Sunday, October 21, 2012

El cambiante discurso de los escritores y artistas de Cuba



Cuando en 1970 se estrenó en Cuba la película Z, coproducción franco-argelina dirigida por Costa Gavras y ganadora de múltiples premios, entre ellos el Oscar a la mejor película en lengua extranjera y la Palma de Oro del festival de Cannes, el público del cine Yara se puso en pie y aplaudió furiosamente cuando en los créditos finales aparecía la horripilante lista de prohibiciones de la dictadura militar griega. La lista incluía a Bob Dylan, a los Beatles y a Allen Ginsberg, entre otros. Yo recuerdo que me viré hacia mi amigo, el difunto poeta y ajedrecista Benjamín Ferrera, que estaba en la butaca de al lado, y le dije: “Esta película no dura mucho”. Cuatro días después, a pesar de que cada función se exhibía a lleno completo, la película fue retirada de los cines sin ninguna explicación. La censura de los generales griegos era más tolerante que la de los comandantes cubanos. La lista era muy parecida, con algunas diferencias ideológicas pero con el mismo objetivo, de la nunca publicada lista de la censura cubana.

A lo largo de los años Z se presentó esporádicamente en el marco de algunos ciclos de la Cinemateca. El “quinquenio gris” estaba en todo su esplendor y los escritores y artistas cubanos se mostraban agresivamente militantes, tratando de borrar la mancha del pecado original que les atribuyó el Che. La inmensa mayoría defendía los puestecitos que como miembros de la UNEAC se les asignaba para realizar trabajos vinculados a asuntos culturales, devengar un salario sin necesidad de producir una obra y tener la posibilidad de algún que otro viaje “al extranjero”. A cambio solo se les pedía cooperación, silencio y un discurso incendiario e intolerante con el enemigo, que podía ser cualquiera que no aceptara los preceptos de la revolución. Los pocos que se negaban o disentían, quedaban inmediatamente proscritos.

A principios de la década de los ochenta, cuando comenzaron a publicarse las revistas literarias Linden Lane Magazine, Término y Mariel, en las cuales aparecían los escritos y dibujos de los escritores y artistas que por años fueron marginados en Cuba, la UNEAC y el ministerio de Cultura lanzaron sus tropas de choque para contrarrestar los escritos y declaraciones de estos autores. A través de sus múltiples colaboradores, ocuparon los espacios de revistas como Plural, Latin American Literary Review y otras publicaciones literarias de los Estados Unidos, Europa occidental y América Latina, para responder sin mencionar nombres y atacar sin tener que mostrar pruebas. También consiguieron presentarse en universidades de los Estados Unidos para entorpecer el ingreso de algunos de estos escritores a puestos académicos. Tanto fue así que a Heberto Padilla se le negó renovar su contrato en la universidad de Princeton, a pesar de tener una carta de recomendación de Mario Vargas Llosa. Entre el grupo que desbordaba su discurso militante en la arena internacional se destacaban Pablo Armando Fernández, Jesús Díaz, Reynaldo González y Ambrosio Fornet. Todos con un impecable resumé en defensa de la revolución. Díaz después rectificó, reconoció públicamente sus errores y desarrolló una labor destacadísima como exiliado, fundando la revista Encuentro. Intentaron con su retórica, y tuvieron cierto éxito, extender la censura a otros territorios.

Pasó la Perestroika, desapareció el bloque soviético y llegó Abel Prieto al ministerio de Cultura, con su mano más abierta y con la idea de liberalizar los viajes al extranjero para los escritores y artistas cubanos. Las relaciones internacionales ya no eran las mismas y el discurso comenzó a mutar y a utilizar un lenguaje en el cual predominaban la comprensión y la comprehensión. Se enfatizó el concepto de la “dos orillas”, comenzó lo que Arturo Cuenca llamó “el exilio de baja intensidad” y muchos artistas y escritores que sufrían presiones en la isla lograron escapar ilesos. Los representantes del gobierno cubano se convirtieron en “embajadores de la cultura cubana”.

La situación económica en la isla dio un vuelco. Llegó la dolarización. Se les permitió a (algunos) escritores, artistas y cineastas lanzarse a buscar fuentes de subsidio al extranjero. Editoriales que les publicaran, productores que financiaran sus obras, galeristas que los expusieran. El gobierno cubano no tenia solvencia para continuar subvencionando la producción artística. Por lo tanto, nuevos modelos de censura debían imponerse y el discurso militante debía desarrollar nuevos conceptos. Desde entonces los escritores y artistas cubanos que no regresan ya no se exilan, sino que se alude a ellos como que “residen” en el extranjero, o “viven entre Madrid y La Habana”. Desgraciadamente, ese discurso también ha sido ampliamente adoptado por los exiliados.

El nuevo lenguaje está muy matizado por el concepto del “perdón”, lo cual presenta a las víctimas como victimarios. Los de la isla presentan a los del exilio como gente intolerante, incapaces de aceptar el ramo de olivo que ellos traen, llenos de necesidad de venganza. Lo cierto es que desde que yo estoy aquí (1980), no solo artistas y escritores, sino funcionarios y miembros del aparato represivo se pasean impunes por las calles de Miami, Madrid, Nueva York y Ciudad México. Muchos de sus descendientes residen ahora permanentemente en las capitales del exilio y muchos antiguos agentes y miembros de la alta nomenclatura capitalizan con su experiencia como represores. En realidad no hay nada que perdonar. Lo que pasó ya pasó y no hay nada que nos devuelva esos años. La venganza no resuelve nada. Hay que vivir y dejar vivir, pero el olvido si sería imperdonable. Hay que tener las cosas claras para saber a quien uno se enfrenta en una determinada situación. Recordar es al menos un intento de evitar que la historia se repita.

Todo esto es, por supuesto, una simplificación de los hechos. Todos estos años de luchas culturales no pueden resumirse en tres cuartillas. Esto es solo un esbozo, en un blog, por definición, solo caben apuntes. Pero las meditaciones anteriores se me ocurrieron a raíz de los recientes sucesos acaecidos por la presentación en Miami de Daisy Granados, que venía a interpretar un monólogo (Leyenda) en el escenario de Hoy como ayer. Los hechos se desarrollaron como una gran trifulca mediática entre el escritor Manuel Ballagas, su esposa, la bailarina y actriz Juana Baró y la actriz Daisy Granados. Ballagas colgó en su blog (www.Descansacuandotemueras.blogspot.com) un articulo que ya había publicado meses atrás en el cual se narra un hecho, ocurrido tras los acontecimientos de la embajada del Perú, en el cual Granados trató de montar un mitin de repudio en una bodega en la cual Juana Baró realizaba compras en medio del asedio. Granados niega la acusación y Ballagas y Baró la sostienen.

Juana y Manuel son amigos míos desde hace muchos años. No tengo por qué dudar la veracidad de sus acusaciones. Quien los conoce bien sabe todo lo que pasaron en Cuba, que incluyó humillaciones, presiones y encarcelamiento. Sus carreras fueron truncadas, en el caso de Manuel, antes de que empezara, en el caso de Juana, cuando se encontraba en pleno desarrollo.  Los que vivimos y sufrimos los mitines de repudio que se realizaron después del asilo masivo en la embajada de Perú, sabemos bien cuan bajo puede caer el ser humano. Yo vi los rostros individuales del odio y la envidia. Todos tenemos derecho a nuestros rencores y resentimientos, por cierto, el odio, el rencor, la envidia y el resentimiento son sentimientos propios de los seres humanos que no compartimos con el resto del reino animal.

El articulo de Ballagas fue reproducido en otros blogs y aparentemente muchas personas comenzaron a llamar a Hoy como ayer protestando por la presentación de Daisy Granados hasta el punto que su dueño decidió cancelar el evento. La lectura de los intercambios y la aparición de Granados en la prensa y la televisión de Miami hacían ver como que Ballagas había pedido su linchamiento y su censura.

Yo no estoy de acuerdo con un llamado a la venganza ni a la intolerancia. Si Daisy Granados se presenta en Miami, que vaya a verla libremente quien quiera. Se puede sentir odio y deseos de censura, pero no se debe actuar en base a ellos. Personalmente Daisy Granados me parece una actriz espantosa, cuyo mejor papel fue en Memorias del subdesarrollo, porque la dirigió un director excelente y su rol no exigía mucho. Después, por muchos años, la escuché leyendo los intertítulos de las películas silentes que se exhibían en la Cinemateca, labor que alternaba con Eslinda Núñez, y que desempeñaba muy mal. Pero entiendo que muchas personas tengan una apreciación diferente a la mía.

Ahora bien, releyendo lo escrito por Ballagas, hay que destacar que en ningún momento hizo un llamado a la censura ni al linchamiento. Simplemente, al enterarse de que Granados venía a actuar en Miami, y aunque es la primera vez que actúa no es la primera vez que visita la ciudad, colgó nuevamente su artículo para recordarle a la gente quien era el personaje. Yo no dudo que deseara que se le cancelara el show, hay que ser muy ingenuo para pensar que lo puso por gusto, pero en realidad no incitó a nadie. En un sistema democrático es muy difícil la censura, porque hay muchas opciones. Otro empresario, el dueño de The Place tomó la opción y Daisy Granados realizó su actuación hasta que yo sepa, sin inconvenientes. Cada empresario tomó la decisión que le pareció más lucrativa.

Creo que el objetivo de Ballagas era un llamado a la memoria, a luchar contra el olvido que nos hace pusilánimes. Es imposible obviar que al cabo de cincuenta y tres años, sigue siendo la misma jerarquía la que se atribuye el derecho a decidir quien entra y sale del país. No hay dudas que con ello desató odios, resentimientos, viejas rencillas, vendettas individuales. Pero como dije anteriormente, esos son sentimientos humanos, son los únicos que tenemos para desafiar a Dios.

 
Roberto Madrigal

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