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Saturday, March 17, 2012

Sokurov ante el dilema del autor y el personaje

Siete minutos después de haber ganado el León de Oro en el Festival de Venecia, en septiembre del 2011, por su filme Fausto, el cineasta ruso Alexander Sokurov recibió una llamada de Vladimir Putin, quien lo felicitaba por el triunfo obtenido en el certamen. Lo que fue una sorpresa para muchos no es más que una historia que se inscribe perfectamente en la tradición rusa de las relaciones entre el poder y la cultura. No creo que desde principios del siglo veinte haya otro país en el cual las opiniones de los intelectuales, artistas y escritores tenga más peso político que en Rusia, aunque en la gran mayoría de los casos a continuación se procediera a despedazar a las cabezas que pensaron dichas opiniones.

Desde 1997 Sokurov, un realizador hermético y cenacular, cuya obra más popularmente conocida es Russian Ark (2002), estaba interesado en realizar una tetralogía sobre “el poder y sus efectos corruptores”. Comenzó con Moloch (1999), una siniestra sátira centrada en la figura de un Hitler que se parece más al Hynkel de Chaplin que al Führer real, durante un fin de semana en un castillo alpino, en el cual rodeado de sus fieles servidores (Goebbels y Borman entre ellos) discute de política y sufre raptos maníaco-depresivos. Continuó con Taurus (2000) en la cual presenta a un Lenin decrépito, quien atado a una silla de ruedas ve como se le escapa el control sobre sus colaboradores y su propia vida. Le siguió The Sun (2004) en donde un displicente Hirohito insiste en la continuación de la guerra a toda costa, a pesar de que los americanos ya están a unos metros de él, y renuncia a su carácter divino. La pobre distribución de estos filmes, su escaso rendimiento taquillero y la crisis financiera global casi imposibilitaron a Sokurov continuar con su objetivo. Fausto, más centrada en la necesidad del hombre de obtener conocimiento y poder a través de este, sería la obra que iba a cerrar este ciclo, pero el apoyo monetario no aparecía.

Como Putin tiene visiones de la Gran Rusia y ha expresado repetidamente su preocupación por “la decadencia de los valores rusos”, Sokurov, quien piensa que el estado tiene la obligación de defender la cultura nacional, se decidió a visitar a Putin, en su dacha en las afueras de Moscú, para pedirle su apoyo en la realización de su película.

A pesar de que la única afición cinematográfica que se le conocía a Putin era por Viacheslav Tijonov y particularmente por su personaje del coronel Stirlitz en Diecisiete instantes de una primavera, cuenta Sokurov que habló con Putin por más de una hora, que discutieron sobre el penoso estado de los estudios Lenfilm, el inhumano tratamiento que se le daba a los prisioneros rusos en las cárceles del país y por supuesto sobre su filme. Dice que encontró en Putin un oído receptor y descubrió que era un germanófilo, muy interesado en el mito de Fausto y que le confesó que había adquirido esas inclinaciones durante sus años como espía de la KGB en la desaparecida República Democrática Alemana. Estuvieron de acuerdo en algunas cosas y discreparon sobre otras, pero todo dentro de un ambiente de mutuo respeto y cordialidad. Por supuesto que esta es una versión parcial de los hechos, pero tres semanas después recibió la comunicación de que el Fondo para el Desarrollo de los Medios Masivos de Comunicación, una institución con sede en San Petersburgo y fundada por el mismísimo Putin, había separado once millones de dólares para financiar su filme. Añadió que Putin le aclaró que estaba muy interesado en que Fausto, a pesar de que se iba a realizar hablada en alemán, debía ser una producción exclusivamente rusa.

El resultado ha sido la película menos política de la tetralogía, probablemente la más lograda. Una versión bien libre de la obra de Goethe, ubicada en el siglo diecinueve, en la cual la figura del demonio la encarna un prestamista bufonesco con el cual Fausto parece tropezar por accidente y quien con controvertida soltura guía al pobre doctor en su rastreo por los laberintos del conocimiento y del sexo. Filmada en los estudios Barrandov de Praga y en escenarios naturales de Chequia y de Islandia, la puesta en escena está construida en base a diferentes obras pictóricas de la época y tiene una fuerza visual subyugante. Putin la calificó de “grandiosa”.

¿Habrá sido Sokurov devorado por su propio personaje y estará condenado a vivir el destino de su Fausto?  En recientes declaraciones, el director ha dicho que no entiende por qué “Putin, que nunca ha sido amigo mío, decidió apoyar el filme”. Añadió que él no vota por Putin, pero que está dispuesto a continuar trabajando en “el cuarto de los sueños” aunque tenga que depender de la ayuda del mandatario para mantenerse allí. Al final, la historia la escriben los vencedores.


Roberto Madrigal

Saturday, March 10, 2012

Kafka, Karel Gott y los fantasmas del siglo

Comenzando con la historia de la familia Bata, quienes en su tiempo fueron los mayores fabricantes de zapatos del mundo, obligados a emigrar tras la invasión alemana de 1938, cuyas fábricas fueron rebautizadas en nombre del líder del partido comunista checoslovaco en 1949, que no regresaron a Praga hasta 1990 y terminando  con las historias entrecruzadas de Jaroslava Moserová, una cirujana que en 1969 atendió a Jan Palach en las horas de su agonía, después que este se habia pegado candela en protesta por la invasión soviética, el 16 de enero de 1969 en plena Plaza Wenceslao y del joven Zdenek Adamec, un adolescente que en el 2003 decidió replicar el suicidio de Palach, pero esta vez supuestamente agobiado por su obesidad y por la corrupción reinante y cayó completamente carbonizado a solo unos metros del lugar donde Palach se había inmolado, el periodista polaco Marius Szczygiel, nacido en 1966, se ha lanzado a investigar la elusiva identidad checa, en un texto inclasificable que combina la investigación periodística, con la ficción, el chisme colectivo y las anotaciones históricas. Un texto ameno, desconsolador y conmovedor, que obliga a leer entre líneas para extraer conclusiones imprecisas.
Gottland, publicado en polaco en 2006, obtuvo el Premio del Libro Europeo del año 2009. También ha sido montado como pieza teatral por el grupo del teatro Svandovo Divadlo de Praga. El libro, narrado con un agudo humor corrosivo, explora el siglo veinte checo a través de figuras mayores y menores de su cultura, todas víctimas de la represión, la tergiversación, la censura y las manipulaciones de las maquinarias propagandísticas, primero de los nazis y luego de los comunistas. Todos los personajes presentan diversos matices de ambigüedad, seres débiles atropellados por el engranaje de un sistema al cual unos sirven acobardados, otros se enfrentan con ingenuidad y muchos tratan de sobrevivir de la manera que encuentran, que no siempre es la mejor.
Está la historia de Lida Baarová, una famosa actriz que fue amante de Goebbels, que al cabo del tiempo se niega a ver la traición detrás de sus acciones. Sigue con la historia de Otakar Svec, encargado del proyecto de esculpir la estatua más grande del mundo en honor a Stalin, quien el día de la inauguración monta en un taxi y se entera por el taxista de que la gente dice que una de las figuras que acompañan a la estatua en el complejo montaje, una supuesta guerrillera, parece que “coge al soldado de la bragueta”, y continúa el taxista: “En cuanto la inauguren, al que lo proyectó seguro que lo fusilan”. Svec se bajó del taxi, regresó de inmediato a su taller y se suicidó. También narra la historia de Marta Kubisová, integrante del trío musical checo mas popular de 1968, quien en 1969 interpretó una melodía pacifista que se tradujo como una canción de protesta a la invasión soviética del año anterior y se hizo popular bajo el título de La oración de Marta y que tras ganar en la votación del premio Ruiseñor de Oro, el premio musical más importante del país, por encima de Karel Gott, algo inaceptable, ya que el popular y fiel al gobierno cantante, lo ha ganado siempre que ha optado (36 años en total), el jurado tuvo que pasarse una semana haciendo trampas para finalmente concedérselo a Gott y retirárselo a Marta. El precio que tuvo que pagar la cantante fueron veintiún años de ostracismo y de que la gente la evitara cuando se la encontraban por las calles. No fue hasta 1989 que con una voz ya ronca pudo cantar lo que se había convertido en un himno de resistencia.
Kafka, cuya propia identidad es bien controversial, ya que creció y vivió casi toda su vida en la Praga dominada por el Imperio Austro-Húngaro y escribió en alemán, por lo que checos, húngaros, alemanes y austríacos se lo disputan, aparece como una presencia que recorre el espíritu checo y que se expresa en el lenguaje popular con el término Kafkárna, una palabra cuyo significado no se puede precisar pero que siempre se refiere a algo laberínticamente absurdo. Por el libro también pasan las figuras de Kundera, Vaclav Havel, Alexander Dubcek y muchos otros. Se adentra también en las condiciones que llevaron a la famosa Primavera de Praga y las consecuencias que el gobierno que devino tras la invasión soviética trajo para el mundo de la cultura.
Szczygiel ha recopilado historias increíbles de intelectuales cobardes, artistas en la encrucijada entre su obra y la política, líderes corajudos pero llenos de contradicciones y las propias trampas que la vida inevitablemente tiende entre los sucesos de la Historia y la historia personal.
Este es el único libro que ha escrito Szczygiel, quien ejerce como editor principal de Gazetta Wyborcza, una de las más importantes publicaciones periódicas polacas de la actualidad. Con una prosa ágil, excelentemente traducida por María Dolores Pérez Pablos,  consigue que la ficción enriquezca la credibilidad de los hechos  y que estos a su vez le otorguen un aspecto de relevancia universal que llama a la meditación. Su exploración toca muchas aristas de la identidad checa y parece que ha dado en el clavo. La fundación Gottland, que se encarga de todo lo referente a Karel Gott, quiso impedir la publicación del libro alegando que ellos tenían derechos exclusivos a la palabra Gottland. Por suerte, perdieron el juicio. Gottland es a su vez un recorrido por los tenebrosos meandros del nazismo y el estalinismo, de los dispositivos del totalitarismo.

Gottland. Autor: Mariusz Szczygiel, 258 páginas. Editorial Acantilado. Barcelona 2011. Disponible en los sitios de la red de Amazon y Barnes & Noble.

Roberto Madrigal

Saturday, March 3, 2012

La enfermedad y su circunstancia

Confieso que trato de evitar los filmes sobre cáncer.  Una de las principales razones es que en su inmensa mayoría resultan unas bombas lacrimógenas inverosímiles que manipulan la enfermedad para acentuar el melodrama en tramas nada originales. Ejemplo de ello pueden ser Love Story, Stepmom o Sweet November. Obviamente unas dejan cierta huella, otras son completamente olvidables. Una excepción es la reciente comedia 50/50, dirigida por Jonathan Levine e interpretada magistralmente por Joseph Gordon-Levitt y Seth Rogen, que trata con humor sardónico los aspectos más delicados del enfrentamiento al diagnóstico y tratamiento de la enfermedad y se sale con la suya, manteniendo su dignidad artística.

Por la razón anterior fue que solo tras mucho titubeo cauteloso me decidí a ver Declaration of War (La Guerre Est Déclarée). Dirigida por la actriz Valérie Donzelli y escrita por la propia Donzelli y el actor Jérémie Elkaim (The Pornographer), la película trata sobre dos jóvenes que se conocen en una discoteca, comparten una pastilla de éxtasis, se enamoran y tienen un hijo. Deciden vivir juntos para dedicarse a criarlo cuando a los 18 meses se le diagnostica un tumor cerebral canceroso. A partir de ahí la trama se dedica a explorar los seis años siguientes de la vida de esta pareja, sobre todo los dos primeros, en los cuales viven las incertidumbres del periodo de diagnóstico, las altas y bajas de los inicios del tratamiento, enfrentan las diferentes actitudes de familiares y amigos, asi como los efectos que todo esto tiene en su propia relación.

Los protagonistas del filme se llaman Romeo y Julieta (con todas las connotaciones horribles que esto pudiera tener, desde cursilería hasta maldición kármica, la presentación está hecha en forma casual y humorística), son interpretados por Jérémie y Valérie en cuya verdadera historia se basa el guión. Lo que pudo ser una fórmula perfecta para el desastre, se convierte en ficción con efectividad dramática y credibilidad argumental.

Los personajes están bien trazados. No son seres humanos extraordinarios ni se hacen extraordinarios al enfrentar una situación difícil. Al contrario, son dos jóvenes bien comunes que sacan fuerzas de sus propias debilidades para enfrentar, de la mejor manera posible, lo que se les viene encima. Aquí no hay didactismo ni cantos de esperanza. Romeo y Julieta dan palos de ciego y pasan del pesimismo al optimismo y del disfrute a la frustración tal y como se vive en la cotidianidad, con transiciones sutiles a veces, abruptas a ratos, pero siempre inesperadas para si mismos. La trama es raras veces predecible. Los actores de reparto son excelentes y los personajes están bien delineados, llenos de temores, sin heroísmo, pero por lo general, de buen corazón.  Aquí, eso sí, todos ponen al mal tiempo sus mejores caras. Es un triunfalismo habitual con el cual nadie resalta.

Los autores evitan la melodramatización y utilizan con acierto un humor negro del cual ellos mismos son mayormente las víctimas. No piden la conmiseración del espectador. Han declarado una guerra contra la enfermedad y contra todos los obstáculos que se les presenten a sabiendas de que no tienen mucho control sobre los resultados, pero están decididos a lidiar. Es un canto contra la derrota y el derrotismo. Conmueven sin dejar que se pueda sentir lástima por ellos.

No es una película perfecta ni una obra maestra, a veces peca de un cierto exceso de corrección política, pero es que quizá asi piensan los propios personajes en la vida real, y tiene esa ya demasiado frecuente influencia de Jacques Démy en el cine francés de los últimos diez años, en los cuales los personajes de repente comienzan a cantar lo más desafinadamente posible. Pero por esta vez, su imperfección es una virtud y ayuda a aceptar la tragedia que sutilmente se narra. Donzelli y Elkaim han atravesado una cuerda floja con un malabarismo exitoso. Lo que pudo ser un lamento lastimero y solemne, resulta una comedia ligera que muestra a los seres humanos descubriéndose y sorprendiéndose en su lucha contra la adversidad, desgastándose, sobreponiéndose, dubitativos, impotentes a veces, pero siempre tratando de darle una oportunidad a la vida. Si algo se destaca aquí es la incomprensión del ser humano por la muerte.


Declaration of War (Francia 2011). Dirigida por: Valérie Donzelli. Guión: Valérie Donzelli y Jérémie Elkaim. Con: Valérie Donzelli, Jérémie Elkaim, Brigitte Sy, Elina Lowensohn, Michele Moretti, Phillipe Laudenbach y Frédéric Pierrot. Se estrena actualmente en algunas ciudades de los Estados Unidos y puede obtenerse a través de IFC On Demand.


Roberto Madrigal

Saturday, February 25, 2012

Predicciones para este año

Mañana domingo 26 de febrero será la octogésima cuarta premiación de la academia americana de cine, o sea se entregarán los óscares para las películas estrenadas en el año 2011. Al igual que hice en este blog el año pasado, me atreveré a predecir los ganadores en siete categorías que considero son las más importantes y a la vez las más asequibles: mejor película, mejor director, mejor actor estelar, mejor actriz estelar, mejor actor secundario, mejor actriz secundaria y mejor película en lengua extranjera. La última vez adiviné cuatro correctamente.
Estas predicciones se basan muy poco en mi gusto personal y más en los premios que unas semanas antes ya han ganado algunos de los contendientes, que incluyen los Globos de Oro, los premios del sindicato de los actores y los del sindicato de los directores, los cuales tienen bastante valor de predicción ya que con los años, sus ganadores se han alzado, por lo general, con el Oscar correspondiente. De todos modos, para mi esto es un puro divertimento.
Aquí van mis vaticinios:
Mejor actriz secundaria: Creo que aquí no hay ni discusión. Octavia Spencer, por su papel en The Help, se ha ganado todos los galardones posibles y es además la mejor actuación entre todas las nominadas.
Va a ganar: Octavia Spencer Mi favorita: Octavia Spencer.

Mejor actor secundario: En esta categoría tampoco hay discusión. A pesar de actuar en una tragicomedia floja (Beginners), Christopher Plummer está indiscutiblemente impecable. También ha ganado cuanto premio se ha repartido.
Va a ganar: Christopher Plummer  Mi favorito: Christopher Plummer

Mejor actriz estelar: Esta es la categoría más disputada y casi imposible de predecir. Meryl Streep está perfecta en The Iron Lady, pero ya ha ganado muchos premios y el personaje de Margaret Thatcher no es popular en Hollywood. Rooney Mara está muy bien en The Girl with the Dragon Tattoo, pero no tiene el menor chance. Glenn Close interpreta un papel que es muy querido en Hollywood, el de una mujer disfrazada de hombre. Pensé que iba a ser la ganadora. Además, hace tiempo que se lo merece, pero la película Albert Nobbs, dirigida por Rodrigo García, hijo de García Márquez, es demasiado mala y ahora pienso que eso la va a lastrar y al final a quitarle el premio. Viola Davis está como siempre, excelente en su papel en The Help. Esta pelicula es un melodrama respetable que ha sido muy bien recibido y que es además un filme en el cual hay un gran recital de actuaciones buenas. Mi favorita es Michelle Williams. Creo que hizo la mejor actuación del año en My Week with Marilyn, es la mejor Marilyn que he visto fuera de la original. Pero ni a la verdadera Marilyn Monroe le dieron un óscar así que no creo se lo den a quien haga de ella.
Va a ganar: Viola Davis  Mi favorita: Michelle Williams.

Mejor actor estelar: Aquí la cosa no es fácil. George Clooney es el favorito sentimental de Hollywood y está muy bien en su papel en The Descendants. Pero este año el establecimiento hollywoodense ha quedado infatuado con The Artist, ya que en parte le rinde homenaje, así que Jean Dujardin, que además está muy bien en su papel, va a ganar. Brad Pitt y Demián Bichir están para hacer número. Gary Oldman (Tinker Tailor Soldier  Spy), probablemente fue quien mejor actuó pero es un papel minimalista, de los que no se aprecian en la ciudad de los oropeles.
Va a ganar: Jean Dujardin   Mi favorito: Gary Oldman

Mejor película en lengua extranjera: Esto si es pura adivinanza. Solamente he visto una, pero en realidad, ninguna se estrenó comercialmente en el 2011. Basado exclusivamente en los premios anteriores y en lo que ha expresado la prensa, parece que A Separation no puede perder, pero no tengo idea quién puede ser su competidora
Va a ganar: A Separation  Mi favorita: No tengo ninguna

Mejor película: De todas las nominadas, para mí Midnight in Paris es la mejor, pero no creo que Woody Allen tiene la menor posibilidad. La cosa está entre Hugo, The Descendants y The Artist.
Como dije anteriormente y a juzgar por los premios anteriores, The Artist  va a ganar.
Va a ganar: The Artist  Mi favorita: Midnight in Paris

Mejor director: Por un tiempo pensé que se lo iban a dar a Martin Scorsese por Hugo, pero de nuevo, basado en premiaciones anteriores y en la infatuación de Hollywood con The Artist, ahora no me cabe duda que Michel Hazanavicius se lleva el premio.
Va a ganar: Michel Hazanavicius  Mi favorito: Woody Allen

Bueno, ahi están. Quienes quieran pueden enviar sus predicciones en los comentarios o via Facebook.

Roberto Madrigal

Sunday, February 19, 2012

El debate intelectual

El reciente monólogo a tres voces perpetrado durante la reciente Feria Internacional del Libro, por los corifeos Leonardo Padura, Reinaldo González y Senel Paz, melodramática y escamoteadoramente titulado “Tan cerca y tan lejos. Literatura cubana de autores residentes fuera del país”, no solo ha suscitado numerosas y merecidas respuestas, sino que ha puesto en la palestra, una vez más,  el tema de la posibilidad de un debate intelectual entre las mal llamadas “dos orillas” de la cultura cubana.
Hay dos dificultades fundamentales que habría que vencer primero para que el debate tuviera sentido. La primera de ellas es que en Cuba, a no ser los disidentes, no hay intelectuales en la definición amplia del término. Stefan Collini ha hecho una de las definiciones más universalmente aceptadas del concepto de intelectual. En primer lugar está el hecho subjetivo: un intelectual es aquel que lee mucho, le interesan las ideas y se dedica a “la vida del pensamiento”. Es a lo que la mayoría de la gente se refiere cuando hablan de un tipo intelectual. El segundo aspecto es el hecho sociológico, que describe a cualquier persona con un título universitario. Es lo que define el diccionario, las personas que se dedican profesionalmente al estudio o a actividades que requieren un empleo prioritario de la inteligencia. Hasta aquí, muchos cumplen con la definición. Pero el tercer aspecto, que es el más importante para los asuntos que nos interesan, es el papel cultural. Dice Collini que un intelectual es alguien que primero obtiene un nivel de logro creativo, analítico o académico y que a partir de ahí usa los medios de difusión para comprometerse con las preocupaciones de un público más amplio, convirtiéndose en una voz reconocida. Es quien se involucra en la discusión pública de los asuntos de política pública. Este aspecto de la definición no la cumple ningún escritor o artista oficial, porque como bien señala en un artículo reciente Antonio José Ponte en Diario de Cuba, ”hablan... desde el centro de un mundo del cual uno puede alejarse, pero al que tiene que volver si de veras desea alcanzar cumplimiento”. O sea, hablan desde la institución, a la cual representan.
Qué discusión se puede llevar a cabo, con honestidad en una mesa en la cual de una parte participen Haroldo Dilla, Emilio Ichikawa, Ernesto Hernández Busto, Alejandro Armengol, Rafael Rojas, Arturo López-Levy, Iván de la Nuez y el propio Ponte, asi como Yoani Sánchez, Dagoberto Valdés y Orlando Luis Pardo Lazo, y de la otra se encuentren Padura, Paz, Miguel Barnet y Reinaldo González. Los primeros no representan más que sus propias opiniones y difieren bastante entre ellos mismos, mientras que los últimos aceptan vender una posición institucional y esa no es otra que la institución del estado, regulado por un partido único con directivas muy precisas.
El segundo problema fundamental es la falta de espacio público. En Cuba “la calle es de los revolucionarios”, o sea, los espacios públicos y posibles foros de discusión están controlados por el gobierno y sus instituciones. ¿Por qué hay que esperar a que la UNEAC o el Ministerio de Cultura convoquen a un coloquio? Esa falta de espacio público es la que impide que Yoani, o si quiere el mismísimo Padura por su cuenta, alquilen un local y organicen un evento de discusión de cuestiones de interés político o cultural sin tener que pedirle permiso al gobierno, como sucede en cualquier sociedad democrática. Que una organización no gubernamental patrocine un coloquio en el cual se intercambien ideas libremente, sin que ningún ministro o ningún gendarme cultural tenga que estar presente en las mesas de debate. Que participe como parte del público si lo desea.
Desde esta orilla las puertas siempre están abiertas. El espectro de las opiniones es bastante amplio y  estas no están apoyadas por una maquinaria represiva. El verdadero debate no radica en que exista un intercambio cultural más igualitario, sino en que las ideas fluyan libremente de un lado a otro. No creo que estos dos grandes escollos sean salvados en un futuro cercano. No son los únicos. Como bien señala Ichikawa, “cuando las autoridades cubanas lanzaron la ‘batalla de las ideas’ dieron el primer paso dentro de la misma, manipulando el nombre del proceso” y es cierto que el debate no es necesariamente el mejor ejercicio para producir obras intelectualmente valiosas, pero de alguna forma hay que responder, aunque sea con el silencio porque como dijo Abraham Heschel, lo opuesto al bien no es el mal, sino la indiferencia.

Roberto Madrigal

Saturday, February 11, 2012

Dos del horror cotidiano

Me atrevería a precisar que el “Quinquenio Gris” puede situarse entre el año 1968, cuando Castro desató su ofensiva revolucionaria, y 1980, cuando las visitas de la “comunidad”, la liberación de los presos políticos, el asilo masivo de la embajada del Perú y el éxodo del Mariel revelaron las pequeñas grietas de la muralla represora. Básicamente, llamo por ese término erróneo al período en que el aparato represivo se consolidó y su fuerza fue ejercida a todo trapo. No quiero decir que no hubiera mucha represión ni antes ni después y estoy abierto a sugerencias.

La represión intachable se desplegó mucho más allá de la esfera cultural y abarcaba zonas de la vida diaria que ni los más paranoides podíamos imaginar.

Desde los cinco años hasta que me fui de Cuba en 1980 viví en un edificio de dos plantas y cuatro apartamentos, situado frente al cine Arenal. Para ser más preciso, en la Avenida 41 #2819, en Marianao. Tras la Reforma Urbana el área quedó incluida en lo que se denominó “Zona congelada”, que fue el título que puse a mi novela a sugerencia del artista y escritor Nicolás Lara. En mi pequeño edificio quedamos dos familias y los otros dos apartamentos quedaron vacíos. En 1961 fueron inmediatamente ocupados por “técnicos” checoslovacos, que una noche primaveral de 1968 fueron rápidamente evacuados. Recuerdo que la checa que vivía en el apartamento contiguo se paseaba casi todo el día desnuda y dada la estructura de mi casa no se necesitaba rascabuchear para verla. La noche de su apurada evacuación tocó la puerta de mi casa y me dio un fuerte abrazo y un beso, a mis impresionables 17 años, que todavía no olvido.

Los checos fueron inmediatamente sustituidos por “técnicos” rusos. Varias oleadas de ellos pasaban por allí, casi siempre tres o cuatro hombres juntos. Cuando nos cruzábamos saludaban cordiales pero evitando hacer contacto ocular. Los fines de semanas daban fiestas ruidosas y borrachos se encaramaban en las mesas cantando canciones rusas. Yo los sentía como si estuvieran en mi casa.

Un día de 1972 llegó una pareja distinta. Boris y Olga, con un niño de unos seis meses. Me tocaron a la puerta y se presentaron, hablando español con acento peninsular, diciendo que él era ingeniero mecánico y trabajaba en la Misión Comercial Soviética. A partir de ahí vinieron los saludos rutinarios, igual que los anteriores y nada más. Hasta un día.

En mi casa pasó un tiempo un amigo, Oscar Lima, que ahora anda por la Martinica, que aunque estudiaba Literatura Inglesa, se especializaba en construir antenas colineales y de radio para captar las estaciones de televisión americana y las emisoras de frecuencia modulada de la radio de los Estados Unidos. Por supuesto, Oscar montó ambas en mi azotea. Un buen día, Boris me tocó la puerta y sin mediar saludo me espetó nervioso: “¿Esa antena que tienes en la azotea es para ver televisión americana?”. Inicialmente me quedé estupefacto pero pronto me repuse y como yo nunca oculté nada, le dije que sí. “Entonces yo quiero una” dijo para mi sorpresa. Consulté con mi amigo Oscar para el precio y se lo comuniqué a Boris, quien pareció encantado. A partir de ahí, empezó a venir a las fiestas que yo daba en mi casa, me visitaba para comentar algún programa de Wolfman Jack o un Rock Concert de Dan Kirshner que había visto y a llevarme en su Gaz a mi trabajo que quedaba a unas cuadras del suyo.

Una mañana en la cual, como rutinariamente, me disponía a abordar el Gaz de Boris, ya fuera del garaje del edificio, noté que se comportaba extraño. Miraba a todas partes menos en mi dirección, su cara estaba pálida y se le notaba nervioso. A su lado estaba sentado en el jeep otro ruso. Arrancó el carro torpe y apresuradamente y se fue veloz, dejándome plantado en plena acera. Por supuesto, ese día llegué tarde al trabajo. No entendí nada. Por la noche un Boris tembloroso tocó la puerta de mi casa para pedirme disculpas por el suceso de la mañana. Me dijo que cuando yo viera a otro ruso en su carro o alrededor de él, ni me acercara. Que él no tenía permitido llevar a ningún cubano en su jeep porque antes de salir de la Unión Soviética un agente del ministerio del interior cubano y otro del ruso les advertían, a él y a todos los que venían con él, que estaba estrictamente prohibido hacer amistad o asociarse de manera alguna con los cubanos. Entre otras cosas les informaban que los cubanos estaban en una etapa primitiva del desarrollo ideológico y que tenían muchas deficiencias. A partir de ahí, Boris me siguió llevando y viniendo a mi casa, pero al salir, yo tenía que vigilar para asegurarme que no había moros, en este caso rusos, en la costa.

La segunda anécdota se refiere a unas amistades más íntimas. Yo daba muchas fiestas en mi casa a las que venía gente que a veces yo ni conocía.  Sabía que estaba en la mirilla del Comité de Defensa de la cuadra (el presidente, que era mi amigo y se fue por el Mariel, me lo advirtió). Pero a mi no me importaba. Las fiestas eran en realidad inocentes para los estándares internacionales. Varios amigos, conocidos y desconocidos nos reuníamos a tomar, a bailar y a ligar. Se escuchaba música americana mayormente y a toda voz, pero nadie escondía nada. Eso en Cuba era mal visto, era diversionismo ideológico. Unas amigas que conocía casi desde la infancia y que frecuentaban mis fiestas, se casaron por arreglo, con unos presos políticos que iban a ser liberados en 1979, para poder salir del país. Eso se hizo mucho en Cuba. Una tarde recibieron en su casa la visita de los compañeros “Manolo y Ramón”, que las conminaron a que los llevaran a mis fiestas como “novios” y que además, si oían algo sospechoso en sus visitas a mi casa (que no se limitaban a las fiestas), tenían que informarlo y que si no, les suspendían la salida del país. Ambas ya habían perdido sus trabajos. Pues Manolo y Ramón se hicieron asiduos a mis fiestas. Nunca supimos a ciencia cierta de dónde salían ni nos importaba, pero no creo que encontraron nada importante que informar y lo que sí noté es que se divertían bastante. Nuestras amigas nunca pudieron avisarnos del asunto y me vine a enterar de eso una vez ya en Miami.

Resulta increíble cómo la seguridad operaba en esferas de la vida diaria de la cual uno ni sospechaba. Nos movíamos vigilados sin siquiera darnos cuenta. No era sólo espiar a grupos que conspiraban, a expresos o a infiltrados, o a escritores disidentes, sino a jóvenes inocuos, que por supuesto no éramos revolucionarios, pero que no presentábamos una amenaza real al sistema. Por suerte tanto yo, como mis amigas y Oscar, hace rato estamos fuera de peligro. Nunca más supe de Boris, espero que le vaya bien en la nueva Rusia.



Roberto Madrigal

Sunday, February 5, 2012

Imagen y duplicidad del artista

La primera, y hasta hace unos días, la única vez que vi el filme Mephisto (Austria-Alemania Occidental-Hungría 1981), fue en 1982. En aquel año ganó el Oscar a la mejor película en idioma extranjero y poco antes había ganado varios premios en Cannes, Londres y Venecia. Me pareció entonces una obra excelente no sólo desde el punto de vista cinematográfico, sino por el tema que tocaba. Una película audaz, considerando los tiempos que se vivían en Hungría. Su director, Istvan Szabo (Budapest 1938), quien en 1966 había realizado El padre, una película excelente que transcurría durante el levantamiento húngaro de 1956, suplantó a Miklos Jancso y a Ferenc Kosa como la figura más destacada del cine húngaro, lo cual confirmaría con su siguiente producción, Colonel Redl (1985), que trata sobre un oficial austríaco que se convierte en espía ruso para ocultar su homosexualismo.

Ya no recuerdo que me movió a alquilar el DVD esta vez, pero treinta años más tarde, la película conserva todo su valor estético y su temática se mantiene tan vigente como en aquellos días.

Basada en la novela homónima de Klaus Mann, que se centra en la carrera de un actor oportunista y que en parte era un ajuste de cuentas contra su antiguo amigo Gustaf Gründgens, Szabo adapta la trama de una manera que trasciende los límites de la obra original.

La película comienza en 1926, su personaje central Hendrik Hofgen es un actor ambicioso de ideas socialistas, que empieza a destacarse en el mundo teatral de Hamburgo. Hendrik se siente indestructible y se burla abiertamente de las nacientes ideas del nacional socialismo alemán. Mira a los nazis con condescendencia como a insectos. Su fama continúa en ascenso y ya en 1936 es conocido nacionalmente, pero en ese momento los nazis ganan las elecciones y aunque se mantiene convencido de su invulnerabilidad, termina escuchando los ruegos de sus amigos y se traslada a Paris.  Unos meses más tarde una amiga suya convence a una actriz famosa para que hable con su novio, un poderoso militar de la Luftwaffe (modelado en Goering), para que le extiendan un perdón a Hendrik que le permita retornar a Alemania y reintegrarse al mundo del teatro. Hendrik regresa y obtiene el papel de Mefisto en la primera parte de Fausto, lo cual lo hace famoso en los nuevos círculos del poder. A partir de ahi su relación con el general y ministro se vuelve inevitablemente más estrecha y culmina con su nombramiento para dirigir el teatro nacional de Berlin. Hendrik tiene una amante negra que debe esconder y que finalmente es arrestada, ve cómo se persigue a sus amigos judíos o incluso a aquéllos que en sus inicios abrazaron el nazismo y luego, horrorizados cambiaron de ideas. En algunas ocasiones, trata de utilizar su posición para proteger a algunos hasta que en un momento dado el general le hace ver que no es más que una marioneta al servicio del poder, con influencia limitada y cuya única seguridad es seguir sirviendo a los poderosos. Se da cuenta de que poco a poco ha vendido su alma al diablo.

Realizar cine político es casi como cruzar un campo minado, pero Szabo se las arregla para tocar temas importantes sin aires de solemnidad, dándole humanidad y dramatismo a sus personajes, que no resultan estereotipos de nada y manejando las transiciones dramáticas y situacionales con una soltura que las convierte en creíbles. Evita la monserga.

La película toca el tema del artista atrapado en su relación al poder, los dilemas morales que enfrenta, las ambigüedades que surgen cuando las aspiraciones personales de logro artístico se cruzan con la necesidad de subsistencia artística, existencial y física. El lugar del artista, su imagen y su conducta dentro de una sociedad totalitaria. Por ella transitan los oportunistas, los creyentes, los cínicos y los cambiacasacas. Aunque se desarrolla durante el ocaso de la República de Weimar y los comienzos del nazismo, está claro que Szabo se dirigía a Hungría. Incluso introduce cambios argumentales que en la novela de Mann sucedían en España para en la película hacerlos acontecer en Hungría. Hofgen no es un mero oportunista, es un hombre atormentado. Es sabido la forma oblicua en la cual los cineastas húngaros trataban estos temas en las décadas del sesenta, setenta y ochenta para burlar a la censura. Además, la forma en que Szabo enfoca el problema trasciende fronteras geográficas y abarca todo el paisaje del totalitarismo. Szabo expone los problemas, no les da solución. Mantiene sus complejidades sin simplificar las situaciones, Su trabajo es una verdadera meditación que se transfiere al espectador.

El triste corolario de este filme es la propia historia del contradictorio Istvan Szabo. Hijo de una familia judía convertida al catolicismo, pero vista como judía por los nazis. Se las arregló para estudiar en la Academia de Artes Teatrales y Cinematográficas de Budapest y con el tiempo lograr la imagen de ser uno de los principales directores contestatarios de Hungría. En el año 2006, la publicación periódica húngara Vida y Literatura reveló que entre 1957 y 1961, cuando estudiaba en la academia, Szabo fue informante del régimen comunista, entregando cuarenta y ocho informes sobre setenta y dos personas, mayormente profesores y compañeros de clase. Inicialmente, muchos intelectuales, incluidos algunos que Szabo había delatado, escribieron una carta en su apoyo y el cineasta declaró que había hecho esto como un acto de valentía para proteger la vida de Pal Gabor, un compañero de clase. Al descubrirse que esto no era cierto, Szabo se vio obligado a admitir que lo había hecho para evitar su expulsión de la academia.

Orwell dijo una vez, refiriéndose a Ezra Pound, que “uno tiene el derecho a esperar un mínimo de decencia aún de un poeta”. Szabo en una entrevista declaró: “No creo que se puede vivir sin hacer compromisos. La cuestión es sólo una: hasta dónde se puede llegar, cuándo es que uno cruza la línea en la cual el compromiso se convierte en algo malo, incluso mortífero”.  Una respuesta posible se podría encontar en Milosz en su poema Ustedes que han hecho daño, cuando dice “Nunca se sientan seguros. El poeta recuerda”. A pesar de sus acciones, como quiera que se juzgue a Szabo como individuo, sus filmes, y Mephisto, en particular, quedan como ese recordatorio.

Roberto Madrigal