parte de un programa que se realizaba, a través del Instituto de Endocrinología, con niños diabéticos y obesos. El primer día que fui al agua, cuando traté de nadar un poco me tropecé con desechos de todo tipo, incluyendo heces fecales polimorfas y secas, que venían desde el este, donde se encontraba el hotel Mar Azul. Había que hacer malabares para evitar el detritus. Entonces me acordé inmediatamente del francés y de aquella reunión. Me di cuenta de que varias generaciones de pioneros se habían bañado, y se bañarían, literalmente, en la mierda.

 

Roberto Madrigal

Wednesday, June 5, 2013

¿La cultura en peligro?



Los cineastas europeos se han alzado en armas epistolares para protestar por la decisión de la Comisión Europea de incluir al sector audiovisual y cinematográfico en las negociaciones comerciales que tendrán lugar este verano entre Europa y Estados Unidos, lo cual daría al traste con la enmienda de excepción cultural que ha protegido este sector de someterse a las leyes del mercado libre. Temen que esto convierta al cine europeo en una pobre caricatura del cine americano. Eurohollywood sería el oropel del pobre. La razón les asiste.

La cultura no debe estar vinculada al mercado y la política (mi instinto me iba a hacer añadir la religión, pero no, solamente pensar en Bach y en las consecuencias que su devoción religiosa tuvo para la música, así como la riqueza del arte religioso en Occidente a través de los siglos me hacen renunciar a esa idea), estas dos esferas solamente sirven para homogeneizar y amordazar a la creación artística.

La declaración de protesta, firmada, entre otros, por Pedro Almodóvar, Michael Haneke, los hermanos Dardenne, Aki Kaurismaki y Cristian Mungiu  y que ha sido también apoyada por el director americano David Lynch y el productor Harvey Weinstein, patriarca del cine independiente americano, expresa que gracias a la excepción que facilita el programa MEDIA, se ha logrado que “la diversidad cultural es ahora una realidad en la mayoría de los lugares de toda Europa. Es lo que permite los intercambios y el entendimiento mutuo y es también un vector para el crecimiento y la creación de empleo…La diversidad cultural no debe ser una herramienta de negociación. Debe seguir siendo una ambición, una demanda legítima y un compromiso”. Y añaden que la cultura se reduciría “a nada más que una mercancía”.

El sector audiovisual, por su componente industrial, está mucho más ligado a los vericuetos de la economía que otros sectores de la cultura y es el más afectado por las altas y las bajas del mercado. Hollywood es una industria que mayormente se encarga del rendimiento económico y cuando una fórmula funciona en la taquilla, tienden a repetirla ad nauseam, de ahí la inmensa cantidad de secuelas, precuelas, películas vueltas a hacer y refritos del mismo tema. La originalidad no tiene mucha cabida en el sistema de los grandes estudios. Pero gracias al desarrollo tecnológico y a la peculiar estructura del capitalismo americano, los cineastas siempre encuentran formas de producir sus ideas y maneras de obtener apoyo material, porque existen demasiadas opciones. No es el caso de Europa y de su sistema socio-económico.

Por otra parte, de eliminarse la excepción cultural, no solamente se perdería el individualismo y la diversidad de la producción europea, sino que, dado el dominio que poseen hoy en día las grandes y cada vez más escasas distribuidoras, ver buen cine europeo sería una labor casi imposible. Esto pondría al cine como arte prácticamente al borde del abismo y solamente quedaría el cine como entretenimiento.

Es cierto que hay directores que hacen arte y logran éxito comercial. Ahí está Hitchcock para probarlo y es tan necesario un Hitchcock como un Godard, pero por cada Vértigo hay mil Mission Impossible. La repercusión que tendría la eliminación de la excepción cultural del sector audiovisual también afectaría la producción americana al casi eliminar la competencia artística de los verdaderos artistas del cine americano y también afectaría significativamente  a la distribución de películas de otras cinematografías emergentes de países como Corea del Sur, Japón, Colombia y Argentina.

Existe además un sector del público que vería minimizadas sus opciones de asistir al cine. A pesar de la presión que ejercen las distribuidoras sobre los exhibidores, sobre todo los independientes, todavía quedan en algunas ciudades de los Estados Unidos, salas en las cuales se puede ver buen cine y una audiencia más exigente puede disfrutar de sus propuestas. Pienso en salas como el Tower en Miami, el Esquire y el Mariemont en Cincinnati, el Angelika, el Film Forum y el Village East en New York, el Siskel en Chicago y otros pocos, que han encontrado su nicho de éxito financiero proveyendo cine de calidad a esos cinéfilos y que se verían gravemente perjudicados si la medida propuesta pasa. En la economía global la interdependencia es muy fuerte.

El cine y el sector audiovisual no son más que dos insignificantes gotas de agua en el océano mercantil, pero la imposición de la regulación de estos por el mercado si puede ser un golpe mortal. Soy optimista y creo que al final, la excepción se mantendrá, estamos hablando de negociaciones entre democracias desarrolladas y con una sofisticada apreciación de la cultura, pero cruzarse de brazos sin apoyar las exigencias de los cineastas europeos sería de una complicidad imperdonable.

Roberto Madrigal

Wednesday, May 29, 2013

Rescates culturales II



El lunes 29 de abril publiqué en este blog, bajo el título de Rescates culturales, un artículo de Rogelio Fabio Hurtado que a su vez respondía a uno publicado en el número 78 de 2013 de la revista Unión, firmado por Carlos Velazco en el cual se “rescataba” la figura del fallecido escritor cubano Esteban Luis Cárdenas. En ese momento no tenía en mis manos el trabajo de Velazco, pero después de haberlo leído quiero añadir algunas cosas a lo dicho por Hurtado.

Carlos Velazco es el autor, junto con Elizabeth Mirabal, de Sobre los pasos del cronista, un libro interesante sobre la obra periodística de Guillermo Cabrera Infante hasta más o menos 1966. El libro reúne una gran cantidad de información que andaba dispersa anteriormente y tiene unas cuantas entrevistas que aportan datos nuevos sobre la figura de Cabrera Infante. Es un valioso documento, con sus altas y sus bajas, con graves errores metodológicos con respecto a las fuentes de información y con algunas medias verdades insertadas, quizás para no buscarse muchos problemas con las autoridades, ya que aborda un tópico muy combustible.

También tiene un trabajo sobre René Jordán, por lo que parece ser el arqueólogo cultural de moda, permitido por los burócratas del ministerio de Cultura. A pesar de su corta edad, nació en 1985, es el jefe de redacción de la revista Unión, que es el órgano oficial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, lo cual lo convierte a su vez, en un burócrata de la cultura.

Su artículo sobre el escritor Esteban Luis Cárdenas (Ciego de Avila 1944- Miami 2010) adolece de muchos de los defectos que se detectaron en su trabajo sobre Cabrera Infante, solamente que aquí las medias verdades son demasiadas, hay mucho descuido respecto a la cronología de varios hechos y no cita las fuentes de las cuales obtiene los datos, además no se ocupó de buscar información de personas y publicaciones que estaban a su disposición y que hubieran dado mejor luz al tema.

Quiero añadir algunas cosas a lo expuesto por Hurtado en su trabajo.  Cuando Velazco habla de que en Cuba Cárdenas fue solamente leído por sus amigos, no fue publicado y sufrió las consecuencias de su propia honestidad, parece que Cárdenas operaba en un vacío, o quizás en Suecia. No se mencionan para nada las fuerzas que lo reprimieron y lo marginaron, las que lo fueron llevando al silencio y a la imperiosa necesidad del exilio. Es como si Cárdenas, solamente por ser Cárdenas, se hubiera puesto contra la pared.

Luego habla de su “solicitud” de asilo político en la embajada argentina que finalmente lo condujo a la cárcel y dice que a Cárdenas “lo dominaba una obsesión: irse”. Es obvio que Velazco no entiende nada del entorno bajo el cual se desarrolló mi generación. La obsesión de irnos se nos impuso por un sistema que no admitía voces diferentes, de unos guardianes celosos que vigilaban la menor expresión de individualidad o de falta de conformidad, para eliminarla. Incluso al mencionar que trató de vender algunas pertenencias para dejar algún dinero a la madre de su hija Addis Annia, sugiere que quizás “haya pensado en salir con una modesta suma del país”. Parece desconocer que el dinero cubano no valía nada en aquel momento y que nadie que buscara asilo en una embajada o tratara de irse clandestinamente pensaba en llevar dinero consigo. Es más, nuestra generación fue indiferente al dinero.

Cuando entra en el tema de la vida de Cárdenas en el exilio insiste en que “padeció la pobreza, pero el término más preciso para él sería ‘miseria’…” y habla de sus dos accidentes, situando uno a principios de la década de los ochenta. Aquí, al obviar la cronología precisa, escamotea la realidad y las causas que llevaron a Cárdenas a esa miseria. Este había salido de Cuba en enero de 1980, y su primer accidente ocurrió cuando aun no llevaba un mes en los Estados Unidos. Iba de pasajero, dormido en un auto cuando un vehículo se les vino encima. Cárdenas sufrió graves lesiones y quedó completamente inhabilitado. Tuvo que pasar por múltiples operaciones y largas estadías en el hospital. Cuando llegué a Estados Unidos en mayo de 1980 y me encontré con él, no se cansaba de elogiar, sinceramente agradecido, la atención médica que había recibido y como los médicos habían hecho por él mucho más de lo que su deber requería. Eso fue lo que llevó a Cárdenas a la miseria económica, el hecho de que el accidente lo incapacitó para ganarse la vida y tuvo que vivir de la seguridad social apenas llegado aquí. Después tuvo otro accidente, casi diez años más tarde que remató al anterior y lo hizo retrasar en todo lo recuperado.

Cuando en 1982 comencé a editar la revista literaria Término, junto a Manuel Ballagas, Esteban Luis Cárdenas fue parte del consejo editorial (el resto lo constituía Ricardo Oteiza, Jorge Posada y Orlando Alomá, el diseñador fue Reglo Guerrero). En el primer número publicó un trabajo titulado Operación profilaxis, sobre un comando de la seguridad del estado dirigido a reprimir a la juventud cubana. En el tercer número publicó dos poemas, uno de ellos titulado Mi mujer más negra que un hechizo dedicado a Ana María Paredes. Velazco no parece tener noticia de esto, no se ocupó en buscar la publicación, que se supone está disponible en la Biblioteca Nacional José Martí y en la de la Casa de las Américas.

Después cita una reunión entre Cárdenas, Reinaldo Arenas y Carlos Victoria, en la cual se supone que estos últimos conspiraron para ocultarle a Cárdenas el padecimiento de Arenas. No solamente como está narrada no resulta creíble, sino que tampoco cita de dónde obtuvo la información.

Su juego constante de la suerte de Cárdenas ligada a la premonición del babalawo que visitó, una historia de muchas versiones, y la relación del destino del escritor con el orisha Osain, la cual repite y ensancha a medida que progresa el trabajo, parece insistir en presentar la negritud de Cárdenas, lo que se advierte desde el título del trabajo (Patakí). Al parecer con esto quiere relacionar su miseria en el exilio con su raza y de paso minimiza el alcance de su obra. Se equivoca Velazco porque Cárdenas es un escritor sin raza ni geografía, que produjo una literatura trascendente.

Por otra parte sus amigos nunca lo abandonaron y Cárdenas siempre estuvo consciente de ello. Su libro Cantos del centinela, salió gracias al esfuerzo del escritor Carlos Díaz, que dirigía la editorial La Torre de Papel y al de un grupo grande de amigos que compramos por adelantado los ejemplares para hacer posible la financiación y poder lanzar al poeta. Despúes, Ramón Alejandro como editor costeó la edición de su siguiente libro. Pero Velazco no se ocupó de establecer contacto con los amigos de Esteban Luis. Hay muchos en Cuba, entre ellos el propio Rogelio Fabio Hurtado y en el exilio hay decenas que hubieran podido abundar en la obra y la personalidad de Cárdenas.

Todavía no entiendo la razón por la cual se ha decidido reivindicar a Cárdenas en la isla. Una razón, por supuesto, es porque está muerto, ya no puede protestar, pero es obvio que es una reivindicación a conveniencia, manipulando la información recogida a conveniencia, para exonerar a los verdaderos culpables de que Esteban Luis nunca publicara ni fuera conocido en Cuba. Si bien se agradece la intención de rescatar una figura que nunca mereció el silencio que se le impuso, el hecho de reconstruirlo en base a una información deliberadamente incompleta y con la cronología convenientemente anacronizada, echa por tierra el esfuerzo y hay que decirle: Thanks, but no thanks.

Roberto Madrigal

 

Para leer el artículo de Rogelio Fabio Hurtado pinche: http://www.rmadrigaldil.blogspot.com/2013/04/rescates-culturales.html

 
Para leer el trabajo de Carlos Velazco pinche: http://archdil1.blogspot.com/2013/05/esteban-luis-cardenas-pataki.html

 

Tuesday, May 21, 2013

En algún sitio entre Woody Guthrie, Kerouac, Pérez Prado y García Lorca


Precursor de la contracultura, la poco conocida figura del músico y escritor Richard Fariña se pierde entre las grietas del final de una década que lo vio madurar y los comienzos de otra cuya prematura muerte no le permitió vivir completamente.  Llegó tarde para pertenecer a la generación perdida y se fue muy temprano para incluirse en el movimiento hippie.

Una madrugada de los años setenta, en el parquecito ubicado frente a la funeraria Rivero, el compositor Héctor de Angulo, quien le había enseñado la Guantanamera a Peter Seeger y lo había convencido de cantarla con los versos de Martí, intentó hablar de Fariña, con gravedad didáctica, ante el grupo que lo rodeaba, pero por muchas razones, nadie tomaba en serio a Angulo y el nombre quedó como un leve y efímero eco. De hecho, la mayoría de nosotros pensamos que se refería al músico concreto Carlos Fariñas y espantados le cortamos la monserga.  

Nunca más oí mencionar el nombre de Richard Fariña hasta que hace unos días, buscando material sobre Thomas Pynchon, descubrí la única novela que escribió Fariña, Been Down So Long It Looks Like Up to Me y me lancé a leerla. 

Publicada en 1966, la novela guarda una relación distante con Catcher in the Rye y con On the Road. Si Salinger y Kerouac respondían a los comienzos de la Guerra Fría, el macartismo y el naciente conservadurismo que implantaba sus valores a pasos agigantados en los Estados Unidos, Fariña se alza contra todos esos elementos (menos el macartismo) ya bien afianzados en la cultura americana de la era de Eisenhower. La trama tiene lugar en 1958 y se mueve entre el oeste americano, una universidad americana en la parte norte del estado de Nueva York y tiene su momento climático en Cuba, en una Habana de pastiche que mezcla fragmentos de la realidad con la visión distorsionada y preconcebida que de ella tienen los personajes, quienes a su vez se pasan la mayor parte del tiempo intoxicados entre las drogas y el alcohol. Sus alucinaciones anticipan las experiencias que narrara Carlos Castaneda en su famoso The Teachings of Don Juan en 1968. La novela tiene un lenguaje coloquial mucho más agresivo que el de sus antecesoras y en el cual es fácil perderse.

Fariña nació en Brooklyn, el 8 de marzo de 1937. Su padre era cubano y su madre era una neoyorquina descendiente de irlandeses. De pequeño padeció de un asma muy fuerte y a los ocho años fue enviado a Matanzas, a pasar un tiempo con la familia de su padre, para ver si los aires de Varadero le curaban su enfermedad respiratoria. Se ganó una beca académica para estudiar ingeniería en la Universidad de Cornell.  Allí comenzó a escribir cuentos que publicó en varias revistas literarias de alcance nacional, se cambió a estudiar literatura inglesa y comenzó a dar fiestas en su apartamento que contravenían los reglamentos de conducta que estipulaba la universidad.

Su fama como bailador de mambo y como parrandero empedernido cundió por todos los predios de Cornell.  Pynchon lo conoció en una fiesta de Halloween en la que este iba disfrazado de Scott Fitzgerald y Fariña iba de Hemingway. Su amistad continuó cuando coincidieron en las charlas que ofrecía Nabokov, que fue profesor en dicha universidad, tanto sobre literatura rusa como sobre mariposas. Pynchon recuerda que Fariña era un lector voraz de García Lorca y que solía pararse en una mesa en medio de una fiesta a recitar los poemas del escritor granadino. Pynchon admiraba no solamente al personaje que representaba en vida el propio Fariña sino también su obra literaria, al extremo que, siendo un escritor tan excesivamente privado y comedido, escribió la introducción a la segunda edición de Been Down… que hiciera Viking Press en 1983 y dedicó a Fariña su novela Gravity’s Rainbow (1973). Fariña fue finalmente expulsado de Cornell por participar en demostraciones estudiantiles que protestaban las rígidas regulaciones de la universidad

En Cornell también conoció a Peter Yarrow, quien después fundara el famoso trío Peter, Paul and Mary, y a su regreso a Manhattan, en 1959 Fariña comenzó a frecuentar The White Horse Tavern, sitio de reunión de poetas, artistas y cantantes de música folk americana. Escuchó mucho a Woody Guthrie y allI conoció a la popular cantante folk Carolyn Hester, con quien se casó. Conoció y se hizo muy amigo de Bob Dylan cuando este tocó la harmónica como músico acompañante en el tercer álbum de Carolyn grabado en 1961.

Viajó a Europa en 1962 y allí conoció a Mimi Baez, de apenas 17 años y hermana de Joan Baez. Se divorció de Carolyn y al año siguiente se casó con Mimi, se mudó para Carmel, en California y al compás de la guitarra y del salterio (dulcimer apalache), produjo su primer álbum Celebrations for a Great Day (1964) como Richard y Mimi Fariña. Fue considerado un compositor importante en el movimiento de la canción protesta y Peter Seeger lo presentó en su programa de televisión, algunas de sus actuaciones pueden encontrarse hoy en YouTube. Sus canciones más conocidas fueron “Pack Up Your Sorrows” y “Birmingham Sunday” esta última grabada por Joan Baez y utilizada por Spike Lee como tema musical de su documental 4 Little Girls.

El 27 de abril de 1966, dos días después del lanzamiento de su novela y tras concluir una sesión de firma de ejemplares en la librería Carmel Valley Village, Fariña se encaminó a la fiesta que le daban a su esposa Mimi, quien ese día cumplía 21 años.  Un invitado lo recogió en el camino y le dio un aventón en su motocicleta, pero al doblar una doble curva, el conductor perdió el control del vehículo y se salió abruptamente de la carretera, atravesando una cerca de púas y cayendo en un descampado. Fariña murió instantáneamente. Un tiempo después Mimi pudo recopilar sus poemas y cuentos finales y con ellos editó Long Time Coming and a Long Time Gone. En algunos círculos del Greenwich Village lo conocían como el Dylan cubano.

Roberto Madrigal

Tuesday, May 14, 2013

En busca de un nuevo Zanjón cultural


 

Todavía revoloteaban las cenizas de Alfredo Guevara sobre la escalinata de la Universidad de La Habana cuando los cineastas cubanos empezaron a expresar públicamente su preocupación por el futuro del ICAIC y del cine en Cuba.

Alrededor del 23 de abril el director de cine Enrique Alvarez circuló una carta abierta en la cual se preguntaba: “¿Qué pasará con el ICAIC? ¿Qué pasará con el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano?”, añadiendo que los cineastas cubanos corrían “el peligro de quedar marginados”, y reclamaba que fueran convocados a reunirse para dilucidar su papel en su propio futuro. El 4 de mayo se reunían en el Centro Fresa y Chocolate más de sesenta individuos relacionados con el quehacer cinematográfico y nombraban una comisión, entre quienes se encuentran Manuel Pérez, Rebeca Chávez, Enrique Colina, Fernando Pérez y Senel Paz, para redactar una propuesta de demanda a presentar ante las más altas autoridades del país. Dicha comisión elaboró un documento dado a conocer el 8 de mayo, en el cual se llama a salvar al ICAIC y se pide la promulgación de una ley de cine. También dan a entender que hay que abarcar otras agrupaciones independientes de las cuales el ICAIC no puede hacerse cargo y proponen la creación de un fondo de fomento para la actividad cinematográfica.

El día anterior circuló por la internet y en el blog de Juan Antonio García Borrero, una carta firmada por el crítico de cine Gustavo Arcos en la cual aparte de señalar la crisis en la que se encuentra la producción y la distribución cinematográfica en Cuba, apuntando que: “Demasiadas cosas, que han afectado o contaminado el desarrollo de nuestro cine se han dejado pasar. Decisiones desafortunadas tomadas por funcionarios sin contar con los artistas, reiteradas censuras de filmes, caóticos diseños de programación y estrenos, insuficiente presencia en mercados internacionales, cierre casi total de los circuitos de exhibición en el país, ausencia de fondos para el fomento de la industria cinematográfica…” y un largo y acertado etcétera, además de cuestionarse que el ICAIC continúe siendo productor, exhibidor y distribuidor del cine nacional.

Todo lo anteriormente expuesto por críticos y cineastas es cierto, pero lo curioso es que esto ha venido sucediendo desde el día que se estableció el ICAIC. Esta institución se creó como un proyecto cultural para asegurar que no existiera ningún otro proyecto cultural que compitiera con ella. La idea central era crear un cine con interés primordialmente propagandístico, un brazo armado cultural del gobierno bajo las directrices del partido y el estricto control de Alfredo Guevara, quien siempre actuó como un dictador, ayudado por sus dos secuaces, los cineastas frustrados Julio García Espinosa y Jorge Fraga. Censuras hubo desde el principio (el caso PM, la supresión de Z al tercer día de su estreno, por citar solo dos de los más conocidos), cierre de circuitos de exhibición y menos estrenos también fue una constante (muchos cines cerraron en los primeros años y de más de dos centenares de estrenos en 1958 en los circuitos habaneros, se pasó a 33 en 1972) y ausencia de fondos hubo desde mediados de los setenta, cuando se instó a los cineastas a hacer películas más taquilleras y se redujo la producción de largometrajes casi a la mitad.

¿Por qué protestan ahora? Aunque Alfredo Guevara no fungía desde hace tiempo como director del ICAIC, se mantenía como director del festival y su sombra pesaba sobre las decisiones que se tomaban respecto al cine nacional. Su sucesor, Omar González no es un hombre de cine y en años recientes ha hecho declaraciones de corte estalinista, para decirlo con cortesía. ¿Es que temen que González se convierta en un títere sin titiritero, incapaz de tomar medidas efectivas con respecto a la producción y distribución?

Por otra parte, se supo de la creación de una comisión gubernamental encabezada por el primer vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros, el aparentemente cada vez más poderoso Miguel Díaz-Canel para transformar al organismo. 

Es obvio que los cineastas temen perder las prebendas que han gozado todos estos años y que el raulismo, con sus reformas de mercado y su introducción de microcapitalismo a paso de jicotea los deje sin apoyo para seguir su oficio. Buscan, por lo tanto, establecer un nuevo pacto que les permita continuar, ofrecer de alguna manera su servicio a los nuevos jerarcas que por razones biológicas van relevando a los dinosaurios de siempre.

En todo país totalitario, el ejercicio de una labor de creatividad cultural tiene solo tres alternativas: o uno calla y trabaja en secreto para que la obra sea desenterrada por los arqueólogos del futuro, o se toma el camino del exilio, o se pacta con las autoridades y se trata de hacer lo que se puede, haciendo malabares y tratando de buscar fisuras en la censura o simplemente plegándose a ella. En la tercera opción todo tiene un precio y es un acuerdo sin límites claramente establecidos, a cada rato ruedan cabezas y se señalan chivos expiatorios. Roma paga a sus traidores, pero los desprecia.

Desde las “palabras a los intelectuales” los artistas cubanos aceptaron un pacto con el totalitarismo. El ICAIC en particular era la institución más tolerante entre todas las instituciones culturales cubanas y trabajar allí era un privilegio. Pero los creadores sobre todo tuvieron que ajustarse a los censores. Salvo raras excepciones, la producción nacional se movió entre mediocre y mala. Se desarrolló mayormente un excelente cuerpo de directores de fotografía, escenógrafos, artistas del trucaje y vestuaristas que tuvieron que trabajar contra la adversidad material, pero la creatividad de los responsables del producto final era casi nula. Los documentalistas tuvieron mayor facilidad porque sus temas se limitaban a la propaganda y ganaron en oficio. Esto favoreció el desarrollo de los cortometrajes. Con el establecimiento de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños el ICAIC comenzó a perder control y ya surgen nuevas generaciones de cineastas que finalmente han comenzado a producir trabajos destacados y que tienen un enfoque estético novedoso.

Este nuevo Zanjón que se solicita, y es curioso que la mayoría de los miembros de la comisión de los cineastas son de la vieja guardia, puede traer consecuencias funestas para estos jóvenes, los forzaría a integrarse al rebaño. Jugar con el totalitarismo es peligroso. No se puede pedir que se promulguen leyes en un sistema en el cual no se respetan. No se puede pedir atención a los poderosos porque siempre llevan las de ganar. No pidan mucho, cuidado no se les cumpla. En definitiva, los términos siempre estarán dictados por quienes detentan el poder. Lo único que los puede salvar en esta transición es unirse y establecer sus propios espacios. No pedir al gobierno. Crear instituciones verdaderamente no gubernamentales, apoyándose entre ellos mismos. Buscar recursos a partir de una diversidad de fuentes. Pero claro, dadas las circunstancias actuales, esto parece solo una quimera. Quién se atreve a desafiar a los poderosos.

 
Roberto Madrigal