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Friday, December 16, 2011

La discreta insipidez de la burguesía

Los clichés y los estereotipos sociales siempre han sido el blanco del sarcasmo cinematográfico de Alexander Payne (Omaha, Nebraska, 1961). En Citizen Ruth (1996), su primer largometraje, una drogadicta ignorante e ingenua, al quedar embarazada, se convierte en el objeto de manipulación política entre los militantes pro-aborto y los del “derecho a la vida”. En Election (1999), una escaladora social adolescente, perfectamente interpretada por Reese Witherspoon, se lanza en una cruzada electoral sin ningún escrúpulo, para alcanzar el mayor puesto de la organización estudiantil de su high school. Jack Nicholson  interpreta a un viudo cínico, recién retirado, que trata de reconectar con su hija para buscar sentido en un mundo que, por absurdo y esquemático ya le resulta ancho y ajeno, en About Schmidt (2002). Los lugares comunes del New Age, son cuestionados en Sideways (2004), cuando un escritor frustrado (Paul Giamatti), que se gana la vida como profesor de inglés en San Diego, decide llevarse a un amigo a punto de casarse en un último canto de cisne a la soltería y a la rebelión personal, a través de los viñedos californianos. Con esta cadena de filmes Payne elabora una consistente critica de los valores convencionales que rigen a la pequeña burguesía, burlándose mordazmente de los criterios culturales establecidos y de la corrección politica, desarticulando su lenguaje utilizando sus propios medios convencionales de expresión y poniendo de cabeza sus significados.
Siete años le tomó regresar tras la cámara para realizar The Descendants (2011), que ya ha sido nominada a los Globos de Oro y ha quedado entre las mejores películas del año en varias listas de críticos, entre ellos uno de los mas influyentes del New York Times.
Matt King, un abogado de bienes raíces de Hawaii, interpretado por George Clooney, tiene un gran problema: su esposa se encuentra en coma tras sufrir un accidente en un vehiculo marino. Como era el ganapán de la familia, nunca estuvo a cargo de criar a sus hijas y ahora se encuentra enfrentado a la tristeza y confusión de Scottie, su hija de diez años y a la desafiante y desdeñosa actitud de su hija Alexandra, de 17 años. Matt desciende de una familia de colonos anglosajones y por otra parte de la realeza hawaiana. Ha heredado numerosas propiedades, entre ellas una paradisíaca zona costera, que debido a una ley contra la perpetuidad, tiene que vender en los próximos siete años, pero lo acorralan con urgencia, por un lado diversos contratistas y por el otro una gran cantidad de primos, muchos de los cuales están arrancados, y quieren su parte del dinero lo antes posible. Matt es el fideicomisario absoluto de cuya decisión todos dependen. En medio de esto, Matt se entera que su mujer lo estaba engañando con un agente inmobiliario y que planeaba dejarlo. Para colmo, la noticia se la da su hija Alexandra. A partir de ahi, se lanza en una pequisa, junto con Alexandra, para localizar al individuo y ahondar en las motivaciones secretas de su agonizante esposa.
El primer fallo de esta trama tan aparentemente alambicada, es que a mitad de la cinta, no sabemos si estamos ante una obra que explora el proceso de aflicción de un hombre enfrentado a una gran pérdida sentimental, forzado a rehacer su vida y su status dentro de su familia, a redefinirse como padre, o una que se adentra en la hipocresía moral de la pequeña burguesia, que se rige por intereses monetarios y los adorna con lazos sociales y familiares eminentemente falsos.
El segundo y mayor fallo, es que Matt quiere hacer el bien, actuar de acuerdo a lo que cree moralmente justo. Esta delineación del personaje hace que pierda fuerza el propósito de sátira social del filme, la vuelve dócil. Los personajes centrales de sus trabajos anteriores eran gente frustrada, llenas de defectos, escépticos y malhumorados, que podian ser muy crueles. De esta manera, Payne establecía un buen contrapunto al insertarlos en un medio lleno de falsos valores y estereotipos, a los cuales sus personajes desenmascaraban con sus actitudes, a veces a propósito y a veces a pesar de si mismos. No había redención dentro de ese medio. Aquí convierte a Matt en un hombre esencialmente bueno, aburrido de las hipocresías, mesurado y finalmente sentimentaloide. La comedia critica aquí no tiene dientes, y el drama sentimental se vuelve sacarinoso.
A pesar de la excelente actuación de Clooney, quien se presenta despojado de todo glamour, el personaje  de Matt no es creible. Sus narraciones en off no encajan con la conducta del personaje y sus contradicciones resultan insulsas. Alexandra, magistralmente interpretada por Shailene Woodley no pega para nada con su “amigo” Sid, un adolescente que a veces parece un oligofrénico. La relación entre Matt y Alexandra, completamente antagónica al principio, se resuelve con extrema rapidez y sin transiciones convincentes. La película tiene momentos visuales y diálogos excelentes, pero a la larga, resulta emocionalmente vacía. Como melodrama no me movió en lo más mínimo. Al complicar tanto la trama, todo parece traido por los pelos, sobre todo al resolverse.
Al principio de la película, Payne, a través de la voz en off de Matt y mostrándonos imágenes de miseria, nos trata de convencer que Hawaii no es el paraíso que pintan las guias turisticas y que está lleno de contradicciones, pero el resto de la película se concentra en mostrarnos un lugar edénico en el cual el drama que se expone parece completamente fuera de sitio. The Descendants
se ahoga en la insipidez que intenta criticar debido al facilismo y la mansedumbre con que la trata.

The Descendants (E.U.A. 2011). Dirección: Alexander Payne. Guión: Alexander Payne, Jim Rash y Nat Faxor. Basado en la novela de Kaui Hart Hemmings. Fotografía: Phedon Papamichael. Con: George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Robert Forster, Nick Krause, Matthew Lillar, Judy Greer y Beau Bridges. De estreno en todas las ciudades del pais.

Roberto Madrigal

Friday, December 9, 2011

Penúltimos años

A partir de 2005, ya a una distancia prudencial de los hechos, varios narradores alemanes de las mas nuevas generaciones se han dedicado a enfrentar el fenómeno de la caida del Muro de Berlín,  sin duda uno de los eventos mas importantes del siglo veinte.  La escritora turcoalemana Yadé Kara, en su novela Selam Berlin aborda el tema de los estertores de la antigua República Democrática Alemana desde el punto de vista de los alemanes del oeste. Con esta obra ganó el Deutscher Buchpreis, que es como el premio nacional de literatura en Alemania, en 2005. Ingo Schulze lo hizo desde el punto de vista de los germano-orientales con New Lives, Short Stories y Adam and Evelyn, enfocando el efecto político, social e individual que tuvieron los sucesos en las vidas de los habitantes de la difunta república. Anteriormente, Christa Wolf y Günther Grass, escritores de una generación muy anterior, ambos oponentes a la reunificación, aunque desde diferentes orientaciones, habían aportado su granito de arena anticuado y nostálgico en Wende y Too Far Afield respectivamente. En el año 2009 Eugene Ruge se ganó el premio Alfred Doblin con su novela En tiempos de luz menguante y ese mismo año Clemens Meyer abordó el tema en su novela When We Were Dreaming.
La editorial Anagrama acaba de publicar, en su colección de “Panorama de narrativas” la versión española de La torre, la monumental novela de Uwe Tellkamp que ganara el Deutscher Buchpreis en 2008 y el premio Uwe Johnson de ese mismo año.
El escritor ubica la trama en Dresde y la acción transcurre desde los últimos meses de Brezhnev hasta la llegada de Gorbachov. La ubicación temporal siempre se da a partir de los líderes de la también desaparecida Unión Soviética. Aunque la obra es un verdadero bildungsroman repleto de personajes, que se toma su tiempo para desarrollar su línea argumental,  Tellkamp trata de hacernos ver los hechos a partir de tres personajes principales: Richard Hoffman, un cirujano que trata de sobrevivir cobardemente sin tener que ser militante del partido y evitando hacer daños personales desde su posición en el hospital y con el cual se nos muestran los problemas diarios de un profesional bajo el régimen comunista, Meno Rohde, su cuñado, un zoólogo devenido en editor literario que ocupa un puesto relativamente importante en el mundo editorial de la RDA y a través del cual se nos muestran los vericuetos de la censura, y Christian Hoffman, hijo de Richard y sobrino de Meno, un joven con talento artístico, sobre todo para la música, que se debate entre su vocación por las artes y la presión familiar porque se encamine hacia la medicina.Todos miembros de la jerarquia de medio nivel, de legitimidad de poder técnico, que viven en una zona urbana de relativa afluencia, que perciben ciertas ventajas del sistema pero que tienen que balancearse en la cuerda floja.
Richard, aparte de los problemas con la nomenclatura política del hospital, tiene una doble vida. Su esposa ignora que tiene una amante y una hija con ésta. Las peripecias de su romance oculto sufren presiones existenciales y políticas. Meno, un hombre divorciado, comienza a desintegrarse cuando se enamora de una escritora a quien se le considera disidente por publicar una novela en “la otra Alemania”. Christian, en el bachillerato,  se enamora de una militante convencida y termina impedido de matricular medicina, enviado en castigo al ejército y finalmente hecho prisionero por su irresponsabilidad militar. Su delito inicial: “leer literatura subsersiva”, que en la RDA incluía el interés por Kafka. Christian es en realidad el personaje mas destacado y a la vez mas biográfico, ya que Tellkamp, quien nació en Dresde en 1968 y es médico de formación, fue enviado al servicio militar y encarcelado por rehusar “apaciguar” una demostración anti-gubernamental y no pudo estudiar medicina hasta después de la caida del muro.
A través de estos personajes y de sus relaciones sociales, el autor nos ofrece un fresco atroz de los últimos años del comunismo alemán. Narrada mayormente en tono realista, la novela también acude a la sátira absurda (cosa que le han criticado) y al mundo de los sueños. A veces funciona, en otros momentos se regodea demasiado en detalles técnicos de medicina, biología y tecnologia, lo cual hace la narración un poco balbuciente y desorientada, pero en general el estilo cumple su cometido y mantiene además el interés. Debo advertir que la traducción es pésima y dificulta la lectura. La traductora, Carmen Gauger, insiste en emplear palabras que, aunque correctas, como “parágrafo” en vez de párrafo y “anejo” en vez de anexo, nadie usa hace mucho tiempo. La redacción en español es a veces torpe y pierde el sentido de las oraciones.

La República Democrática Alemana era el país vitrina del bloque socialista. El resto de los países sometidos  tenían que aportar un porcentaje de su producto nacional bruto para financiar al espectáculo del “socialismo con abundancia”, sin embargo, en este libro el cuadro que se presenta de ese país es totalmente desolador, no sólo desde el punto de vista de la represión política, sino por las penurias económicas que tenian que pasar sus habitantes, que iban desde la mala alimentación (endémica en todo el antiguo bloque) hasta la falta de calefacción (regulada por el gobierno) durante periodos de intenso frio, pasando por la despiadada polución ambiental y la ignorancia en la que mantenían al pueblo respecto a los hechos del dia. Los alemanes del este además, llevaban otra gran carga. El espectro del nazismo se mantenía escondido. Era un tema tabú y su peso sobre la psique del ciudadano promedio le devoraba la conciencia y le provocaba odios irracionales.
La obra ha sido comparada repetidamente con Los Budenbrook. No creo que sea para tanto, pero con esta su tercera novela, Tellkamp, quien también ganó el premio Ingeborg Bachman en 2005 con su segunda novela, ha creado una obra importante, que revela aspectos desconocidos de una realidad siempre maquillada, con la mirada de quienes la padecieron.

La torre. Autor: Uwe Tellkamp. Editorial Anagrama, colección Panorama de narrativas. Barcelona 2011. 887 páginas.

Roberto Madrigal

Friday, December 2, 2011

El malestar en Cultura

No hay nada peor que meterse con la música popular. En primer lugar porque cuando una canción se hace popular es porque responde al gusto, si bien no necesariamente de la mayoría, de una gran parte del público. En segundo lugar porque las canciones populares toman casi siempre dos caminos. Por una parte duran un par de semanas en las cuales se les escucha hasta el hartazgo y después desaparecen sin dejar rastro, o por otra, se mantienen y al cabo del tiempo se convierten en “clásicos”. El gusto popular da vueltas mas rápido que una veleta y sufre de constantes mutaciones casi siempre impredecibles. Cambia no sólo de una generación a la siguiente, sino dentro de una misma generación. Esto es un proceso natural e inofensivo. Pero en un país en el cual el mas trivial gesto artístico se convierte en un símbolo de identidad nacional, en una razón de estado o en un hecho de significatividad social, en cuanto sale una canción como el Chupi Chupi, con una letra que desafía los límites de la pusilanimidad ética, enseguida saltan ministros y doctores a quejarse, a tratar de censurarla (un poco tarde, ya está en oidos de demasiada gente), de aplacar lo que ven como una afrenta al legado cultural de la Revolución y controlar el daño que suponen hace a la imagen del pueblo. ¿Síntoma o padecimiento? Se preguntan y se llevan las manos a la cabeza. Se dicen y se desdicen en un ridículo espectáculo atiborrado de jerigonza incomprensible.
“Vulgar y obsceno”. “Sus movimientos giratorios despiertan los peores impulsos hormonales de las adolescentes inmaduras”. Eso decían en 1956 las revistas Life y Look del nuevo fenómeno musical llamado Elvis Presley. Hasta Irving Berlin, un genio musical que en su momento fue víctima del desprecio de los defensores de la moral conservadora cuando en 1911 resucitó el Ragtime de Scott Joplin, solicitó que a Elvis se le eliminara de la radio y se le prohibiera cantar White Christmas. Los cubanos no tenemos el patrimonio de la insensatez, pero mientras que en una sociedad abierta y competitiva diversas fuerzas se oponen y se confabulan y el artista casi siempre encuentra una via de escape, en la sociedad cubana el Ministerio de Cultura es la única fuerza que se reserva el derecho de decidir lo que se permite. Es el organismo de vigilancia de la cultura y su territorio lo define con capricho y amplitud.
El ministro Abel Prieto, un hombre que cuando joven practicó ostentosamente el “diversionismo ideológico” y hasta sufrió sus consecuencias y que como ministro se ha destacado por ampliar los límites de la tolerancia y conceder algunos privilegios al gremio artístico, quizá por su débil situación política actual, defenestrado de sus cargos del Partido Comunista, un funcionario que tiene que mirar con cuidado por encima de los hombros, se muestra enérgico y conminativo, urgiendo a tomar medidas para corregir a la cultura nacional. Una tal doctora María Córdova se pregunta “¿A quién beneficia esta forma de hacer música?” y varios blogueros oficiales fruncen su ceño virtual preocupados por el futuro de la cultura socialista y ofrecen, solemnes y enjundiosos, sus recetas sobre cómo resolver el problema a corto y a largo plazo.
Para ser justos, me asombra también como algunos blogueros exilados se envuelven en fastuosos análisis sociológicos y concluyen que el Chupi Chupi muestra la vulgarización que ha sufrido la cultura cubana en los últimos cincuenta años. Puede que tengan razón, pero éste no es el mejor ejemplo. Tampoco los cubanos de la isla tienen el monopolio de la “vulgaridad”. Puedo citar como ejemplo una canción, Work It, muy popular hace algunos años, de Missy “Misdemeanor” Elliot que dice: “Déjame ver si la tienes grande/ para saber cuánto tengo que esforzarme...Llámame antes de venir/ me tengo que afeitar la chocha”, y la palabra chocha está dicha en español. Por otra parte, el “trágatelo tuti” del Chupi Chupi tiene un referente más reciente, que estoy seguro que Osmani García, su autor, conoce, que es la canción I Know You Want Me, del cubanoamericano Pitbull, que dice: “Si es verdad que tú ere guapa/yo te voy a pone a gozar/tú tiene la boca grande/dale ponte a jugar”.
Los ejemplos abundan en la música popular de cualquier país y sobran incluso otros anteriores de la propia Cuba que ya otros blogueros han destacado. El propio Osmani tiene una canción previa titulada El pudín, que en una de sus partes dice: “Voy a bajar al pozo/si no hay yerba en el jardín”. Las letras de las canciones populares en muchas ocasiones, audazmente atraviesan los límites de la moral convencional, se oponen a la represión de las normas establecidas y mal o bien, son unas de las fuerzas de cambio en la dinámica de la movilidad de los patrones morales, confirmando el viejo refrán hindú de que “los vicios de hoy son las virtudes de mañana”. No hay que estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que dicen. Aquí uno cambia la estación o apaga el radio o la televisión. En Cuba, es cierto que hay menos opciones. Yo particularmente encuentro mucho más obscena y de mal gusto a La era está pariendo un corazón. Al menos el Chupi Chupi no se toma en serio.
Los represores no se saben aguantar cuando algo les molesta. Al ministro, a los catedráticos pontificantes y a los jenízaros culturales cubanos hay que recordarles que la cultura popular, principalmente la música, es lo que es, no se controla por decreto. Debieran hacer suyas las estrofas de una canción que en los noventa se convirtió en un lema, escrita por Manolín, el Médico de la Salsa, que usaron otros grupos también y que asegura: “Somos lo que hay/lo que se vende como pan caliente/lo que prefiere y pide la gente/lo que se agota en el mercado/lo que se escucha en todos lados/somos lo máximo”.
Si son incapaces de aprenderse esa lección, porque no pueden bajarse de su torre de Spaskaia o temen abrir las celdas de su Lubianka o Villa Marista personal, hay que decirles, como le dijo una vez Cantinflas a un señor muy culto, pero totalmente desconocedor de la cultura popular, y con quien sostenia una interminable discusión: “Pero oiga, mire nomás, ¡qué falta de ignorancia!”.

Roberto Madrigal

Saturday, November 26, 2011

Contradicciones del poeta

A finales de mayo de este año se llevaron a cabo en Cracovia las celebraciones por el centenario del natalicio del poeta Czeslaw Milosz (1911-2004). Iglesias, recintos universitarios, la biblioteca local y diversos establecimientos unieron sus esfuerzos para efectuar eventos recordatorios y de paso obtener beneficios mercantiles a costa de la figura del poeta. Bolígrafos, tarjetas postales, agendas, T-shirts y hasta servilletas conmemorativas se vendieron por las calles de la ciudad en lo que llegó a parecer la evocación de una difunta estrella del rock. Muy pocas veces un poeta es el centro de semejante atención.
Tanto en su vida como en su obra, Milosz fue controvertido y controversial. Nacido en Seretenai, una aldea rural de Lituania que en ese momento pertenecía al Imperio Ruso, fue criado en un catolicismo de corte polaco, vivió de joven la experiencia de la Promera Guerra Mundial y la posterior guerra entre Polonia y Lituania, países de errática conexión historica, que en 1921 le costó a Lituania la qinta parte de su territorio, incluyendo la provincia de Milosz, el poeta estudió leyes en la universidad Stefan Batory de Vilnius. Comenzó a escribir poesía en 1930 y sus dos primeros libros le ganaron una beca en París. Escribió en polaco y tras pasar la Segunda Guerra Mundial en las afueras de Varsovia, bajo el “Gobierno General” de la Alemania nazi y sin participar en el levantamiento de Varsovia, en 1945 se convirtió en agregado cultural de la República Popular de Polonia en París. En 1951 pidió y le fue concedido, asilo político en Francia, donde en 1953 le fue conferido el Prix Littéraire Européen. En 1960 emigró a los Estados Unidos y desde 1961 comenzó a enseñar lenguas y literaturas eslavas en la universidad de Berkeley, recibiendo varias distinciones académicas. Se hizo ciudadano americano en 1970 y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1980, siendo un desconocido en su Lituania natal y su Polonia adoptiva. Después de 1989 comenzó a viajar a Polonia y finalmente compró una casa en Cracovia en donde murió en 2004. Fue enterrado en la iglesia Na Skalce, lugar reservado para polacos “famosos y respetados” lo cual causó gran conmoción y un sinnúmero de protestas, ya que Milosz nunca renunció a sus raíces lituanas y se consideraba multiétnico.
Pero la poesía, de alguna manera, ha encontrado la forma de triunfar una vez más. El oficio de poeta se ha hecho por lo general entre muros de silencio. La poesía también se lee mejor con sigilo. Los poetas no son populares y a veces la fama les llega por caminos inesperados. Bob Dylan fue primero estrella de rock (aunque ese no era el género musical que cultivaba) antes de que sus letras se reconocieran como los extraordinarios poemas que son. Lezama Lima era un poeta oscuro e impenetrable, para lectura de muy pocos, cuando de repente devino novelista y pornógrafo inocente, lo cual abrió las puertas, con la ayuda del censor, a que su poesía alcanzara resonancias mas amplias, convirtiéndose en uno de los poetas cubanos más comentados y menos leídos. Los poetas, en estado puro, si tienen suerte, tienden a morir en París con aguacero. En Estados Unidos, el movimiento del slamming, popularizó una poesía rimada pedestre que degeneró en la médula del rap, pero los poetas se volvieron a quedar con poco público. Lecturas en parques, bibliotecas públicas y pequeños cafés son sus mejores escenarios, pero cuidado, que un poeta puede asesinar su obra con una mala lectura.
En cambio, el hombre que en El pensamiento cautivo escribió que los disidentes no son aquellos de pensamiento mas fuerte sino los de estómago más débil, y cuya obra en los últimos años se enfiló hacia divagaciones profundamente religiosas, ha encontrado una popularidad que nunca imaginó y que tampoco podrá conocer. Este año se han realizado, además de la celebración de Cracovia, agasajos y recordatorios en Varsovia, Vilnius, Moscú, San Petesburgo y Bucarest, lugares en los cuales estuvo prohibido por más de cuarenta años, asi como en Paris, Roma, Madrid y Londres, en los cuales su obra tuvo su primera difusión. A finales del pasado octubre se realizaron actos conmemorativos en el Claremont McKenna College, con la participación de sus traductores al inglés y de prestigiosos críticos y editores polacos y en el patio de su casa en las colinas de Berkeley varios poetas y amigos llevaron a cabo lecturas de poemas.
Hace muchos años que el capitalismo conoce que la mejor manera de absorber y desvirtuar al enemigo es conviertiéndolo en mercancia, de ahi la gran cantidad de T-shirts con la imagen de Mandela y del Ché. En el caso de Milosz no creo que ese sea el objetivo ni que por la comercialización de su imagen, esta resulte alterada. La poesía queda ahi, inamovible, abierta a la intimidad del lector. Si acaso, ganará quince o veinte lectores más tanto en los lugares en los que se le conocía como en los que estuvo prohibido por tanto tiempo. Eso será otro triunfo de la poesia y de la obra de este poeta.

Roberto Madrigal

Saturday, November 19, 2011

El género que visita

El genio cinematográfico de Pedro Almodóvar radica principalmente en visitar un género bien popular y trillado para, jugando con sus propios elementos, descodificarlo y reconstruir sus fundamentos para encontrar un significado que probablemente nunca tuvo, pero que con el cambio se expresa de manera novedosa.
Los críticos siempre buscan claves y comparaciones para interpretar sus filmes, sobre todo la nueva cosecha de criticos que siempre buscan un mensaje o un significado concluyente detrás de cada una de las secuencias de una película para poder considerarla importante. Es el síndrome moderno del significativismo. Por lo general, Almodóvar casi siempre ríe último.
Tras una década en la cual produjo películas en las cuales muy poco de su garra podía entreverse (me refiero a Los abrazos rotos, Volver y La mala educación), con las que su cine se convirtió en meloso, mensajerista, militante y autocomplaciente, con su obra mas reciente La piel que habito, el director español parece haber recuperado su forma y su identidad fílmica.
A primera vista parece tratar sobre un médico obsesionado con producir un revolucionario avance científico (una piel sintética de calidad superior a la piel natural), que conduce sus experimentos con frialdad cruel,  sometiendo a una prisionera a cualquier extremo de sufrimiento en pos del resultado final, con la ayuda de una fiel sirvienta, en una aislada mansión toledana, el año que viene. La trama se va transformando en un thriller aparentemente elemental con ambiguas referencias al Frankenstein de James Whale, que a veces amenaza con volverse en la historia de una obsesión amorosa para luego resultar que... Seguir narrando la intriga sería una traición y un flaco favor a quien no ha visto el filme. Esto es un bildungfilme, si es que ese concepto existe en forma aplicable al cine, que se disfruta mas mientras menos se sepa  y se mire sin prejuicios.
Almodóvar lo envuelve en un estilo que hace obvios guiños a Orson Welles en El ciudadano (con la construcción de la mansión en que trabaja el doctor Robert Ledgard, el personaje principal que interpreta impecablemente Antonio Banderas) y a Fritz Lang, sobre todo a House by the River, pero también a M y a Mabuse. Dentro de la trama establece claves, como la afición de la “prisionera” en recrear trabajos de Louise Bourgeois cuyos temas se centralizan en las relaciones entre padre e hija, en la sexualidad como vulnerabilidad y en el cuerpo como entidad en construcción pernenne, que sirven para iluminar, de forma oscura los acontecimientos que se suceden.
Este filme en el cual el victimario fue víctima y la víctima victimario, en donde nadie es ya lo que fue y las transformaciones y disfraces de los personajes transforman a su vez los elementos de la trama sin trampas, con todas las cartas sobre la mesa, no es una fábula del león yaciendo junto al cordero, aquí todos son leones y corderos a la vez, criaturas bicéfalas y bisexuales, identidades en perpetuo movimiento que escapan a las valoraciones éticas convencionales. No es un thriller, ni una obra sobre el “científico loco”, ni sobre el amor obsesivo, es todo eso y nada de eso a la vez. Finalmente, es un filme sobre identidad sexual, que es el tema que siempre ha preocupado mas a Almodóvar.
Sin esquivar la presencia de la tecnología y de la modernidad en la trama, el autor ha logrado crear una sensación de atemporalidad, de cine viejo mezclado con cine de vanguardia, que toca con humor, como una sonrisa macabra, diversos temas muy contemporáneos, dejándolos abiertos a la interpretación del espectador.
Retratada impecablemente por José Luis Alcaine, que da unas tonalidades que no hacen sino resaltar la magnífica composición de cada cuadro diseñado por Antxon Gómez, La piel que habito se basa en la novela Tarántula, de Thierry Jonquet (Francia 1954-2009). No he leido la novela y no puedo decir cuánto difiere el tratamiento de su material del que hacen Almodóvar y su equipo. Existe también una película de tema similar, de Georges Franju, titulada Eyes Without a Face (Francia 1960), que está basada en una novela de Jean Redon, que no he visto, aunque me han dicho que es muy inferior y mas convencional, pero que estoy seguro que el cinéfilo Almodóvar vio y obviamente mejoró a su estilo. Las actuaciones son todas excelentes, Banderas, Elena Anaya y Jan Cornet encajan perfectamente en sus personajes, sin desdeñar la relativamente breve pero eficiente actuación de Marisa Paredes. Este es Almodóvar de nuevo en plena posesión de todas sus habilidades, creando al recrear. Demostrando por qué se ha convertido en uno de los cineastas mas influyentes de nuestros tiempos.

La piel que habito (España 2011). Dirección: Pedro Almodóvar. Guión: Pedro y Agustín Almodóvar, basado en la novela Tarántula, de Thierry Jonquet. Fotografía: José Luis Alcaine. Con: Antonio Banderas, Elena Anaya, Jan Cornet, Marisa Paredes, Blanca Sánchez, Roberto Alamo y Eduard Fernández.

Roberto Madrigal

Saturday, November 12, 2011

Bailando con el enemigo

Hace algunos años que acostumbro a detenerme antes los estantes de la librería para echarle un vistazo al número mas reciente de Cigar Aficionado. Nunca he fumado, pero la ojeo y la hojeo porque me he dado cuenta de que parece funcionar, en parte, como una agencia de publicidad del gobierno cubano (supongo que independiente). Uno puede enterarse de qué celebridades andan fumando tabacos por la isla y haciendo de payasos (que no tontos) útiles. Ocasionales compañeros de humo del castrismo que luego de unas buenas fumadas, un baño de tercer mundo y algunas otras cosas mas que prefiero imaginar y no señalar, regresan a sus cómodos nidos consumistas. A veces sueltan alguno que otro dato de interés y si se lee entre líneas se pueden ver los intereses ocultos del gobierno en cuanto a la proyección internacional de su imagen.  Después de la repasada, la devuelvo a los estantes.
Fundada en 1992, la publicación siempre ha declarado abiertamente su oposición al embargo. Su argumento principal, por supuesto, es la dificultad que le presenta al entusiasta fumador estadounidense de comprar y consumir los habanos. No se puede esperar que una revista cuyo mayor objetivo es la publicidad y de paso el turismo, sea crítica de ningún tema que toca, mas allá de la calidad del producto al cual se dedica, pero en su número de diciembre de 2011, sus editores se han extremado y han dedicado el número casi completo, con amplio despliegue fotográfico, a La Habana (y un poco a Pinar del Río). Esta vez la compré por primera vez.
El editor ejecutivo Gordon Mott y el Senior Editor David Savona han compilado una bastante exhaustiva lista de hoteles, restaurantes, tabaquerías, tiendas y fincas tabaqueras, cafés y clubes nocturnos que conforman una interesante guía turística de La Habana.
Los mitos y los estereotipos son difíciles de eliminar. El editorial comienza con una arenga contra el bloqueo el cual, no faltaba mas, impide ver de cerca la belleza del pueblo cubano, víctima de la cruel política imperial. Lo que molesta no es lo que defiende, sino el tono militante en que lo hace. Después vienen los artículos, supuestamente fruto de dos visitas recientes de los editores, en los cuales se hace hincapié en los cambios que el raulismo está trayendo a la isla y sus repercusiones en la industria turística. Recalcan que es una oportunidad que no se puede desaprovechar e instan a sus lectores a visitar la isla cuanto antes.
Pero Mott y Savona no son tan tontos como pudieran parecer. Cuando uno empieza a leer con un poco mas de detenimiento se da cuenta de que no todo anda tan bien. Si bien destacan la Habana Vieja de Eusebio Leal y analizan varios hoteles, restaurantes y paladares con gran entusiasmo, alertan a sus lectores de que los hoteles de”la categoría cubana de cinco estrellas no se ajusta a la idea de un hotel de cinco estrellas que tienen los extranjeros”, para luego pasar la mano y expresar que “en los últimos años el gobierno cubano ha estado trantando de alcanzar un mayor nivel de excelencia”, pero es obvio que aun no lo tienen.  Luego insisten en que al viajar a La Habana “el viajero experimentado debe bajar sus expectativas”. Traducción: paga por servicios que no vas a recibir. En la sección de los restaurantes, tras alabar la nueva iniciativa del gobierno de permitir “una variedad de negocios privados, incluyendo a los restaurantes, que ahora pueden contratar y despedir empleados y expandirse” repiten que el viajero debe bajar sus expectativas, que la comida es simple hasta en los mejores restaurantes y que las listas de vinos son “pedestres y predecibles”. A juzgar por los anuncios, esta publicación se dirige a lectores de gusto sofisticado y de bolsillos amplios, el tipo de capitalista que Lenin describía como capaz, con tal de lucrar, de producir y vender la soga para su propio ahorcamiento. Pasarle gato por liebre es dificil y entre menciones a cuartos de hotel de hasta 450 dólares la noche y botellas de vino de hasta 1600 CUC, les hacen saber que la mayoría de las cosas no son asi. Mott y Savona quieren mantener satisfechos a sus suscriptores.
En la sección de clubes y cabarés, expresan que “cuando usted vea un lujoso BMW rodando por las calles de La Habana, con frecuencia pertenece a uno de los mejores músicos del país, un lujo del que no dispone el trabajador de a pie, pero que es un símbolo de cuán alto los valora el gobierno” (las negritas son mías, lo alevoso de la declaración ni requiere comentarios). De Tropicana insisten que aunque hay que pagar 100 CUC por entrada y comida por persona, es un “verdadero espectáculo de música y baile que  es como subir a la torre Eiffel o al último piso del Empire State, es algo que todo el que visita a La Habana debe hacer al menos una vez”.
Luego se adentran en su especialidad, los tabacos. Como ya dije, nunca he fumado, por lo cual no tengo nada que decir respecto a sus análisis de los distintos productos, pero lo que sí es obvio es que tratan de presentar a la industria tabacalera y sus “hacendados” como Hirochi Robaina, como una empresa independiente en la cual la mano del gobierno no se ve.
Desconozco las prebendas que le puedan haber ofrecido a Mott y a Savona por este panfleto publicitario, pero esta desmesurada danza de celebración del raulismo no pudo haber sido hecha gratuitamente.

Cigar Aficionado, diciembre de 2011. “The Insider’s Guide: Havana”. Artículos de Gordon Mott y David Savona. Fotografías de Angus McRitchie y José Goitía.

Roberto Madrigal

Saturday, November 5, 2011

Entre el autor y la obra

En su obra mas reciente (Encounter, Harper Collins 2010), publicada en Francia por Gallimard en 2009 bajo el título de Une Rencontre, Milan Kundera (Praga 1929), enfrenta sus demonios internos mas actuales y responde oblicuamente a las acusaciones de colaboracionista e informante que se le hicieron públicas en el año 2008. Lo hace, por supuesto, con la elegancia y la dignidad que le ofrece la literatura.
El libro recoge una colección de ensayos y textos breves  sobre autores que han sufrido la persecución tanto política como académica o institucional. Entre ellos se cuentan Céline, Dostoievski, Anatole France y Malaparte. También aborda el tema del exilio mediante autores como Vera Linhartova, Oscar Milosz y Josef Svorecky. Se ocupa también de las contradiciones entre el arte y la política en autores como Schoenberg y Brecht.
Con una prosa precisa, con brevedad pero sin levedad, Kundera se mueve fácilmente, de manera casi epigramática entre temas como las listas negras impuestas por modas, gobiernos y snobs; el exilio político como liberación individual del artista; la identidad del escritor exilado y la elección del lenguaje y el idioma en que mejor se puede expresar, tema que toca muy de cerca a Kundera, quien desde hace muchos años escribe en francés. Luego llega a meditar sobre la ceguera crítica que impone la ideologización de la literatura y cómo ésta termina afectando la visión que se tiene tanto de un autor como de su obra.
Comentar mas sobre este libro es dificil, leerlo es a la vez desafío y placer. Kundera sabe que el escritor puede que se deba explicar a si mismo, pero nunca debe explicar ni justificar su obra. Quien desee puede encontrar muchas respuestas a esa perenne interrogante, muy común entre los intelectuales cubanos, de la relación entre la ideología del autor y el valor de su obra. Esta es una temática que comprendo pero que no comparto. Sé que puede resultar fascinante analizar la psicología de un escritor o de un artista tanto a través de la relectura de su obra, como de su contextualización histórica o la revelación de ciertos datos personales. Todo eso está muy bien hasta que lo encontrado en el autor como persona o personaje, se trate de transferir inmediatamente a su obra.
Una novela, por ejemplo, una vez escrita, resulta independiente de su autor. La novela puede ser analizada, releida y transformada por críticos y lectores sin que nada de esto tenga que ver con las expresiones ideológicas o políticas de un autor antes o después de escribirla.
El Quijote es más importante que Cervantes, la obra de Borges perdurará mucho mas allá que cualquiera de sus opiniones políticas, la calidad de los textos de Carpentier y de Cabrera Infante no debe ser juzgada en base a sus respectivas posiciones políticas. Hay escritores buenos que son fascistas, comunistas o apolíticos. La obra sí que no puede responder a su circunstancia política. Una novela puede ser lastrada por la intromisión excesiva de la política, la politiquería no tiene lugar en una novela histórica. La novela siempre le pasa la cuenta a su autor si este la quiere utilizar como obra de tesis o como vehículo de una limitada visión política.
Yo no sé lo que constituye una buena novela (o cuento, o poema) hasta que la leo. Lo que sí estoy seguro que deseo evitar es la solemnidad, la rimbombancia, la falta de humor y la pretenciosidad. A la larga, autor y obra andan cada uno por su cuenta, entre ellos dos, me quedo con la obra, con las frases, con los personajes.

Roberto Madrigal