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Sunday, November 15, 2015

Adiós al Abicú


Ayer quería escribir algo sobre lo sucedido en Paris, pero en eso me llegó una mala sorpresa de carácter más personal. Me enteré de la repentina muerte de Jorge Pomar. Con los años, las muertes de los amigos se vuelven más dolorosas y cercanas, sobre todo cuando uno vive distante de muchas de las personas por las cuales siente cariño.

No conocía a Pomar en Cuba. Sé que fue soldado en Angola y militante del Partido Comunista, un pasado que nunca ocultó pero del cual no se sentía particularmente orgulloso. Fue su honestidad la que lo fue separando de todo aquello porque Pomar, ante todo, era un hombre honesto y de opiniones firmes.

Su visión política lo llevó a incorporarse a la disidencia. Firmó la “Carta de los diez” junto a
María Elena Cruz Varela, Raúl Rivero, Fernando Velázquez, Manuel Díaz Martínez, José
Lorenzo Fuentes y Manolo Granados, entre otros, ya que finalmente fueron mucho más de diez
los que firmaron y apoyaron el documento. De eso, tras continuar sus actividades opositoras,
fue a parar al presidio, del cual salió por una gestión personal del Premio Nobel alemán
Günther Grass.

Como era germanista, fue a parar a Alemania, en donde entre otras tareas se desempeñó como traductor para la cadena televisiva Deutsche Welle. Tuve el privilegio de ser su huésped en Colonia. Fue uno de los más espléndidos, atentos y generosos anfitriones que he tenido. Pude retribuirlo cuando me visitó en Cincinnati. Ambas fueron visitas inolvidables.

Pomar abrió su blog El Abicú Liberal y levantó muchas ronchas con sus opiniones. Si algo nunca tuvo fue miedo. Discrepamos en muchas cosas, pero eso no afectó para nada la amistad. De hecho, muchas de las opiniones que le discutí, se han probado a la larga que él estaba en lo cierto y yo errado.

No es mi intención elaborar un detallado resumé de su carrera, sino solamente despedir al amigo en su sorpresiva y repentina partida. Después que cerró el blog hizo un retiro virtual. Apenas se sabía de él. Mandaba mensajes crípticos de cuando en cuando, por correo electrónico o por Facebook. No sé aún de que murió allá en la ahora lejana Colonia, si de tristeza o de demasiadas cervezas y carnes procesadas. Da lo mismo. Recibe mi triste adiós, amigo, aunque creo que es demasiado tarde para que me escuches.


Roberto Madrigal

Saturday, October 31, 2015

De oleadas migratorias


¿Son muy diferentes entre sí las varias oleadas de cubanos que llegan a Estados Unidos huyendo del castrismo? Sí…y no. Al menos, por 56 años ya, todas tienen la misma causa de fuga.

La primera oleada, llámesele exilio histórico o cualquier otro nombre, ciertamente estaba constituida mayoritariamente por las clases más educadas y de más riqueza. Profesionales, artistas, banqueros, pequeños comerciantes, periodistas, músicos, grandes hacendados y políticos influyentes componían este grupo, junto con un menor porcentaje de obreros y campesinos. Llegaron masivamente a unos pantanos casi desiertos y prácticamente de la nada, gracias a su número y a sus habilidades, levantaron una ciudad. Tenían una ventaja: habían vivido en el capitalismo y conocían lo que era participar en una sociedad competitiva.

Abogados se convirtieron en profesores de español, políticos en funerarios, médicos en limpiapisos y así muchos tuvieron que reinventarse, aunque hubo un gran número de profesionales que continuaron trabajando para las compañías que los habían contratado en Cuba y otros que pudieron volver a ejercer sus profesiones y oficios anteriores. Hubo antiguos asesino y delincuentes entre este grupo también. La gran mayoría pensaba que regresarían a Cuba pronto y que recuperarían la Cuba que habían dejado. Su anticastrismo era viral.

Salto a la oleada del Mariel. Una emigración manipulada en la cual el gobierno cubano incluyó un gran número de delincuentes comunes. En Cuba el totalitarismo estaba bien consolidado y este grupo (al cual pertenezco), no tenía el menor interés en regresar. Todavía llegaron artistas, profesionales, periodistas y músicos, pero ya no banqueros ni hacendados. También empezó a llegar una gran cantidad de obreros y campesinos menos calificados y bastante lumpen. Esa fue la etiqueta que se nos dio, a pesar de que nuestro anticastrismo también era viral.

Por muchos años fuimos menospreciados, rechazados por una gran parte de la oleada anterior, siempre considerados sospechosos, poco confiables políticamente y delincuentes. A ello contribuyó que el esquema para lograr el enriquecimiento fue el tráfico de drogas. Hay que añadir que muchos de los que entraron en ese comercio ilícito estaban apadrinados por miembros de la oleada anterior.

Otro salto (en definitiva esto no es un estudio sociológico, sino una especie de observación), esta vez a los que han llegado en los últimos veinte años. Es una oleada que no se detiene. La politización del totalitarismo se ha resquebrajado en Cuba, por lo tanto este grupo está menos politizado. También las circunstancias de la isla han cambiado y el ir y venir se ha convertido en rutina. Llegan menos profesionales, menos artistas, menos escritores y menos fuerza de trabajo calificada, pero más obreros y campesinos y también una gran cantidad de individuos que dadas las circunstancias en la isla, no están acostumbrados a trabajar.

El camino de preferencia a la riqueza rápida escogido por algunos de esta oleada, es la estafa al gobierno federal, ya sea a través de falsificaciones al Medicare, el abuso de la ayuda federal o la participación en otros esquemas fraudulentos. A este grupo se le critica la falta de anticastrismo, se les acusa de morder la mano que los alimenta, de gente de baja catadura moral y una larga lista de apodos derogatorios.

Pero lo cierto es que la sociedad americana humilla (en la mejor acepción de la palabra, o sea, reduce la altivez) y absorbe al inmigrante. A la larga, los verdaderos delincuentes se van desgajando y la inmensa mayoría se va adaptando y aprende a ganarse la vida de la forma que se acostumbra en una sociedad cívica. Es cierto que mientras más tiempo se pasa bajo el castrismo, más se esclaviza la mente y se adapta a la falta de perspectiva, a la desilusión económica, al miedo a expresarse y al pesimismo existencial, pero poco a poco, se van acomodando al nuevo sistema. No se puede olvidar que la criminalidad es el precio que hay que pagar por la democracia.

Existe hoy una nueva dinámica en las relaciones entre quienes viven en la isla, los que viven aquí y los que van y vienen. La esclavización de la mente en este caso es reducirlo todo al dualismo castrismo-anticastrismo, de manera estrecha, porque tal parece que todos obedecemos órdenes de La Habana con esta obsesión. En definitiva, la vida está llena (y dominada) por los cambiacasacas.

En todas las oleadas han llegado seres despreciables, desde esbirros del antiguo sistema hasta altos miembros de las fuerzas represoras de Castro. Nadie puede saber si están arrepentidos o no (yo pienso que no, en su mayoría), pero da lo mismo. Más allá de poses soberbias y del uso de un lenguaje a veces incendiario y grandilocuente, el exilio se caracteriza por la tolerancia (algo que nos han querido negar).

No se trata de recurrir a la palabrería vacua de reconciliación, olvido, dignidad y mucho menos de “todos somos humanos”, en definitiva, hay muchos “seres humanos” que nunca debieron existir y no se puede negar que el odio, la violencia y la traición son atributos muy humanos. Tampoco se trata de dejar de luchar y defender los principios de cada cual. Siempre he tenido muy claro quiénes son mis enemigos y lo serán hasta el día que me muera. Lo que sucede que tantas generalizaciones, sospechas, críticas y odios gratuitos, de seguir desentendiéndonos entre oleadas y generaciones, se diluye en la mezcla equivocada el sentido de hacia dónde deben realmente encaminarse nuestras furias.


Roberto Madrigal

Thursday, October 8, 2015

Audacia en Estocolmo


Más allá de los méritos (o falta de los mismos) de sus ganadores, los premios Nobel de literatura se han concedido, con dos excepciones, a dramaturgos, poetas y escritores de ficción. Las excepciones hasta ahora, habían sido Sir Winston Churchill y Earl Bertrand Russell. Por lo general se ha concedido a escritores reconocidos, en su mayoría ya pasados de lo mejor de su carrera, pero que a pesar de las discusiones sobre las injusticias con respecto a los no premiados, eran escritores de peso. Ahí tenemos a Vargas Llosa, García Márquez, Hemingway, Paz, Camus, Eliot, Hesse, Neruda, Faulkner, Mann, Tagore y tantos otros de trascendencia innegable. Es cierto también que otros premios han sido concedidos a escritores menores como Mommsen, Pontopiddan y toda una serie de escandinavos mediocres que solo Suecia podía premiar.  Eso para no mencionar las omisiones obvias como Fuentes, Borges, Proust y Joyce para no seguir con una lista interminable.

Pero este año la fundación Nobel ha hecho una selección osada que rompe su propio molde desde muchos ángulos. No solamente han premiado a una periodista sin obra estrictamente “literaria”, sino que han premiado a una perseguida política y a una escritora (y considero el periodismo escritura) inclasificable respecto a los nacionalismos culturales que los totalitarismos tratan de imponer en la era global.

Svetlana Alexiévich nació en Ucrania en 1948. Su padre era bielorruso (y militar soviético) y su madre ucraniana.  Se repatriaron a Bielorrusia, cuando el padre fue desmovilizado y regresó, al igual que la madre, a su profesión de maestro rural, poco antes de que Svetlana comenzara la escuela primaria. Aunque hizo sus estudios universitarios y trabajó como periodista principalmente en Bielorrusia, escribió y escribe, en ruso, que era el idioma obligatorio en todas las repúblicas soviéticas.

Su tema central es el mundo soviético y post-soviético, sobre todo sus fisuras. Ha escrito sobre el desastre de Chernóbil (Voces de Chernóbil), sobre los efectos del fracaso de la guerra soviética en Afganistán (Los chicos de cinc), sobre los individuos que cometen suicidio porque no pueden adaptarse a la pérdida de la Unión Soviética (Cautivados por la muerte) y sobre el desdeño oficial al papel de la mujer en las guerras (La guerra no tiene rostro de mujer). Su estilo es documental y trata de no adornar los testimonios de quienes entrevista porque cree que lo mejor es presentarlos en sus propias voces.

Su obra fue censurada en la Unión Soviética y no fue publicada hasta la llegada de la Perestroika. Es censurada en Bielorrusia, donde gobierna Alexander Lukashenko, un dictador post-soviético de corte estalinista que no permite que las editoriales estatales publiquen su obra. Es además criticada por otros intelectuales oficialistas bielorrusos porque escribe en ruso y Lukashenko tiene gran interés en restaurar el lenguaje bielorruso y los temas locales para imponer un nacionalismo provinciano que le permita controlar mejor la producción literaria.

Desde el 2000, ha vivido en Paris, Gotemburgo y Berlín. En 2011 regresó a Minsk pero se ha ubicado de nuevo en Alemania. Sus primeras declaraciones tras obtener el Nobel fue denunciar la invasión de Putin a Ucrania. En 2005 ganó el National Book Critics Circle Award por su libro sobre Chernóbil, en 2011 recibió en Polonia el premio Kapuscinski por sus reportajes literarios y en 2013 el premio Médicis por su obra El fin del hombre rojo.

Este Nobel al periodismo, a la disidencia antitotalitaria y a la lucha contra la censura es un acto de audacia de la fundación sueca. Se lo han dado por la “polifonía de sus voces”, lo cual es, además, un reconocimiento al escritor global y a la individualidad de la obra literaria y la excepcionalidad del autor. Ya llegarán pronto protestas de los oficialistas bielorrusos, pues al premiarla la han nombrado como escritora bielorrusa. Así se define ella, aunque es obvio que trasciende las fronteras nacionales con su obra y sus intereses.

Es algo que debemos pensar los cubanos, divididos por el absurdo concepto de las dos orillas, creado en la isla por la burocracia cultural y que aún sigue vivo desgraciadamente en ambas orillas, en donde la autenticidad se mide por la fidelidad a los límites geográficos y los temas nacionales o a la simple oposición a los mismos y la calidad literaria se juzga en base a la condición política.

Con esta decisión insólita de premiar a Svetlana Alexiévich, el Nobel ha reafirmado, entre otra cosas, que el escritor, no pertenece a nadie en particular, sino a los lectores que sepan apreciar el valor de su obra, no importa donde estén, ni a dónde van ni de dónde vienen. El escritor solo se debe a sí mismo, a su visión estética y a sus intereses que, por supuesto, pueden tomar diversas formas.


Roberto Madrigal

Saturday, September 26, 2015

Sobre expectativas y opiniones


No hubo sorpresas en la visita del Papa Francisco a Cuba. Su visita no fue muy diferente a la de los dos papas anteriores. Quizá un poco más mediática, pues este es un Papa farandulero.
Habló en parábolas, como hablaba Jesucristo. Cada cual puede poner su interpretación, solamente que las palabras de Francisco fueron más huecas y ramplonas que las de Jesucristo. El Papa será argentino, jesuita, culto y educado, pero su prosa no está a la altura de la de Borges o de la de Cortázar.

Pero todo esto es secundario. Los cubanos esperaban que el Papa se deshiciera acusando al gobierno acerca de las violaciones de derechos humanos de todos conocidas. Pero el Papa es un jefe de estado en visita oficial. Que yo sepa, ningún jefe de estado que ha visitado Cuba en los últimos 55 años ha hecho ningún tipo de declaraciones conflictivas contra los hermanos Castro, a no ser que uno lea demasiado entre líneas. Estas visitas llevan meses de planeamiento, los discursos y sus límites son presentados de antemano para la aprobación de ambas partes. En la diplomacia no hay sorpresas públicas. No hay espacio para la espontaneidad.

Como jefe de estado, el principal interés del Papa es avanzar los intereses de su nación. En este caso, se puede considerar que su nación va más allá de sus fronteras e incluye a los feligreses de todos los países del mundo. En el caso de Cuba, el Vaticano ha conseguido avanzar su causa considerablemente, De las persecuciones y expulsiones de sacerdotes en los años sesenta, pasando por las iglesias vacías y la falta de seminaristas en los setenta (la hoy tan simbólica iglesia de Santa Rita, donde las Damas de Blanco han asistido a misa antes de sus marchas que comienzan en el parque de enfrente, estuvo cerrada por muchos años, sin ofrecer misas dominicales por falta de sacerdotes y de parroquianos, estuvo clausurada por el miedo), ha pasado a tener una presencia relativamente fuerte. Es la única institución no gubernamental con algún peso en la isla. Mantienen algún que otro asilo de ancianos, un centro cultural, un seminario revitalizado y publicaciones periódicas.

La iglesia se ha convertido en un organismo mediador, que si bien ha beneficiado mayormente a la clase dominante, ha logrado ocupar espacios antes negados a ella. No importa que se deba a la lacayuna labor del repulsivo Cardenal Ortega. Es un logro como quiera que se mire. El Vaticano busca más. Supongo que tras bambalinas deben estar gestionando la posibilidad de establecer clases de catecismo con regularidad y aprobación oficial. Quizá, la apertura de un hospital privado o de alguna escuela católica. Un espacio en la televisión. Quieren ser los primeros beneficiarios de la lenta apertura hacia un esbozo de pálido capitalismo o aperturismo.

La iglesia tiene todo el tiempo del mundo, pues promete la eternidad y apuesta por ella para mantener su presencia. Además, cristianamente, cuando es golpeada debe poner la otra mejilla y de nuevo la otra y así sucesivamente. El cristianismo es el triunfo del masoquismo político.

Este Papa ha sido nombrado para realzar la importancia de los feligreses latinoamericanos. Algo que la iglesia había dejado a un lado. Los latinoamericanos son hoy en día la médula del catolicismo mundial. Son, además, una entrada por la puerta trasera a la política americana. Con la creciente cantidad de votantes hispanos, mayoritariamente católicos, en los Estados Unidos, la opinión del Papa resulta relevante para influir en la elección del presidente de la nación más importante del mundo.

Es cierto que repele su reunión con Fidel Castro, un satanás decrépito que debe estar consciente tres días al mes, pero que es obvio que no solamente es el símbolo del gobierno, sino que su opinión aun cuenta en los asuntos de la nación cubana. Su hermano es, todavía, su hermano menor.

Cuba mantiene fuertes vínculos con las naciones petroleras de América Latina (Brasil, Venezuela, Ecuador y Bolivia). “Ofender” al gobierno cubano puede provocar la ira de gobiernos influyentes en el curso de la política latinoamericana. Además, está actualmente envuelta, en un papel protagónico, en las negociaciones de paz en Colombia. La miseria del pueblo cubano y la represión interna importan muy poco más allá de las fronteras del archipiélago.

Por otra parte, el discurso católico tiene que ser esencialmente de izquierda.  Aunque la jerarquía históricamente se ha reunido y le ha dado el visto bueno a dictadores despreciables de toda ideología, la retórica cristiana se enfoca en la redistribución de la riqueza. El capitalismo se enfoca en la creación de riquezas y la Iglesia, aunque es uno de los estados más ricos del mundo, hace rato que dejó esa vía. Por otra parte, la creación de riquezas por parte de la iglesia fue a través del pillaje y la colonización.  Ese es un papel que hace mucho tiempo que no ejerce.

El Papa sabe perfectamente bien que en Cuba se violan los derechos humanos, que el gobierno es una dictadura con las manos sucias, que existe, desde hace mucho tiempo, la corrupción, pero nada de eso entra dentro de sus propósitos, Allá los que vean en él una figura divina con una obligación moral. Yo no soy católico. Para mí el Papa no es más que el líder designado de una institución milenaria, con gran peso en las ideas de millones de personas, que controla el desarrollo de centenares de proyectos de progreso social en muchos países, que es responsable del funcionamiento de miles de instituciones culturales, médicas educacionales y científicas a todos los niveles y que a pesar de todos sus defectos y de sus curas pedófilos, por lo general, tiene un desempeño positivo en la política y el desarrollo mundial.

Nada de eso lo iba a arriesgar el Papa por defender los derechos más elementales de un pequeño país, que pierde relevancia cada día que pasa y en cuyos rangos opositores hay más caciques que indios y no hay poder de convocatoria nacional.


Roberto Madrigal

Saturday, September 12, 2015

Donald Trump y la imagen pública


Es hora de tomar en serio a Trump. Ya Ted Cruz se dio cuenta y hace unos tres días se convocaron juntos en una manifestación en contra del acuerdo con Irán. Leyendo entre líneas, esto parece una movida de Cruz, que va bien a la zaga de Trump pero que puede que ahora herede gran parte de los votos de Rick Perry, para comenzar a negociar un posible boleto electoral que lleve a Trump como presidente y a Cruz como vicepresidente. Tiene mucho sentido. Cruz es todo lo que le falta a Trump. Hispano, cristiano fundamentalista y favorito del Tea Party. Exactamente los grupos reacios a abrazar al Donald.

Trump es el Kim Kardashian de la política. Se mueve en el vacío. Pero eso no se puede desestimar. Toca temas de importancia y con su habilidades performáticas los lleva a niveles a los cuales los otros candidatos no se atreven. Es un maestro de las medias verdades. Propone soluciones entre frases lapidarias y exabruptos, pero no ofrece detalles.

Es cierto que su discurso se refiere solamente a los inmigrantes ilegales, pero a partir de ahí hace generalizaciones falsas (como que todos son unos delincuentes) y lleva el tema a extremos que solo satisfacen los instintos más racistas de una parte del electorado, los cuales han estado ebullendo en silencio por ocho años, soportando la presencia de un presidente negro con un nombre árabe. Insulta a sus oponentes atacando sus atributos físicos y de paso cuestiona el establishment de lo políticamente correcto. Es certero, casi todo el mundo está harto de la corrección forzada, que lleva a los políticos a expresarse en términos vagos y en aburridos clichés.

Trump no es un político tradicional y no le debe nada a nadie. Hasta ahora se ha financiado su campaña. Eso le permite comportarse como un adolescente antisocial. Se dice y se desdice. Por una parte tiene el coraje de decir que aumentará los impuestos a los más ricos y a los hedge funds, siendo él mismo el primer afectado, pero luego resulta incapaz de explicar cómo va a lograr que México pague por el muro que propone o cómo va a reducir la amenaza iraní.

Se supone que hay que creerle porque él lo dice y según nos quiere hacer creer, es un exitoso hombre de negocios. Sin embargo, en un reciente artículo de S.V. Dáte publicado en el National Journal (una publicación que se beneficia de las donaciones de Bill Gates, quien no se lleva con Trump), se detalla que en realidad, tras heredar 200 millones de dólares de su padre, la trayectoria de Trump demuestra que ha sido un empresario mediocre. Sus inversiones y estrategias le han causado cuatro bancarrotas corporativas y el empleo a miles de personas. Crea casi tantos trabajos como los que destruye.

Más preocupante que sus discursos y diatribas, es la respuesta de los electores. El odio a los inmigrantes, algo que no es nuevo en Estados Unidos, pero que no es patrimonio de esta nación, nacida precisamente de la inmigración, es algo que está encontrando niveles nunca antes vistos en todo el mundo occidental y que se une además al rechazo a la política tradicional. Puede verse tanto a la izquierda como a la derecha, en el acenso de Pablo Iglesias y de Tsipras, en el auge (al otro lado del espectro), del Partido del Pueblo en Dinamarca, una organización de raíces nazis y del partido Demócratas Suecos también de fuentes nazis. En Inglaterra, el partido laborista ha nombrado como líder a un extremista de izquierda. Hay una ola de radicalismo político que obedece al hastío con el desempeño de los partidos establecidos y convencionales en los últimos veinticinco años.

El votante americano está cansado de discursos huecos y de una creciente desigualdad social. De guerras que no han resuelto nada y de banqueros y ejecutivos que estafan a sus clientes y escapan con una pequeña amonestación. Están también escépticos del resultado de un posible enfrentamiento entre dos dinastías políticas (Bush y Clinton), en un país en el cual la renovación es la palabra de orden.

Trump promete resolver todo eso, se presenta como la única alternativa y aunque no presenta ningún plan concreto, la gente, por simpatía, lo respaldan. Ciertamente, una minoría hasta ahora, no hay que olvidar que el 65% de su partido está contra él, pero para resolver esas diferencias están las alianzas políticas y ya vemos que Ted Cruz parece dispuesto a ello.

Por otra parte, la imagen pública, conformada por la manipulación mediática, es muy importante en la decisión del votante americano. Trump ha tenido programas televisivos de éxito, tanto como personaje que como productor. Tiene mucha experiencia, se mueve bien entre las cámaras, se ha casado con modelos y actrices. Es un WASP que se une con extranjeras, una checa y una eslovena. Rompe con la preconcepciones raciales. Además, tiene sentido del humor, y el que lo dude, que vea su reciente aparición en el Tonight Show con Jimmy Fallon. Para mucha gente es atractivo y carismático.

Trump está aún muy lejos de la nominación y de la presidencia, pero su presencia y su impacto no se pueden desdeñar. Más importante todavía resulta analizar a quienes atrae y el porqué. Es peligroso. Sería muy triste que un payaso lépero, un hombre que apela a la frustración popular y que se ceba en los peores instintos del populacho,  termine de presidente del país más poderoso del mundo.


Roberto Madrigal

Saturday, August 29, 2015

Algunos viernes con Juan-Si


Yellow Springs es un pueblucho en medio del suroeste de Ohio. Con unos tres ml quinientos habitantes, ha sido más protagónico en la reciente historia americana de lo que sus dimensiones le concederían. En la década de los cincuenta muchos de sus más destacados pobladores fueron objeto del ojo vigilante del Comité de Actividades Anti-Americanas por las posiciones del profesorado de Antioch College, una universidad liberal con un enfoque abiertamente de izquierda.

En la década del sesenta se convirtió en un paraíso para los hippies. Un lugar en el cual fluían proyectos comunitarios, el amor libre y la marihuana. Si uno se da una caminata por el pequeño centro del pueblito, puede ver decenas de individuos, con las barbas y las melenas ya encanecidas, que todavía no han despertado del estupor de hace cincuenta años.

De aquí procede el comediante Dave Chapelle y aquí aún reside la cineasta Julia Reichert, autora de varios documentales, uno de los cuales, Seeing Red (1983), en cuya producción participé, fue finalista al Oscar. Es un pueblo de población mayoritariamente anglosajona, que se mezcla con los estudiantes de paso. Tiene unos cuantos restoranes y una pequeña cinemateca, The Little Arts Theatre, dedicada a exhibir filmes de arte o alternativos.

Es de acceso difícil, ya que no está cerca de las supercarreteras. No existen McDonald’s, ni ninguna cadena de comida rápida. El consejo de la ciudad se los prohíbe. En su celo por preservar las tradiciones liberales y mantener un ambiente prístino de utopía colectivista, estos viejos hippies progresistas y sus adláteres, se vuelven más fascistas que nadie.

Desde hace diez años, en este pueblo reside Juan-Si González, uno de los más importantes artistas plásticos cubanos. No voy a repasar su currículo, porque haría este artículo largo y aburrido. Me limitaré a señalar que es un artista multidisciplinario, que en 1987 fundó el grupo Arte-De y realizó performances interactivos en las calles de La Habana, así como videos underground muy contestatarios que le causaron más de un dolor de cabeza y varias detenciones. Luego de exilarse en 1993 y se ha dedicado a la fotografía y hacer instalaciones de multimedia. Su trabajo ha sido incluido en diversas exhibiciones y presentado en varios museos de Estados Unidos y Europa, entre los cuales se incluyen el Museo del Barrio, el Miami Art Museum, el Indiana Museum of Art, el Centre Georges Pompidou de Paris y el Slovenia City Art Museum. Juan-Si es tan conocido como el que más y debiera serlo todavía más.

Hace unos tres años, gracias a la intervención de otro artista plástico, Nicolás Lara, conocí a Juan-Si. Solo me lamento de no haberlo conocido antes. Mi trabajo me lleva a la ciudad de Dayton, a unos veinte minutos de Yellow Springs, dos viernes al mes. Siempre que termino temprano aprovecho para darme un salto por allá y reunirme con Juan-Si.  Nos sentamos en uno de los pocos cafés del pueblo, Dino’s o el Emporium, a tomarnos un café o, dependiendo de la hora, entramos en el Ye Olde Trail Tavern a almorzarnos un sándwich o una ensalada acompañadas de un buen vino o unas cervezas. Eso sí, a las dos y media Juan-Si tiene que ir a buscar a su hija Camila a la escuela y yo salgo de regreso a Cincinnati.

En ese par de horas hablamos de literatura, de cine, de arte, de amigos y conocidos, y  sobre todo, de Cuba, porque pudiéramos decir que a nadie le importa más Cuba que a Juan-Si y a mí. Somos intensos con respecto al tema, aunque coincidimos más de la cuenta en nuestros puntos de vistas. Nos agitamos, subimos el tono de la voz y nos damos cuerda mutuamente cuando nos indignamos con los acontecimientos y las injusticias, tanto, que supongo que a quienes nos rodean les parece que estamos al agarrarnos a golpes. A pesar de que Juan-Si es un personaje popular en este pueblo en donde casi todo el mundo se conoce (caminar una cuadra con él puede demorar media hora), no creo que se imaginen el alcance de su arte, ni nuestra obsesión con el cine y el tema cubano (que ambos estamos de acuerdo que nos hace daño).

Porque Juan-Si es un tipo íntegro, incapaz de hacer concesiones con su trabajo ni de arrodillarse para recibir las migajas de un reconocimiento mayor. No pacta. Algunos días se da una vuelta por Cincinnati y allí nos vamos al Great American Ball Park, a ver un juego de los rojos de Cincinnati y a aplaudir a Chapman o a Brayan Peña, los cubanos del equipo. Pero para mí estos viernes en Yellow Springs son un privilegio y un placer que siempre espero que se repitan.


Roberto Madrigal

Tuesday, August 18, 2015

Otros visitantes, los controles represivos y una anécdota


La reciente visita del exsenador y Secretario de Estado americano John Kerry, me trajo el recuerdo de los visitantes de la década del setenta y de las medidas de seguridad que tomaba el gobierno, sobre todo las que sufrí en carne propia.

Yo vivía en Marianao (exactamente en la Avenida 41 # 2819, frente al cine Arenal), en un edificio de dos pisos y cuatro apartamentos en una zona congelada. La ruta de la mayoría de los dignatarios visitantes por entonces pasaba por el frente de mi casa. El ritual de la seguridad era el mismo en anticipo al paso de cada caravana, en la cual siempre Fidel Castro se paseaba en un descapotable al lado de su ilustre invitado. El pueblo, como un rebaño obediente, llenaba los costados de la avenida en un despliegue de apoyo popular que comenzaba desde la salida del aeropuerto. No se escatimaban vítores.

Tres días antes de la llegada de la caravana, venían dos compañeros de la seguridad del estado a registrar la casa (esto en un país en donde no se venden armas). Apenas hablaban, ni yo intentaba cruzar palabras con ellos. Luego repetían el registro el día antes y entonces el día del evento, desde muy temprano en la mañana plantaban a un militar en el balcón de mi casa, que se quedaba ahí hasta unos minutos después del paso del comandante y su invitado de turno. Nadie podía entrar o salir de la casa sin su permiso durante el proceso.

Por lo general eran soldados sin rango, no muy jóvenes. Muy serios, eso sí. Yo no les ofrecía ni café. Ellos no iniciaban conversación. En los cuatro apartamentos de mi edificio plantaban uno en cada balcón(aunque mis vecinos de al lado eran unos técnicos rusos y los de abajo un mayor del ejército y unos viejos comunistas que trabajaban de abogados en el ministerio de agricultura o algo así). En la casa de al lado, que era de dos plantas con un apartamento en cada piso, situaban igualmente un militar en cada terraza. En todas las casa de la cuadra hacían lo mismo. Supongo que esto se repetía a lo largo del paso de la caravana, por lo que hay que imaginarse los miles de militares dispuestos para la seguridad del Máximo Líder y el gasto económico de dichas visitas, aunque esto para el gobierno era lo menos importante. Todo un despliegue de control represivo a costa de lo que fuera.

Pero fue durante la visita de Leonid Brezhnev a fines de enero de 1974 que pasé el susto mayor. Resulta que un amigo y yo, decidimos realizar, con una cámara de ocho milímetros y sin sonido, un documental que íbamos a titular Entusiasmo. La idea era filmar las pomposas y solemnes ceremonias de la Plaza de la Revolución y otros eventos similares, desde la perspectiva del público y contrastar esas imágenes con las del “pueblo” participante en las demostraciones, el sudor, el desinterés, el aguardiente pasando de mano en mano y cosas por el estilo. Habíamos filmado el desfile del 2 de enero con mucho susto y con mucha suerte.

Se nos ocurrió entonces que filmar el paso de Brezhnev sería útil para el proyecto. Nos fuimos para la quinta avenida (esa vez no pasaba la caravana por la avenida 41), deteniéndonos frente a la ahora famosa iglesia de Santa Rita, desde donde empiezan los desfiles de las Damas de Blanco. Le echamos el ojo y filmamos a unos milicianos semidormidos bajo la entrada principal a la iglesia, con una cruz casi encima de ellos. A su lado, varios indolentes conversaban o se pasaban un cigarro de mano en mano. Uno tenía una bandera rusa tirada en el suelo, cerca de las cenizas.

La avenida estaba cerrada por ambos bandos, nosotros nos encontrábamos en el paseo que divide las dos sendas. En menos de tres minutos llegó, en sentido hacia el túnel, un jeep Gaz con cinco militares que se detuvo delante de nosotros y del cual saltaron todos menos el chófer. Nos preguntaron si éramos del ICAIC, les dijimos que no, luego que si teníamos acreditación como prensa nacional o extranjera y les repetimos que no. Entonces nos montaron amablemente en el Gaz y nos llevaron, muy apretujados, a una casa cercana, apenas una cuadra más arriba, por la calle 26.

Nos preguntaron el origen de la cámara y se lo explicamos, nos mandaron para un cuarto y nos dejaron solos. Media hora más tarde llegó un militar con grado de teniente y con nuestra cámara en la mano. Nos preguntó que hacíamos allí con esa cámara, que si veníamos de algún centro de trabajo y le respondimos (respondí, porque mi amigo estaba al desmayarse) que éramos dos compañeros espontáneamente entusiasmados con la visita del líder soviético y que queríamos grabar un recuerdo fílmico del evento, ya que contábamos con la cámara.

Nos miró con expresión cínica y sin decir nada, abrió la cámara y le sacó la cinta. Luego la cerró y se retiró. Unos quince minutos más tarde vino un soldado sin grados, nos devolvió la cámara y nos dijo que nos fuéramos, que no se nos ocurriera jamás filmar sin permiso y que podíamos salir a aplaudir, pues el comandante llegaría pronto.

Mi amigo y yo salimos enmudecidos y sin Entusiasmo, poco a poco, con discreción, nos fuimos retirando hasta perdernos de allí.


Roberto Madrigal